2 de abril de 2016

Nota para Brando - Buscando a César Aira - Nota final.

En la edición de abril de 2016 de la revista Brando del grupo La Nación salió mi nota Buscando a César Aira.
La edición de la nota estuvo a cargo de Fernanda Nicolini.

Esto que está acá es la nota final enviada a la editora. La versión publicada está en este link: http://www.conexionbrando.com/1933094-tras-los-pasos-de-cesar-aira
Publiqué en este blog todas las versiones trabajadas como documentación del proceso de escritura. 


Buscando a César Aira
Por: Romina Zanellato



2012. Feria del libro. Frente a mí las tres tapas de El Mármol, libro de César Aira que editó La Bestia Equilátera. Las analicé con detenimiento, las ilustraciones eran interesantes, llamaban la atención por los colores y dibujos entre las pilas de libros y libros que se ven todos los años en La Rural. ¿Llegó el momento de leer a Aira? Elegí la tapa de las caricaturas y me lo llevé a casa. Un año después lo leí. Insoportable, una lectura sufrida, tardé un mes en terminarlo y sólo eran 150 páginas. Nunca más un Aira, me dije, y lo guardé en la biblioteca. Pero no iba a sentirme así por mucho tiempo más.
Me resistía a leerlo. Tenía un prejuicio fundado en cosas azarosas que escuché, que leí sobre sus novelas en algunos medios y algunas contratapas delirantes. ¿Este hombre escribe fábulas? La literatura argentina, la alta y buena literatura bien aprendida por la cultura, es cosa seria y Aira parecía que se dedicaba a contar historias surrealistas, ridículas. Las tramas eran absurdas y El Mármol me confirmó todo eso que había elaborado sin mucha conciencia.
Lo padecí. Mientras avanzaba en su lectura viví una ansiedad insoportable, la narración tenía una velocidad tal que parecía que estuviera siendo escrita al mismo tiempo en que la leía. Nunca había sentido ese vértigo antes. Sí había sentido indignación, compromiso, amor, emoción al leer un libro, nunca vértigo. Y eso quedó en mí, cada vez que entraba a un supermercado chino reconocía una descripción de Aira sobre algo que no había notado antes, cada vez que el cajero me daba el vuelto en chucherías esperaba que fueran llaves, pequeños tesoros capaces de destrabar mis problemas cotidianos, cada vez vivía cierta ansiedad de aventura.
Fueron unos meses reviviendo El Mármol entre las góndolas del chino hasta que entendí, ¡qué libro más fantástico! Lo volví a leer, esta vez deslumbrada por su poder, y me compré otros, la sección Aira de mi biblioteca creció considerablemente, hasta que me interesé por él, hasta que la periodista que hay en mí superó a la lectora.
Como ocurre con todos los artistas que son de mi interés quise saber quién era, leer notas sobre él, saber qué pensaba sobre determinados temas sociales, artísticos, coyunturales. No encontré nada reciente. La cabeza capaz de producir esa literatura que me tenía absorta era un misterio. Apenas encontré algunos datos en Wikipedia, pregunté y averigüé con quiénes se juntaba, y no mucho más. “Siempre viene por acá”, me decían en algunos lugares pero nunca lo vi y las fotos que me daba Google eran bastante viejas (aunque después descubrí que está más o menos igual). Su mito me hizo acordar al J.D. Salinger o Thomas Pynchon, escritores recluidos que eligieron convertirse en nombres sin cara pública. Un punto más a la curiosidad.
En un plan con mayor interés personal que profesional me propuse investigar al escritor que en 2015 fue nominado al Mens Booker Award, premio inglés de 60.000 libras que se otorga al ganador entre diez escritores del mundo, que está entre las apuestas a ganar el Premio Nobel en Literatura y que tiene más de 90 libros editados y que, para mí, parecía bastante ignorado por la prensa. Vivir al mismo tiempo que un clásico en plena obra es muy difícil, que se lo reconozca como clásico mientras vive es casi imposible, que esté tan cerca es una tentación que no pude contener.

El universo Aira
Wikipedia dice que nació Coronel Pringles el 23 de febrero de 1949 y al cumplir los 18 años se mudó a Buenos Aires, al barrio de Flores en el cual aún vive. Durante los primeros dos años fingió estudiar Derecho, después se puso a escribir. Está casado con la poeta Liliana Ponce y tiene dos hijos.
Empecé por los libreros y los editores que están en las ferias, hubo unanimidad en el diagnóstico: lo que hay de Aira, se vende. En una librería conviven novelas de 300 pesos con algunas ediciones de 40, editoriales multinacionales con cartoneras. ¿Y él?: “Sí, siempre viene por acá. Es un tipo normal”, me decían, y yo me preguntaba si era un fantasma.
En una feria encontré una novela de Ariel Idez que se llama “La última de César Aira”, él es el personaje principal, el malvado que quiere destruir la literatura argentina. Alguien más está obsesionado con Aira, pensé. La novela es un disparate airiano que plantea una posibilidad certera: su maquinaria semántica, su superproducción, no sólo puede acabar con él mismo sino también con la literatura argentina actual. “Qué bodrio”, me decían mis amigas cada vez que daba vueltas sobre el asunto. ¿Nadie se da cuenta o yo llegué muy tarde?
Descubrí en YouTube algunas entrevistas que le hicieron hace algunos años, disertaciones y también notas para revistas estadounidenses como BOMB. Ahí dice que todas las mañanas va a un café de Flores para escribir a mano una o dos páginas diarias. Usa cuadernos de papel liso, sin reglones ni cuadriculados, con espiral, que compra en la papelera Wussmann. Escribe con una lapicera Montblanc, de tinta negra. Todo lo compra siempre en el mismo lugar, se lo guardan para él. Es un hombre metódico y de rutina. Le dijo a María Moreno, escritora que lo entrevistó, que esa exacta combinación de la tinta y el papel le asegura un buen ritmo de escritura, corre bien por la hoja, no la mancha, fluye sin entorpecer la imaginación. Antes del mediodía vuelve a su casa, pasa a la computadora lo que escribió, se deshace del papel, de las huellas de su proceso creativo.
Adivino que es obsesivo, ordenado, que se toma muy en serio al acto de imaginar, que dentro de esa narración que construye, tan delirante a veces, le pone mucha atención al verosímil. Descubrí que no le interesa la psicología de los personajes como en las novelas clásicas, que le gustan los policiales, el cómic, que lee algunas cosas nuevas pero que en general no las comenta.
Averigüé que su grupo de amigos más cercano son escritores. Él los nombra: su amigo de la infancia Arturo Carrera, Tamara Kamenszain, Sergio Bizzio, Alberto Laiseca, Ricardo Strafacce y lo fue también Rodolfo Fogwill. Hay otros más jóvenes, con ellos anda por esos lugares donde me lo nombraban como habitué: Pablo Katchadjian, Francisco Garamona, Damián Ríos, entre otros. Le gusta la tertulia literaria, aparecer en la feria de editoriales independientes La Sensación, en la librería La Internacional, en el café Varela Varelita pero no en los eventos del circuito formal o mediático de la literatura.
Las veces que fui a estos puntos clave de la ciudad no me lo crucé. Tenía una serie de consultas que quería hacerle: “¿De verdad no llevás un plan de ruta al escribir? ¿Por qué no escribís directamente en computadora? ¿Por qué las novelas cortas tienen más literatura que las largas? ¿Cuán autoreferencial sos?”. Las tenía anotadas, como subrayados los libros, pero no pude hacérselas nunca.
Un día recibí un mail de una amiga ilustradora donde me contaba un suceso que entendí como el contagio de mi obsesión. “Estaba en Varelita y vi a César Aira en la mesa de al lado. Cuando se estaba yendo se acercó y me dijo que siempre me miraba dibujar, que me veía muy concentrada y me felicitó. Antes de irse saludó al mozo, y el mozo le dijo: Chau, Oscar. No era él”. No descartamos la posibilidad de que el mozo le haya cambiado el nombre para jugar con su mito.
Podría haber sido, porque está interesado en el arte. En Blatt & Ríos editan todos los años al menos una novelita de él, la última que leí es Artforum, un compendio de relatos que él denominó autobiográficos –esto lo dice en una nota española- sobre su obsesión con esta revista de arte moderno, de distribución casi inaccesible en el país. El fetiche me pareció un gesto, una pista.
En la librería La Internacional hay una parte de la biblioteca sólo de textos de Aira. En las paredes del salón del fondo hay una colección personal de arte de Francisco Garamona, su dueño y editor de Mansalva. Mientras maquetaba un futuro libro de la editorial me señaló sin mirarme tres cuadros pequeños de colores estridentes que había sobre la pared. “Los pintó César”, me dijo. Parece que no hay más que esos tres y no están a la venta. Después encontré una nota en la que dice que lo que de verdad lo hubiera gustado hacer es dibujar, pero no tiene el don, que él cuando se deja llevar por la trama siente que está pintando un cuadro. Tan cerca, además, a la poesía.
Damián Ríos, uno de sus editores, me comentó que a Aira le gusta tener una relación cercana con quienes lo editan, sentir confianza y aportar al catálogo. El texto se entrega cerrado y son pocos quienes se animan a hacerle comentarios, Ríos es uno de ellos. “A veces lo que parece un error es una genialidad pero también puede ser un error, siempre hay que preguntar”. Aira está al tanto de todo el proceso, aprueba las tapas, los materiales, pero no interfiere. Cada libro de él que imprimen, lo venden. Aira tiene un séquito de fans que compra todo lo que haya. En Mercado Libre hay primeras ediciones de novelitas que se venden a $1.000, es material para coleccionistas.
Las piezas más preciosas en la biblioteca son las traducciones. En la mía tengo una edición de El Mármol en italiano, publicado por Ediciones Sur, de tapa dura forrada en tela turquesa impresa con serigrafía. Una belleza bastante inútil porque no sé leer en italiano. Tengo otros ejemplares de otros idiomas que le fui pidiendo a todos los que viajaban al extranjero. Mi hermano me trajo The Musical Brain, su libro de relatos que editó New Direction Books y que The New York Times eligió entre las mejores 15 tapas del 2015. Es un holograma con una mano que se mueve y prende una chispa con el dedo índice. En su solapa hay una serie de halagos y recomendaciones de personalidades como Patti Smith y Roberto Bolaño.

La construcción del mito
Como un fantasma escritor, Aira está en todos los catálogos desde las editoriales más chicas hasta las grandes como Planeta o Penguin Random House. En una cena de editores me enteré que con esta última corporación edita directamente desde España, donde hace poco se inauguró la Biblioteca César Aira, una colección con reediciones de inconseguibles y nuevas novelas como El santo. “No pasa por acá, ni nos enteramos”, me dijeron. En el caso de Emecé (sello perteneciente a Editorial Planeta) tiene su propia colección que edita Mercedes Güiraldes, con quien trabaja hace décadas.
Le escribí un mail. En general, los escritores no publican de la manera en la que él lo hace, probablemente porque su producción es tal que ninguna casa pudiera editarle cinco novelas al año. “Es difícil decir si hay o no estrategia detrás de esa manera particular de Aira de publicar. Creo que forma parte de una estética y de una ética de autor. Es un indudable gesto de libertad artística e independencia personal y es indisoluble de su forma de concebir la literatura. Pero esa forma tiene su eficacia. Sin prisa y sin pausa, Aira creó una obra impresionante, rupturista y clásica a la vez, tal vez la más original de la literatura argentina desde Borges”, me definió Güiraldes.
Una vez leí una nota en la que teorizaba acerca de que un escritor debe ser un hombre-enciclopedia, saber de todo para poder escribir sobre todas las cosas. Lo llamaba “El hombre universal”. Pensé que Aira escribe de manera fragmentaria una serie de textos que publica de manera constante, conformando una obra total, un gran Libro a completarse. No hay novelitas aisladas, hay una continuidad que las une en un proyecto enciclopédico y también en un lenguaje propio. ¿Cuánto de su mito personal no fue también una creación propia? ¿Cuándo se termina el Libro?
Antes, cuando sí hacía notas, Aira causaba bastante revuelo. En 2004 le hicieron una entrevista en Clarín donde dijo que “El mejor Cortázar es un mal Borges”, ahí, también dijo que Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini son sus referentes como escritores, modelos de vida y actitud. Aunque hizo la salvedad de que no necesariamente los modelos de vida actúan en uno como ejemplos.
Después del escándalo que se generó a raíz de su opinión no habló más con la prensa. Su amigo Ricardo Strafacce dice que le da pudor aparecer en los medios diciendo un juicio muy categórico porque no se toma en serio a sí mismo, cree que el escritor habla en su obra.
En las notas que dio en otros países también tiró frases polémicas pero ya sin ofender a nadie. “Soy de los raros escritores a los que les gusta escribir realmente”, dijo en una entrevista que le hizo el escritor danés Peter Adolphsen en el Louisiana Literature Festival en 2012.  “Hay muchos escritores que quieren seguir siéndolo por los beneficios sociales que trae, entonces cada 10 años hacen el esfuerzo por seguir manteniendo el carnet y hacen el sacrificio de escribir un libro”.
En esa misma nota también puso en duda algo que había dicho con anterioridad, no sabía si lo había dicho para generar polémica o si de verdad pensaba así. En realidad, pensé, le gusta el impacto.
“¿Podríamos soportar una verbosidad tan demencial, alguien que además de publicar 4 ó 5 libros por año esté hablando en todos los suplementos y revistas?”, me preguntó Mauro Libertella, periodista y escritor. Lo fui a buscar porque alguien me había dicho que él había leído todo lo que Aira publicó. Son pocos lectores los que pueden cargar ese título. Me lo negó en el primer acercamiento, sólo leyó alrededor de 20 de sus 90 libros publicados, no es más que una mínima parte. Libertella hace poco editó un libro de entrevistas a los grandes escritores latinoamericanos para la Editorial chilena de la Universidad Diego Portales, no lo pudo incluir a Aira porque se negó.
“Me parece que no podríamos soportarlo. Es su literatura lo que lo puso en el lugar en el que está, cualquiera que sea ese lugar. Él se movió bien e hizo el trabajo largo, el de fondo: buscó antes a la institución literaria que al mercado. Nos llegó entonces antes la idea de que Aira era un escritor importante, que la proliferación total de sus libros, que sucedió hace unos diez años, cuando todas las editoriales, nuevas o antiguas, querían publicarlo. Durante los 80’ Aira intervenía fuerte en el debate literario, publicaba en revistas y se metía en quilombos. Esos fueron sus años de verdadera construcción profunda. Lo que estamos viendo ahora, me parece, es la estela que dejó ese trabajo verdaderamente intenso de años”.
Mientras hablaba con sus amigos iba entendiendo que su silencio podía ser leído como una estrategia que reconozco muy inteligente. Sus juicios, evidentemente, son categóricos porque su archivo así lo demuestra. Se mueve en un círculo amistoso, al cual le es fiel y respalda. También expulsa con determinación a muchos otros.
En el medio de mi búsqueda por saber quién es Aira, escuché que iba a disertar en el Museo del Libro y de la Lengua a favor de su amigo Pablo Katchadjian, escritor que aún enfrenta un juicio por plagio de parte de María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges. Fue la única aparición pública que supe de él en los últimos años. Fui emocionada por poder verlo, escucharlo y tal vez, tener la posibilidad de hacerle todas esas preguntas que tenía pensadas. Me senté en el piso frente a él y lo grabé mientras hablaba de la valentía al escribir, de la invención: “Antes me llenaba la boca diciendo que lo que hacía era experimental. Desde que escuché una frase de William Burrough no lo digo más. La frase dice que una escritura experimental es un experimento que salió mal, si el experimento salió bien es un clásico. Yo, a su vez, creo que no hay ningún clásico que no haya sido antes un experimento”. Se oyeron risas en el auditorio, las oigo hoy en mi casa al escuchar la grabación. Y recuerdo cómo se fue rápido por la puerta lateral, y así se escapó mi primera oportunidad real de hablar con él.

Su permanencia
Hay algo emocionante en la forma en la que construye sus narraciones. Cada uno de sus libros, esas pequeñas novelitas de 100 páginas, contienen un universo diseñado a escala creado en el momento en que lo escribe. Aira es un amo de las palabras, a las que amasa con destreza para crear imágenes poderosas y verosímiles. Su talento es tal que mientras plantea una secuencia narrativa surrealista se las arregla para bajar línea y expresar su postura crítica sobre algunos temas, de una manera casi imperceptible.
La crítica literaria le dedicó su atención. Algunos lo califican de escritor de derecha por concentrarse en hacer cuentos de hadas dadaísta, en vez de la literatura de denuncia social que tomó fuerza en los ’90. Le pregunté a Hernán Vanoli, editor de Momofuku y crítico. “Hay una suerte de neopopulismo experiencial que se opone a Aira porque Aira simplemente tiene cierta relevancia intelectual, "no es tan fácil", no canta una que sabemos todos, no codifica la experiencia social como una revista de cultura juvenil, y bueno, esa impugnación me parece lamentable”. Me dijo que para él era un autor fundamental del siglo XX, pero no dejó de señalar que eso es el siglo pasado.
Yo, al final, intenté hacer como Aira cuando empieza a leer un autor nuevo, me metí de lleno en su obra y en saciar mi curiosidad. A medida que pasó el tiempo los libros se apilaron en mi biblioteca, la pasión cedió frente al respeto y mi interés giró a otra cosa. Sin embargo, llegó el día en que iba caminando por Paraguay y al llegar a Scalabrini Ortiz lo vi. Estaba fumando un pucho con Ricardo Strafacce en la vereda del Varela Varelita. Fue un segundo en que mis ojos se cruzaron con los de ellos, recibí una descarga de energía desde mi interior, bajé la vista y crucé la avenida, escapándome, perdiendo así la última oportunidad de decirle a César que él se convirtió en mi clásico.