A los cinco minutos llega Delfina al salón de las maquinas de musculación, rezongándole a un hombre que está trotando en la primera de las maquinas, ésa que a ella mas le gusta, por que presuntamente va más despacio que el resto de las cintas. Cuelga su bastón en la ventana que da a la calle Arenales y al no recibir la respuesta que desea, va hacia la segunda maquina, esa que está al lado de la mía. Sin parar de quejarse por la ‘usurpación’ de su cinta, por el señor corredor, me saluda con una sonrisa arrugada.
Delfina es una señora menuda de cabellos finos y claros, con gruesas capaz de maquillaje que tratan de tapar las manchas en la piel que sus 76 años no pueden ocultar. Hace gimnasia de lunes a sábados, siempre al mediodía, porque le gusta dormir hasta tarde en la mañana. El doctor la obligó a hacerlo, así pude bajar de peso, por que aumentó veinte kilos desde que su marido Enrique murió. También sigue una dieta estricta, de la cual no puede salirse. Defina va a pesarse todos los miércoles en el doctor. Al día siguiente, llega al gimnasio y cuenta a todos el resultado de su semana fatal de no comer nada de lo que le gusta. Casi siempre llega con buenos resultados, y más en estos días en que le están permitiendo comer más cosas, porque se acerca al peso deseado. Delfina está feliz por eso.
Desde sus pasos lentos en la cinta vecina a la mía, Delfina me observa sonriente. Me cuenta que odia hacer gimnasia, odia los pantalones de gimnasia, y más aún las zapatillas. Entre palabras cordiales, yo le cuento mis deseos de escribir sobre su vida, ya que me resulta una persona muy interesante. Ella se ríe a carcajadas. “Pero si mi vida no tiene nada de interesante, tuve una vida simple y hermosa.” Sus ojos pícaros me demuestran lo contrario, y persisto con la idea, ella termina accediendo, le gustó la idea de que le prestaran atención.
Determinamos la cita para el sábado 21 a las seis de la tarde. Yo debía ir hasta su casa de Barrio Norte a tomar un café y charlar sobre los momentos más importantes en su vida. Al llegar a la casa, Delfina me muestra las fotos de sus amados nietos. Juan y José en sus diferentes edades. También las fotos del casamiento de sus hijos Sara y Julio con sus respectivas parejas, y sobre todo, las fotos del día de su boda con Enrique.
Al abrir la puerta de su casa, lo primero que veo es un pasillo largo que lleva directo al living de la casa. Antes de llegar a él, se encuentra la cocina, muy chiquita y alargada, bien separada del resto de la casa, está casi escondida. Delfina es pésima cocinera, dice que no sabe hacer nada. “Los días en que no está Soledad, soy una terrible anfitriona”, Soledad es la chica que la ayuda con la limpieza y la cocina.
Al seguir por el pasillo hay un recibidor lleno de espejos, de sus laterales salen dos siluetas de hierro que funcionan como perchero. Me invita a dejar mis pertenencias ahí, y prosigue mostrándome el resto de su casa, el living tiene contra una pared un sillón color marrón claro, de tres cuerpos. Frente a él, está una mesa de algarrobo muy antigua, con patas talladas bien gruesas con formas de hojas y flores. A cada extremo de la mesa se encuentran dos sillas, también antiguas y talladas, tienen almohadones del mismo color que el sillón. Al extremo de la mesa, hay un gran ventanal, con balcón que da a la calle Cerviño, lleno de plantas con flores rojas y Alegrías del Hogar. En la pared opuesta hay un modular con siete portarretratos.
Delfina se sienta en la punta del sillón y me dice que después me muestra las otras dos habitaciones, me siento en la otra punta y empezamos a hablar sobre su difunto marido, Enrique. En su habitual ritmo parsimonioso, Delfina me trae la foto de su casamiento, me muestra que Enrique “no era justamente lo que se llama un hombre buen mozo”, pero que a ella la conquistó por su maravillosa mente.
Enrique era dos años menor que ella, y el 8 de julio se van a cumplir catorce años de su muerte. Cuando Delfina habla sobre él, su voz fuerte empieza a quebrajarse, los ojos se achican y la sensación de que sus ojos turquesas comienzan a vidriarse, incomoda al espíritu. Es raro ver que una mujer tan fuerte de carácter, que comunica tanta seguridad e independencia, se sienta tan dolida y vencida ante un hecho trágico que le sucedió catorce años atrás.
“Este dolor lo debía sentir él. Esto no se suponía que fuera así. Yo me debía morir antes. Él me lo prometió. Él siempre me decía que se iba a morir después que yo, por que en su familia eran todos longevos. ¿Y ahora dónde me meto la longevidad de ellos?” decía desde la punta de su sillón, mientras una lagrima impertinente se asomaba por sus finos ojos.
Trabajo Practico de Fuentes: Biografía a una persona desconocida. Maravilloso profesor: E. Schmidt. Fecha: 2005.