8 de octubre de 2016
La Agenda: Yo amo internet
Al son del ruidoso ventilador interno del CPU y el calor que me incineraba la pierna derecha, me conectaba a internet cada vez que podía mediante la línea de teléfono fijo. Parece la prehistoria pero sólo fue hace 19 años. No sabía muy bien qué hacer en internet pero sentía una gran atracción por la pantalla de fondo negro y la luz de letras blancas que iban apareciendo y recién ahí, cuando el DOS le hacía paso a Windows, el color se volvía azul.
Investigué en el buscador de Yahoo! (RIP) cómo tenía que hacer para chatear en una sala de MiRC y entré por primera vez al canal #Argentina. Fui a ese porque en el de #Neuquén, provincia en la que vivía, no había prácticamente nadie. El chat era una pantalla total donde iban apareciendo frases que distintos usuarios iban publicando, todos con nicks relacionados al físico o las bandas que les gustaban. Era casi imposible seguir una conversación porque eran tantas personas que no se entendía nada. Había mucha gente que entraba todos los días y estaba horas. La forma de chatear en privado era doble click en el nick, entonces la clave era tener un seudónimo sobresaliente. Yo estaba descubriendo a John Frusciante, como el hombre más hermoso de mi mundo y el destinatario de mis suspiros rockeros. Mi nick, entonces, era LaFrusciancita13. Había tres claves ahí: la edad, el género y el gusto musical. En esa época había menos información, quienes lo entendían eran pocos, cosa que me daba jerarquía en el canal.
Dos años después, a los 15, empecé a usar ICQ. El chat de la florcita verde además de hacer un sonido hermoso cada vez que recibías un mensaje tenía el gran don de poder ver a los usuarios que estaban en la misma ciudad que vos. Ahí conocí a Matías, un chico cinco años más grande que vivía a 15 cuadras de mi casa. Durante un año entero chateábamos todas las noches durante dos horas. Para ese entonces mis papás llevaron la computadora al comedor para que sea más equitativo el uso de internet. Además de eso, yo tenía amigas por carta en todo el país a las cuales llegaba por mensajes tipo clasificados en la revista Billiken y con las cuales nos enviábamos fotos de los Red Hot Chili Peppers y los Backstreet Boys. A ellas les contaba que Matías era mi cybernovio. A ellas nunca las busqué en internet.
La vida que llevo la puedo hacer en gran medida gracias a internet. Todos los proyectos, mi trabajo, el podcast https://soundcloud.com/loscartografos, muchos de mis amigos, algunas parejas, las ciudades remotas que conozco vía Street View, y otra vez: la música, los libros, las películas. Todo eso es gracias a internet. Pero no a todos le pasó lo mismo y no para todos es tan natural y asombroso.
El 18 de mayo del 2015, un día después de que se estrenó el último episodio de Mad Men subí a Facebook una foto de Peggy Olson, el personaje femenino que acompañó a Don Draper durante siete temporadas. Mi papá comentó la foto haciendo notar su confusión, ¿por qué alguien que se llamaba igual que su hija subía una foto de alguien que no era su hija? Estaba sorprendido. Lo tuve que llamar y explicarle que la cuenta era mía y que yo había subido una imagen de algo que me interesaba. Si para las personas de 60 años internet es casi de manera exclusiva Facebook, y Facebook es algo incomprensible pero a la vez adictivo, ¿cómo es para los que nacieron en los ’90? ¿Cómo viven la realidad/virtualidad aquellos “nativos digitales”? ¿Internet es tan importante para todos por igual? Esa curiosidad me surgió hablando con alguien en Twitter hace unos meses: cada cual tiene una historia personal sobre su vínculo con la red y cómo cambió la forma de relacionarse entre las personas. Entonces hice un cuestionario rápido de 8 preguntas, se las mandé a varios amigos de distintas edades y con las primeras respuestas armé un blog sobre internet. Se llama “Amo internet” http://amointernet.tumblr.com/ y ya tiene 80 cuestionarios online.
La web, como tal, nació el 23 de agosto de 1991. Ese fue el día que cualquier usuario pudo acceder a la primera página de la World Wide Web (WWW). La diseñó un tal Tim Berners-Lee, de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en inglés) en Suiza. En su origen, ese canal era sólo para comunicarse internamente con sus compañeros de trabajo con acceso de usuario de CERN.
Al poco tiempo permitió que cualquiera pudiera ingresar a la URL de esa primera página web. De hecho, en su vigésimo aniversario se restauró la página tal como estaba y se la puede ver en http://info.cern.ch/hypertext/WWW/TheProject.html
Ese día, el 23 de agosto de 1991, (hace 25 años) se lo marcó como el Día del Internauta. En abril de 1993, CERN anunció su decisión de que el código base de la Web sería gratis y libre de regalías a perpetuidad.
Una noche de aquel 1997, Matías me contó que había ido a hacer un trámite al centro de Neuquén e hizo referencia a un lugar que quedaba muy cerca de mi casa. Al pasar le dije que yo vivía por ahí y la conversación siguió su curso. A la noche siguiente sonó el teléfono fijo, atendió mi papá, era Matías, había buscado en la guía telefónica todos los Zanellato que vivían cerca y me encontró. Me enojé tanto por el hecho de que haya roto ese código de realidad/virtualidad que dejé de chatear en ICQ. No le hablé más.
Para mí, que durante la adolescencia me costó interactuar con la gente en el plano de la realidad, que no conocía a nadie con intereses similares a los míos, internet fue la salvación. Un refugio y un canal para dejarme conocer a través de las palabras, para descubrir un montón de cosas que me recomendaban personas que no conocía en carne y hueso pero que igual me compartían links desde cualquier parte del mundo sólo para que yo sea un poco más feliz. Internet fue mi educación formal y también la sentimental.
Puedo dividir las experiencias de internet en tres grandes grupos de personas: las generaciones post 40 años, aquellos que nacimos en la década del 80 y los que nacieron después de los 90. En general, los nativos digitales no le dan tanta importancia a internet porque nacieron con esa herramienta; no logran entender del todo el potencial de información y curiosidad que hay ahí. Los de 30 la amamos, aún aquellos que no están conectados todo el tiempo en todas las redes sociales. Los mayores de 40 se dividen entre la entrega absoluta a su poder de seducción y los escépticos, reservados, los que piensan que la realidad nada tiene de virtual.
En estos 80 cuestionarios encontré cinco personas que recordaban de memoria su número de identificación de ICQ de ocho cifras, gente que sabe qué fue lo que buscó por primera vez en internet, mucha gente que empezó a chatear en los foros de discusión de Harry Potter, tantos otros a los cuales les robaron la identidad en la virtualidad y plagiaron sus trabajos.
También, muchos momentos memorables que existieron gracias a la red, como lo que le pasó a Santiago. Que me lo contó así: “en una ocasión participé de una videoconferencia de Skype de pre-filmación, en inglés, desde el locutorio de un supermercado del conurbano”. O la anécdota de Lucas: “un amigo dejó un comentario en un post mío diciendo que le había gustado un chico que repartía volantes en un recital, el pibe lo leyó y tuvieron una cita que terminó en una noche de pasión“. O a Malena, que en un cyber de San Cristóbal en 2005 le cortó por Skype a un novio italiano que tenía, mientras él estaba trabajando en Yemen. “Fue terrible porque ese día me llevó flores y me las puso delante de la cámara”, dijo en el blog.
Todos tenemos un romance con internet. El mío empezó en 1997 y dura hasta hoy.
La nota: acá: http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/151287295940/yo-amo-internet
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ROMINA ZANELLATO
Romina Zanellato es periodista y escritora. Colabora en medios como Brando e Inrockuptibles. Cursó la Maestría en Escritura Creativa de la UNTreF y es parte del podcast Los Cartógrafos. En Twitter es @romizanellato.
28 de abril de 2015
Nuevo proyecto: Los Cartógrafos
Entrevista a nosotros mismos
Crónica para @BlogAlaska - Expedición antártica: Islas Malvinas
Terminé de rendir mi último final y mi mamá me dijo: ¿Querés venir conmigo a un crucero al fin del mundo? Le dije que sí. El regalo más hermoso que me hicieron salía del puerto de Buenos Aires, tocaba tierra en Montevideo al día siguiente, y tenía dos días de navegación para llegar al punto más importante de la travesía: las Islas Malvinas.
Todo era muy extraño arriba del barco. Mi vieja es fanática de los cruceros y yo ya había viajado en uno o en dos, pero este era diferente a los que había conocido. El barco tenía una magnitud enorme, como un edificio acostado con un laberinto de lujo por adentro. Los turistas no tenían ánimo de reviente y carnaval carioca, eran señores mayores, nórdicos en su mayoría, muy finos y elegantes. Nosotras habíamos pescado una promoción de la línea Princess Cruises para atraer viajeros sudamericanos y parecíamos eso: sudacas de safari por nuestro mar. No importaba, la experiencia valía la pena.
Montevideo me impactó. Su personalidad, detenida en los ’80 me daba la sensación de estar en un set de filmación todo el tiempo. Era una cinta en cámara lenta que pasan en el canal Volver, todos los colores eran pasteles, a pesar del sol vertical sobre nosotras. La rambla infinita hacia el mar, el final de todo lo bonaerense. Tan cerca, tan diferente.
Navegar dos días y dos noches es agotador. El piso se mueve, lo que comés se revuelve, lo inmenso del barco se empequeñece hasta llegar al ridículo cada vez que vas a proa y mirás el horizonte estático, siempre en el mismo lugar. ¿Estamos yendo de verdad hacia un pedazo de tierra o es todo un holograma? ¿Nos movemos o estamos quietos? Hay una estela de agua que confirma lo primero, hay un entorno que confirma lo segundo.
Lo peor es la mente. Uno nunca tiene tanto tiempo para pensar como en altamar. Me había llevado dos libros, una novela que no recuerdo y Siddharta, de Hermann Hesse, acorde a mi tierna juventud. También me llevé un diario íntimo que ahora no sé dónde está, y una cámara con fotos que perdí. Desde Montevideo a las Islas Malvinas no sólo se desciende en el mapa, también en temperatura. Pasamos del verano rioplatense al invierno antártico. También pasó algo en el alma, en el interior. Ojalá hubiera tenido más años para poder entenderlo, ahora lo comprendo mejor con la distancia, aún joven, aún romántica.
Mi mamá no pudo dormir la noche anterior. Habíamos hecho un plan: el barco anclaba a las 6 am y la primera barca descendía a las 7 am. Pusimos el despertador a las 6.30 para desayunar y bajar rápido. Habíamos averiguado con el único latinoamericano de la tripulación, un mozo uruguayo, que había sólo 10 taxis en la isla que nos podían llevar al cementerio de nuestros soldados.
El crucero ancló en una bahía frente al Puerto Argentino (o Standley) y unos barquitos más pequeños nos llevaban hasta el muelle del pueblo. El diminutivo sólo es a comparación porque en esas barcas entran 100 personas. Mientras nos acercábamos, el viento de mar nos abofeteó la cara. Estábamos en el más crudo invierno que conocí, en un 16 de febrero de 2007.
Lo que se veía mientras el bote se movía y se acercaba era un pueblo pequeño, de cuatro o cinco manzanas, con casas de ladrillo a la vista y techos de colores rojos, azules o verdes, y un cartel inmenso, apoyado sobre la tierra, que decía WELCOME TO THE FALKLAND ISLANDS. Se nos helaba la sangre.
Mi hermana era muy chica en ese momento y fue arduo levantarla tan de madrugada. Estábamos en tierra a las 7.30 am y no quedaba ni la sombra de un taxi disponible. De los 3.000 pasajeros que habían en ese barco, más los 1.500 tripulantes, con que 50 bajaran antes que nosotros, estábamos sonadas. Y así fue. El puñado de argentinos había hecho el mismo plan que nosotros y nos ganaron de mano.
No nos quedó otra que pasear por el pueblo. El viento venía directo desde uno no sabe dónde, porque no hay nada alrededor, y en la mente nunca se va la imagen del punto al lado del otro punto y todo el mar alrededor. Estábamos en una isla, muy cerca de la Antártida.
Guantes, bufanda, campera, botas y la camiseta de Argentina abajo: salimos a pasear. Recorrimos rápidamente esas pocas cuadras de pueblo con una roca dura e indigerible en nuestras panzas. Las casas eran inglesas, la gente hablaba en inglés, no había vestigios de argentinismos: era territorio extranjero.
Al final de la rambla de la bahía, que se llamaba Thatcher Drive, había bastante gente sacándose fotos en un monumento. Fuimos a ver de qué se trataba y decía: “In memory of those who liberated us” y un listado de nombres ingleses alrededor del mausoleo. La piedra se fosilizaba en nuestra panza. En frente, en la escasa entrada de agua, un barco abandonado hundía el pasado y lo congelaba frente a todos.
Volvimos al puerto y entramos a Turismo. Ahí nos contaron –en inglés- que había un tour pronto a la pingüinera que estaba del otro lado de la isla. Decidimos ir. Recorrimos la estepa por una hora en un mini colectivo junto a otros viejos anglosajones y llegamos a una playa de arenas blancas y cientos de pingüinos. El espectáculo natural era impresionante. Las nubes parecían erupcionar una detrás de la otra, salidas de un cuadro apocalíptico. Los pingüinos caminaban por todos lados, con ese andar tan chistoso a los Chaplin, el ingrediente ridículo a una situación fuera de serie, fuera de vida.
Nos alejamos de la playa principal por un circuito bien delimitado para el turista para ver otros sectores de la pingüinera. En la estepa habían caños oxidados y cosas metálicas que no sabíamos qué eran, hasta que un cartel nos señaló –en inglés- que no saliéramos del camino porque podían quedar minas activadas de la guerra con Argentina en 1983. Un refugio de cemento con un cañón apuntando hacia el mar fue lo que necesitamos para volver, adoloridas y en silencio, hacia el micro, hacia el barquito, hacia el crucero. El resto de las horas que quedaban en tierra las dedicamos a tomar el té y mirar, bien a lo lejos, algo que todavía no logro divisar bien qué es.
“Poco a poco fue floreciendo y durando en Siddhartha la idea, la noción de lo que realmente era la sabiduría, el objetivo final de su larga búsqueda. No era otra cosa que una disponibilidad del alma (…)”.
Texto: Romina Zanellato — @romizanellato
Link a la nota: https://medium.com/@BlogAlaska/expedici%C3%B3n-ant%C3%A1rtica-islas-malvinas-71c821200765
27 de marzo de 2014
22 de abril de 2011
Baja conexión
Ahí, en el desierto, en el medio de la nada, no hay señal de celular, no hay radio, no hay electricidad para enchufar nada, no hay blogs, ni twitter, ni facebbok.Estando acá donde estoy, en el medio de la civilización del primer mundo, en el viejo continente, no existe ni el sueño ni la fantasía de un desierto así.
En Túnez un blogger fue la mecha que prendió a muchas sociedades árabes para iniciar la revolución, la liberación, la guerra, la lucha. Un blogger. Ahí donde los medios hablan con una voz diferente a la de la gente, internet hizo lo suyo. Dicen que Twitter y Facebook ayudaron. ¿Qué pasa en el desierto?
Esta foto es en la Ruta Nacional N°40 entre Las Lajas y Chos Malal, que son 150 kilómetros de eso mismo que se ve ahí: tierra y aire. Lo único que suena es producido por el viento y los bichos. No pasa nada. Hay opresión, hay lejanía, hay desidia, hay olvido. Ahí no hay twitter, ahí no hay miles de personas, ahí no va la TV y casi no llega el diario. ¿Quién se acuerda de ellos?
9 de enero de 2011
aeropuerto internacional
Delay
Philipe mira el tablero de arribos mientras acaricia tu barbilla. Se da cuenta que la barba la tiene demasiado desprolija. Apunta en su mente que si encuentra alguna tijera más tarde debería recortar su vello.
En el piso, su bolso de viaje, de esos de gimnasia, es azul y está bastante vacío. Eso se nota a simple vista. Sin embargo, Philipe lo cuida como si fuera oro.
Comprende que su vuelo está demorado y se decide a buscar un asiento para pasar la noche. Debe esperar 6 horas de demora porque el avión que proviene de Oslo no salió debido al mal clima. Está todo nevado.
El frío polar entra por las puertas giratorias del aeropuerto de Charles de Gaulle. Ahí, en la segunda planta, las puertas están a pocos metros de la calle y el frío es imposible de frenar. “En este primer mundo no encienden la calefacción”, piensa nervioso.
Busca dentro de su parca la bolsa con el tabaco. Se arma un cigarro pero no piensa salir a fumarlo. “Total… que hay sólo una docena de personas para este aeropuerto gigante y vacío”, piensa.
Se sienta en la hilera de sillas que dan la espalda a dos jóvenes que duermen incómodas en los bancos congelados. Se prende el pucho mientras recuerda una canción que le cantaba a su hija Malena cuando era pequeña, mientras jugaba con su muñeca en la bañera. Esa canción le recordó el aroma a bebé: “Cuánto lo extraño. ¿Qué estará haciendo mi dulce nena en este momento?”, se pregunta nostálgico.
Nota mental
“Pss. No te puedo creer que este loco demente se haya sentado justo al lado de nosotras. Yo me voy a buscar un lugar más solitario. Apesta este pobre hombre. ¿Cómo puede ser que simule esperar un avión? No logro entender por qué no lo sacan de acá si los tres policías pasaron hace un rato y el perro lo olfateó. Saben que está acá pero lo dejan. ¿Acaso no estoy en Francia? ¿Cómo puede ser que no hagan refugios de noche? Aunque sea podría disimular y fumar afuera, aunque sea para disimular que es normal”.
Alivio
“Uy, se despertó una de las chicas. Esta me va a decir algo sobre el cigarro. Mirá que es grande este aeropuerto. Piba si te molesta andate a otro lado”, piensa Philippe.
A pesar de su arrogante pensamiento le sonríe a la morena despeinada con cara de fiera enojada. La saluda en francés, le pregunta adónde va. Piensa que tal vez con su simpatía la puede conquistar y hacerse de una nueva amiga.
Ella parece que le ladró algo en español o en italiano. No supo definirlo. Sólo le dio una pitada más al pucho y la vió levantarse para caminar el largo corredor del ala F de la segunda terminal del Charles de Gaulle.
El frío recrudeció, ya falta menos para que amanezca, así que sacó de su bolso una manta vieja que se colocó sobre las piernas. Se sacó las zapatos y se puso un segundo par de calcetines, esta vez de lana. Intentó recostarse en esos incómodos sillones.
En eso llega un nuevo pasajero que se sienta en la hilera de enfrente que estaba libre. Lo mira y le pregunta cuánto tiempo tiene que esperar. Hablan sobre el frío. Le dice que hay poca gente, lo vacío que está el aeropuerto que imaginaba tan transitado. “Recién habían dos chicas acá, una se despertó y se llevó a la otra a recorrer el aeropuerto. Tenían olor a mi hija Malena. Ojalá pueda embarcar rápido así puedo llegar a darle un baño”, le cuenta Philippe.
Conversan un rato más hasta que el visitante decide ir al baño y Philippe se duerme en la espera.
La vida abstracta
“Puta madre, faltan 5 horas. No sé qué mierda voy a hacer. Después de descubrir a este loco fumador no voy a poder dormirme, ya lo sé. ¿Este de acá será viajero de verdad o un impostor? No entiendo cómo puede haber tantos vagabundos viviendo acá adentro. Ay! Mirá, este tiene hasta una bolsa de dormir! Es insólito.
Allá veo un grupo de chicas, dudo que sean homeless. A ver, me voy a acercar. Ajá, hablan italiano, tienen ropa de marca, son turistas. No sé por qué me miran. Que estoy vestida espantosa pero no soy una loca como todos los de acá. ¡Dejen de mirarme! Yo me quedo acá. Prefiero la hostilidad de gente normal que la locura de esos que creen que esperan un avión”.
16 de diciembre de 2010
El futuro
Pocos días atrás, en Madrid, Bauluz organizó una debate con otros periodistas sobre el futuro de la profesión luego de la filtración de Wikileaks. Se puede leer en este link http://goo.gl/BcTQU, que está dentro de su imperdible periódico online PeriodismoHumano.
Allí, Bauluz afirmó que la el trabajo de la ONG que dió a conocer los cables secretos de la Secretaría de Estado yanqui representa una verguenza para los grandes diarios del mundo, que son los que deberían haber hecho el trabajo sucio de la investigación.
Ahí saltaron algunos periodistas del panel donde explicaron que la realidad laboral es otra. Que el periodista siempre accedió a la información inaccesible para el común de los mortales a través de la fuente; y que el valor del escriba es la selección, jerarquización y, por qué no, la traducción de los documentos.
Como periodista que soy reconozco que es difícil plantarse en una de las dos veredas cuando la profesión es ambas cosas, cuando la labor cotidiana es buscar la información de primera mano y también elaborar una pieza que intente explicar -y darle- la relevancia que ciertos folios, números, datos o cables esconden dentro de su formalismo.
Que desde el otro costado de mi conciencia, la de ciudadana, celebro con entusiasmo la existencia de gente como Bauluz que lleva adelante una agenda paralela, con una documentación de la realidad que también es arbitraria y selectiva. Me encanta. ¡Hurra!
Considero que para nuestras débiles democracias es de vital importancia que proyectos como Wikileaks y PerodiosmoHumano se reproduzcan por el globo. Y mirá, que no importa que no tengan el foco de luz de la tv en la cara, lo importante trasciende lo obsceno de la exposición mediática.
Que existan medios masivos de comunicación, gigantes que mastican discursos impropios y se los escupen a los oídos/ojos desprevenidos, no supone más que un obstaculo débil al intelecto. Ahí, en cada propietario e inquilino de una mente, se debe hacer el ejercicio cotidiano de entender la razón de cada mensaje.
No celebro la maquinaria perversa de la manipulación de la comunicación, celebro que existan las voces en alto. Los grupos mass media sólo impulsan la acción. La gente dormida no mira con atención la televisión, no cree en un papel que nadie firmó. La siesta se termina cuando se descubre la honestidad en el rulito de la letra escrita, más allá del soporte...
9 de diciembre de 2010
sueño
18 de noviembre de 2010
good day sunshine
En el sillón de mi nueva casa, tomando sola un mate lavado y conversando con un español que no es catalán, hablamos sobre América Latina y nuestras enormes potencialidades para impulsarnos en este mundo. "Ayer se murió el cabrón de Massera", me dice. sí, ya lo sé, ya festejé, pero cabrón le queda chico.
Acá, decir "me cago en tus muertos" es el peor insulto que se le puede decir a una persona. ¿cómo te vas a cagar en la familia muerta? es terrible desde donde lo mires. Este cabrón se cagó en los muertos de un país entero y se murió con los honores de la vida libre y ordinaria.
Sin querer hablar sobre la dictadura, que mucho hay para decir y mucho ya fue dicho de mejor manera, sólo quería reflexionar sobre la moral y la gracia de la inteligencia. Que menos mal que hay tanta gente de este lado, crispada. Tantas luces prendidas para dejar en evidencia las peores miserias de los grupos de poder.
Desde acá, me dio verguenza cómo trataron el tema los diarios argentinos, qué decir de La Nación, de Clarín y ahí donde yo trabajo, el inombrable. Patético. Pero mierda, el patetismo es aceptable al lado de la perversidad de una editorial como esta
http://goo.gl/kMIhE . Shame on you, dicen los gringos. verguenza debería darte, hijo de puta.
Si bien lo potencia, todavía no me alcanza para convencerme de que la batalla se tiene que dar desde la trinchera de un teclado. Que somos un puñado de peones intentando convencer a un desinteresado gigante, a un irresponsable social, a un poder. ¿vale la pena embarrarse, enfermarse, ceder vida para librar la batalla que todos los días se pierde?
19 de marzo de 2007
Capítulo 1.
A los cinco minutos llega Delfina al salón de las maquinas de musculación, rezongándole a un hombre que está trotando en la primera de las maquinas, ésa que a ella mas le gusta, por que presuntamente va más despacio que el resto de las cintas. Cuelga su bastón en la ventana que da a la calle Arenales y al no recibir la respuesta que desea, va hacia la segunda maquina, esa que está al lado de la mía. Sin parar de quejarse por la ‘usurpación’ de su cinta, por el señor corredor, me saluda con una sonrisa arrugada.
Delfina es una señora menuda de cabellos finos y claros, con gruesas capaz de maquillaje que tratan de tapar las manchas en la piel que sus 76 años no pueden ocultar. Hace gimnasia de lunes a sábados, siempre al mediodía, porque le gusta dormir hasta tarde en la mañana. El doctor la obligó a hacerlo, así pude bajar de peso, por que aumentó veinte kilos desde que su marido Enrique murió. También sigue una dieta estricta, de la cual no puede salirse. Defina va a pesarse todos los miércoles en el doctor. Al día siguiente, llega al gimnasio y cuenta a todos el resultado de su semana fatal de no comer nada de lo que le gusta. Casi siempre llega con buenos resultados, y más en estos días en que le están permitiendo comer más cosas, porque se acerca al peso deseado. Delfina está feliz por eso.
Desde sus pasos lentos en la cinta vecina a la mía, Delfina me observa sonriente. Me cuenta que odia hacer gimnasia, odia los pantalones de gimnasia, y más aún las zapatillas. Entre palabras cordiales, yo le cuento mis deseos de escribir sobre su vida, ya que me resulta una persona muy interesante. Ella se ríe a carcajadas. “Pero si mi vida no tiene nada de interesante, tuve una vida simple y hermosa.” Sus ojos pícaros me demuestran lo contrario, y persisto con la idea, ella termina accediendo, le gustó la idea de que le prestaran atención.
Determinamos la cita para el sábado 21 a las seis de la tarde. Yo debía ir hasta su casa de Barrio Norte a tomar un café y charlar sobre los momentos más importantes en su vida. Al llegar a la casa, Delfina me muestra las fotos de sus amados nietos. Juan y José en sus diferentes edades. También las fotos del casamiento de sus hijos Sara y Julio con sus respectivas parejas, y sobre todo, las fotos del día de su boda con Enrique.
Al abrir la puerta de su casa, lo primero que veo es un pasillo largo que lleva directo al living de la casa. Antes de llegar a él, se encuentra la cocina, muy chiquita y alargada, bien separada del resto de la casa, está casi escondida. Delfina es pésima cocinera, dice que no sabe hacer nada. “Los días en que no está Soledad, soy una terrible anfitriona”, Soledad es la chica que la ayuda con la limpieza y la cocina.
Al seguir por el pasillo hay un recibidor lleno de espejos, de sus laterales salen dos siluetas de hierro que funcionan como perchero. Me invita a dejar mis pertenencias ahí, y prosigue mostrándome el resto de su casa, el living tiene contra una pared un sillón color marrón claro, de tres cuerpos. Frente a él, está una mesa de algarrobo muy antigua, con patas talladas bien gruesas con formas de hojas y flores. A cada extremo de la mesa se encuentran dos sillas, también antiguas y talladas, tienen almohadones del mismo color que el sillón. Al extremo de la mesa, hay un gran ventanal, con balcón que da a la calle Cerviño, lleno de plantas con flores rojas y Alegrías del Hogar. En la pared opuesta hay un modular con siete portarretratos.
Delfina se sienta en la punta del sillón y me dice que después me muestra las otras dos habitaciones, me siento en la otra punta y empezamos a hablar sobre su difunto marido, Enrique. En su habitual ritmo parsimonioso, Delfina me trae la foto de su casamiento, me muestra que Enrique “no era justamente lo que se llama un hombre buen mozo”, pero que a ella la conquistó por su maravillosa mente.
Enrique era dos años menor que ella, y el 8 de julio se van a cumplir catorce años de su muerte. Cuando Delfina habla sobre él, su voz fuerte empieza a quebrajarse, los ojos se achican y la sensación de que sus ojos turquesas comienzan a vidriarse, incomoda al espíritu. Es raro ver que una mujer tan fuerte de carácter, que comunica tanta seguridad e independencia, se sienta tan dolida y vencida ante un hecho trágico que le sucedió catorce años atrás.
“Este dolor lo debía sentir él. Esto no se suponía que fuera así. Yo me debía morir antes. Él me lo prometió. Él siempre me decía que se iba a morir después que yo, por que en su familia eran todos longevos. ¿Y ahora dónde me meto la longevidad de ellos?” decía desde la punta de su sillón, mientras una lagrima impertinente se asomaba por sus finos ojos.



