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21 de septiembre de 2020

Clarín: Belleza siglo XXI: ¿qué es ser linda en esta época?

 





Dicen que la belleza es el máximo don que puede tener una mujer, que es una cualidad que, al poseerla, se convierte en herramienta y poder sobre los demás. La belleza genera enamoramiento, deseo, envidia, pasión, inspiración, y, sobre todo, atención. Ya lo cantó Homero (y no el dibujo animado): “Infunde amor y lujuria en dioses y mortales. Y en todas las criaturas que viven en la tierra y el mar”. Lo hizo en la Ilíada, en referencia al poder de Afrodita, diosa de la belleza y el erotismo en la mitología griega. Ella, que fue representada por Botticelli, Tiziano, Rubens, Velázquez, Goya y tantos exquisitos pintores y escultores más, la Venus en su versión romana, era una mujer de tez blanca, pechos pequeños y curvas generosas que representaba la única belleza admirada en los tiempos clásicos.
En un pestañar de siglos, desde los inicios de la civilización occidental hasta ahora, donde se convirtió en publicidad, mercantilización de los cuerpos fit y el privilegio de lo saludable, la belleza fue cambiando sin parar. Y sí, lo está haciendo de nuevo.
Su última gran revolución está ocurriendo en este momento, en el celular y a través de las redes sociales: se trata del irreversible empoderamiento que trajo la masividad del feminismo. Nuevas representaciones de belleza emergen en cada scrolleo de celular, y todas las mujeres e identidades feminizadas son parte.
Flaca, blanca, joven y alta es el canon de belleza impuesto por la publicidad o el mundo del entretenimiento. Cada vez más flacas, más blancas, más jóvenes y más altas, como máxima expresión de la perfección femenina.

La imagen fotográfica imprime y reproduce en nuestra mente que tener esas cuatro virtudes te convierte en bella. Pero la democratización de la fotografía abrió nuevos espacios de identificación. Bellezas no convencionales (para lo que hegemónicamente es considerado “bello”) dan pie a micro activismos y pasan a representar a más y más cuerpos con una mirada amable, atractiva y erótica.

Ver a otras mujeres con un cuerpo similar al mío fue muy importante para empezar a amigarme con mi propio cuerpo.

Brenda Mato, modelo plus size

Este movimiento llegó también al ámbito de las marcas. Según un estudio realizado por Dove, el 78% de las mujeres está disconforme con la forma en que se representa la imagen femenina, y reclama un cambio que incluya diferentes edades, etnias, talles, color de cabello, estilos y roles.

En la Argentina, 8 de cada 10 mujeres consultadas dijeron que “la presión de los medios de comunicación y la publicidad impulsa la ansiedad en torno a la apariencia y la belleza en general”. Por eso, creó un banco fotográfico junto a Getty Images con imágenes de mujeres que rompen con los estereotipos clásicos.

Aprendizaje

“Ver a otras mujeres con un cuerpo similar al mío fue muy importante para empezar a amigarme con mi propio cuerpo”, dice Brenda Mato, de 29 años. Todavía le pasa que, cuando dice que es modelo, la gente se sorprende y no le cree. ¿Por qué? Porque tiene curvas: cola grande, pechos grandes y panza. Debe aclarar: modelo plus size, de talles grandes.

“Cuando hablan de modelos te hablan de un cuerpo chato, con una panza siempre plana, sin rollos, ni siquiera cuando se sientan, ¡no tienen pliegues de piel! El empezar a ver modelos distintas me cambió mucho la cabeza, porque no hay chicas como yo en los medios. Encontrar belleza en ellas me ayudó a encontrar belleza en mí, porque me cuestioné por qué en ellas no me jode algo con lo que yo me martirizo”, dice.

En su Instagram, tiene fotos en malla, en ropa interior, en vestidos de noche y también en jeans. Que ella trabaje de modelo sorprende y anima a sus 70 mil seguidores: no hay nada que ella no pueda hacer con su cuerpo, y siempre luce hermosa.

Todos los años, Brenda hace una campaña en contra de la idea de hacer sacrificios (físicos) para “llegar al verano” con determinada silueta, y este no fue la excepción. Chicas de todo el país le mandan sus fotos en la playa. Algunas se han puesto una bikini por primera vez. Su lema es que todos los cuerpos llegan al verano y no hay competencia de cuerpos que impida el disfrute de la malla y la pileta.

La psicoanalista Patricia Factorovich explica que los ideales de belleza son inculcados en las personas por la repetición de esas imágenes que vemos en los medios y también por la valoración que hace la familia acerca de lo que es lindo y es feo: “Cuanto más nos acerquemos a esos ideales, más alta será nuestra estima. De niños y niñas tenemos el temor de que si no cumplimos vamos a perder el amor familiar, y de adultos perdemos nuestro amor propio además del de otros”.

En el consultorio, Factorovich ve el esfuerzo que hacen las pacientes para aflojar la tensión que genera la distancia entre su yo real y su yo ideal. “Porque, además, ¡chocan con los deseos! Y por eso es tan sufriente incumplirlos, como a veces es vacío cumplirlos”, señala. La autopercepción se modifica todos los días, y esa oscilación pasa de un extremo a otro en pocos minutos, porque así funciona la dinámica que regula la relación con la propia imagen. El cuerpo que refleja el espejo siempre va a sentirse un poco ajeno.

“De repente, comer algo ‘inapropiado y excesivo’ con ganas es más que sumar calorías, es ir contra el ideal de belleza. Los ideales dan brillo, pero no por eso siempre satisfacción”, agrega. Pero la única manera de que este ideal se modifique y deje de reinar como tal, es que suceda en las dos vertientes: tanto en la sociedad como en un trabajo personal.

El retrato

Con el pelo rubio y un vestido de encaje y transparencias, como de una novia de la antigüedad, mojada en la intimidad de su baño familiar, Carolina Unrein mira a la cámara. Parece una sirena triste recién salida de una bañadera celeste en un baño de azulejos rosas. Carolina es modelo y también es escritora. La editorial Planeta acaba de publicar su segundo libro, Fatal, una crónica trans.

La razón por la cual trabajo de modelo es porque pueden verme como una chica cualquiera, pero lo que me deja tranquila al final del día es que en esa campaña hay una modelo trans, que soy yo.

Carolina Unrein, modelo y escritora

“Todas las concepciones que tenemos de la feminidad nacen a partir de la mirada y el deseo masculinos. Entonces, para quienes están en proceso de construir una identidad femenina, el varón se convierte en una figura de autoridad que tiene el poder de validarte”, dice promediando su libro, una autobiografía sobre su proceso de transición identitaria.

Carolina, que tiene las cualidades de la belleza hegemónica, es la cara de varias marcas y sale en las revistas de moda, aunque su acción es política. “La razón por la cual trabajo de modelo es porque pueden verme como una chica cualquiera, pero lo que me deja tranquila al final del día es que en esa campaña hay una modelo trans, que soy yo, y que alguien va a leer mi nombre, leerá la entrevista donde voy a nombrar a Quimey Ramos, Marlene Wayar, Susy Shock y Camila Sosa Villada, y que capaz descubra esos nombres por primera vez. Ellas son tan importantes porque crean teoría travesti y trans, y nombrarlas abre puertas”, dice a sus 20 años. La belleza, para ella, es esa resiliencia de ocupar espacios para que otras trans más chicas puedan vivir en un mundo con menos violencia.

Esta juventud que vive la identidad desde la diversidad, donde ser mujer no está ligado al rol tradicional de señorita de la casa o de la maternidad, sino a una construcción en movimiento, es lo que retratan las nuevas fotógrafas que pueblan las redes sociales con sus capturas.

Una de ellas es Violeta Capasso, de 25 años, quien sacó la foto de tapa del libro de Carolina Unrein. “La belleza que me interesa fotografiar es la que sucede cuando la persona que retrato se relaja, se acepta y se ama por un rato. Sería como la belleza de la autodeterminación o algo así. Preferiría ser un medium entre cómo quiere expresarse la persona a retratar, y que las fotos sean un juego, una forma de exponerse como humane en un cuerpo”, dice Capasso.

Las marcas, de a poco, tienden a esa estética “real” y de vida cotidiana, que está muy cerca de la fotografía autobiográfica. “¿Y quién define lo real?”, se pregunta Capasso. “En este caso lo definimos un montón de personas con vivencias similares que nos criamos sin representación en grandes medios. Y ahora, a través de fotos, nos incorporamos al imaginario visual de gente que quizás nunca había visto un primer plano del culo de une gorde o las tetas de una mujer trans. De repente también somos la realidad.”

Esos cuerpos en movimiento no sólo no eran retratados o representados, tampoco tenían espacio en el mercado de la belleza. Hasta hace poco no había una ley de talles que regulara la confección de acuerdo a una pluralidad de tamaños, ni marcas dispuestas a hacer prendas para que todas esas mujeres y feminidades puedan vestir.

“A la hora de diseñar prioricé la comodidad y respetar las formas naturales de cada cuerpo. Desarrollé diferentes modelos para que se adapten a las diferentes tipologías de cuerpos: las que tienen mucha lola y poco espalda, menos lola y más espalda, mucho todo, poco todo, sin que nadie quede afuera”, dice Magdalena Paladini, diseñadora de la marca de ropa interior y mallas Brilla Gringa.

En una estampita impresa para la billetera o el altar, una mujer de pechos pequeños y curvas generosas está envuelta en flores y sólo tiene una bombacha modelo trusa, esas altas hasta el ombligo, de algodón y con flores de colores pasteles. Una afrodita actual, una reversión de la de Botticelli. En el manifiesto de la marca se lee que fue hecho para una mujer al natural, con marcas y formas, suelta, libre, que truene de enojo, que proteste, que desee y se excite, se explore. “Me parece que está bueno empezar a pensar la belleza como un poder disfrutarse y la libertad de ser lo que cada una quiera”, dice la diseñadora.

Lo indefinible

La belleza puede ser un don, una herramienta, otorga poder a quien lo tiene, genera atención, es una construcción cultural, hay ciertos parámetros bien definidos sobre juventud, delgadez, blancura y altura, se acerca a una fantasía, pero, ¿qué es exactamente la belleza?

La filósofa feminista Virginia Cano dice que puede ser entendida como una idea, una ficción, un ideal, una sensación subjetiva, y que sea lo que sea preocupó tanto a las disciplinas científicas como a las revistas comerciales, las industrias de la estética, las publicidades, pero afecta a todos.

“Nadie puede definir o dar cuenta de modo acabado qué es lo bello, pero –al menos en nuestro contexto cultural– estamos vinculados a aquello que entendemos como bello, ya sea porque lo percibimos en otres, o porque nos sentimos o no bellos, o porque deseamos e incluso nos esforzamos para ser belles. O en algunas refrescantes ocasiones, porque no nos interesa ser leídos como bellos y habitar esa posición”, afirma.

Me siento bella porque aprendí a conocerme, a querer abrazarme en mis dudas, en mis miedos, en mi sensibilidad.

Yanina De Simone, publicista e influencer

Las activistas feministas como Virginia Cano señalan y alertan respecto a cómo los ideales de belleza operan como modos de normalización, control y disciplinamiento social. El hecho de que la belleza femenina, por ejemplo, se asocie a ciertos modelos, “hace que los cuerpos sean diferencialmente jerarquizados (hay algunos que son percibidos como más bellos que otros) y precarizados (algunos son vistos como menos valiosos, menos deseables, menos adecuados)”.

Eso lo entiende muy bien Yanina De Simone, conocida en las redes como Chule. Ella es una publicista de 37 años, mamá de tres hijos, que se convirtió en una influencer, modelo y creadora de contenido para marcas que buscan acercarse a las vivencias de las mujeres.

“El lenguaje masculino siempre lo dominé y lo adopté como mecanismo de defensa porque yo sabía que primero me iban a mirar las tetas, mi cuerpo, pero yo necesitaba validar lo que yo era, mis experiencias, lo que había vivido, era mucho más que una mina que estaba buena”, dice. Es que nació en La Boca, vivió rodeada de varones, trabajó muchos años en un canal de televisión donde las mujeres eran minoría absoluta, y donde siempre se sintió subestimada por ser “una minita”, y a la vez, aprendió que ser una especie de amazona, era un privilegio.

“La belleza la tomo a mi favor ahora, porque quiero que en la belleza se note mi empatía, en la calidez –dice–. Sé que desde esta exuberancia, con mis casi 40 años, creo que soy mucho más atractiva en una charla a que me mires pasar”.

En su cuenta de Instagram, donde la siguen más de 45 mil personas, De Simone muestra su vida y sus creencias, las cicatrices en su cadera por la prótesis que lleva, sus lolas que alimentaron a tres personas durante ocho años, la panza en donde crecieron sus tres hijos. “Me siento bella porque aprendí a conocerme, a querer abrazarme en mis dudas, en mis miedos, en mi sensibilidad. Por supuesto de chica me castigaba más, pero al ver el recorrido, no puedo hacerlo. Todas somos reales y bellas, tenemos que estar representadas en toda nuestra pluralidad”.

Llevar el pelo con rulos es sacarle la connotación negativa y sentirte con poder.

Florencia Gomes, modelo

Lo más paradojal del ideal de belleza es que genera una obsesión con la juventud como si fuera un valor en sí mismo. Y sin embargo, son pocas las jóvenes que logran sentirse a gusto consigo mismas, porque es la edad, el trabajo personal, el derribar las imposiciones sociales y la experiencia la que habilitan nuevos valores que resaltan una mirada más amorosa sobre cada una.

Cynthia Cohen tiene 51 años, pero dice que ese número le es muy ajeno. “Me percibo más joven, pero al mismo tiempo estoy mucho más relajada y más segura. Los 40 fueron mejores que los 30 y mis 50 tienen una efervescencia que me gustan. Mi cerebro explota de ideas y proyectos que quiero desarrollar sin importar el motivo”.

Es artista plástica y está haciendo una obra junto a la coreógrafa Leticia Mazur sobre el poder de los cuerpos feminizados y su fuerza con modelos de todo tipo, color y forma. Ella también fue modelo, casi sin quererlo, de varias marcas. “Siempre fui muy insegura con mi imagen, nunca sentí que era bella. Ahora sí, me miro diferente. La juventud no es la belleza”, señala.

El poder político del pelo

En el siglo XX hubo algunos íconos revolucionarios sobre la belleza. Los grupos comerciales del mundo se organizan en un sistema de negocio para imponer ciertas modas que, en definitiva, validan conceptos estéticos: la cintura breve, los pechos grandes, la potencia de la minifalda. A partir del año 2000 se pluralizan los cuerpos, las apariencias, y se pierde el binarismo de crear una belleza en torno al hombre. El gran actor de la revolución actual es el pelo.

Me percibo más joven, pero al mismo tiempo estoy mucho más relajada y segura. Mis 50 tienen una efervescencia que me gusta.

Cynthia Cohen, artista plástica, modelo

Para Gisela Kaczan, diseñadora de indumentaria y doctora en Historia, que estudia el evolución de la belleza a lo largo de la historia, “culturalmente se van dando algunos cambios que expresan lo que antes, por ahí, quedaba en el marco de la privacidad. Ahora la diversidad se trabaja en el cabello, se expresa a través de los colores, los cortes y la multiplicidad de opciones una identidad política, afectiva y estética. Lo interesante de este momento es que se pueden proponer y crear nuevas formas de belleza, y que hay fuerza desde lo político, con el feminismo, que avalan esos movimientos”.

La calle es reflejo de eso: mujeres con cabello corto, chicas con la cabeza rapada, pelos de colores fantasía, rulos naturales, canas sin ocultar. Florencia Gomes tiene 29 años y es afrodescendiente. Es segunda generación de inmigrantes caboverdeanos, provenientes de un conjunto de diez islas del Atlántico en Africa. Su pelo natural es su máxima expresión política, es la aceptación de su identidad negra, y es su proclama antirracista.

“Desde que salgo de mi casa hasta que vuelvo por la noche, toda mi vida está atravesada por el racismo”, dice. A pesar de haber nacido en una familia con un contacto activo con su herencia afro, a Florencia le llevó tiempo y militancia llevar el pelo como hoy lo tiene, natural.

“El pelo para las negras es algo muy importante. Llevarlo con los rulos, con trenzas o con turbante, que son elementos sagrados y ancestrales, es una forma de contrarrestar lo que nos dice la sociedad todo el tiempo, que somos desprolijos, sucios o que no calificamos como de buena presencia sólo por nuestro cabello. Llevar el pelo así es sacarle la connotación negativa y sentirte con poder. Amo mi pelo, por mis ancestras y por quién soy.” 


Nota: https://www.clarin.com/viva/belleza-siglo-xxi-linda-epoca-_0_MlVA3ktM.html



29 de junio de 2019

Revisita Viva: Nota a Sabrina Cartabia

 Nota en Revista Viva 11/05/2019
Link: https://www.clarin.com/viva/historia-desconocida-abogada-thelma-fardin_0_uSVwkxVjr.html

Un corazón brillante y verde le cuelga del cuello. No es la forma del corazón de fantasía: tiene fisonomía muscular. Las uñas también brillan, verdes. Todo en el mismo tono que el pañuelo de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito que cuelga en la pared detrás de ella. Sabrina Cartabia está sentada en el sillón de su casa en Almagro, ese mismo donde la revista estadounidense Time la retrató en octubre de 2018 como una de las mujeres líderes de la nueva generación.

Su gata gris se le trepa, hasta que se duerme en su regazo mientras ella habla de violencia sexual. Puede hacerlo porque la abogada que asesora a Thelma Fardín se mueve poco cuando habla. Su estricta seriedad parece no tener grieta, salvo cuando hace memoria y cuenta el momento en el que se asumió feminista por primera vez. Ahí sonríe, ante el entusiasmo revolucionario que vivió a sus 23 años, cuando fue a su primer Encuentro Nacional de Mujeres a Tucumán en 2009. A partir de ese momento empezó a mirar toda su vida, la pasada, presente y futura, con el tamiz violeta que dan los anteojos de la perspectiva de género. Ahora más que nunca, dice, hay que redoblar la apuesta hacia la sociedad entera: “Hay una decisión que tenemos que tomar, porque durante muchísimo tiempo lo más habitual fue no creerles a las víctimas, y eso ha provocado mucho daño, a punto tal de avalar nuevos episodios de violencia sexual por parte de las mismas personas. Tenemos la oportunidad de cambiar nuestra forma de afrontar este tipo de procesos para protegerlas y prevenir lo peor”.


"No creerles a las víctimas ha provocado mucho daño. Tenemos la oportunidad de cambiar".

El 11 de diciembre pasado, su vida cambió para siempre. Fue entonces cuando se sentó al lado de Thelma Fardín en la conferencia de prensa que dio en el Multiteatro junto al colectivo Actrices Argentinas, para difundir la denuncia penal por abuso sexual radicada en Nicaragua contra Juan Darthés. Su teléfono no paró de sonar durante semanas, en las redes sociales las mujeres le piden patrocinio jurídico por sus situaciones de violencia, la invitaron a los programas más vistos de la televisión y, en la mesa de Mirtha Legrand, tuvo que contestar la pregunta que le hizo la conductora: “¿Usted qué haría si fuera violada?”. La risa que se le escapó, porque nada en la entrevista le dio a entender que vendría esa pregunta, le dio el tiempo para retomar el control: ella no habla sobre supuestos, plantea sus argumentos con datos y estadísticas. “No puedo saber, ni lo puedo responder. Eso se evalúa en el fuero interno de cada mujer, pero según el Ministerio Público Fiscal en el 72% de los casos de denuncias de género las causas son archivadas”, y salió airosa de la situación.

Todo empezó en un tren. Estudió en la UBA y se recibió con diploma de honor. Nació en Capital Federal, pero desde muy chica vivió en Caseros, provincia de Buenos Aires, donde vivió 25 años en el seno de una familia de trabajadores municipales. “En mi familia la discusión política estaba muy presente. Recuerdo los debates en las mesas de los domingos: una mitad era radical y la otra, peronista. Ahí aprendí que había que tomar posiciones sobre la realidad”, recuerda. Entró en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en el turno mañana, y se tomó los trenes San Martín y Sarmiento todos los días durante cinco años. Se levantaba a las 5:30 para llegar a horario. “Mi adolescencia estuvo signada por eso. Tengo mucha memoria de viajar en el transporte público atiborrado de gente, donde nos mojábamos si llovía, nos moríamos de frío en invierno porque no había ventanas, la mitad de las veces sin luz”, cuenta. Cada madrugada, cuando viajaba a Capital Federal, estaba signada por el miedo y la vulnerabilidad en un tren repleto, cuerpo a cuerpo con desconocidos, sobre todo hombres. Se acuerda del año en el que un fallo del Tribunal Superior de Justicia obligó al Estado a arreglar el tren: ése es su primer recuerdo sobre cómo la justicia puede ejercer una diferencia en la vida de los ciudadanos.

Mi hija, la abogada. Es la primera abogada de su familia, y es la primera generación de profesionales. No fue una elección apasionada, cuando terminó el colegio no sabía qué estudiar; le interesaba psicología, pero fue su papá el que le aconsejó que siguiera una “carrera comodín como es el Derecho”, según recuerda. Sin vocación y con toda la indecisión de los 18 años, se anotó en el código 001 de la UBA. A medida que pasaban las materias le fue encontrando el gusto a lo que se convirtió en su profesión. Hubo un momento, al mediar la carrera, que una compañera de estudio y amiga se fue con una beca de grado a estudiar a la Universidad Autónoma de Madrid y tomó unos cursos de género y feminismo. Cuando volvió le trajo un libro de teoría que fue su revelación personal. Se trata de Una teoría feminista del Estado, de Catharine MacKinnon, un libro de casi 800 páginas que le sirvió como puerta de entrada a la discusión mundial del derecho con perspectiva de género. Entonces, con su amiga, se anotaron en todas las materias que hablaban de esto: eran seis cursos en total. Sólo pudo ir a cuatro y el resto de su formación jurídica feminista la hizo por fuera. “Hoy la oferta de materias con perspectiva de género es enorme”, dice.

Fue al Encuentro Nacional de Mujeres y, casi al mismo tiempo, definió la orientación de la carrera: tributarista. “Tenía fama de ser la más compleja, y como yo había tomado la decisión de trabajar en temas de género y feminismo jurídicos, que era algo mal visto, de baja categoría, pensé que si me recibía con honores en tributario iba a legitimarme ante determinados interlocutores.” Su profesora, Alicia Ruiz, la convocó para trabajar con ella en el Tribunal Superior de Justicia, pero sólo estuvo un año. “Todos quieren hacer carrera ahí, pero no era para mí”, dice. A ella le gusta hacer muchas cosas, un multitasking laboral que pretende sostener. Cartabia no tiene un gran estudio jurídico, atiende sólo algunos casos que le refieren gente de confianza.

Además, trabaja como asesora en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, es investigadora asociada del Programa de abogacía feminista de la Universidad Di Tella, pertenece al grupo de investigación del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (INECIP), es presidenta de la Asociación Civil Red de Mujeres, integró el Colectivo Ni Una Menos y formó parte de la Coordinadora Feminista Antirrepresiva.

El caso clave. Si tiene que hablar de un caso que le cambió la vida, el nombre es el de Yanina González. Fue en 2014. “Yanina tenía 19 años, estaba embarazada de seis meses y quien era su pareja mató a su hija de 2 años. Ella quedó imputada y fue presa con preventiva, y él, en libertad. El caso llegó al movimiento de mujeres porque había abandono procesal, no la estaban defendiendo bien y se venía el juicio, donde podían condenarla”. Ahí conoció a Gabriela Conder, otra abogada feminista con quien empezaron a trabajar junto a Carina Leguizamón. “Esa fue una experiencia súper enriquecedora, juntarme a trabajar en el articulado de una estrategia para defender una injusticia muy grande”, dice. Y ganaron: Yanina fue absuelta. Pero se dieron cuenta de que se iba a repetir un caso así por la falta de capacitación en género que tienen los agentes judiciales.

El tsunami Thelma. Un día, la periodista y escritora feminista Luciana Peker la contactó con Thelma Fardín. “El trabajo que hicimos en conjunto fue encontrar las herramientas para que ella pudiera hacer algo con lo que había vivido. Empezó a formarse, a leer, y a codificar todo de manera feminista, para entender qué le había sucedido y por qué.” Lo que Cartabia dice es que en ese proceso Thelma entendió que no es algo que le pasó a ella exclusivamente, sino que la violencia sexual es una situación sistemática en la sociedad contra niñas y adolescentes.

Estuvieron juntándose durante meses, compartiendo lecturas, conversando juntas hasta que Thelma decidió que quería acusar. Eso fue durante las vigilias en la calle mientras en el Congreso se debatía el proyecto de ley para legalizar el aborto. Thelma supo que iba a acusar, pero juntas esperaron el momento adecuado para hacerlo.

De saco rosa y con un póster de la feminista antirracista Angela Davis detrás, referente del movimiento Panteras Negras estadounidense, su casa es un pequeño museo de su recorrido activista. En cada rincón hay un recuerdo de viaje feminista, un libro, un póster (el de Eva Perón se destaca). También, sorprendentemente, existe lugar para un pequeño altar para Buda. “No me considero budista, pero simpatizo con sus principios, y practico meditación cada día de mi vida”, cuenta. Amante de la filosofía oriental, viajó a Japón el año pasado, festeja el año nuevo chino y sirve el té como ceremonia.

"Nunca imaginé la magnitud del cimbronazo que provocó Thelma cuando pudo expresarse".

Tal vez sea de ahí donde saca la templanza. “Sabíamos que una vez que Thelma pudiera expresarse iba a ser un cimbronazo, pero yo nunca imaginé que iba a ser de tal magnitud”. Las redes sociales y las conversaciones familiares tuvieron un gran tema durante semanas: el relato de cantidad de mujeres, adolescentes, niños y niñas que empezaron a contar las violencias que habían sufrido a partir del #NoEsNo y la campaña #MiráCómoNosPonemos que impulsaron con Thelma Fardin y el colectivo de actrices.

Los escraches –o, como ella prefiere llamarlos, “la toma de la palabra pública”– abren un nuevo paradigma social. “Me parece que se está asentando un nuevo dogma y un nuevo Deber ser, que es que hay que salir a tomar la palabra pública siempre sí o sí, que eso sana. Y puede sanar en algunos casos, pero puede no hacerlo en otros; hay que reflexionar sobre eso.” Ella, que tiene tantas historias de abuso y violencia en su carrera, tuvo que elegir una imagen firme e impasible en el ámbito profesional. Pero en lo personal, guarda energía para compartir con su pareja y sus amigas, con quienes sale a bailar reggaetón, a cantar clásicos del rock nacional (Los Piojos, Sandro, Las Pelotas, Los Redondos) o a ver a su ídola, la cantante Sara Hebe.

20 de abril de 2019

Revista VIVA: Femicidios: los retratos que piden justicia

Femicidios: los retratos que piden justicia

Fátima Pecci Carou es una pintora premiada en ArteBA. Retrató a 200 víctimas del femicidio. 

Una pared con varias docenas de rostros de mujeres que miran directo a los ojos. En la mesa hay más, entre pinceles y mate. Apilados contra la pared hay otra tanda. “En mi casa tengo el resto, son 200”, dice Fátima Pecci Carou. La artista plástica pintó pequeños cuadros con la imagen, tipo identikit, de las búsquedas de paradero de mujeres y travestis que circulaban en las redes sociales. Tomó por mano propia la idea de hacer la memoria feminista, incluso antes de considerarse feminista. Algunas –la mayoría– fueron asesinadas, otras siguen desaparecidas y unas pocas fueron encontradas. Ahora su estudio está empapelado con los rostros de las mujeres que ya no están.

Durante dos años de su vida pintó de manera frenética cada foto que circulaba como flyer o póster virtual desde los muros de las activistas feministas que conocía. Tuvo que retratarlas, y ahora tiene una obra que representa los años más cruentos para las mujeres en la Argentina. Puestas una al lado de la otra, dejan de ser sólo un número, un dato, una estadística para alertar a la sociedad. Esas imágenes fueron fotos elegidas por sus familiares para las búsquedas, y ahora son cuadros, pequeños, del tamaño de una carpeta, que miran y escudriñan al espectador. “Es una obra fuerte, sé que es dolorosa”, dice la artista en su estudio de Villa Crespo.

El ciclo, para Fátima, se cierra en un punto. Hay un cuadro que falta, y es el de Julia Flamini, asesinada a puñaladas en Olavarría, en un show de Los Redondos, por un hombre con el que mantenía un vínculo. Pocas semanas atrás se lo pudo entregar a Graciela, su mamá, en Azul, Provincia de Buenos Aires: “Fue muy poderoso y emocionante para mí. El arte puede ser una buena forma para simbolizar y atravesar las ausencias”.

Así empezó todo
Fátima Pecci Carou nació hace 34 años en Liniers. Después de pasar por Historia del Arte en la Universidad de Buenos Aires, terminó su carrera de Artes Visuales en la UMSA. Allí, su tesis marcó un precedente a esta obra consagratoria. Decidió trabajar sobre los retratos funerarios egipcios y romanos. Esos retratos eran pequeñas pinturas sobre tablas o maderas que se colocaban sobre los rostros de los cuerpos que eran momificados para su enterramiento. Tenían algunas características que Fátima trabaja incluso hoy: son pinturas muy realistas que tienen una leve modificación en los ojos, están agrandados, como si fueran de animé, y en general, los pintaban con sus pertenencias más queridas, las que se querían llevar al más allá. La artista decidió pintar a su propia familia y a sus amigos como retratos funerarios. “Mi hermano me pidió el gol de Maradona a los ingleses, así que se lo dibujé al lado de su rostro”, cuenta y se ríe, pícara.

Pero el aprendizaje que le cambió la vida comenzó al hacer clínica de obra con la artista y activista feminista Ana Gallardo. En su taller continuó con su fascinación con los retratos, pero esta vez la obsesión viró a representar en la pintura esas fotos que encontraba en el diario de los allanamientos que la policía hacía en los prostíbulos.

“Me flasheaban las fotos donde las chicas aparecían todas tapadas. Pensaba quiénes serían, por qué estaban ahí, me preguntaba por qué salían ellas ocultas en capuchas o mantas, como si estuvieran haciendo un delito, cuando en general eran víctimas de trata”, cuenta. Entonces empezó a reproducir esas fotos como pinturas, a investigar el contexto, las historias, y ahí descubrió a Georgina Orellano, la secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), y entendió que no era todo lo mismo. “Pero aún no me reconocía feminista.”


“Libro de caras”
Esos rostros que circulaban en Facebook y por WhatsApp –en ese 2014 aún no reinaba Instagram ni Twitter– le llamaban la atención y Fátima se guardaba las imágenes en su computadora. Se hizo una carpeta y se fueron acumulando; la mayoría eran las búsquedas y alertas que emitía la Fundación Marita Verón.

En la pared hay uno que llama la atención. Es un poquito más grande que los demás y lleva un fondo de otro color, azul. “Es Ailén”, dice Fátima, que recuerda los nombres de casi todas y sus historias: “Me llamó la atención la mirada, medio melancólica. Con ella me di cuenta de que la mirada era muy importante, tenía que modificarla y hacerla directa hacia quien ve el cuadro porque ahí está, para mí, el pedido de justicia”.

Así fue que, si en las fotos las chicas miraban fuera de cuadro, Fátima le modificaba la mirada para que fuera de frente. Ahí radica su interpelación. En el caso de Ailén, ella en la foto miraba a la cámara, y eso la conmovió: “Como es uno de los primeros, tiene un tratamiento distinto a los otros. Me tomé un trabajo con la textura y el fondo que después cambié para los demás, porque hubo un momento donde hacía tres retratos por día y quise dejar registro de esa urgencia. Yo estaba pintando uno y sabía que al otro día iba a haber otra muerta e iba a tener que hacer otro. Así que decidí comprar bastidores pequeños, que dan la sensación de foto carnet, de búsqueda. Son de 18 por 24 centímetros”.

En ese momento pre #NiUnaMenos, los casos se acumulaban y Fátima empezó a confundirse los nombres, perdía el rastro de los avances en las causas, así que decidió escribir detrás de cada uno el nombre de ella, el de su femicida y la circunstancia de su muerte o desaparición. “Sabía que la pintura tenía que ser muy exacta a los rasgos de la foto, porque si se me iba un poco el ojo ya no era ella. Había algo de identikit, de respetar al máximo los rasgos y las líneas de esa cara porque tenía que ser ella, no otra persona.”

Todo retrato es político
“Este proyecto es un cruce entre activismo feminista y el retrato como tradición dentro de la historia del arte”, lo termina de calificar. Su maestra, Ana Gallardo, se lo advirtió: “No vas a vender ni uno solo de estos cuadros”. Y eso quedó resonando en Fátima. Entonces decidió que no es una obra que esté a la venta, que fue hecha para denunciar la violencia machista.

De mañana, Fátima trabaja en el ex Ministerio de Salud de la Nación. Sabe que hacer arte es un privilegio, pero no puede ni quiere hacer obra alejada de su visión política de la vida. “Es la pintura como registro de una época, y tal como me dijo mi profesora Marta Penhos, es darles rostro a las víctimas, como una huella perenne de que estuvieron vivas, de que existieron.” Como empleada estatal, afiliada a ATE, siempre la llamaban sus compañeras para pintar las banderas o pancartas que iban a usar en las marchas o actividades de género que organizaban. En septiembre de 2014, en la orilla de un arroyo de José León Suárez, se encontró el cuerpo de Melina Romero en dos bolsas de basura. Melina fue una de las 277 mujeres víctimas de femicidio en la Argentina durante 2014, y también fue el último retrato que pintó Fátima Pecci Carou: “Compartía el estudio con otra pintora amiga. Estábamos muy atravesadas por estas historias y yo tenía todos los rostros colgados en la pared. Ella me dijo: Che, esto me está haciendo mal, y tuve que parar. Tenía 200 pintados ya”.

El 26 de marzo de 2015 se usó por primera vez la frase #NiUnaMenos. Se organizó un maratón de lectura y música en las escalinatas de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires contra los femicidios, y ahí fue ella, con sus pinturas y su guitarra: cantó una canción. Aunque formó parte de varias bandas de chicas, hoy toca en vivo en plan performático: puede hacer canciones con textos teóricos que parecen lejos de la musicalidad.

Callejera y premiada
El 3 de junio de 2015, al primer #NiUnaMenos, ya fue con otra visión. Envolvió los retratos en un nailon y se los colgó en el cuello. Fue a marchar con su obra de arte como una forma de protesta política. Pero el activismo de verdad llegó en la víspera del 8 de marzo, el primer Paro de Mujeres, cuando salió a pintar consignas por Almagro con otras activistas y terminó presa. “Fue muy fuerte, ¡fui presa por pintar! Nos persiguieron unos hombres por el barrio, nos acorralaron como si fuéramos su presa y llamaron a la Policía. Cuando salí de la comisaría y vi a todas las compañeras que nos fueron a hacer el aguante, ahí entendí: organización, unión y memoria feminista.”

Ahora Fátima milita en la Asamblea Nosotras Proponemos, un espacio donde las artistas denuncian la invisibilización de las mujeres en la historia del arte, y hacen acciones para recordarlas, darles nombre, obra y cara. Algo que también hizo con su obra La Monumenta, junto a Luciana Poggio Schapiro, una escultura en papel que camina libre por la calle para denunciar la ausencia de monumentos públicos a mujeres y el acoso callejero.

Después de los 200 retratos, Fátima convirtió a estas chicas en ninjas de nuevos cuadros. Necesitó sacarlas del lugar de víctimas y ponerles magia. Convertirlas en ninjas para transformar el dolor en rabia. Esa serie de pinturas, llamadas kunoichis, las expuso en ArteBa en el espacio de la Galería Piedras, y ganó el premio en obra Barrio Joven 2018. Los cuadros grandes que Fátima pintó son escenarios de interior del siglo XIX y XX con mujeres que no son ornamento, son las heroínas-ninja enojadas. “Paradójicamente el animé es re machista, me gustaba la idea de apropiarme de ese lenguaje para decir otra cosa, lo contrario”, asegura. 

17 de octubre de 2018

Viva - Nota de Tapa: Militancia XL


 Una cola grande, con celulitis, voluptuosa. Una cola ancha con una bombacha rosada bien grande que dice “feminista” en letras rojas. A ver, ¿cuántos “me gusta” tiene esta foto? Tres mil quinientos. Y la acompaña una frase: “No suelo ver cuerpos como el mío en las redes sociales, así que vine a cambiar eso”, más un emoji de un durazno (el signo frutal que identifica a esa parte del cuerpo). “Antes la odiaba, ahora la amo. Es mi ícono, es mi identidad”, dice Agustina Cabaleiro, una joven instagramer, modelo e influencer del nuevo Movimiento Gordo.
La foto es una campaña de la marca Plop, que hace prendas plus size (talles especiales). “Lancé la colección de talles grandes con Agustina como modelo y el éxito fue instantáneo”, comenta la diseñadora Victoria Etze. Antes le hacía bombachas grandes sólo a su hermana, hasta que vio que en el mercado no había ropa interior sexy y juvenil para jóvenes más rellenitas.
En la red social de 11 millones de usuarios argentinos es donde se lleva adelante una batalla estética que rompe los moldes: los cuerpos gordos se muestran. Pero lo que a simple vista parece superficial es, en realidad, la punta del iceberg de un movimiento político tan académico como popular. Detrás de la cuenta de Instagram de Agustina hay una postura que le llegó primero por el feminismo y que aprendió después por los referentes locales del activismo gordo: “Cuando dejás de ser sumisa, cuando dejás de intentar estar dentro de los estándares de belleza heredados de vaya a saber dónde, se convierte en un acto político, en una militancia. Siento que es un acto de rebelión”.
“Cuando dejás de ser sumisa, cuando dejás de intentar estar dentro de los estándares de belleza heredados de vaya a saber dónde, se convierte en un acto político, en una militancia. Siento que es un acto de rebelión”
Agustina tiene 24 años, es de San Fernando. Publicista, fotógrafa y gorda. “Siempre tuve un cuerpo que va en contra de las reglas”, dice. Cuando sus amigas de la escuela pesaban 30 kilos, ella iba por los 50. “Siempre estuve por arriba, no es que me pasó algo”, cuenta. Pero después de sufrir e intentar no llamar la atención durante la primaria y sus primeros años de adolescente, un viaje le modificó la percepción: apenas llegó a Cuba, los hombres la miraban a ella en lugar de a su amiga esbelta.
“Acá nos gustan las mujeres como vos, con carne”, le dijeron. Ahí entendió que la belleza está determinada por la cultura. “Si en un lugar me desprecian y en otro me desean por lo mismo es porque la belleza única no existe. Entonces fue: soy linda porque yo lo decido. Ahí entendí que toda esta guerra contra nosotras mismas no tiene sentido.” La táctica de Agustina fue ir empujando sus límites de a poco. Si no se animaba a salir en malla delante de los demás, primero se ponía una enteriza. Después, lo intentaba con una bikini tiro alto. Y recién cuando estuvo cómoda, se puso el triangulito que quería. En cambio, para Delfina Lecointre fue de un día para el otro: “Antes usaba sólo remeras largas, estaba toda tapada, y en un momento cambié, empecé a usar lo que quería, cosas más cortas, al cuerpo, y al que no le gusta, que no me mire”, dice.
Agustina Cabaleiro. Es modelo y publicista. Tiene 24 años. Es influencer y milita en el Activismo Gordo en Instagram.
Agustina Cabaleiro. Es modelo y publicista. Tiene 24 años. Es influencer y milita en el Activismo Gordo en Instagram.
“Antes usaba sólo remeras largas, estaba toda tapada, y en un momento cambié, empecé a usar lo que quería, cosas más cortas, al cuerpo, y al que no le gusta, que no me mire”
Delfina tiene 21 años y hace tres que vive en Buenos Aires. Se vino a estudiar diseño gráfico desde General La Madrid, provincia de Buenos Aires. “Conocer gente nueva me cambió la cabeza: ya no tenía por qué odiarme”, asegura. Mostrarse desnuda le dio miedo al principio. Pero jamás se había visto así: se gustó. Su ícono también es su cola, con la Venus de Milo de jalea de Los Simpsons tatuada en el medio.
Para Delfina, toda gorda intentó revertirse. Ella vivió a dieta durante años. “Cuando una es gorda la gente presupone cosas: que comés mal y que no hacés actividad física, lo que puede ser es una falacia”, afirma. La comunidad que encontró en Internet y en Buenos Aires fue el apoyo para resistir desde su tipo de cuerpo: “Me sentía muy sola en mi pueblo porque nadie era como yo, no tenía con quién compartir lo que me pasaba”.
“Cuando una es gorda la gente presupone cosas: que comés mal y que no hacés actividad física, lo que puede ser es una falacia”
Con los gordos no se juega. Con colores pasteles y una estética pin-up, Delfina modela para marcas independientes que hacen prendas orientadas a cuerpos fuera de la norma. Sin embargo, sabe que eso puede ser peligroso porque la estética de las modelos plus size también genera otro estereotipo: “Somos gordas curvilíneas, con linda cara y cintura, y sólo unos kilos de más. Las marcas meten a una gordita, una tatuada y una con pelo teñido para hablar de diversidad, pero eso deja afuera a las gordas que son una heladera”.
Delfina Lecointre. Modelo plus size. Tiene 21 años y estudia Diseño Gráfico. le encanta el look pin up.
Delfina Lecointre. Modelo plus size. Tiene 21 años y estudia Diseño Gráfico. le encanta el look pin up.
Semanas atrás, hubo una fuerte polémica en Twitter por esto. La marca Madness Clothing, de Candelaria Tinelli, lanzó una campaña de jeans con fotos de varias mujeres usando el mismo pantalón, entre ellas una modelo curvilínea. En las redes, varias usuarias señalaron que el jean que promocionaba sólo lo vendían en cuatro talles, y el más grande era un 30. El Movimiento Gordo reclama más que un gesto fotográfico: exige ropa para todos.
En el modelaje hay agencias que trabajan con modelos de cuerpos grandes. Entre ellas, la de Samanta Alonso, que dirige Plus Dolls, donde hay fichadas personas que van desde el talle 42 al 62, aunque en el mercado le pidan las más delgadas. “La belleza no debería ser un privilegio. Creemos que la única forma de cambiar las cosas es mostrar que una prenda se ve bien con cuerpos de distintos tamaños”, dice.
Las marcas meten a una gordita, una tatuada y una con pelo teñido para hablar de diversidad, pero eso deja afuera a las gordas que son una heladera”.
La presencia de cuerpos gordos en las campañas no debería ser sólo una cuestión de tendencia o moda. En el Congreso descansa el proyecto de Ley de Talles mientras que el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) está haciendo un estudio antropométrico para saber cómo es el tamaño de los cuerpos de los argentinos.
Contra el IMC. Según la Organización Mundial de la Salud, el sobrepeso o la obesidad se definen como una acumulación anormal o excesiva de grasa que puede ser perjudicial para la salud. Y brinda una herramienta para medirlo: el Indice de Masa Corporal (IMC). Se calcula dividiendo el peso de una persona en kilos por el cuadrado de su talla en metros (kg/m2): si el resultado da más de 25 es sobrepeso, si es superior a 30 es obesidad.
El IMC se aplica como criterio tanto en hombres como mujeres, en personas que viven en España y tienen una dieta mediterránea, en China con una dieta oriental a base de arroz, en los Estados Unidos con mucha fritura o en una vegana de Argentina. Aplica para jóvenes de 20 o señores de 60 años. No tiene en cuenta la estructura ósea, la musculatura o la genética personal. Es un índice que unifica y que fue hecho para diagnosticar poblaciones, que no tiene en cuenta a las individualidades. Esa es una de las cosas que el activismo gordo le discute a la Medicina.
Lux Moreno. Profesora de Filosofía. Publicó el libro "Gorda vanidosa", allí cuestioina la mirada de la OMS sobre la gordura.
Lux Moreno. Profesora de Filosofía. Publicó el libro "Gorda vanidosa", allí cuestioina la mirada de la OMS sobre la gordura.
“No importa si el resto de los valores en nuestra sangre, corazón o pulmones dan normales, porque portamos la anormalidad de ese IMC excedido –dice Lux Moreno, profesora en Filosofía y activista gorda, en su libro recientemente publicado, Gorda Vanidosa–. Tenemos una sociedad que considera que el gordo es enfermo, que es vago. La OMS dice que es una patología crónica. Antes de considerarla así decía que era un factor de riesgo; yo coincido, es como fumar, como ser sedentario, como ponerle sal a la comida.” La idea de una vida posible con un cuerpo grande es la rebelión del activismo gordo. No va por la aceptación, no va por el legado del amor propio: lucha por validar más de un tipo de cuerpo.
"Tenemos una sociedad que considera que el gordo es enfermo, que es vago. La OMS dice que es una patología crónica. Antes de considerarla así decía que era un factor de riesgo; yo coincido, es como fumar, como ser sedentario, como ponerle sal a la comida".
Desde la nutrición tradicional se sostiene que aquella persona con sobrepeso u obesidad, aun con perfiles normales de colesterol, tensión arterial o glucemia, tiene más posibilidades que una persona con un peso dentro de los parámetros de IMC de contraer enfermedades crónicas. “El IMC, por sí solo, no incluye individualidades. Sirve a nivel poblacional pero no tanto en el consultorio con el paciente”, dice Karina Naranja, licenciada en Nutrición. El caso del deportista es un ejemplo, tiene tanta musculatura que el índice le va a dar muy alto, como si fuera obeso. “Sólo sirve para una primera aproximación. No es autosuficiente, hay que seguir indagando”, afirma.

El Big Bang. El Movimiento Gordo nació en los Estados Unidos en la década del ‘70 como un movimiento social que propuso rebelarse contra el relato que la Medicina y los medios desplegaron en contra de la gordura: el mercado del fitness, el de la dieta, el de la delgadez como canon de belleza y dignidad. El grupo Fat Underground, conformado por mujeres californianas, publicaron en noviembre de 1973 el Manifiesto de la Liberación Gorda.
Ellas trabajan en torno a la denuncia y crítica del negocio millonario de la industria médica de la dieta. En los ‘90, Marilyn Wann hizo un fanzine llamado Gorda, ¿y qué?, el cual colaboró para que hubiera un campo académico sobre estudios críticos de la gordura. Por estos días, la escritora británica Charlotte Cooper, con su Fat Activism, es una referencia que los movimientos argentinos traducen a su modo.
“Tener un cuerpo fuera de los índices de normalidad se convirtió en un valor negativo y los estereotipos que emanaron del IMC y la tendencia cultural a considerar la delgadez como la única forma válida se transformaron en una especie de ideología sobre nuestros cuerpos. Y en esta lógica, la Medicina se encarga de controlar una buena vida que se asocia sólo con determinada noción de salud”, dice Lux Moreno, que hace poco se operó de un bypass gástrico por una enfermedad de reflujo gástrico no vinculada a su obesidad. “Mi identidad de gorda no tiene nada que ver con el peso que tenga”, afirma.

Animarse a decir “Soy gorda”. Laura Contrera y Nicolás Cuello se conocieron en 2010. Ella es profesora de Filosofía y abogada. El es profesor de Historia de las Artes Visuales y es investigador del Conicet. Su relación de amistad se forjó compartiendo sus experiencias como gordos. Se enviaban mensajes tipo cartas, reflexionaban sobre la opresión que sentían por parte de los otros y la sociedad. Cuando empezaron a postear en Facebook sobre lo que estaban discutiendo –sin ser algo catártico, sino lecturas políticas sobre la discriminación al gordo– hubo más interesados en debatir. Hicieron blogs, el fanzine Gorda! y convocaron a una asamblea que duró siete horas. A partir de ahí organizaron un temario de conversación sobre gordura vinculado al feminismo, a la alimentación, al sexo, a identidades no convencionales. Así nació el taller “Hacer la vista gorda”, el cual formó a mucho de los activistas del tema, que aún lo sostienen.
“Nos incentivamos a desobedecer, a radicalizar de verdad nuestra experiencia. A defendernos, a devolver agresiones, a responder, a decir ‘soy gorda’”, dice Laura. El año pasado hicieron un taller en el Encuentro Nacional de Mujeres en Chaco que desbordó de participantes y fue un hito en su historia. Y llevaron su libro, Cuerpo sin patrones, editado por por Madreselva. Nicolás agrega: “Pararnos desde ahí es darle la espalda a la autoayuda, a la auto conmiseración. Si hay algo que nosotros decimos es: no somos víctimas, somos rebeldes”.
Nicolás Cuello y Laura Contrera.  El, profesor de Historia de las Artes Visuales; ella, profesora de Filosofía. Ambos escribieron "Cuerpos sin patrones".
Nicolás Cuello y Laura Contrera. El, profesor de Historia de las Artes Visuales; ella, profesora de Filosofía. Ambos escribieron "Cuerpos sin patrones".
Para ellos, la gordura no se puede pensar sin relacionarla con el género –no es lo mismo una mujer gorda que un varón gordo–, la orientación sexual, la clase social o la edad. “La opresión que viven nuestros cuerpos se manifiestan en estigmatización, en violencia, en discriminación y en la patologización”, explica Laura.
Nicolás propone un ejemplo: en un grupo de cuatro amigas jóvenes siempre hay una que es la más gorda, por más que no lo sea para el resto de la sociedad. Completa Laura: “Si no sos gorda estás siempre en riesgo de serlo, y eso también opera como una forma de control sobre nuestros cuerpos”.
Ellos hablan de una crítica fuerte a los discursos de amor propio, a las frases hechas en relación con la aceptación que, en general, son dichos por personas delgadas. Su planteo es que esos mensajes culpan al gordo: si sufrís es porque no tuviste la voluntad de adelgazar, o no pudiste neutralizar la violencia, o no pudiste amarte a pesar de tu cuerpo. “Ahí lo que se anula son las condiciones políticas, económicas y culturales que producen la opresión sobre la gordura, y terminan responsabilizando a la persona”, opina Nicolás. De esta manera, la discriminación impide que puedan acceder a cuestiones básicas, como sentarse cómodos en un transporte público, entrar en un tomógrafo o comprarse ropa.
El impacto social. “Por más que mires fijo al rollo que dejé libre entre el jean y el top, el rollo no se va a ir, no va a desaparecer”, dice Agustina. Cuando era adolescente pretendía pasar inadvertida para no recibir agresiones y planificar tranquila lo que haría cuando fuera delgada. La vida se dividía en períodos de dieta con objetivos concretos como el viaje de egresados, el verano, el viaje familiar. “Cuando empecé a mostrar en Instagram que soy gorda y vivo una vida normal, y que no es que estoy sobreviviendo, recibí mensajes súper positivos. ¡Cada vez más! Ya nadie me ordena que haga dieta”, afirma. Cuando habla se expresa a carcajadas con una frescura hipnotizante. Delfina afirma que, además de comer sano, hacer ejercicio y no abandonarse, la buena vida de su corporalidad también contempla comer una hamburguesa de tres pisos, como hacen “los normales”.
“Cuando empecé a mostrar en Instagram que soy gorda y vivo una vida normal, y que no es que estoy sobreviviendo, recibí mensajes súper positivos".
Salir del estado de dolor y estigmatización que implica la gordura y avanzar hacia la rebelión que propone el Movimiento no es algo simple. Ana Larriel –psicóloga egresada de la UBA y activista gorda– dice que implica cuestionarse los valores en los que se apoya nuestra identidad. “Todos hemos sido conformados por la misma gordofobia que atraviesa todo, incluso nuestra propia familia. Si no hay afuera de nuestra casa nuevos discursos que digan que se puede vivir con este cuerpo, es muy difícil salir del lugar de dolor que se nos hizo destino”, señala.
Para Larriel, que Delfina y Agustina puedan pensarse como hermosas y demostrar que viven bien siendo gordas es porque el activismo logró correr la barrera. Para eso, dice, es importante escuchar al otro y su experiencia con su cuerpo. “Lo único que no puedo hacer con mi cuerpo es sentarme cómoda en el asiento del avión”, dice Agustina. Y Delfina, con una medialuna en la mano, la mira, se ríe y le confirma: “¡Y eso ni siquiera es tu culpa!”. 
Link: https://www.clarin.com/viva/armo-militancia-gorda_0_NMWUDjYIO.html