
Producción general del disco Mala Reputación: Latfem presenta una memoria feminista en canción.
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Romina Zanellato
Un llamado. De un lado del aparato alguien buscó el número, pensó largo rato y al final decidió marcar. Una voz anónima y desconocida dice “hola” y espera. Quien atendió sabe que los primeros minutos son cruciales, porque si llamó, la persona está desesperada y la contención que necesita es vital. El diálogo empieza lento y trabado, hasta que las palabras brotan como un río poderoso, uno contenido por una represa que ahora, abiertas las compuertas para hablar y hablar, parece imparable.
“La mayoría de los llamados que recibimos les decimos ‘mudos’, porque son de personas que no están acostumbradas a que las escuchen y no saben cómo empezar a hablar, ni a decir lo que sienten.” La que cuenta es Nelly, de 82 años, voluntaria desde hace más de 35 en la organización sin fines de lucro S.O.S. Un amigo anónimo, que recibe alrededor de 5 mil llamados por año.
Su función es atender a aquellas personas que necesitan hablar con alguien y no tienen con quién hacerlo. “Llaman por distintos motivos, pero la soledad figura en el primer puesto del ranking desde hace 47 años”, agrega.
Es que la soledad, como una epidemia, se ha extendido por toda la población mundial y se expresa de diferentes maneras: desde la persona que alquila “un amigo” para pasear acompañado hasta las estadísticas demoledoras de Suecia, donde uno de cada dos habitantes vive solo y uno de cada cuatro muere sin ninguna compañía afectiva a su lado.
Argentina –y Buenos Aires específicamente, por ser la ciudad más grande– no está excluida de este fenómeno global. “Vivimos en una época marcada por un proceso de fuerte individuación e individualización”, dice Vilma Paura, historiadora y especialista en política social, quien asegura que la tendencia es producto de una “política del yo” promovida por el capitalismo de matriz neoliberal. “Esto está muy asociado a la valoración de la autonomía del individuo por sobre los grupos familiares, que han sido vistos como espacios de dominación. Depende dónde se ponga la mirada, se puede ver que estos procesos tienen connotaciones de liberación por un lado, y por el otro de soledad, desarraigo y desvinculación.”
La modernización de los vínculos sociales induce a que se valoren los proyectos individuales y a creer que el éxito depende de la propia responsabilidad. Eso se traduce en un porcentaje mayor de personas que eligen vivir solas o postergan las uniones, deciden si tienen hijos y cuándo tenerlos, alargan sus carreras educativas, entre otros aspectos. “Pero estas elecciones no les caben a todos: no todos ni todas pueden elegir. Y, para muchas personas, la soledad no es una elección y no obedece a un proyecto de emancipación ni de realización, sino que se debe al desamparo”, agrega Paura.
Irse de la casa familiar no bien terminado el colegio, vivir solo, trabajar de manera independiente sin vincularse con otros en un espacio laboral, la competencia que plantea la meritocracia emprendedora, son algunos de los motivos por los cuales los jóvenes del mundo se encuentran cada vez más solos.
Por ejemplo, más de la mitad de los hogares suecos está compuesto por una sola persona, y este país tiene la tasa más alta de la Unión Europea. “Uno de cada cinco jóvenes con edades entre 18 y 25 años viven solos, aunque se estima que el número real podría ser mayor”, informa la agencia de estadística oficial sueca, Statistics Sweden. Para ellos, la independencia de los padres es un valor más importante que para el resto de los países europeos.
La BBC (el servicio público de radio y TV del Reino Unido) realizó en 2018 el llamado Loneliness Experiment (Experimento sobre la soledad), que abarcó a 55.000 personas y reveló que los jóvenes son quienes más se sienten solos: el 40% de las personas de entre 16 a 24 años dijo sentir soledad, frente a un 27% de los mayores de 75 años. Para el medio británico, esta sensación de aislamiento social que manifiestan los jóvenes se debe a tres razones:
1) Tienen menos experiencia controlando sus emociones, y por eso sienten todo con mayor intensidad.
2) Carecen de la experiencia para determinar que la soledad puede ser un estadío pasajero.
3) Viven una edad en la que la identidad está cambiando. Atraviesan un proceso de conformación de la personalidad social y se están definiendo ante la sociedad. Para ellos, la soledad es no tener con quién hablar, sentirse desconectados del mundo, aislados, incomprendidos y tristes.
El estudio se enmarca en una problemática que el Reino Unido definió como acuciante. La primera ministra británica de aquel momento, Theresa May, creó en enero de 2018 un Ministerio de la Soledad. Según las estadísticas oficiales, la soledad afecta a 9 millones de personas en ese país, el 13,7% de la población total. Además, 200.000 personas confesaron al gobierno británico no haber hablado con nadie durante más de un año.
En el anuncio, May dijo: “La soledad es la triste realidad de la vida moderna”. Y dedicó especial atención al fenómeno en las personas mayores: se estima que, en Inglaterra, la mitad de los ancianos de 75 años vive sola, lo que equivale a unos 2 millones de habitantes.
Para Vilma Paura, investigadora de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), es positivo que los jóvenes puedan independizarse de sus padres, que puedan cuestionar las estructuras familiares impuestas, los paradigmas dominantes y que las mujeres disputen los espacios de poder dentro de la propia familia. “Son conquistas, pero también pueden tener cierta connotación de debilitamiento de los lazos familiares, sensaciones de soledad, desamparo, desprotección y sobreexigencia en los lazos”, opina. Para ella, al igual que para el gobierno del Reino Unido, la población más vulnerable en relación a la soledad no son tanto los jóvenes sino los adultos mayores.
La situación de Japón es alarmante. Se trata del país más envejecido del mundo, con el 30% de la población mayor a los 65 años, una tasa que va en aumento porque las parejas ya no quieren tener hijos. El aislamiento en el cual viven esos ancianos es tan grande que llegan a cometer delitos para que los metan en la cárcel porque ahí se sienten acompañados, cuidados y alimentados.
En la última década se registró un aumento del 600% en delitos menores cometidos por personas mayores de 65 años, fundamentalmente robos, lo que llamó la atención del gobierno, que se puso a estudiar los casos y los motivos. Se descubrió que, en nueve de cada diez hechos, robaban para poder ir presas y sentirse menos solos. La mayoría eran mujeres. El estudio oficial demostró que el 75% de las adultas mayores que estaban detenidas vivían solas y no tenían familia o no hablaban con ella, y no tenían a nadie que las ayudara. La cárcel era la contención.
La agencia Bloomberg habló con varias de las ancianas presas y una de estas mujeres, de 80 años, contó: “Estaba sola todo el día. La primera vez que robé lo hice en una librería y cuando me llevaron a la comisaría me interrogó un policía muy amable. Escuchó todo lo que tenía que decir. Sentí que estaba siendo escuchada por primera vez en mi vida”.
“Hay que pensar en la feminización de la vejez”, dice Vilma Paura, porque la mujer tiene mayor expectativa de vida que el varón. Según el informe de Estimaciones y Proyecciones de Población 2010-2040 del INDEC, en 2020 habría 45 millones de personas en el país, de las cuales 5 millones tendrían más de 65 años, número que se duplicaría para la estimación de población de 2040. Si hay alrededor de 5 millones de adultos mayores, casi 3,5 son mujeres.
En Buenos Aires, el porcentaje de viviendas unipersonales es de 36.8%, y en ellas habitan jóvenes que recién han dejado la casa familiar, personas recién separadas o viudas, o aquellas que deciden vivir solas. La edad promedio es de 55 años y, según un informe oficial del gobierno porteño, cada vez es mayor el número de mujeres que viven sin compañía. La soledad se vuelve, entonces, un tema tan importante como el acceso a la salud y a un ingreso jubilatorio que cubra las necesidades materiales. Para la historiadora Vilma Paura, resolver este problema está íntimamente ligado a “desarrollar una vida digna”, por lo que el Estado debería intervenir con políticas de inclusión.
“En las grandes ciudades se nota más la soledad”, dice Nelly. Ella distingue que quienes llaman al S.O.S. Un amigo anónimo suelen ser de las urbes importantes. “Puede ser que un pueblo chico sea un infierno grande, pero también tiene lo otro, mayor contención. Acá –por Buenos Aires–, si alguien no tiene la predisposición de salir a buscar con quien hablar, está aislado, no es algo de un día, es algo crónico, agobiante, porque no hablan con nadie y nadie los escucha. Hay mucha conexión, y muy poca comunicación.”
La ONG recibe llamados de todo tipo, de lunes a sábado de 10 a 19, al número (011) 4783-8888. “Nos llama mucha gente mayor, de 70 años, que por ahí no tiene cerca a sus hijos porque migraron y están solos, o porque ellos mismos son los responsables del distanciamiento con ellos, pero igual sufren”, cuenta Nelly.
Hay alrededor de 30 voluntarios que atienden los teléfonos y cada principio de año buscan más. Los voluntarios tienen obligaciones: se capacitan con un equipo de profesionales para aprender a detectar si hay alguna patología en la persona que llama, tienen que asistir a seminarios y atenderse ellos mismos con psicólogos.
“Nosotros sólo escuchamos y contenemos la emergencia, no somos profesionales; cuando vemos que hay un llamado que necesita atención, tenemos un fichero de psicólogos a los cuales acudimos de manera gratuita –añade Nelly–. Ahora agregamos un día de atención por Skype: los domingos de 17 a 23, que es el horario más embromado, porque los domingos se está solo como una hoja en la tormenta.”
La soledad no es lo mismo que estar solo. Una cosa es el apartarse para disfrutar del espacio personal y otra, muy diferente, haber perdido el contacto con la vida social y carecer de contención y escucha.
“El momento actual del capitalismo, con todas sus crisis, aumentó la soledad, porque lo colectivo ha ido desapareciendo”, dice la psicóloga y psicoanalista Mirta Fabre. “En la medida en que se llega a una posición individualista, el sistema lleva a un corte entre los vínculos sociales y trae problemas para desarrollar vínculos. No es lo mismo intentar superar las trabas sociales a los 30 o 40 años que a los 60”, agrega.
“El fenómeno de la soledad puede deteriorar la mente”, dice, y ejemplifica con los castigos que se toman en los sistemas penitenciarios: cuando quieren sancionar a algún preso por mala conducta, lo aíslan, lo trasladan lejos de su familia, le dejan de contestar, le quitan la posibilidad de socializar.
Para Fabre, la digitalización de los vínculos también deteriora a las personas: “Se genera una adicción a la pantalla y las personas quedan imposibilitadas de agarrar de la mano, de discutir. Están con la presencia de un supuesto otro que no conocen sino a través de lo que cada uno infiere del otro, sin poder contrastar su suposición de manera directa, porque el interlocutor no está ahí. Lo digital ha hecho que el humano se hibridice, y eso atenta contra lo colectivo”.
Si lo digital parece regir la sociabilidad moderna de los jóvenes a través de aplicaciones de citas, de mensajería, de delivery de comidas, de taxi, lo mismo ocurre con las amistades. En 2009, Scott Rosenbaum se dio cuenta de que si había apps para citas también podía haber una para hacerse amigos, y creó rentafriend.com, que es una plataforma para alquilar un amigo por hora. Si querés buscar un amigo en Buenos Aires, hay más de 500 personas que publicitaron su aviso para ser contratadas.
También está Rent a local friend con 54 opciones de amigos por hora con un perfil más turístico. Ahí, hacerte amiga de Juliana, por ejemplo, sale 90 pesos por hora, y en su perfil se ve que estudia turismo, que ama viajar y conocer gente nueva, y que le gusta mostrarle la ciudad a los viajeros. Tiene una calificación de unos turistas que la contrataron como compañía: “¡Pasamos un gran día con Juliana en Buenos Aires!”, escribieron Paul y Timon, de los Países Bajos.
Sin embargo, es pos de no demonizar las redes, también pueden ser una compañía para quienes no encuentran la forma de vincularse de otra manera. La escritora Camila Sosa Villada, que en 2019 publicó un libro que fue un éxito en ventas, Las malas, señaló la importancia que tuvieron las charlas virtuales en su vida. En una entrevista a la revista Crisis, dijo: “Nunca interactuaba con gente más que con un grupo muy pequeño de amigos y los clientes, y en una sala de chat sucedía lo mismo que en las redes, comenzaban a funcionar intensidades que me daban mucho vértigo y yo lo disfrutaba. También me conocieron como escritora así, publicando en Facebook.”
Si la soledad puede ser entendida como una causal de angustia y de sentimientos opuestos a la felicidad, es importante pensar de qué están compuestas esas palabras que cargan a las personas de sentidos asfixiantes. Sara Ahmed, en su libro La promesa de la felicidad, dice que “la infelicidad podría brindarnos una lección pedagógica acerca de los límites de la promesa de la felicidad”, la que asoma como una imposición social agobiante. Ella plantea que el aligerarle la carga a la felicidad permite abrir otros sentidos, quitarle la expectativa y transformarla en posibilidad. Tal vez, al reducir la presión, se pueda encontrar la forma de reconectar con el entorno.
Mientras tanto, la soledad se esparce como un virus, otro más, por el planeta. ¿Qué se puede hacer para remediarla? Estar presente para los afectos, visitarlos, hacer actividades colectivas (una clase de gimnasia, un taller) y si eso no pasa, una llamada. Tal como ya están haciendo algunos de los países del Primer Mundo, a la soledad hay que prestarle atención, y es el Estado el que debe hacerse cargo.
Nota: https://www.clarin.com/viva/pandemia-llama-soledad_0_JEzxxhQP.html

Romina Zanellato
08/03/2020 - 13:46
Clarín.com Espectáculos Teatro
Una peluca platinada para allá, polvo iluminador perlado flota en el aire, aroma a fijador de peluquería, un traje de lentejuelas de colores viene para acá, unas medias de red corren para el otro lado. “Cinco minutoooos”, dice una chica después de asomarse a los cuatros camarines contiguos del cuerpo de baile de Kinky Boots, el musical que se estrenó el 15 de enero pasado en el teatro Astral. “Ayyyy, ¡no terminé!”, un grito de nervios se escucha mientras se asoma un zapato plataforma alto como un medio zanco. La obra está por empezar, después de tres horas donde los siete bailarines se “montaron” en sus personajes drags, quedan sólo los últimos detalles.
Por el pasillo se siente la adrenalina. Se escucha a Martín Bossi y Fernando Dente probar sonido justo por arriba del techo, donde está el enorme escenario de Kinky Boots. Los actores armonizan, se peinan pelucas, se terminan de hacer la boca roja bien por arriba del labio, elongan para la apertura de piernas del primer cuadro, cantan una escala acompañados por un piano desde un video de Youtube. Se da sala, la gente entra y se sienta en sus butacas, se escuchan los pasos. Vuelve a pasar la misma chica y grita, esta vez, “arribaaaa, al escenario”. Las siete salen desordenadas, ya son drags, se hablan como hermanas, son las Angels. Corren con pasos pequeños en tacos aguja de 13 centímetros. Las piernas musculosas, depiladas, en medias, son largas hasta la cola turgida que apenas es cubierta por una malla con tul, o una estructura de falda transparente. Elongan antes de subir al escenario, hacen sus cábalas, secretas, y salen a escena como gacelas detrás de Lola, el personaje de Martín Bossi, quien las presenta, las hace lucir. “Las drags somos diosas mezcladas entre normales”, dice en una parte de la obra. El proceso de transformación diario de estos siete actores-bailarines es ese: de hombres “normales” a diosas.
Tres horas antes llegan al teatro sobre la avenida Corrientes. La mayoría de los siete bailarines nunca se había dragueado antes, salvo Fer Ibarra, une chique no binarie quien, además de tener una formación en la danza clásica -bailó en el Colón y el San Martín- y en contemporánea, es una drag modelo de pasarelas. “Todos me vinieron a ver competir a una ball (apócope de ballroom, "salón de baile") donde hay voguin y runway, yo soy drag de pasarela, soy la linda. Acá es otra cosa, soy una intérprete de un personaje”, cuenta. Los demás no se habían dragueado nunca, pero no eran ajenos a la movida. Todos son fans de RuPaul, el reality show estadounidense que es una competencia de drags, y ahora todos se sienten parte de un mundo que se acaba de abrir ante sus tacos altos.
Cuando están juntos se hablan en femenino. Y los demás, los que trabajan con ellos, van cambiando los pronombres a medida que se van transformando. En el mundo de las drags -que pueden ser hombres o mujeres, y no es una identidad sexual-, a la transformación hacia el personaje se le dice “montarse”, y es un proceso largo y paciente. Tan solo el maquillaje les lleva alrededor de una hora y media. Lo hacen ellos mismos. Primero se pegan las cejas con el pegamento en barra escolar. Después lo cubren de maquillaje blanco, para hacer una base del ojo más dramática, y luego pintan la ceja varios centímetros más arriba de la suya natural. La forma de la ceja suele ser bien arqueada, exagerada, y el espacio del párpado con mucha profundidad de colores shockeantes y negros.
En el camarín de Matías Prieto Peccia y Nicolás di Pace suena Whitney Houston mientras se maquillan despacio frente a la luz blanca. La playlist de divas es clave para entrar en tono. La transformación es sorprendente. Matías se tuvo que afeitar los bigotes antes de empezar la obra para interpretar a Yesabel, la drag de pelo lila que más interactúa con Martín Bossi en escena. “Cuando me vi por primera vez, todo maquillado, con la peluca, me miré al espejo y dije ‘¡Ah, soy hermosa!’. Es muy loco porque ves alguien que no reconocés, pero sos vos. Esta mina hermosa soy yo. Y creo que doy muy bien de mina”, dice.
Nico Villalba, antes de la transformación, es un morocho de cejas gruesas y mandíbula marcada. “Toda la vida actué de chongo porque es el estereotipo de bailarín habitual en mi ambiente de trabajo, que es la tele, bien varón, musculoso y masculino”, pero no calculó lo que iba a sentir cuando se transformara en María Katriela, su personaje. “Siempre había escuchado esa frase de ‘el taco te empodera’ y no la creía pero cuando te subís a esos 13 centímetros y sentís el pelo, hay como un poder, será que tenés todo el peso adelante, como una cosa de encare, de tensión en las piernas. Es algo muy sexual”, cuenta mientras se maquilla. Para él es un trabajo como de pintar un cuadro, de mucha concentración y relajación, con el pequeño detalle de que se trata de su propia cara.
Los siete cantan durante toda la obra, cuando están en escena y cuando están tras bambalinas, además de actuar y bailar en sus papeles de las Angels de Lola, el personaje de Martín Bossi. Fue él quien las bautizó a todas, y en cada función improvisa pequeños detalles de ellas, para hacerlas reír. “Tenemos que ser un cuerpo de baile homogéneo al servicio de él”, dice Nicolás Di Pace, la más intensa de las drags con su vestuario de lentejuelas negras, botas bucaneras, también negras, y la sombra de los ojos bien dark.
La exigencia es muy grande. La obra está en un tono agudo, muy superior al que canta un varón normalmente. Menelik Cambiaso explica que la tesitura de la voz es tan aguda, que el tenor es lo más grave que hay entre ellos. “En las audiciones nos hicieron hacer un ejercicio de aprendernos en el momento una canción, y cada vez nos la pedían más y más arriba. Fue muy exigente”.
Las audiciones comenzaron el 25 de junio del año pasado y fue una semana entera. Estuvieron jornadas largas donde iban descartando a personas, y al tercer día los hicieron draguearse por primera vez, querían verlos bailar y escucharlos cantar al mismo tiempo. En los ensayos el proceso fue lento, pero firme. Mariano Magnífico, “la letrada”, como le dicen las demás porque es licenciado en Letras y profesor de Literatura en un colegio en Villa Celina, cuenta que empezaron a ensayar en zapatillas, pero que al cabo de unas horas ya les trajeron todos los zapatos que iban a usar. A los pocos días ya tenían las pelucas, y por último aprendieron a maquillarse. Fue un cambio paulatino.
El primer par de zapatos que tuvieron era uno con taco aguja de 11 centímetros. “Sufrimos muchos dolores, vamos mucho al masajista”, cuenta Menelik, y agrega: “depende de la disponibilidad corporal de cada uno, hay que sortear distintas dificultades, si tiene piernas banana, pie plano, o empeine alto”. Todos usan la técnica de la palangana llena de hielo ni bien terminan la función, y coinciden en que no fue tan difícil como lo esperaban. Para Nicolás Villalba hay una cuestión de la técnica de la danza que les facilita estar tan altos: “Sabés cómo poner el centro, el peso hacia adelante, entonces es más fácil que para las personas normales”.
Mientras ellos se cambian, Claudia Zucchi y Miguel Ángel González les ponen y cosen sus pelucas. La de Fer, por ejemplo, fue una propuesta compartida, ella era fanática del dibujo animado de los noventa Sailor Moon, y entonces crearon una de pelo rubio con dos colitas largas hasta la cintura, como con pompones y moños. A último momento le cosen pelo natural para que puedan respirar mejor y moverse con más naturalidad.
Este sábado va a ser la primera vez que Nico Arosa se subirá al escenario, porque por función actúan seis, él es el swing, una especie de comodín para reemplazar a quien no pueda performar. Se sabe el papel de todos sus compañeros y se prepara cada día, de miércoles a domingo. Cuando se sacan el maquillaje y salen a la calle no los reconocen, pero él, que es el primero en salir, se queda escuchando entre la gente los comentarios del público. “Me encanta meterme en el subte y espiar sus análisis. La gente se divierte, nosotros también”.
Dicen que la belleza es el máximo don que puede tener una mujer, que es una cualidad que, al poseerla, se convierte en herramienta y poder sobre los demás. La belleza genera enamoramiento, deseo, envidia, pasión, inspiración, y, sobre todo, atención. Ya lo cantó Homero (y no el dibujo animado): “Infunde amor y lujuria en dioses y mortales. Y en todas las criaturas que viven en la tierra y el mar”. Lo hizo en la Ilíada, en referencia al poder de Afrodita, diosa de la belleza y el erotismo en la mitología griega. Ella, que fue representada por Botticelli, Tiziano, Rubens, Velázquez, Goya y tantos exquisitos pintores y escultores más, la Venus en su versión romana, era una mujer de tez blanca, pechos pequeños y curvas generosas que representaba la única belleza admirada en los tiempos clásicos.
En un pestañar de siglos, desde los inicios de la civilización occidental hasta ahora, donde se convirtió en publicidad, mercantilización de los cuerpos fit y el privilegio de lo saludable, la belleza fue cambiando sin parar. Y sí, lo está haciendo de nuevo.
Su última gran revolución está ocurriendo en este momento, en el celular y a través de las redes sociales: se trata del irreversible empoderamiento que trajo la masividad del feminismo. Nuevas representaciones de belleza emergen en cada scrolleo de celular, y todas las mujeres e identidades feminizadas son parte.
Flaca, blanca, joven y alta es el canon de belleza impuesto por la publicidad o el mundo del entretenimiento. Cada vez más flacas, más blancas, más jóvenes y más altas, como máxima expresión de la perfección femenina.
La imagen fotográfica imprime y reproduce en nuestra mente que tener esas cuatro virtudes te convierte en bella. Pero la democratización de la fotografía abrió nuevos espacios de identificación. Bellezas no convencionales (para lo que hegemónicamente es considerado “bello”) dan pie a micro activismos y pasan a representar a más y más cuerpos con una mirada amable, atractiva y erótica.
Ver a otras mujeres con un cuerpo similar al mío fue muy importante para empezar a amigarme con mi propio cuerpo.
Brenda Mato, modelo plus size
Este movimiento llegó también al ámbito de las marcas. Según un estudio realizado por Dove, el 78% de las mujeres está disconforme con la forma en que se representa la imagen femenina, y reclama un cambio que incluya diferentes edades, etnias, talles, color de cabello, estilos y roles.
En la Argentina, 8 de cada 10 mujeres consultadas dijeron que “la presión de los medios de comunicación y la publicidad impulsa la ansiedad en torno a la apariencia y la belleza en general”. Por eso, creó un banco fotográfico junto a Getty Images con imágenes de mujeres que rompen con los estereotipos clásicos.
“Ver a otras mujeres con un cuerpo similar al mío fue muy importante para empezar a amigarme con mi propio cuerpo”, dice Brenda Mato, de 29 años. Todavía le pasa que, cuando dice que es modelo, la gente se sorprende y no le cree. ¿Por qué? Porque tiene curvas: cola grande, pechos grandes y panza. Debe aclarar: modelo plus size, de talles grandes.
“Cuando hablan de modelos te hablan de un cuerpo chato, con una panza siempre plana, sin rollos, ni siquiera cuando se sientan, ¡no tienen pliegues de piel! El empezar a ver modelos distintas me cambió mucho la cabeza, porque no hay chicas como yo en los medios. Encontrar belleza en ellas me ayudó a encontrar belleza en mí, porque me cuestioné por qué en ellas no me jode algo con lo que yo me martirizo”, dice.
En su Instagram, tiene fotos en malla, en ropa interior, en vestidos de noche y también en jeans. Que ella trabaje de modelo sorprende y anima a sus 70 mil seguidores: no hay nada que ella no pueda hacer con su cuerpo, y siempre luce hermosa.
Todos los años, Brenda hace una campaña en contra de la idea de hacer sacrificios (físicos) para “llegar al verano” con determinada silueta, y este no fue la excepción. Chicas de todo el país le mandan sus fotos en la playa. Algunas se han puesto una bikini por primera vez. Su lema es que todos los cuerpos llegan al verano y no hay competencia de cuerpos que impida el disfrute de la malla y la pileta.
La psicoanalista Patricia Factorovich explica que los ideales de belleza son inculcados en las personas por la repetición de esas imágenes que vemos en los medios y también por la valoración que hace la familia acerca de lo que es lindo y es feo: “Cuanto más nos acerquemos a esos ideales, más alta será nuestra estima. De niños y niñas tenemos el temor de que si no cumplimos vamos a perder el amor familiar, y de adultos perdemos nuestro amor propio además del de otros”.
En el consultorio, Factorovich ve el esfuerzo que hacen las pacientes para aflojar la tensión que genera la distancia entre su yo real y su yo ideal. “Porque, además, ¡chocan con los deseos! Y por eso es tan sufriente incumplirlos, como a veces es vacío cumplirlos”, señala. La autopercepción se modifica todos los días, y esa oscilación pasa de un extremo a otro en pocos minutos, porque así funciona la dinámica que regula la relación con la propia imagen. El cuerpo que refleja el espejo siempre va a sentirse un poco ajeno.
“De repente, comer algo ‘inapropiado y excesivo’ con ganas es más que sumar calorías, es ir contra el ideal de belleza. Los ideales dan brillo, pero no por eso siempre satisfacción”, agrega. Pero la única manera de que este ideal se modifique y deje de reinar como tal, es que suceda en las dos vertientes: tanto en la sociedad como en un trabajo personal.
Con el pelo rubio y un vestido de encaje y transparencias, como de una novia de la antigüedad, mojada en la intimidad de su baño familiar, Carolina Unrein mira a la cámara. Parece una sirena triste recién salida de una bañadera celeste en un baño de azulejos rosas. Carolina es modelo y también es escritora. La editorial Planeta acaba de publicar su segundo libro, Fatal, una crónica trans.
La razón por la cual trabajo de modelo es porque pueden verme como una chica cualquiera, pero lo que me deja tranquila al final del día es que en esa campaña hay una modelo trans, que soy yo.
Carolina Unrein, modelo y escritora
“Todas las concepciones que tenemos de la feminidad nacen a partir de la mirada y el deseo masculinos. Entonces, para quienes están en proceso de construir una identidad femenina, el varón se convierte en una figura de autoridad que tiene el poder de validarte”, dice promediando su libro, una autobiografía sobre su proceso de transición identitaria.
Carolina, que tiene las cualidades de la belleza hegemónica, es la cara de varias marcas y sale en las revistas de moda, aunque su acción es política. “La razón por la cual trabajo de modelo es porque pueden verme como una chica cualquiera, pero lo que me deja tranquila al final del día es que en esa campaña hay una modelo trans, que soy yo, y que alguien va a leer mi nombre, leerá la entrevista donde voy a nombrar a Quimey Ramos, Marlene Wayar, Susy Shock y Camila Sosa Villada, y que capaz descubra esos nombres por primera vez. Ellas son tan importantes porque crean teoría travesti y trans, y nombrarlas abre puertas”, dice a sus 20 años. La belleza, para ella, es esa resiliencia de ocupar espacios para que otras trans más chicas puedan vivir en un mundo con menos violencia.
Esta juventud que vive la identidad desde la diversidad, donde ser mujer no está ligado al rol tradicional de señorita de la casa o de la maternidad, sino a una construcción en movimiento, es lo que retratan las nuevas fotógrafas que pueblan las redes sociales con sus capturas.
Una de ellas es Violeta Capasso, de 25 años, quien sacó la foto de tapa del libro de Carolina Unrein. “La belleza que me interesa fotografiar es la que sucede cuando la persona que retrato se relaja, se acepta y se ama por un rato. Sería como la belleza de la autodeterminación o algo así. Preferiría ser un medium entre cómo quiere expresarse la persona a retratar, y que las fotos sean un juego, una forma de exponerse como humane en un cuerpo”, dice Capasso.
Las marcas, de a poco, tienden a esa estética “real” y de vida cotidiana, que está muy cerca de la fotografía autobiográfica. “¿Y quién define lo real?”, se pregunta Capasso. “En este caso lo definimos un montón de personas con vivencias similares que nos criamos sin representación en grandes medios. Y ahora, a través de fotos, nos incorporamos al imaginario visual de gente que quizás nunca había visto un primer plano del culo de une gorde o las tetas de una mujer trans. De repente también somos la realidad.”
Esos cuerpos en movimiento no sólo no eran retratados o representados, tampoco tenían espacio en el mercado de la belleza. Hasta hace poco no había una ley de talles que regulara la confección de acuerdo a una pluralidad de tamaños, ni marcas dispuestas a hacer prendas para que todas esas mujeres y feminidades puedan vestir.
“A la hora de diseñar prioricé la comodidad y respetar las formas naturales de cada cuerpo. Desarrollé diferentes modelos para que se adapten a las diferentes tipologías de cuerpos: las que tienen mucha lola y poco espalda, menos lola y más espalda, mucho todo, poco todo, sin que nadie quede afuera”, dice Magdalena Paladini, diseñadora de la marca de ropa interior y mallas Brilla Gringa.
En una estampita impresa para la billetera o el altar, una mujer de pechos pequeños y curvas generosas está envuelta en flores y sólo tiene una bombacha modelo trusa, esas altas hasta el ombligo, de algodón y con flores de colores pasteles. Una afrodita actual, una reversión de la de Botticelli. En el manifiesto de la marca se lee que fue hecho para una mujer al natural, con marcas y formas, suelta, libre, que truene de enojo, que proteste, que desee y se excite, se explore. “Me parece que está bueno empezar a pensar la belleza como un poder disfrutarse y la libertad de ser lo que cada una quiera”, dice la diseñadora.
La belleza puede ser un don, una herramienta, otorga poder a quien lo tiene, genera atención, es una construcción cultural, hay ciertos parámetros bien definidos sobre juventud, delgadez, blancura y altura, se acerca a una fantasía, pero, ¿qué es exactamente la belleza?
La filósofa feminista Virginia Cano dice que puede ser entendida como una idea, una ficción, un ideal, una sensación subjetiva, y que sea lo que sea preocupó tanto a las disciplinas científicas como a las revistas comerciales, las industrias de la estética, las publicidades, pero afecta a todos.
“Nadie puede definir o dar cuenta de modo acabado qué es lo bello, pero –al menos en nuestro contexto cultural– estamos vinculados a aquello que entendemos como bello, ya sea porque lo percibimos en otres, o porque nos sentimos o no bellos, o porque deseamos e incluso nos esforzamos para ser belles. O en algunas refrescantes ocasiones, porque no nos interesa ser leídos como bellos y habitar esa posición”, afirma.
Me siento bella porque aprendí a conocerme, a querer abrazarme en mis dudas, en mis miedos, en mi sensibilidad.
Yanina De Simone, publicista e influencer
Las activistas feministas como Virginia Cano señalan y alertan respecto a cómo los ideales de belleza operan como modos de normalización, control y disciplinamiento social. El hecho de que la belleza femenina, por ejemplo, se asocie a ciertos modelos, “hace que los cuerpos sean diferencialmente jerarquizados (hay algunos que son percibidos como más bellos que otros) y precarizados (algunos son vistos como menos valiosos, menos deseables, menos adecuados)”.
Eso lo entiende muy bien Yanina De Simone, conocida en las redes como Chule. Ella es una publicista de 37 años, mamá de tres hijos, que se convirtió en una influencer, modelo y creadora de contenido para marcas que buscan acercarse a las vivencias de las mujeres.
“El lenguaje masculino siempre lo dominé y lo adopté como mecanismo de defensa porque yo sabía que primero me iban a mirar las tetas, mi cuerpo, pero yo necesitaba validar lo que yo era, mis experiencias, lo que había vivido, era mucho más que una mina que estaba buena”, dice. Es que nació en La Boca, vivió rodeada de varones, trabajó muchos años en un canal de televisión donde las mujeres eran minoría absoluta, y donde siempre se sintió subestimada por ser “una minita”, y a la vez, aprendió que ser una especie de amazona, era un privilegio.
“La belleza la tomo a mi favor ahora, porque quiero que en la belleza se note mi empatía, en la calidez –dice–. Sé que desde esta exuberancia, con mis casi 40 años, creo que soy mucho más atractiva en una charla a que me mires pasar”.
En su cuenta de Instagram, donde la siguen más de 45 mil personas, De Simone muestra su vida y sus creencias, las cicatrices en su cadera por la prótesis que lleva, sus lolas que alimentaron a tres personas durante ocho años, la panza en donde crecieron sus tres hijos. “Me siento bella porque aprendí a conocerme, a querer abrazarme en mis dudas, en mis miedos, en mi sensibilidad. Por supuesto de chica me castigaba más, pero al ver el recorrido, no puedo hacerlo. Todas somos reales y bellas, tenemos que estar representadas en toda nuestra pluralidad”.
Llevar el pelo con rulos es sacarle la connotación negativa y sentirte con poder.
Florencia Gomes, modelo
Lo más paradojal del ideal de belleza es que genera una obsesión con la juventud como si fuera un valor en sí mismo. Y sin embargo, son pocas las jóvenes que logran sentirse a gusto consigo mismas, porque es la edad, el trabajo personal, el derribar las imposiciones sociales y la experiencia la que habilitan nuevos valores que resaltan una mirada más amorosa sobre cada una.
Cynthia Cohen tiene 51 años, pero dice que ese número le es muy ajeno. “Me percibo más joven, pero al mismo tiempo estoy mucho más relajada y más segura. Los 40 fueron mejores que los 30 y mis 50 tienen una efervescencia que me gustan. Mi cerebro explota de ideas y proyectos que quiero desarrollar sin importar el motivo”.
Es artista plástica y está haciendo una obra junto a la coreógrafa Leticia Mazur sobre el poder de los cuerpos feminizados y su fuerza con modelos de todo tipo, color y forma. Ella también fue modelo, casi sin quererlo, de varias marcas. “Siempre fui muy insegura con mi imagen, nunca sentí que era bella. Ahora sí, me miro diferente. La juventud no es la belleza”, señala.
En el siglo XX hubo algunos íconos revolucionarios sobre la belleza. Los grupos comerciales del mundo se organizan en un sistema de negocio para imponer ciertas modas que, en definitiva, validan conceptos estéticos: la cintura breve, los pechos grandes, la potencia de la minifalda. A partir del año 2000 se pluralizan los cuerpos, las apariencias, y se pierde el binarismo de crear una belleza en torno al hombre. El gran actor de la revolución actual es el pelo.
Me percibo más joven, pero al mismo tiempo estoy mucho más relajada y segura. Mis 50 tienen una efervescencia que me gusta.
Cynthia Cohen, artista plástica, modelo
Para Gisela Kaczan, diseñadora de indumentaria y doctora en Historia, que estudia el evolución de la belleza a lo largo de la historia, “culturalmente se van dando algunos cambios que expresan lo que antes, por ahí, quedaba en el marco de la privacidad. Ahora la diversidad se trabaja en el cabello, se expresa a través de los colores, los cortes y la multiplicidad de opciones una identidad política, afectiva y estética. Lo interesante de este momento es que se pueden proponer y crear nuevas formas de belleza, y que hay fuerza desde lo político, con el feminismo, que avalan esos movimientos”.
La calle es reflejo de eso: mujeres con cabello corto, chicas con la cabeza rapada, pelos de colores fantasía, rulos naturales, canas sin ocultar. Florencia Gomes tiene 29 años y es afrodescendiente. Es segunda generación de inmigrantes caboverdeanos, provenientes de un conjunto de diez islas del Atlántico en Africa. Su pelo natural es su máxima expresión política, es la aceptación de su identidad negra, y es su proclama antirracista.
“Desde que salgo de mi casa hasta que vuelvo por la noche, toda mi vida está atravesada por el racismo”, dice. A pesar de haber nacido en una familia con un contacto activo con su herencia afro, a Florencia le llevó tiempo y militancia llevar el pelo como hoy lo tiene, natural.
“El pelo para las negras es algo muy importante. Llevarlo con los rulos, con trenzas o con turbante, que son elementos sagrados y ancestrales, es una forma de contrarrestar lo que nos dice la sociedad todo el tiempo, que somos desprolijos, sucios o que no calificamos como de buena presencia sólo por nuestro cabello. Llevar el pelo así es sacarle la connotación negativa y sentirte con poder. Amo mi pelo, por mis ancestras y por quién soy.”
29 de diciembre de 2019 • 16:48
El incendio en el último recital de una trilogía de shows que Callejeros había armado para despedir el año 2004 comenzó a las 22:40, y el primer móvil de TV que llegó fue el de Crónica, cerca de las 23:30. Este dato hoy, a 15 años de la tragedia, parece extraño, pero entonces no era común que toda la gente tuviera celulares, menos Internet en el teléfono, y el titular de "Incendio en un boliche de Once" fue la única fuente de información para los familiares de las 3.000 personas que habían ido a ver una banda de rock.
La mañana siguiente, el país amaneció con una tragedia que dejó 194 muertos y más de 1.400 heridos. Con el tiempo, se sumaron 17 personas más a la primera lista, fueron los sobrevivientes que se suicidaron. En el listado se ven hermanos, madres e hijos, menores de edad que estaban acompañando a sus padres mientras trabajaban en el lugar, familiares de los miembros de la banda.
Ir a un recital nunca más fue igual. El rock nacional sufrió un golpe duro, del que no pudo sobreponerse del todo. Los chicos y chicas que estuvieron en República Cromañón esa noche viven con una marca imborrable. ¿Por qué ellos sobrevivieron y tantos otros no? ¿Por qué tuvieron que vivir eso? ¿Por qué no fueron cuidados? Demasiadas preguntas sin respuesta aparecen en sus relatos.
Facundo Roma dice que no tenía una cercanía personal con la banda, a pesar de que él es de Lugano y Callejeros de Villa Celina, barrios vecinos, pero los escuchaba mucho. Había ido a verlos a Obras, a Excursionistas, a varias fechas en el conurbano, incluso hasta Rosario y también fue al cierre del año más exitoso de la banda en Cromañón. "Con mis amigos éramos más de curtir recitales que ir a boliches", dice el ahora sociólogo, dos veces elegido como comunero por el distrito 8 de la Ciudad y actual secretario de coordinación de la Legislatura porteña.
"Fui a la primera y a la tercera fecha, no me dio la guita para ir los tres días", cuenta. La noche del medio recordó que en mayo de ese año, cuando fue a ver a Jóvenes Pordioseros a Cromañón, se había incendiado el techo. "Había muchísima menos gente, nos sacaron y lo apagaron con un matafuego y volvimos a entrar. Me acuerdo que pensé 'che, qué pasa si se repite mañana', pero toqué madera y al otro día me mandé".
Esa noche se sentía un clima festivo por la cercanía con el fin de año. "Cuando entramos con mis amigos algunos se quedaron abajo y yo subí un rato. Había ido a Cromañón muchas veces, lo había visto en muchas circunstancias de público, pero nunca así, estaba hasta las manos mal. Cuando empezó el show bajé con ellos y no terminó el primer tema que se prendió fuego el techo, cuando yo estaba medio de espaldas al escenario. No vi cuando pararon de tocar ni nada, pero como venía pensando en esto, al ver la reacción de la gente salí disparado para la puerta, ni miré lo que pasaba".
Su reacción fue rápida y fría. Si bien la cabeza le iba a mil, supo que tenía que buscar una rendija de luz. Ya en la vereda, al primero que vio fue a su amigo Osvaldo, se dieron un abrazo que selló una amistad para siempre: cada uno es el padrino del hijo del otro. No esperaron a entender lo que habían vivido, se metieron a sacar a la gente que estaba perdida dentro de Cromañón, hasta que no pudieron entrar más: "Era muy fuerte ver la pila de personas amontonadas, desvanecidas, no lo soporté".
Sus amigos fueron saliendo de a poco salvo uno, que no salió. Entre todos lo buscaban, pero no lo encontraron hasta el día siguiente a las 18 en un hospital, estuvo internado dos semanas en terapia intensiva. Sobrevivió.
"Mis viejos estaban en casa y vieron en Crónica la placa roja del incendio en un boliche de Once. En 7 minutos mi papá metió Lugano-Once en su taxi, con la suerte de que, ni bien bajó, me vio caminando por el medio de la calle", cuenta. Se metieron en un bar para llamar a la casa y avisarle a su mamá, que atendió enseguida, pero no le creía que esa voz era la de su hijo. Seguía mirando las imágenes terribles en la tele, y tardó un rato en entender. "Nunca la escuché así, su voz estaba transformada".
Facundo estuvo en algunos grupos de sobrevivientes, pero no se bancó el contacto con la pérdida. "Sé que voy a vivir con Cromañón toda la vida. Hay gente que le tocó un choque de autos, a mí me tocó estar ahí. Y tenía que seguir".
"Por ahí hablo con una persona que no estuvo en Cromañón y me dice '¿15 años y siguen con lo mismo?', pero no estuvieron ahí, no saben lo que fue. No saben que no pasó un día para nosotros". Silvina Jures tiene la remera de su lucha, la de la memoria. No quiere que nadie se olvide de lo que pasó en ese lugar de Once. "Somos la parte viva de esta historia, 194 no pudieron contarla, y para eso estamos acá, para que nuestra voz llegue a los otros y no vuelva a pasar lo mismo".
Ese 30 de diciembre Silvina fue con sus primas de 13 y 15 años, ella era la mayor a cargo. Las llevaron sus tíos desde Rafael Castillo, La Matanza, hasta Once. Las dejaron en la puerta y después las volvían a buscar. Las revisaron todas, hasta las zapatillas, y cuando entraron vieron una cantidad de gente impresionante. Quisieron ir al baño, que estaba arriba, pero estaba tan lleno que no pudieron entrar. Se quedaron en la escalera, para volver a intentarlo ni bien aflojara la circulación de gente. "Ya había bombas de estruendo y fuegos artificiales, nosotras mirando de acá para allá por si saltaba algo", relata. Recuerda a Omar Chabán, pidiendo que se calmaran, y que Pato Fontanet, el cantante de Callejeros, hizo lo mismo. "Al segundo de empezar el show tiraron una bengala tipo tres tiros y fue un flash, en un segundo se prendió el techo. Agarré a mis primas de las manos y nos tiramos en el aire por la escalera. Ellas no reaccionaban. Perdí a la más chica, después me arrancaron a la más grande, seguí un poco más y me caí". Se toca la espalda, detrás de la cortina de pelo negro lacio hay una columna con una vértebra desviada por los pisotones que recibió. "Lo siguiente que me acuerdo es en la calle, alguien me sacó. A mis primas también. Las tres estuvimos internadas. Al principio no entendía nada. Miraba la cantidad de muertos en la tele y me preguntaba por qué no me había pasado a mí, por qué a mí no".
Silvina es parte de una organización de sobrevivientes que transformó el dolor en lucha: quieren que Cromañón sea un lugar de memoria, que no se abra. Además, mantienen el santuario sobre la calle Mitre y hacen los festivales cada 30 de mes.
Este año la pasaron mal. En abril la Justicia le dio las llaves del predio a su dueño, Rafael Levy, quien estuvo preso cuatro años por el hecho, mientras que ellos reclaman la expropiación para hacer un lugar de memoria. "Nuestra duda era si estaban las cosas de los chicos. Si estaban las marcas. Nadie nos daba respuesta. Hasta que un día decidimos entrar, vino la policía, y estuvimos discutiendo hasta que nos dejaron que pase uno. Al final entró un papá con una bolsa para sacar las pertenencias de los chicos, pero salió sin nada. Lo habían limpiado. Estaba de punta en blanco el lugar. No hay huella, nada", dice Silvina, y termina hablando de su relación con Callejeros: "Nunca más los pude escuchar. Les tengo mucha bronca aún, porque las canciones no matan, pero la corrupción sí".
"Se oscureció el mundo, estaba pisando gente que se moría, escuchaba tantos gritos que no podía escuchar mis propios pensamientos. Si no fuera por el cartelito verde de 'salida', no la cuento. Fue como un faro en ese momento. Solo supe que había que ir hacia allá".
Julián Villalba se tomó el 105 con su amigo Hernán, desde La Paternal hasta Once. Él recién había cumplido sus 15 años y su amigo todavía tenía 14. Era su primer recital solos, sin adultos. Su mamá le había conseguido las entradas para la última fecha de la trilogía, donde iban a tocar el disco Rocanroles sin destino que a él tanto le gustaba.
"Estábamos ubicados en un balcón del primer piso. Cuando la media sombra se prendió, el fuego estaba a tres metros de distancia, casi lo podíamos tocar. Pensé que iba a apagarse rápido, pero cuando logré ver bien le dije a mi amigo vayámonos ya, pero Hernán se quedó paralizado y tuve que volver a buscarlo", relata frente a su hermana. Es la primera vez que ella escucha lo que vivió ese día contado por él: "Fuimos por la escalera y en el descanso se abrían dos bajadas, una colapsada y la otra cerrada con una reja. Saltamos la reja y bajamos por esa escalera clausurada y llegamos al piso, ahí ya no pudimos ver más por el humo. La gente estaba quemándose, a mí me cayó encima una parte de esa media sombra, me quemaba la pierna. Esa cosa se te pega, te come la piel. Ahí vi el cartel verde de salida y fui como un caballo hacia ahí".
Además del cartel, Julián registró a la persona que tenía delante. Sabía que si él se caía, se iba a tropezar y quedaría atrapado, así que lo sostuvo hasta que pudieron salir. "Nos dimos cuenta que estábamos afuera porque nos chocamos la pared de la vereda de enfrente. Era tanto el humo, incluso en la calle, que si no hubiera estado esa pared no sé cuándo íbamos a frenar".
Su amigo Hernán salió más tarde, todo negro, como un zombi: "La gente de los puestos de la plaza me ayudó a socorrerlo, a darle agua. Estuvo escupiendo negro como un mes".
Volvieron a sus casas como fueron, en colectivo. Cuando llegó, su familia no estaba, se había ido a ver un programa de TV, Operación Triunfo, y no había nadie en la casa. "Me fui a la pieza de mi mamá, a acostarme en su cama, abrazar su almohada, fue instintivo, algo que tuviera su olor. Puse la tele y Crónica decía que el incendio era en un boliche. Mi mamá lo vio y llamó a casa, la atendí yo y le conté lo que había pasado. Cuando me dormí iban 16 muertos, al despertarme ya pasaban las 150 personas", cuenta.
Después de esa noche Julián Villalba, como tantos otros, no pudo dormir más con la luz apagada. "Era muy chico en el momento en que pasó. Mi vieja se sumó a las madres y padres, a las movilizaciones, pero yo en ese tiempo no me sentía tan cómodo con eso de ser un sobreviviente, estar con familias que quedaron destrozadas. Durante un par de años lo suprimí de mi vida. Después, de grande, pude hacer otro proceso, hablarlo más tranquilo, sin que me duela, tuve la suerte de que me quedara como experiencia, hay otros que no salieron de ahí".