Expedición antártica: Islas Malvinas
Terminé de rendir mi último final y mi mamá me dijo: ¿Querés venir conmigo a un crucero al fin del mundo? Le dije que sí. El regalo más hermoso que me hicieron salía del puerto de Buenos Aires, tocaba tierra en Montevideo al día siguiente, y tenía dos días de navegación para llegar al punto más importante de la travesía: las Islas Malvinas.
Todo era muy extraño arriba del barco. Mi vieja es fanática de los cruceros y yo ya había viajado en uno o en dos, pero este era diferente a los que había conocido. El barco tenía una magnitud enorme, como un edificio acostado con un laberinto de lujo por adentro. Los turistas no tenían ánimo de reviente y carnaval carioca, eran señores mayores, nórdicos en su mayoría, muy finos y elegantes. Nosotras habíamos pescado una promoción de la línea Princess Cruises para atraer viajeros sudamericanos y parecíamos eso: sudacas de safari por nuestro mar. No importaba, la experiencia valía la pena.
Montevideo me impactó. Su personalidad, detenida en los ’80 me daba la sensación de estar en un set de filmación todo el tiempo. Era una cinta en cámara lenta que pasan en el canal Volver, todos los colores eran pasteles, a pesar del sol vertical sobre nosotras. La rambla infinita hacia el mar, el final de todo lo bonaerense. Tan cerca, tan diferente.
Navegar dos días y dos noches es agotador. El piso se mueve, lo que comés se revuelve, lo inmenso del barco se empequeñece hasta llegar al ridículo cada vez que vas a proa y mirás el horizonte estático, siempre en el mismo lugar. ¿Estamos yendo de verdad hacia un pedazo de tierra o es todo un holograma? ¿Nos movemos o estamos quietos? Hay una estela de agua que confirma lo primero, hay un entorno que confirma lo segundo.
Lo peor es la mente. Uno nunca tiene tanto tiempo para pensar como en altamar. Me había llevado dos libros, una novela que no recuerdo y Siddharta, de Hermann Hesse, acorde a mi tierna juventud. También me llevé un diario íntimo que ahora no sé dónde está, y una cámara con fotos que perdí. Desde Montevideo a las Islas Malvinas no sólo se desciende en el mapa, también en temperatura. Pasamos del verano rioplatense al invierno antártico. También pasó algo en el alma, en el interior. Ojalá hubiera tenido más años para poder entenderlo, ahora lo comprendo mejor con la distancia, aún joven, aún romántica.
Mi mamá no pudo dormir la noche anterior. Habíamos hecho un plan: el barco anclaba a las 6 am y la primera barca descendía a las 7 am. Pusimos el despertador a las 6.30 para desayunar y bajar rápido. Habíamos averiguado con el único latinoamericano de la tripulación, un mozo uruguayo, que había sólo 10 taxis en la isla que nos podían llevar al cementerio de nuestros soldados.
El crucero ancló en una bahía frente al Puerto Argentino (o Standley) y unos barquitos más pequeños nos llevaban hasta el muelle del pueblo. El diminutivo sólo es a comparación porque en esas barcas entran 100 personas. Mientras nos acercábamos, el viento de mar nos abofeteó la cara. Estábamos en el más crudo invierno que conocí, en un 16 de febrero de 2007.
Lo que se veía mientras el bote se movía y se acercaba era un pueblo pequeño, de cuatro o cinco manzanas, con casas de ladrillo a la vista y techos de colores rojos, azules o verdes, y un cartel inmenso, apoyado sobre la tierra, que decía WELCOME TO THE FALKLAND ISLANDS. Se nos helaba la sangre.
Mi hermana era muy chica en ese momento y fue arduo levantarla tan de madrugada. Estábamos en tierra a las 7.30 am y no quedaba ni la sombra de un taxi disponible. De los 3.000 pasajeros que habían en ese barco, más los 1.500 tripulantes, con que 50 bajaran antes que nosotros, estábamos sonadas. Y así fue. El puñado de argentinos había hecho el mismo plan que nosotros y nos ganaron de mano.
No nos quedó otra que pasear por el pueblo. El viento venía directo desde uno no sabe dónde, porque no hay nada alrededor, y en la mente nunca se va la imagen del punto al lado del otro punto y todo el mar alrededor. Estábamos en una isla, muy cerca de la Antártida.
Guantes, bufanda, campera, botas y la camiseta de Argentina abajo: salimos a pasear. Recorrimos rápidamente esas pocas cuadras de pueblo con una roca dura e indigerible en nuestras panzas. Las casas eran inglesas, la gente hablaba en inglés, no había vestigios de argentinismos: era territorio extranjero.
Al final de la rambla de la bahía, que se llamaba Thatcher Drive, había bastante gente sacándose fotos en un monumento. Fuimos a ver de qué se trataba y decía: “In memory of those who liberated us” y un listado de nombres ingleses alrededor del mausoleo. La piedra se fosilizaba en nuestra panza. En frente, en la escasa entrada de agua, un barco abandonado hundía el pasado y lo congelaba frente a todos.
Volvimos al puerto y entramos a Turismo. Ahí nos contaron –en inglés- que había un tour pronto a la pingüinera que estaba del otro lado de la isla. Decidimos ir. Recorrimos la estepa por una hora en un mini colectivo junto a otros viejos anglosajones y llegamos a una playa de arenas blancas y cientos de pingüinos. El espectáculo natural era impresionante. Las nubes parecían erupcionar una detrás de la otra, salidas de un cuadro apocalíptico. Los pingüinos caminaban por todos lados, con ese andar tan chistoso a los Chaplin, el ingrediente ridículo a una situación fuera de serie, fuera de vida.
Nos alejamos de la playa principal por un circuito bien delimitado para el turista para ver otros sectores de la pingüinera. En la estepa habían caños oxidados y cosas metálicas que no sabíamos qué eran, hasta que un cartel nos señaló –en inglés- que no saliéramos del camino porque podían quedar minas activadas de la guerra con Argentina en 1983. Un refugio de cemento con un cañón apuntando hacia el mar fue lo que necesitamos para volver, adoloridas y en silencio, hacia el micro, hacia el barquito, hacia el crucero. El resto de las horas que quedaban en tierra las dedicamos a tomar el té y mirar, bien a lo lejos, algo que todavía no logro divisar bien qué es.
“Poco a poco fue floreciendo y durando en Siddhartha la idea, la noción de lo que realmente era la sabiduría, el objetivo final de su larga búsqueda. No era otra cosa que una disponibilidad del alma (…)”.
Texto: Romina Zanellato — @romizanellato
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