9 de abril de 2013

Pepsi Music 2013: barro tal vez


Día 2

22.34 del miércoles 3 de abril. Eddie Vedder salió con una botella de vino en la mano y un papel blanco en la otra al escenario principal de El Festival, ese estafador Pepsi Music. Comienzaba a sonar los primeros acordes de Release. Había una cantidad de gente impresionante. No sé, tal vez 60 mil personas. Se escuchaba fuerte, se veía alucinante desde todos los puntos del predio de Costanera Sur, en Capital Federal. Lo que estaba por comenzar iba a ser épico.

La voz desgarradora de esa canción final de Ten fue un preludio. El clima de su voz, el de la humedad, el del barro hasta las rodillas, los árboles atrás, las nubes enormes de la lluvia que había pasado, el grito al padre, las manos hacia el cielo, las cuatro pantallas inmensas en blanco y negro. Ellos, Pearl Jam.

Debe ser jodido crecer acá. La adolescencia y la juventud tienen que estar llena de dificultad y dolor. Debe ser eso, sino no entiendo por qué tanta gente grita desde las tripas “release me”, con el torzo inclinado hacia atrás y la garganta al cielo. La voz sale desde el centro del cuerpo. Y lo digo porque el grunge es dolor, es amargura, es el exorcismo de la crisis de los ’90. Y acá, en 2013, nosotros lo abrazamos, lo abanderamos, lo gritamos. No encuentro otra explicación.

Casi 30 temas tocaron. Más de dos horas y media. Eddie habló, cantó y alabó en castellano. Por supuesto, como era de esperarse, las inundaciones. “Estos momentos de dolor los tienen que superar, de eso se trata madurar. Espero volver a verlos cuando esto no sea más que un mal recuerdo y que todos sus hermanos y hermanas estén bien”, algo así, fue lo que más o menos dijo. Más dolor.

Su voz está cada vez mejor. Pearl Jam hay que verla en vivo. Son prolijos, son prolíferos, suenan fuerte e intenso. Hay que vivir, aunque sea una vez, el momento en que empieza Betterman y todos cantan por él; o gritar “I’m still alive” con la furia positiva en la que se transformó esa canción durante estos 20 años; saltar con los Ramones en el pecho ese “I believe in miracles”; poguear con “Do the evolution”. Hay que vivirlo porque la percepción cambia. Todo eso cobra sentido cuando se está ahí, a ellos les creemos.

“Esto empezó como algo chiquito, nunca pensamos que íbamos a estar acá, delante de tanta gente. No saben cuánto significa. No saben, de verdad, cuánto significa para nosotros”, dijo Eddie. Es imposible no creerle, el tipo hace lo que siente y se genera una hermandad extraña entre todos los que estábamos ahí ante él.

El papel blanco, ¿lo recuerdan? Sí señores, el papel blanco con el que entró Eddie al escenario era la traducción que necesitaba para cantar "It's OK" de Dead Moon en español. Nos la enseñó y la cantamos todos juntos. “Esta noche ustedes cantaron mejor que yo”, dijo al final. Sí, dale.



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Antes de Pearl Jam –porque esta es una crónica cronológicamente inversa- estuvieron en el escenario principal The Black Keys. Supongo que todos acá saben quiénes son, pero por las dudas les cuento que son un dúo de blues-rock de garaje. Dan Auerbach y Patrick Carney vinieron con acompañantes: bajo y una segunda guitarra-teclados. Suenan tremendo.

La voz de Dan es potente y cruda. La batería de Patrick es hipnotizante. The Black Keys, líderes del clima, te llevan arriba y te bajan como quieren, su movimiento sonoro es muy intimista, estábamos rodeados de miles de personas pero no sé, para mí que tocaban sólo para mí. Eso me generó. Son oscuros, sucios, tienen una discografía prolífera, saben armar una lista de temas, qué lindo sería verlos en un lugar pequeño. Todo eso.

Lonely Boy, Next Girl, Your Touch, Psychotic Girl. El pibe le da a la guitarra sin perdón, canta y se retuerce sobre el micrófono, el otro le da duro a la batería, los platillos tiemblan. Parlantes en nuestros corazones.



The Hives, “¿están preparidos?” (sic). No sé si uno escucharía el último disco en el auto pero sí hay que ir a ver un show de los suecos. Howlin Pelle es el cantante desquiciado que grita, habla atravesadísimo, te saca carcajadas geniales y se tira de un lado al otro del escenario. Intenta dialogar con el público en un castellano bastante certero -a veces- y con una cuota de mucho bolacerismo encima. Es imposible no reírse, saltar y hacerle caso a todo lo que te pida. Salvo, claro, cuando intentó que el público haga una coreografía sentándose en el barro de Costanera Sur. “Nooooo”, dijo la gente. Lo intentó un par de veces más pero se dio por rendido, cambió la coreografía y todos contentos levantando las manitos y cantando giladas con él. “Ahí viene el hit”, avisa y suena Hate say I told you so. El pibe quería ser el rey del rocanrol mundial, todos dejamos que se la creyera.
 

Día 1.

Jugaba Boca, el 152 venía al palo de gente mitad tatuada mitad disfrazada de hincha. Los bondis se tambaleaban, la previa se estaba poniendo buena. Hay que atravesar el micromundo de Puerto Madero para llegar al predio de Costanera Sur. Nos estaba garuando finito, sonaba el último tema de Massacre, esperábamos a Queens of the Stone Age.

20 minutos y salió Josh Homme con una botella blanca, tal vez vodka, quién sabe. Dos horas perfectas. El colorado grandote se acercó al  micrófono y empezó a llover. Antes de contar esta historia hay que resaltar dos sucesos sobresalientes: el bajista Michael Shuman se come el escenario y el nuevo baterista hace un digno papel al reemplazar a Joey Castillo.

Hay viento y hay lluvia. No importa nada. Josh hace ese baile simpático cuando toca la guitarra. Es un galán con la canción de amor Make it wit chu y los grandes éxitos, Go with de flow, Little sister, entre otros.

QOTSA tocó el tema nuevo que estrenó en Brasil, My god is the sun, mientras nos hace esperar por el nuevo disco que terminaron de grabar hace pocas semanas con invitados enormes.

El rey de la oscuridad buena onda tocó rápido. El stoner se hizo sentir en el escenario chico del enorme predio. El bajo era de otro planeta. La batería estuvo bien. Las guitarras afiladas. La voz de Josh está muy bien. Valió la pena la lluvia, el barro, el apretujón.

Terminaron ellos, subió Catupecu Machu. Comahue Rock no se quedó, como el 95% de la gente. Enorme éxodo a las 22hs. Fin.


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El Festival más grande de la historia, que pasó de ese ridículo nombre a ser sólo El festival, nos trató muy mal. A todos nosotros. Los que compramos la entrada hace muchos meses atrás, nos enteramos a pocos días que las remataban a la mitad, acción completamente contraria a la que hace cualquier festival importante del mundo, que prefieren beneficiar con descuentos a los fans decididos y luego ir aumentando a medida que se acerca la fecha.

Eso como primer punto, ahora vayamos con el dos: ¿era necesaria la careteada de la yoga y del salvemos al mundo? NO, no lo era. Punto tres: la cantidad de escenarios dispersos por el embarrado predio hacía bastante complejo que uno pudiera hacerse alguna rutina. Los horarios se superponían, las bandas pequeñas del under argentino tocaban en simultáneo con los que lideraban el festival. ¿Para qué hacerles eso? Muchas pequeñas cosas quedaron por escucharse.





Nota para Comahue Rock con foto de Azcazuri.