20 de marzo de 2007

Una aventura inolvidable en mochilas

Nadia, 18 años, estudiante de arte

“Al principio la idea era irnos como en un viaje de egresados, todo mi grupo de amigos, algunos del curso y otros del barrio, pero no nos pusimos de acuerdo, así que me fui con tres amigas de mochileras a El Bolsón.
Queríamos hacer el camino de los Siete Lagos, pero no nos alcanzaba el presupuesto, dos de las chicas llevaban sólo 200 pesos por los diez días que nos íbamos a quedar.
Mi papá nos llevó en la camioneta, desde nuestras casas en Neuquén hasta el camping cerca del centro del Bolsón, era como una chacra, muy familiero. Llegamos el 8 de marzo y nos quedamos en ese lugar por dos noches, después decidimos buscar otro lugar mas barato, porque cada día salía $10 por persona, sin comida, y al ser para familias no habían chicos de nuestra edad, además a la medianoche tenías que irte a dormir porque no se permitían ruidos.
El tercer día fue todo una aventura, quisimos hacer una excursión hasta “El Cajón Azul”, que es una caminata de 15 kilómetros en subida por la montaña hasta llegar a una especie de mirador en la cumbre donde se ve el nacimiento del río Azul, pero nunca llegamos hasta ahí. En la caminata llevábamos todas nuestras cosas en las mochilas, pesaba una tonelada, encima yo llevaba la carpa además de toda mi ropa y la bolsa de dormir; la subida era tan pronunciada y tan dura que teníamos que parar a descansar cada quince minutos.
El día estaba hermoso, un sol radiante que nos pegaba en la nuca y nos cansaba cada vez más, el camino era muy difícil, y en un momento tuvimos que cruzar un puente flotante muy alto sobre el río. El puente estaba todo destruido, le faltaban maderitas, y se movía muchísimo cuando alguien pasaba, encima antes de cruzarlo había un cartel que decía que nos teníamos que desabrochar las mochilas, porque si nos caíamos era una posibilidad más de vivir. Ese cartel me asustó mucho, pero al final, después de llorar un rato, lo crucé; temblando pero lo crucé.
Al final nunca llegamos al Cajón Azul, paramos tantas veces a descansar que tardamos demasiado, y nos dijeron que nos quedaba como 45 minutos más de caminata, y nosotras, no dábamos más, así que nos quedamos en un refugio a la mitad de la montaña para pasar la noche y seguir la caminata al día siguiente.
Amaneció con una lluvia torrencial, por eso tuvimos que bajar los diez kilómetros que subimos el día anterior, a pie. Todas empapadas y embarradas nos íbamos tropezando y haciendo malabares para no caernos a los arroyitos de tierra que se armaban en el suelo, de todas maneras llegamos al refugio de abajo completamente mojadas, yo no tenía nada en la mochila que no estuviera bañado, no tenía ropa seca, eso fue desmoralizante, tenía frío y estaba afligida por la situación.
Por suerte en el refugio había agua caliente, muchos colchones, muchos chicos de nuestra edad, una chimenea, y mucha buena onda. Nos hicimos amigas de una pareja de Capital y la chica me prestó una remera seca, así que me puse cerca del fuego y se me secó el pantalón y alguna de mis cosas. A la noche, después de comer, se armó una guitarreada popular adentro del refugio y nos quedamos casi toda la noche cantando canciones clásicas del rock nacional, y claro, tomando cerveza artesanal, que estaba exquisita.
Al otro día volvimos al Bolsón, y encontramos una casa de familia donde te prestaban el patio para poner la carpa, o en el living, o en la porción de casa que puedas encontrar vacía, para poder “acampar”. Ahí nos cobraban 3 pesos la noche y uno por el uso de la ducha caliente. Esa casa era un descontrol, había como 40 personas de todas partes del mundo, además del dueño, su señora, y su hija embaraza que vivía con su marido y su nena de un año.
Los pibes invadían la casa, todos usaban todo, se levantaban a cualquier hora y ya todos se prendían el porro delante de la nenita de un año. El baño estaba siempre inundado y sucio, todos hacían lo que querían ahí. El dueño una vez cada tanto volvía a la noche borracho y nos insultaba a todos, pero como era lo más barato que encontramos y quedaba cerca del centro, nos quedamos en esa casa por el resto del viaje.
Lamentablemente la mayor parte de los días nos llovió, y lo único que podíamos hacer era quedarnos en la casa con algunos chicos, o ir a pasear al centro. La feria artesanal no era muy linda, pero había un par de cosas interesantes, sobre todo los sándwiches de milanesa completa que nos vendían por tres pesos, esa fue la base de nuestra alimentación.
El mejor día fue una tarde soleada que nos fuimos al lago Puelo a tomar sol y mates a la playa. Para la ida nos tomamos un colectivo, porque quedaba como a diez kilómetros del centro, pero a la vuelta hicimos dedo. La gente del Bolsón es súper amable, todos te levantaban, hasta los abuelos; personas que nunca pensás que te va a aceptar, paraban y nos llevaban gratis.
Nos volvimos a Neuquén en colectivo el 28 de marzo, ya sin un mango ninguna, y con todas las intenciones de volver para quedarnos, el viaje fue maravilloso, el Bolsón es hermoso, es para quedarse a vivir, es paz.”

Trabajo Practico de Entrevista. La idea era entrevistar a alguien que haya viajado y contarlo como un texto en primera persona, sin que esté la presencia del entrevistador. Fecha: 28 de abril del 2006