Día 2
22.34 del miércoles 3 de abril. Eddie Vedder salió con una
botella de vino en la mano y un papel blanco en la otra al escenario principal
de El Festival, ese estafador Pepsi Music. Comienzaba a sonar los primeros
acordes de Release. Había una cantidad de gente impresionante. No sé, tal vez
60 mil personas. Se escuchaba fuerte, se veía alucinante desde todos los puntos
del predio de Costanera Sur, en Capital Federal. Lo que estaba por comenzar iba
a ser épico.
La voz desgarradora de esa canción final de Ten fue un
preludio. El clima de su voz, el de la humedad, el del barro hasta las
rodillas, los árboles atrás, las nubes enormes de la lluvia que había pasado,
el grito al padre, las manos hacia el cielo, las cuatro pantallas inmensas en
blanco y negro. Ellos, Pearl Jam.
Debe ser jodido crecer acá. La adolescencia y la juventud
tienen que estar llena de dificultad y dolor. Debe ser eso, sino no entiendo
por qué tanta gente grita desde las tripas “release me”, con el torzo inclinado
hacia atrás y la garganta al cielo. La voz sale desde el centro del cuerpo. Y
lo digo porque el grunge es dolor, es amargura, es el exorcismo de la crisis de
los ’90. Y acá, en 2013, nosotros lo abrazamos, lo abanderamos, lo gritamos. No
encuentro otra explicación.
Casi 30 temas tocaron. Más de dos horas y media. Eddie
habló, cantó y alabó en castellano. Por supuesto, como era de esperarse, las
inundaciones. “Estos momentos de dolor los tienen que superar, de eso se trata
madurar. Espero volver a verlos cuando esto no sea más que un mal recuerdo y
que todos sus hermanos y hermanas estén bien”, algo así, fue lo que más o menos
dijo. Más dolor.
Su voz está cada vez mejor. Pearl Jam hay que verla en vivo.
Son prolijos, son prolíferos, suenan fuerte e intenso. Hay que vivir, aunque
sea una vez, el momento en que empieza Betterman y todos cantan por él; o
gritar “I’m still alive” con la furia positiva en la que se transformó esa
canción durante estos 20 años; saltar con los Ramones en el pecho ese “I believe
in miracles”; poguear con “Do the evolution”. Hay que vivirlo porque la
percepción cambia. Todo eso cobra sentido cuando se está ahí, a ellos les
creemos.
“Esto empezó como algo chiquito, nunca pensamos que íbamos a
estar acá, delante de tanta gente. No saben cuánto significa. No saben, de
verdad, cuánto significa para nosotros”, dijo Eddie. Es imposible no creerle,
el tipo hace lo que siente y se genera una hermandad extraña entre todos los
que estábamos ahí ante él.
El papel blanco, ¿lo recuerdan? Sí señores, el papel blanco
con el que entró Eddie al escenario era la traducción que necesitaba para
cantar "It's OK" de Dead Moon en español. Nos la enseñó y la cantamos
todos juntos. “Esta noche ustedes cantaron mejor que yo”, dijo al final. Sí,
dale.
**
Antes de Pearl Jam –porque esta es una crónica
cronológicamente inversa- estuvieron en el escenario principal The Black Keys.
Supongo que todos acá saben quiénes son, pero por las dudas les cuento que son
un dúo de blues-rock de garaje. Dan Auerbach y Patrick Carney vinieron con
acompañantes: bajo y una segunda guitarra-teclados. Suenan tremendo.
La voz de Dan es potente y cruda. La batería de Patrick es
hipnotizante. The Black Keys, líderes del clima, te llevan arriba y te bajan
como quieren, su movimiento sonoro es muy intimista, estábamos rodeados de
miles de personas pero no sé, para mí que tocaban sólo para mí. Eso me generó.
Son oscuros, sucios, tienen una discografía prolífera, saben armar una lista de
temas, qué lindo sería verlos en un lugar pequeño. Todo eso.
Lonely Boy,
Next Girl, Your Touch, Psychotic Girl. El pibe le da a la guitarra sin
perdón, canta y se retuerce sobre el micrófono, el otro le da duro a la
batería, los platillos tiemblan. Parlantes en nuestros corazones.
…
The Hives, “¿están preparidos?” (sic). No sé si uno
escucharía el último disco en el auto pero sí hay que ir a ver un show de los
suecos. Howlin Pelle es el cantante desquiciado que grita, habla
atravesadísimo, te saca carcajadas geniales y se tira de un lado al otro del
escenario. Intenta dialogar con el público en un castellano bastante certero -a
veces- y con una cuota de mucho bolacerismo encima. Es imposible no reírse,
saltar y hacerle caso a todo lo que te pida. Salvo, claro, cuando intentó que
el público haga una coreografía sentándose en el barro de Costanera Sur.
“Nooooo”, dijo la gente. Lo intentó un par de veces más pero se dio por
rendido, cambió la coreografía y todos contentos levantando las manitos y
cantando giladas con él. “Ahí
viene el hit”, avisa y suena Hate say I told you so. El pibe quería ser
el rey del rocanrol mundial, todos dejamos que se la creyera.
Día 1.
Jugaba Boca, el 152 venía al palo de gente mitad tatuada
mitad disfrazada de hincha. Los bondis se tambaleaban, la previa se estaba
poniendo buena. Hay que atravesar el micromundo de Puerto Madero para llegar al
predio de Costanera Sur. Nos estaba garuando finito, sonaba el último tema de
Massacre, esperábamos a Queens of the Stone Age.
20 minutos y salió Josh Homme con una botella blanca, tal
vez vodka, quién sabe. Dos horas perfectas. El colorado grandote se acercó
al micrófono y empezó a llover. Antes de
contar esta historia hay que resaltar dos sucesos sobresalientes: el bajista
Michael Shuman se come el escenario y el nuevo baterista hace un digno papel al
reemplazar a Joey Castillo.
Hay viento y hay lluvia. No importa nada. Josh hace ese
baile simpático cuando toca la guitarra. Es un galán con la canción de amor
Make it wit chu y los grandes éxitos, Go with de flow, Little sister, entre
otros.
QOTSA tocó el tema nuevo que estrenó en Brasil, My god is
the sun, mientras nos hace esperar por el nuevo disco que terminaron de grabar
hace pocas semanas con invitados enormes.
El rey de la oscuridad buena onda tocó rápido. El stoner se
hizo sentir en el escenario chico del enorme predio. El bajo era de otro
planeta. La batería estuvo bien. Las guitarras afiladas. La voz de Josh está
muy bien. Valió la pena la lluvia, el barro, el apretujón.
Terminaron ellos, subió Catupecu Machu. Comahue Rock no se
quedó, como el 95% de la gente. Enorme éxodo a las 22hs. Fin.
**
El Festival más grande de la historia, que pasó de ese
ridículo nombre a ser sólo El festival, nos trató muy mal. A todos nosotros.
Los que compramos la entrada hace muchos meses atrás, nos enteramos a pocos
días que las remataban a la mitad, acción completamente contraria a la que hace
cualquier festival importante del mundo, que prefieren beneficiar con
descuentos a los fans decididos y luego ir aumentando a medida que se acerca la
fecha.
Eso como primer punto, ahora vayamos con el dos: ¿era
necesaria la careteada de la yoga y del salvemos al mundo? NO, no lo era. Punto
tres: la cantidad de escenarios dispersos por el embarrado predio hacía
bastante complejo que uno pudiera hacerse alguna rutina. Los horarios se superponían,
las bandas pequeñas del under argentino tocaban en simultáneo con los que
lideraban el festival. ¿Para qué hacerles eso? Muchas pequeñas cosas quedaron
por escucharse.
Nota para Comahue Rock con foto de Azcazuri.
