La historia de la jefa del trap y su feminismo. De cómo enfrenta a lxs haters y se posiciona a favor del trabajo sexual. Romina Zanellato analiza su derecho a bebotear y hacer guita.
Cazzu: rímel, labial, perfume y una calculadora
Cazzu está en el asiento de conductora. Se escuchan las balizas, está esperando a una amiga. También se escucha una canción de reggaetón. Cazzu saca el teléfono y le graba lo que está escuchando a su amiga que entra y se sienta de acompañante. Cazzu gira la cámara hacia adelante, va a manejar, y se ve, rápido en el paneo, los cuatro círculos entrelazados en la tapa del volante: el logo de Audi. Una storie de Instagram. Una storie que deben haber visto las 3 millones de personas que la siguen. Un auto que, tal vez, costó cerca de esos millones de pesos.
Ella habla poco en los medios, pero su historia la contó: se llama Julieta Emilia Cazzuchelli, nació en Fraile Pintado, Jujuy, el 16 de diciembre de 1993. Es la hermana mayor de tres hermanxs. De padres musicales y folclóricos, ella y su hermanx Flo tenían condiciones de cantantes. Juntas se fueron a vivir a San Miguel de Tucumán para estudiar. Se metió en cine y armó sus bandas. Cazzu dirigió algunos de sus primeros videos de los grupos de cumbia que tuvo, el último bajo el nombre de Juli K. Mientras ella ganaba nombre como cumbiera, siempre emo, siempre con look noventera, su hermane, Flo Cazzuchelli, se fue convirtiendo en une DJ de Tucumán que habita la movida autogestiva, feminista y queer. Pero le Dios del éxito musical habita en Buenos Aires y Cazzu armó su bolso cuando su proyecto Juli K estaba tomando vuelo. Empezó a trabajar con una reconocida banda de cumbia que ella no quiere nombrar, viajó por Europa con ellos, y se desencantó del desprecio que mostraban por lo que hacían. Volvió en crisis. Y de esa crisis nació su trap.
126 millones de visualizaciones después en su canal de YouTube, y tantos millones más en las canciones donde colabora con un featuring a otros artistas, Cazzu sabe que el trap se puede agotar pronto. Y ella es cantante. Tiene visión, ideales y equipo. No está sola, aunque lo parece. Es la única mujer en el cartel del Buenos Aires Trap, el festival que se hizo el 23 de febrero en el Hipódromo de Palermo. No es un dato menor, fue la coronación del género como suceso indiscutido en la música argentina. Y ella lideraba el cartel. Es nuestra QueenC, la jefa de la movida, ahí, rodeada de tipos, de gangstas argentinos del flow. ¿Por qué es la única que está ahí? ¿No hay más mujeres que trapeen? Sí, hay, pero con otra onda, hablan de cómo rivalizar para buscarse tipos, incluso algunas son antiderechos, y nada tienen que ver con su idea de mujer.
“Págame, págame, págame, que este culo se lo merece”, bebotea en el video-hit de Khea, Loca, esa canción que jamás pudimos dejar de cantar, la que tiene 382 millones de reproducciones en YouTube y parece que no tiene techo de audiencia. Ahí, vestida de rosa bebé, Cazzu marca la línea de lo que será su lucha: en el capitalismo salvaje las mujeres queremos trabajar para tener guita, para bancarnos nuestros lujos, para nuestra independencia, para salir con nuestras amigas. Si querés este culo, pagalo. Eso que llamás sexo, ella lo llama laburo. Y su visión empresarial está casada con su autogestión. Parece que pocxs saben entender el nuevo mercado de la música como ella. Sin atarse a ningún sello, Cazzu anda libre y administrando sus cartas como una jefa.
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Un par de besitos, filmado en San Miguel de Tucumán, lo dirigió Cazzu. En un boliche están escuchando rap yanqui, ella entra y su presencia hace que empiece una cumbia dark. Lo emo y rocker está en ella desde este video en 2014, cuando era Juli K. Esa imagen es la que imanta. Una chica sensible, medio depre, y peligrosa, con un cuerpo escultural, una especie de Harley Quinn que anda con un oso de peluche, una lágrima de Emoji en el selfi, el dedito en la boquita y el peligro de una asesina serial de tu corazón.
Si en Argentina una nunca deja de buscar el mango, aún cuando tiene éxito, porque en cualquier momento se puede perder, el mango fijo hay que buscarlo afuera. Su idea de negocio es bien clara: Cazzu no se casó con ninguna disquera local porque necesita estar libre para hacer asociaciones con músicxs de todo el mundo. Prefiere no estar nominada a los Premio Gardel pero irse a Puerto Rico a hacer una colaboración en el escenario con Bad Bunny, el trapero que se saca fotos con Rosalía y juega en las grandes ligas mundiales de la música urbana.
“No nos gustan las disqueras. Siempre hay problemas para colaborar y tenés que firmar millones de papeles. Nosotros somos re inmediatos. Un día grabamos una canción, otra un video y la subimos. Los sellos como que la quedan. Nosotros nos juntamos con los que queremos y hacemos plata. Pero también trabajamos una banda. Estamos en una era digital que la comprendimos y sabemos cómo usarla. Somos como diferentes artistas independientes. Económicamente más exitosos que muchos artistas que no son independientes. Es loco, tengo colegas que facturan más que Charly”, le dijo a La Nación Espectáculos hace unos meses.
Sabe de negocios, sabe que volver su discurso y su habla neutral, con vista a toda Latinoamérica, será la puerta de su éxito a largo plazo. Su primer gran éxito, 14 millones en Spotify y 42 millones en YouTube, fue Chapiadora, una palabra caribeña, de uso cotidiano en República Dominicana. Chapiar es cuando hacés que el chabón te pague todos los caprichos y ahí Cazzu mete un beat rapidísimo y dice, en la jeta, “estoy enseñándoles que hay poco tiempo para hacer plata”. No sólo lo tiene clarísimo, lo canta, y nosotras lo perreamos. “Soy inteligente, no negocio con giles, no quiero ma’ amigo, quiero ma’ miles”, dice, y ese estribillo que a las feministas nos sonó como una alerta, ruidosa, ojo, acá hay una compañera, esto es un himno, una bandera, el sonido de nuestra lucha:
Chapi, chapi, chapi, chapi
Pensando en el money, papi, a todas horas
Tengo una gata que cuenta billetes todo el día, parece contadora
En la cartera va un rímel, labial, perfume y una calculadora
Chapi, chapi, chapi, chapi
Las que cuentan money son las que no lloran
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“La imposición de las ideas y de “CÓMO PENSAR” me lo espero del patriarcado, no de una corriente que lucha por lo mismo que yo y hoy me impone que sea de TAL manera”, twitteó Cazzu en diciembre pasado. Sí, dijo la palabra patriarcado, y sí, salió a defenderse de las feministas abolicionistas de la prostitución que veían en sus letras una defensa del trabajo sexual y de excitación al capitalismo. Y lo hizo a su modo, con la certidumbre de su camino recorrido: para ser mujer en un ámbito tan machista como es el de la música, donde sólo lideran tipos o pibes, hay que saber defenderse y proteger la guita con uñas y dientes. Uñas brillantes con strass, pero su guita.
Y dijo más: “A la ley no le conviene que sea legal el trabajo sexual porque desaparece el morbo de la trata que alimenta la mayor enfermedad del macho. A mí me tocó algo que nunca esperé, y es que las trabajadoras sexuales siempre se acerquen a mis shows con entusiasmo de conocerme. ¿Quién soy yo para ir en contra de una labor que ellas mismas eligieron? Antes de quitarles esa posibilidad prefiero pensar si mi país podría ser como otros países que me tocó visitar donde la ley ampara, y por lo consiguiente está regido el lugar, tanto los stripclubs como los que incluyen más servicios. Eso sería más seguro. Sólo en nuestro país eso se ve cómo trata, porque jamás les han permitido ejercer su labor legalmente y siempre se mantuvo la tranza con la policía y el gobierno para permanecer en la calle, y en el peligro que eso implica. No nos sumerjamos en tomar una contrariedad LIBERAL VS. RADICAL charlemos dentro del respeto y la experiencia, nos lo debemos. Esta lucha NO ES de nosotras contra nosotras. Es contra el PATRIARCADO escuchémonos con respeto y tolerancia somos aliadas”.
Esto pasó hace seis meses y Cazzu no rompió nada, sólo movió el avispero, se colocó en un lugar, se diferenció y tomó un compromiso. Hasta logró que Malena Pichot le pidiera disculpas después de hacer una generalización desafortunada sobre el compromiso de las traperas en la lucha feminista.
Sin una gran formación académica en el feminismo, sin pertenecer a una organización, Cazzu plantó bandera en uno de los parteaguas más fuertes del feminismo, y no dudó. En su entorno, que es un equipo de mujeres amables y amigas, hablan de que la exposición la obligó a pensarse en determinados parámetros. “Creo que la vida misma y el lugar donde trabajamos hace que te aferres mucho más a los ideales que uno construye en el paso de la vida”, comentaron.
Si las trabajadoras sexuales se acercaron a la trapera fue como fans, porque Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR, advirtió que no tuvieron un contacto oficial con ella. Cazzu tampoco parece querer ocupar un rol de activista, sólo expresó lo que piensa y de qué lado de la grieta feminista está. Orellano dice: “Que alguien tan popular como ella hable de la autonomía económica, de cobrarle al patriarcado, de ser dueña de nuestra putez es otro mensaje, otra voz, para un montón de chicas. A muchas de nosotras la música que nos llegaba en nuestra adolescencia reforzaba el amor romántico, el régimen heterosexual. Ver ahora pibas tan jóvenes entonar esas letras es un cambio cultural”.
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Emo, bruja y ansiosa. Mientras lxs haters se concentran en atacarla por los conceptos que elige para cantar (¿les pasa lo mismo a los músicos? no creo), ella se concentra en ampliar su sonido a esas influencias que trae desde lejos. En C14TORCE II, la canción que sacó el Día de los Enamorados, el 14 de febrero, aprovechó para lanzar su “emo club”, el nombre de su comunidad de fans. Fue después de un testimonio sobre violencia a su novio CRO, donde tomó una postura muy cauta, sin comunicarse con sus fans. La canción ya no es rapeada, Cazzu pone su voz al servicio de una balada dark y triste, que habla de la ansiedad, de la decepción, del corazón roto. Hace remeras con esas frases, pero recibe miles de mensajes haters acusándola de que lucra con una “enfermedad mental”, que en realidad es un trastorno, nada nuevo: otra vez le exigen a una mujer que pida permiso para hablar de lo que quiera, para hacer guita con lo que quiera. Cazzu los manda a cagar. Todo lo transforma en algo más poderoso para su proyecto. Brujería es el último tema, un video superproducido, con sonidos árabes, con ella mirando directo a lxs enemigxs, al corazón de su voluntad.
Link: https://latfem.org/cazzu-rimel-labial-perfume-y-una-calculadora/
29 de junio de 2019
Cobertura juicio a Cristian Aldana para Rolling Stone
Notas:
Juicio a Cristian Aldana: la defensa pide apartar a los jueces
10 de agosto de 2018 • Link: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/cristian-aldana-intento-declarar-y-termino-pidiendo-apartar-a-los-jueces-nid2161144
El juicio a Cristian Aldana ayer tuvo una nueva audiencia, en la que iba a declarar la última de las siete mujeres que lo acusan por el delito de abuso sexual con acceso carnal gravemente ultrajante y corrupción de menores. Pero, a último momento, en vez de ser convocada J. se dio lugar a que el cantante y guitarrista de El Otro Yo le hable a los jueces. "Primero, quiero decir que Dios bendiga a este tribunal y a la querella, dijo en su primera intervención.
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Cristian Aldana en la recta final de su juicio: ¿por qué se quedó sin abogado?
26 de marzo de 2019 • https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/cristian-aldana-sin-su-abogado-se-enfrenta-nid2232134
Cristian Aldana enfrenta las últimas semanas del juicio por abuso sexual gravemente ultrajante y corrupción de menores. En prisión preventiva desde el 22 de diciembre de 2016 en el Penal de Marcos Paz, a 61 kilómetros de Capital Federal, la situación del músico de El Otro Yo se complica cada vez más: expulsaron del juicio a su abogado Rodolfo Patiño, la justicia le embargó sus cuentas, rechazó su defensa oficial, y los testigos parecen incriminarlo.
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Por qué volvió a postergarse una etapa clave del juicio a Cristian Aldana
6 de junio de 2019 • https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/por-que-volvio-postergarse-etapa-clave-del-nid2255315
Los vaivenes del juicio a Cristian Aldana no cesan. Este jueves estaba previsto el comienzo de los alegatos, que vienen siendo pospuestos hace semanas, pero un planteo del nuevo abogado privado del cantante, Nicolás Grasso, obligó al Tribunal a esperar unos días más.
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Caso Cristian Aldana: comenzaron los alegatos y el músico otra vez se quedó sin abogado
25 de junio de 2019 • https://www.lanacion.com.ar/sociedad/caso-cristian-aldana-comenzaron-alegatos-musico-otra-nid2261394
Este martes comenzaron los alegatos en el juicio que enfrenta Cristian Aldana por los cargos de abuso sexual gravemente ultrajante y corrupción de menores de siete mujeres. El músico contó con una defensora oficial porque hoy renunció el penalista Nicolás Grasso, que había asumido como su nuevo abogado hace pocas semanas.
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Caso Cristian Aldana: la querella pidió 40 años
28 de junio de 2019 • https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/caso-cristian-aldana-querella-pidio-40-anos-nid2262658
En el juicio por abuso sexual gravemente ultrajante y corrupción de menores en siete casos que enfrenta Cristian Aldana , las querellas pidieron 40 y 20 años de prisión. El proceso judicial que lleva más de un año y por el que pasaron más de cien testigos -entre ellos cuatro mujeres que, sin presentar cargos, relataron las mismas vejaciones que las denunciantes-, está por llegar a su fin después de reiteradas dilaciones por parte del músico y de sus abogados defensores. Hoy comenzó el extenso alegato del fiscal, que no llegó a pedir pena después de varias horas de exposición, y que continuará el martes.
Revisita Viva: Nota a Sabrina Cartabia
Nota en Revista Viva 11/05/2019
Link: https://www.clarin.com/viva/historia-desconocida-abogada-thelma-fardin_0_uSVwkxVjr.html
Un corazón brillante y verde le cuelga del cuello. No es la forma del corazón de fantasía: tiene fisonomía muscular. Las uñas también brillan, verdes. Todo en el mismo tono que el pañuelo de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito que cuelga en la pared detrás de ella. Sabrina Cartabia está sentada en el sillón de su casa en Almagro, ese mismo donde la revista estadounidense Time la retrató en octubre de 2018 como una de las mujeres líderes de la nueva generación.
Su gata gris se le trepa, hasta que se duerme en su regazo mientras ella habla de violencia sexual. Puede hacerlo porque la abogada que asesora a Thelma Fardín se mueve poco cuando habla. Su estricta seriedad parece no tener grieta, salvo cuando hace memoria y cuenta el momento en el que se asumió feminista por primera vez. Ahí sonríe, ante el entusiasmo revolucionario que vivió a sus 23 años, cuando fue a su primer Encuentro Nacional de Mujeres a Tucumán en 2009. A partir de ese momento empezó a mirar toda su vida, la pasada, presente y futura, con el tamiz violeta que dan los anteojos de la perspectiva de género. Ahora más que nunca, dice, hay que redoblar la apuesta hacia la sociedad entera: “Hay una decisión que tenemos que tomar, porque durante muchísimo tiempo lo más habitual fue no creerles a las víctimas, y eso ha provocado mucho daño, a punto tal de avalar nuevos episodios de violencia sexual por parte de las mismas personas. Tenemos la oportunidad de cambiar nuestra forma de afrontar este tipo de procesos para protegerlas y prevenir lo peor”.
"No creerles a las víctimas ha provocado mucho daño. Tenemos la oportunidad de cambiar".
El 11 de diciembre pasado, su vida cambió para siempre. Fue entonces cuando se sentó al lado de Thelma Fardín en la conferencia de prensa que dio en el Multiteatro junto al colectivo Actrices Argentinas, para difundir la denuncia penal por abuso sexual radicada en Nicaragua contra Juan Darthés. Su teléfono no paró de sonar durante semanas, en las redes sociales las mujeres le piden patrocinio jurídico por sus situaciones de violencia, la invitaron a los programas más vistos de la televisión y, en la mesa de Mirtha Legrand, tuvo que contestar la pregunta que le hizo la conductora: “¿Usted qué haría si fuera violada?”. La risa que se le escapó, porque nada en la entrevista le dio a entender que vendría esa pregunta, le dio el tiempo para retomar el control: ella no habla sobre supuestos, plantea sus argumentos con datos y estadísticas. “No puedo saber, ni lo puedo responder. Eso se evalúa en el fuero interno de cada mujer, pero según el Ministerio Público Fiscal en el 72% de los casos de denuncias de género las causas son archivadas”, y salió airosa de la situación.
Todo empezó en un tren. Estudió en la UBA y se recibió con diploma de honor. Nació en Capital Federal, pero desde muy chica vivió en Caseros, provincia de Buenos Aires, donde vivió 25 años en el seno de una familia de trabajadores municipales. “En mi familia la discusión política estaba muy presente. Recuerdo los debates en las mesas de los domingos: una mitad era radical y la otra, peronista. Ahí aprendí que había que tomar posiciones sobre la realidad”, recuerda. Entró en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en el turno mañana, y se tomó los trenes San Martín y Sarmiento todos los días durante cinco años. Se levantaba a las 5:30 para llegar a horario. “Mi adolescencia estuvo signada por eso. Tengo mucha memoria de viajar en el transporte público atiborrado de gente, donde nos mojábamos si llovía, nos moríamos de frío en invierno porque no había ventanas, la mitad de las veces sin luz”, cuenta. Cada madrugada, cuando viajaba a Capital Federal, estaba signada por el miedo y la vulnerabilidad en un tren repleto, cuerpo a cuerpo con desconocidos, sobre todo hombres. Se acuerda del año en el que un fallo del Tribunal Superior de Justicia obligó al Estado a arreglar el tren: ése es su primer recuerdo sobre cómo la justicia puede ejercer una diferencia en la vida de los ciudadanos.
Mi hija, la abogada. Es la primera abogada de su familia, y es la primera generación de profesionales. No fue una elección apasionada, cuando terminó el colegio no sabía qué estudiar; le interesaba psicología, pero fue su papá el que le aconsejó que siguiera una “carrera comodín como es el Derecho”, según recuerda. Sin vocación y con toda la indecisión de los 18 años, se anotó en el código 001 de la UBA. A medida que pasaban las materias le fue encontrando el gusto a lo que se convirtió en su profesión. Hubo un momento, al mediar la carrera, que una compañera de estudio y amiga se fue con una beca de grado a estudiar a la Universidad Autónoma de Madrid y tomó unos cursos de género y feminismo. Cuando volvió le trajo un libro de teoría que fue su revelación personal. Se trata de Una teoría feminista del Estado, de Catharine MacKinnon, un libro de casi 800 páginas que le sirvió como puerta de entrada a la discusión mundial del derecho con perspectiva de género. Entonces, con su amiga, se anotaron en todas las materias que hablaban de esto: eran seis cursos en total. Sólo pudo ir a cuatro y el resto de su formación jurídica feminista la hizo por fuera. “Hoy la oferta de materias con perspectiva de género es enorme”, dice.
Fue al Encuentro Nacional de Mujeres y, casi al mismo tiempo, definió la orientación de la carrera: tributarista. “Tenía fama de ser la más compleja, y como yo había tomado la decisión de trabajar en temas de género y feminismo jurídicos, que era algo mal visto, de baja categoría, pensé que si me recibía con honores en tributario iba a legitimarme ante determinados interlocutores.” Su profesora, Alicia Ruiz, la convocó para trabajar con ella en el Tribunal Superior de Justicia, pero sólo estuvo un año. “Todos quieren hacer carrera ahí, pero no era para mí”, dice. A ella le gusta hacer muchas cosas, un multitasking laboral que pretende sostener. Cartabia no tiene un gran estudio jurídico, atiende sólo algunos casos que le refieren gente de confianza.
Además, trabaja como asesora en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, es investigadora asociada del Programa de abogacía feminista de la Universidad Di Tella, pertenece al grupo de investigación del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (INECIP), es presidenta de la Asociación Civil Red de Mujeres, integró el Colectivo Ni Una Menos y formó parte de la Coordinadora Feminista Antirrepresiva.
El caso clave. Si tiene que hablar de un caso que le cambió la vida, el nombre es el de Yanina González. Fue en 2014. “Yanina tenía 19 años, estaba embarazada de seis meses y quien era su pareja mató a su hija de 2 años. Ella quedó imputada y fue presa con preventiva, y él, en libertad. El caso llegó al movimiento de mujeres porque había abandono procesal, no la estaban defendiendo bien y se venía el juicio, donde podían condenarla”. Ahí conoció a Gabriela Conder, otra abogada feminista con quien empezaron a trabajar junto a Carina Leguizamón. “Esa fue una experiencia súper enriquecedora, juntarme a trabajar en el articulado de una estrategia para defender una injusticia muy grande”, dice. Y ganaron: Yanina fue absuelta. Pero se dieron cuenta de que se iba a repetir un caso así por la falta de capacitación en género que tienen los agentes judiciales.
El tsunami Thelma. Un día, la periodista y escritora feminista Luciana Peker la contactó con Thelma Fardín. “El trabajo que hicimos en conjunto fue encontrar las herramientas para que ella pudiera hacer algo con lo que había vivido. Empezó a formarse, a leer, y a codificar todo de manera feminista, para entender qué le había sucedido y por qué.” Lo que Cartabia dice es que en ese proceso Thelma entendió que no es algo que le pasó a ella exclusivamente, sino que la violencia sexual es una situación sistemática en la sociedad contra niñas y adolescentes.
Estuvieron juntándose durante meses, compartiendo lecturas, conversando juntas hasta que Thelma decidió que quería acusar. Eso fue durante las vigilias en la calle mientras en el Congreso se debatía el proyecto de ley para legalizar el aborto. Thelma supo que iba a acusar, pero juntas esperaron el momento adecuado para hacerlo.
De saco rosa y con un póster de la feminista antirracista Angela Davis detrás, referente del movimiento Panteras Negras estadounidense, su casa es un pequeño museo de su recorrido activista. En cada rincón hay un recuerdo de viaje feminista, un libro, un póster (el de Eva Perón se destaca). También, sorprendentemente, existe lugar para un pequeño altar para Buda. “No me considero budista, pero simpatizo con sus principios, y practico meditación cada día de mi vida”, cuenta. Amante de la filosofía oriental, viajó a Japón el año pasado, festeja el año nuevo chino y sirve el té como ceremonia.
"Nunca imaginé la magnitud del cimbronazo que provocó Thelma cuando pudo expresarse".
Tal vez sea de ahí donde saca la templanza. “Sabíamos que una vez que Thelma pudiera expresarse iba a ser un cimbronazo, pero yo nunca imaginé que iba a ser de tal magnitud”. Las redes sociales y las conversaciones familiares tuvieron un gran tema durante semanas: el relato de cantidad de mujeres, adolescentes, niños y niñas que empezaron a contar las violencias que habían sufrido a partir del #NoEsNo y la campaña #MiráCómoNosPonemos que impulsaron con Thelma Fardin y el colectivo de actrices.
Los escraches –o, como ella prefiere llamarlos, “la toma de la palabra pública”– abren un nuevo paradigma social. “Me parece que se está asentando un nuevo dogma y un nuevo Deber ser, que es que hay que salir a tomar la palabra pública siempre sí o sí, que eso sana. Y puede sanar en algunos casos, pero puede no hacerlo en otros; hay que reflexionar sobre eso.” Ella, que tiene tantas historias de abuso y violencia en su carrera, tuvo que elegir una imagen firme e impasible en el ámbito profesional. Pero en lo personal, guarda energía para compartir con su pareja y sus amigas, con quienes sale a bailar reggaetón, a cantar clásicos del rock nacional (Los Piojos, Sandro, Las Pelotas, Los Redondos) o a ver a su ídola, la cantante Sara Hebe.
Link: https://www.clarin.com/viva/historia-desconocida-abogada-thelma-fardin_0_uSVwkxVjr.html
Un corazón brillante y verde le cuelga del cuello. No es la forma del corazón de fantasía: tiene fisonomía muscular. Las uñas también brillan, verdes. Todo en el mismo tono que el pañuelo de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito que cuelga en la pared detrás de ella. Sabrina Cartabia está sentada en el sillón de su casa en Almagro, ese mismo donde la revista estadounidense Time la retrató en octubre de 2018 como una de las mujeres líderes de la nueva generación.
Su gata gris se le trepa, hasta que se duerme en su regazo mientras ella habla de violencia sexual. Puede hacerlo porque la abogada que asesora a Thelma Fardín se mueve poco cuando habla. Su estricta seriedad parece no tener grieta, salvo cuando hace memoria y cuenta el momento en el que se asumió feminista por primera vez. Ahí sonríe, ante el entusiasmo revolucionario que vivió a sus 23 años, cuando fue a su primer Encuentro Nacional de Mujeres a Tucumán en 2009. A partir de ese momento empezó a mirar toda su vida, la pasada, presente y futura, con el tamiz violeta que dan los anteojos de la perspectiva de género. Ahora más que nunca, dice, hay que redoblar la apuesta hacia la sociedad entera: “Hay una decisión que tenemos que tomar, porque durante muchísimo tiempo lo más habitual fue no creerles a las víctimas, y eso ha provocado mucho daño, a punto tal de avalar nuevos episodios de violencia sexual por parte de las mismas personas. Tenemos la oportunidad de cambiar nuestra forma de afrontar este tipo de procesos para protegerlas y prevenir lo peor”.
"No creerles a las víctimas ha provocado mucho daño. Tenemos la oportunidad de cambiar".
El 11 de diciembre pasado, su vida cambió para siempre. Fue entonces cuando se sentó al lado de Thelma Fardín en la conferencia de prensa que dio en el Multiteatro junto al colectivo Actrices Argentinas, para difundir la denuncia penal por abuso sexual radicada en Nicaragua contra Juan Darthés. Su teléfono no paró de sonar durante semanas, en las redes sociales las mujeres le piden patrocinio jurídico por sus situaciones de violencia, la invitaron a los programas más vistos de la televisión y, en la mesa de Mirtha Legrand, tuvo que contestar la pregunta que le hizo la conductora: “¿Usted qué haría si fuera violada?”. La risa que se le escapó, porque nada en la entrevista le dio a entender que vendría esa pregunta, le dio el tiempo para retomar el control: ella no habla sobre supuestos, plantea sus argumentos con datos y estadísticas. “No puedo saber, ni lo puedo responder. Eso se evalúa en el fuero interno de cada mujer, pero según el Ministerio Público Fiscal en el 72% de los casos de denuncias de género las causas son archivadas”, y salió airosa de la situación.
Todo empezó en un tren. Estudió en la UBA y se recibió con diploma de honor. Nació en Capital Federal, pero desde muy chica vivió en Caseros, provincia de Buenos Aires, donde vivió 25 años en el seno de una familia de trabajadores municipales. “En mi familia la discusión política estaba muy presente. Recuerdo los debates en las mesas de los domingos: una mitad era radical y la otra, peronista. Ahí aprendí que había que tomar posiciones sobre la realidad”, recuerda. Entró en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en el turno mañana, y se tomó los trenes San Martín y Sarmiento todos los días durante cinco años. Se levantaba a las 5:30 para llegar a horario. “Mi adolescencia estuvo signada por eso. Tengo mucha memoria de viajar en el transporte público atiborrado de gente, donde nos mojábamos si llovía, nos moríamos de frío en invierno porque no había ventanas, la mitad de las veces sin luz”, cuenta. Cada madrugada, cuando viajaba a Capital Federal, estaba signada por el miedo y la vulnerabilidad en un tren repleto, cuerpo a cuerpo con desconocidos, sobre todo hombres. Se acuerda del año en el que un fallo del Tribunal Superior de Justicia obligó al Estado a arreglar el tren: ése es su primer recuerdo sobre cómo la justicia puede ejercer una diferencia en la vida de los ciudadanos.
Mi hija, la abogada. Es la primera abogada de su familia, y es la primera generación de profesionales. No fue una elección apasionada, cuando terminó el colegio no sabía qué estudiar; le interesaba psicología, pero fue su papá el que le aconsejó que siguiera una “carrera comodín como es el Derecho”, según recuerda. Sin vocación y con toda la indecisión de los 18 años, se anotó en el código 001 de la UBA. A medida que pasaban las materias le fue encontrando el gusto a lo que se convirtió en su profesión. Hubo un momento, al mediar la carrera, que una compañera de estudio y amiga se fue con una beca de grado a estudiar a la Universidad Autónoma de Madrid y tomó unos cursos de género y feminismo. Cuando volvió le trajo un libro de teoría que fue su revelación personal. Se trata de Una teoría feminista del Estado, de Catharine MacKinnon, un libro de casi 800 páginas que le sirvió como puerta de entrada a la discusión mundial del derecho con perspectiva de género. Entonces, con su amiga, se anotaron en todas las materias que hablaban de esto: eran seis cursos en total. Sólo pudo ir a cuatro y el resto de su formación jurídica feminista la hizo por fuera. “Hoy la oferta de materias con perspectiva de género es enorme”, dice.
Fue al Encuentro Nacional de Mujeres y, casi al mismo tiempo, definió la orientación de la carrera: tributarista. “Tenía fama de ser la más compleja, y como yo había tomado la decisión de trabajar en temas de género y feminismo jurídicos, que era algo mal visto, de baja categoría, pensé que si me recibía con honores en tributario iba a legitimarme ante determinados interlocutores.” Su profesora, Alicia Ruiz, la convocó para trabajar con ella en el Tribunal Superior de Justicia, pero sólo estuvo un año. “Todos quieren hacer carrera ahí, pero no era para mí”, dice. A ella le gusta hacer muchas cosas, un multitasking laboral que pretende sostener. Cartabia no tiene un gran estudio jurídico, atiende sólo algunos casos que le refieren gente de confianza.
Además, trabaja como asesora en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, es investigadora asociada del Programa de abogacía feminista de la Universidad Di Tella, pertenece al grupo de investigación del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (INECIP), es presidenta de la Asociación Civil Red de Mujeres, integró el Colectivo Ni Una Menos y formó parte de la Coordinadora Feminista Antirrepresiva.
El caso clave. Si tiene que hablar de un caso que le cambió la vida, el nombre es el de Yanina González. Fue en 2014. “Yanina tenía 19 años, estaba embarazada de seis meses y quien era su pareja mató a su hija de 2 años. Ella quedó imputada y fue presa con preventiva, y él, en libertad. El caso llegó al movimiento de mujeres porque había abandono procesal, no la estaban defendiendo bien y se venía el juicio, donde podían condenarla”. Ahí conoció a Gabriela Conder, otra abogada feminista con quien empezaron a trabajar junto a Carina Leguizamón. “Esa fue una experiencia súper enriquecedora, juntarme a trabajar en el articulado de una estrategia para defender una injusticia muy grande”, dice. Y ganaron: Yanina fue absuelta. Pero se dieron cuenta de que se iba a repetir un caso así por la falta de capacitación en género que tienen los agentes judiciales.
El tsunami Thelma. Un día, la periodista y escritora feminista Luciana Peker la contactó con Thelma Fardín. “El trabajo que hicimos en conjunto fue encontrar las herramientas para que ella pudiera hacer algo con lo que había vivido. Empezó a formarse, a leer, y a codificar todo de manera feminista, para entender qué le había sucedido y por qué.” Lo que Cartabia dice es que en ese proceso Thelma entendió que no es algo que le pasó a ella exclusivamente, sino que la violencia sexual es una situación sistemática en la sociedad contra niñas y adolescentes.Estuvieron juntándose durante meses, compartiendo lecturas, conversando juntas hasta que Thelma decidió que quería acusar. Eso fue durante las vigilias en la calle mientras en el Congreso se debatía el proyecto de ley para legalizar el aborto. Thelma supo que iba a acusar, pero juntas esperaron el momento adecuado para hacerlo.
De saco rosa y con un póster de la feminista antirracista Angela Davis detrás, referente del movimiento Panteras Negras estadounidense, su casa es un pequeño museo de su recorrido activista. En cada rincón hay un recuerdo de viaje feminista, un libro, un póster (el de Eva Perón se destaca). También, sorprendentemente, existe lugar para un pequeño altar para Buda. “No me considero budista, pero simpatizo con sus principios, y practico meditación cada día de mi vida”, cuenta. Amante de la filosofía oriental, viajó a Japón el año pasado, festeja el año nuevo chino y sirve el té como ceremonia.
"Nunca imaginé la magnitud del cimbronazo que provocó Thelma cuando pudo expresarse".
Tal vez sea de ahí donde saca la templanza. “Sabíamos que una vez que Thelma pudiera expresarse iba a ser un cimbronazo, pero yo nunca imaginé que iba a ser de tal magnitud”. Las redes sociales y las conversaciones familiares tuvieron un gran tema durante semanas: el relato de cantidad de mujeres, adolescentes, niños y niñas que empezaron a contar las violencias que habían sufrido a partir del #NoEsNo y la campaña #MiráCómoNosPonemos que impulsaron con Thelma Fardin y el colectivo de actrices.Los escraches –o, como ella prefiere llamarlos, “la toma de la palabra pública”– abren un nuevo paradigma social. “Me parece que se está asentando un nuevo dogma y un nuevo Deber ser, que es que hay que salir a tomar la palabra pública siempre sí o sí, que eso sana. Y puede sanar en algunos casos, pero puede no hacerlo en otros; hay que reflexionar sobre eso.” Ella, que tiene tantas historias de abuso y violencia en su carrera, tuvo que elegir una imagen firme e impasible en el ámbito profesional. Pero en lo personal, guarda energía para compartir con su pareja y sus amigas, con quienes sale a bailar reggaetón, a cantar clásicos del rock nacional (Los Piojos, Sandro, Las Pelotas, Los Redondos) o a ver a su ídola, la cantante Sara Hebe.
20 de abril de 2019
Revista VIVA: Femicidios: los retratos que piden justicia
Femicidios: los retratos que piden justicia
Fátima Pecci Carou es una pintora premiada en ArteBA. Retrató a 200 víctimas del femicidio.
Una pared con varias docenas de rostros de mujeres que miran directo a los ojos. En la mesa hay más, entre pinceles y mate. Apilados contra la pared hay otra tanda. “En mi casa tengo el resto, son 200”, dice Fátima Pecci Carou. La artista plástica pintó pequeños cuadros con la imagen, tipo identikit, de las búsquedas de paradero de mujeres y travestis que circulaban en las redes sociales. Tomó por mano propia la idea de hacer la memoria feminista, incluso antes de considerarse feminista. Algunas –la mayoría– fueron asesinadas, otras siguen desaparecidas y unas pocas fueron encontradas. Ahora su estudio está empapelado con los rostros de las mujeres que ya no están.
Durante dos años de su vida pintó de manera frenética cada foto que circulaba como flyer o póster virtual desde los muros de las activistas feministas que conocía. Tuvo que retratarlas, y ahora tiene una obra que representa los años más cruentos para las mujeres en la Argentina. Puestas una al lado de la otra, dejan de ser sólo un número, un dato, una estadística para alertar a la sociedad. Esas imágenes fueron fotos elegidas por sus familiares para las búsquedas, y ahora son cuadros, pequeños, del tamaño de una carpeta, que miran y escudriñan al espectador. “Es una obra fuerte, sé que es dolorosa”, dice la artista en su estudio de Villa Crespo.
El ciclo, para Fátima, se cierra en un punto. Hay un cuadro que falta, y es el de Julia Flamini, asesinada a puñaladas en Olavarría, en un show de Los Redondos, por un hombre con el que mantenía un vínculo. Pocas semanas atrás se lo pudo entregar a Graciela, su mamá, en Azul, Provincia de Buenos Aires: “Fue muy poderoso y emocionante para mí. El arte puede ser una buena forma para simbolizar y atravesar las ausencias”.
Así empezó todo
Fátima Pecci Carou nació hace 34 años en Liniers. Después de pasar por Historia del Arte en la Universidad de Buenos Aires, terminó su carrera de Artes Visuales en la UMSA. Allí, su tesis marcó un precedente a esta obra consagratoria. Decidió trabajar sobre los retratos funerarios egipcios y romanos. Esos retratos eran pequeñas pinturas sobre tablas o maderas que se colocaban sobre los rostros de los cuerpos que eran momificados para su enterramiento. Tenían algunas características que Fátima trabaja incluso hoy: son pinturas muy realistas que tienen una leve modificación en los ojos, están agrandados, como si fueran de animé, y en general, los pintaban con sus pertenencias más queridas, las que se querían llevar al más allá. La artista decidió pintar a su propia familia y a sus amigos como retratos funerarios. “Mi hermano me pidió el gol de Maradona a los ingleses, así que se lo dibujé al lado de su rostro”, cuenta y se ríe, pícara.
Pero el aprendizaje que le cambió la vida comenzó al hacer clínica de obra con la artista y activista feminista Ana Gallardo. En su taller continuó con su fascinación con los retratos, pero esta vez la obsesión viró a representar en la pintura esas fotos que encontraba en el diario de los allanamientos que la policía hacía en los prostíbulos.
“Me flasheaban las fotos donde las chicas aparecían todas tapadas. Pensaba quiénes serían, por qué estaban ahí, me preguntaba por qué salían ellas ocultas en capuchas o mantas, como si estuvieran haciendo un delito, cuando en general eran víctimas de trata”, cuenta. Entonces empezó a reproducir esas fotos como pinturas, a investigar el contexto, las historias, y ahí descubrió a Georgina Orellano, la secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), y entendió que no era todo lo mismo. “Pero aún no me reconocía feminista.”
“Libro de caras”
Esos rostros que circulaban en Facebook y por WhatsApp –en ese 2014 aún no reinaba Instagram ni Twitter– le llamaban la atención y Fátima se guardaba las imágenes en su computadora. Se hizo una carpeta y se fueron acumulando; la mayoría eran las búsquedas y alertas que emitía la Fundación Marita Verón.
En la pared hay uno que llama la atención. Es un poquito más grande que los demás y lleva un fondo de otro color, azul. “Es Ailén”, dice Fátima, que recuerda los nombres de casi todas y sus historias: “Me llamó la atención la mirada, medio melancólica. Con ella me di cuenta de que la mirada era muy importante, tenía que modificarla y hacerla directa hacia quien ve el cuadro porque ahí está, para mí, el pedido de justicia”.
Así fue que, si en las fotos las chicas miraban fuera de cuadro, Fátima le modificaba la mirada para que fuera de frente. Ahí radica su interpelación. En el caso de Ailén, ella en la foto miraba a la cámara, y eso la conmovió: “Como es uno de los primeros, tiene un tratamiento distinto a los otros. Me tomé un trabajo con la textura y el fondo que después cambié para los demás, porque hubo un momento donde hacía tres retratos por día y quise dejar registro de esa urgencia. Yo estaba pintando uno y sabía que al otro día iba a haber otra muerta e iba a tener que hacer otro. Así que decidí comprar bastidores pequeños, que dan la sensación de foto carnet, de búsqueda. Son de 18 por 24 centímetros”.
En ese momento pre #NiUnaMenos, los casos se acumulaban y Fátima empezó a confundirse los nombres, perdía el rastro de los avances en las causas, así que decidió escribir detrás de cada uno el nombre de ella, el de su femicida y la circunstancia de su muerte o desaparición. “Sabía que la pintura tenía que ser muy exacta a los rasgos de la foto, porque si se me iba un poco el ojo ya no era ella. Había algo de identikit, de respetar al máximo los rasgos y las líneas de esa cara porque tenía que ser ella, no otra persona.”
Todo retrato es político
“Este proyecto es un cruce entre activismo feminista y el retrato como tradición dentro de la historia del arte”, lo termina de calificar. Su maestra, Ana Gallardo, se lo advirtió: “No vas a vender ni uno solo de estos cuadros”. Y eso quedó resonando en Fátima. Entonces decidió que no es una obra que esté a la venta, que fue hecha para denunciar la violencia machista.
De mañana, Fátima trabaja en el ex Ministerio de Salud de la Nación. Sabe que hacer arte es un privilegio, pero no puede ni quiere hacer obra alejada de su visión política de la vida. “Es la pintura como registro de una época, y tal como me dijo mi profesora Marta Penhos, es darles rostro a las víctimas, como una huella perenne de que estuvieron vivas, de que existieron.” Como empleada estatal, afiliada a ATE, siempre la llamaban sus compañeras para pintar las banderas o pancartas que iban a usar en las marchas o actividades de género que organizaban. En septiembre de 2014, en la orilla de un arroyo de José León Suárez, se encontró el cuerpo de Melina Romero en dos bolsas de basura. Melina fue una de las 277 mujeres víctimas de femicidio en la Argentina durante 2014, y también fue el último retrato que pintó Fátima Pecci Carou: “Compartía el estudio con otra pintora amiga. Estábamos muy atravesadas por estas historias y yo tenía todos los rostros colgados en la pared. Ella me dijo: Che, esto me está haciendo mal, y tuve que parar. Tenía 200 pintados ya”.
El 26 de marzo de 2015 se usó por primera vez la frase #NiUnaMenos. Se organizó un maratón de lectura y música en las escalinatas de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires contra los femicidios, y ahí fue ella, con sus pinturas y su guitarra: cantó una canción. Aunque formó parte de varias bandas de chicas, hoy toca en vivo en plan performático: puede hacer canciones con textos teóricos que parecen lejos de la musicalidad.
Callejera y premiada
El 3 de junio de 2015, al primer #NiUnaMenos, ya fue con otra visión. Envolvió los retratos en un nailon y se los colgó en el cuello. Fue a marchar con su obra de arte como una forma de protesta política. Pero el activismo de verdad llegó en la víspera del 8 de marzo, el primer Paro de Mujeres, cuando salió a pintar consignas por Almagro con otras activistas y terminó presa. “Fue muy fuerte, ¡fui presa por pintar! Nos persiguieron unos hombres por el barrio, nos acorralaron como si fuéramos su presa y llamaron a la Policía. Cuando salí de la comisaría y vi a todas las compañeras que nos fueron a hacer el aguante, ahí entendí: organización, unión y memoria feminista.”
Ahora Fátima milita en la Asamblea Nosotras Proponemos, un espacio donde las artistas denuncian la invisibilización de las mujeres en la historia del arte, y hacen acciones para recordarlas, darles nombre, obra y cara. Algo que también hizo con su obra La Monumenta, junto a Luciana Poggio Schapiro, una escultura en papel que camina libre por la calle para denunciar la ausencia de monumentos públicos a mujeres y el acoso callejero.
Después de los 200 retratos, Fátima convirtió a estas chicas en ninjas de nuevos cuadros. Necesitó sacarlas del lugar de víctimas y ponerles magia. Convertirlas en ninjas para transformar el dolor en rabia. Esa serie de pinturas, llamadas kunoichis, las expuso en ArteBa en el espacio de la Galería Piedras, y ganó el premio en obra Barrio Joven 2018. Los cuadros grandes que Fátima pintó son escenarios de interior del siglo XIX y XX con mujeres que no son ornamento, son las heroínas-ninja enojadas. “Paradójicamente el animé es re machista, me gustaba la idea de apropiarme de ese lenguaje para decir otra cosa, lo contrario”, asegura.
Latfem: Petróleo: Una fiesta al final del pozo
En la estepa patagónica, cuatro hombres conviven en un trailer por trabajo. Cerca, extraen petróleo de un pozo casi vacío. Durante su tiempo libre, los desafíos físicos, las conversaciones y la mirada masculina van revelando la trama de la construcción del género y sus estereotipos. Petróleo es la quinta obra de Piel de Lava y en LatFem deseamos que no se la pierdan.
Afuera hacen varios grados bajo cero, y estos cuatro tipos lo saben porque si mean se les congela el chorro. Hay un pozo negro que saca escaso petróleo, pero habla, es una presencia que los define y oprime como obreros. También como varones.
Afuera el viento frío choca y enloquece, adentro los cuatro tipos hablan para pasar el rato. Están ante la presencia de un nuevo compañero que los desequilibra e incomoda en un tráiler sobre la estepa neuquina. Metro y medio de ancho por tres de largo para hacer cocina, comedor y cuchetas. Los varones apretados y encerrados durante quince días. No hay nadie más que el pozo y la presencia fantasmal del ingeniero que los explota.
Las Piel de Lava, el grupo teatral que dirige, escribe y actúa hace 15 años, lo hizo de nuevo. Petróleo es una obra que se construye en base a un texto preciso, con gran sentido del humor y una profunda crítica a la construcción social de las masculinidades. Por dos horas la aptitud actoral de Laura Paredes, Elisa Carricajo, Valeria Correa y Pilar Gamboa parece no tener desgaste. Estas cuatro mujeres ponen el cuerpo y la voz para interpretar a cuatro tipos, para convertirse en ellos. La Sala Casacuberta del Teatro San Martín se agita de la risa ni bien Pilar Gamboa habla como ese machirulo que todxs conocemos: manitos clavadas debajo de las axilas, cadera hacia adelante, mentón arriba, cancherito, líder, un rústico que creó su identidad a base de dichos populares, códigos de fidelidad y algunos traumas que se acercan peligrosamente a la perversión. Pilar hace de Carli, un personaje que todxs podemos identificar en alguien de nuestra vida. Pilar hace con su voz y su cuerpo una representación mayúscula, se come cruda el escenario.
Elisa Carricajo es el elemento disruptivo en la monótona vida de los tres amigos en la desolación neuquina. Ella interpreta al recién llegado, al sindicalista que de tan seguro en su heterosexualidad como varón introduce lo femenino, llevando a los otros tres al debate sobre la libertad, los estereotipos y posturas impuestas por la sociedad. El deber ser masculino, ahí, en el escenario, se ve tan ridículo.
No hay solemnidad, no hay obviedad. Es un retrato inteligente de cómo se construyen las masculinidades, cómo afectan a los varones y, por consecuencia, cómo ejercen su dominio patriarcal sobre las mujeres.
Piel de lava trabajó con la directora Laura Fernández y juntas recrearon un ecosistema de relaciones masculinas, del deseo oculto y latente, amenazante, junto a la hostilidad de ser abandonado y explotado en lo más infinito del olvido de la Tierra. Es el personaje de Carricajo, El Palla, el que sintetiza el concepto de la obra: cuenta que se estaba bañando en el río Limay, en China Muerta, y la corriente era tan fuerte y violenta que sentía que se iba a ahogar “como un pelotudo delante de todos los pibes”, entonces se soltó y dejó que la corriente lo acercara a la orilla y entendió: “la vida es como te la tomás”.
La obra de este grupo de actrices que dirigió y escribió Colores verdaderos (2003), Neblina (2005), Tren (2010) y Museo (2014), y que se estrenó el año pasado en una retrospectiva en el Teatro Sarmiento, estará en el San Martín hasta fines de marzo.
Petróleo / Libro y dirección: Elisa Carricajo, Valeria Correa, Laura Fernández, Pilar Gamboa, Laura Paredes / Intérpretes: Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa, Laura Paredes / Iluminación: Matías Sendón / Escenografía: Rodrigo González Garillo / Vestuario: Gabriela Fernández / Música y diseño de sonido: ZYPCE / Funciones: miércoles a domingos, 20.30 hs (hasta el 31/3) / Teatro: San Martín / Duración: 80 minutos.
3 de marzo de 2019
La Agenda: una playa violenta
Una playa violenta
El punk rock surfero de Playa Nudista debuta con un prometedor EP. María Pien busca un refugio de experimentación atemporal con Afuera el sol estalla.
por ROMINA ZANELLATOLink: http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/181907593910/playlist-una-playa-violenta
Playa Nudista, Ruta Hotel (Goza Records)
Suena a verano. Olas, surf, camioneta. Un ritmo que te confunde, no sabés qué elegir, si ladear la cabeza con las armonías vocales o hacer la batería con el pie. Pensás en los Beach Boys, pensás en las playas de Big Sur. Una voz dulce de resaca de golosina fucsia empieza a cantar. A cuarenta grados bajo el sol de una ciudad con playa, de poca ropa, rota. El EP de Playa Nudista inicia con una frase de cómic feminista, de provocadora de pelo color helado de palito: “No quiero hacer lo que vos me pedís, no te necesito/ ¿Por qué me buscás?, ya no quiero contestar/ Te miro y vomito”.
Rápido, claro y fuerte, como la mejor forma de sacarte de encima a un denso. Así es la canción, así es el disco. Ruta Hotel salió el 7 de diciembre, es un EP de seis canciones y dura 15 minutos. Es el cuarto lanzamiento de Goza Records, el sello que comanda Barbi Recanati en Futurock. Playa Nudista fue un trío de punk rock, urgente y furioso, metido en un garage. Juliana Rodríguez, Agustina Magnaghi y Gimena Aguilar tocan desde 2016, cuando se conocieron en la facultad, pero a mediados del año pasado se sumó Paula “Lola” Montenegro y se generó un movimiento, de instrumentos y de sonido.
“Cambió mucho la banda cuando entró Lola, antes era muy punk-salvaje-rápido y estábamos en esta transición cuando nos llamó Barbi, que nos había escuchado y nos quería grabar e incorporarnos al sello”, cuenta Juliana, cantante y guitarrista de la banda. No tuvieron mucho tiempo para acomodarse a la nueva formación; en septiembre entraron a Estudio Átomo para grabar el disco: tres temas viejos, reversionados a dos guitarras, y tres temas nuevos. Se nota. “Nudistas” y “Jacuzzi” duran menos de dos minutos, “Nubosidad variable” apenas lo supera; tres piñas. En cambio, “Vómito”, “Helados” y “Vacaciones” son canciones más largas, las velocidades internas le dan una tonalidad que por la estética mezclan el chicle y el pastel, capas de un subgénero que nació para disfrutarse en enero.
ganchos
El auto descapotable de la tapa, de patente 666, manejado por dos perros y en el asiento trasero cuatro cabelleras al viento, acaba de romper sus cadenas y atraviesa la ruta, entre el desierto y la playa. Cuatro chicas salen a los escenarios a tocar sus melodías de velocidad. Son amigas, recién arrancan, solo tiene un demo de 2016. Esta vez es en serio, el disco suena como si hubieran tocado por años. Se escuchan a sus antecesoras: Estoy Konfundida, Las Kellies, Las Piñas. Ellas dicen que Juan Manuel Segovia -músico y pareja de Barbi Recanati- los grabó y ofició de productor artístico. Tenían seis días de estudio y para eso llevaron las canciones muy ensayadas, para ser eficaces en la grabación. Pero metieron sintetizadores, acortaron -aún más- algunos temas. Le dieron la velocidad de los nuevos tiempos de escucha, un EP corto, claro y contundente.
Playa Nudista salió de un mundo imaginario sobre el asfalto, donde estas cuatro bribonas le cantan a los que se hacen los vivos, a los que se pasan de rosca, a los fallutos, a las amigas, al amor de barrio, cotidiano y real.
Si el disco se inicia con el vómito en la cara de un pibe pesado, continúa en “Helados”, una canción más tranquila, con un susurro de la voz líder que pregunta por qué se separaron si en la cama la pasaron genial y un coro de gritos, guitarra y distorsión irrumpe la canción. “Jacuzzi” es tal vez su canción más simple. “Nudistas” es una invitación a desnudarse en los médanos y a bailar con su ritmo de fiesta. “Vacaciones”, la última canción del disco, es la más larga, empieza con las armonías vocales clásicas, un riff despejado y una propuesta: las vacaciones como el descanso del uno con el otro.
Barbi Recanati, en su activismo feminista, lanzó Goza Records para editar sólo a bandas de mujeres. Y a estas cuatro chicas las reclutó ni bien las escuchó. “Playa Nudista no tuvo una cosa que me gustó, ¡tuvo todo! Y lo que más me incentivó a querer que graben es que forman parte de una resistencia en el rock. Que sigan existiendo bandas de este estilo lo veo como una necesidad de supervivencia”, dice.
Un primer disco que suena y promete. Un género que ya tiene su trayectoria dentro de la música argentina, hecha por mujeres. Letras directas y guitarras rápidas. El punk rock surfero tiene nuevas adeptas y Ruta Hotel es el disco de la iniciación.
María Pien, Afuera el sol estalla (Elefante en la habitación)
Afuera el sol estalla es una radiografía hogareña del ecosistema sonoro y afectivo de María Pien. Hace tiempo lo venía pensando, dijo, honrar lo que la rodea, los vínculos y la música. El disco se lanzó en mayo y tiene un bonus track de dos canciones más publicadas en diciembre de 2018. Son 16 en total, todas escritas y compuestas por compositores que ella admira, con quienes se vincula para crear y compartir saberes y música. María Pien, después de dos discos y un EP de tres poemas, decidió experimentar con las creaciones de sus amigos. Afuera el sol estalla, es un disco sensible y profundo, de infinitas capas de escucha.
Algunas de las composiciones estuvieron a cargo de Florencia Ruiz, Clara Presta, Noelia Recalde, Lucila Pivetta, Candelaria Zamar, Nicolás Rallis, GULI, Rodrigo Carrasco, Rodrigo Ruiz Diaz. Y el bonus tiene dos agradecimientos: a Luis Alberto Spinetta y a María Elena Walsh.
María Pien camina el sendero de la autogestión y la música independiente hace años. Su accionar teje lo colectivo con su visión personal. Es parte del sello Elefante en la habitación, es militante feminista, y ahora fundó La alfombra mágica, un estudio de grabación. Compone, escribe, interpreta, ahora se está empoderando y está aprendiendo a lidiar ella misma con las máquinas y la producción. Mientras tanto, toca en un circuito independiente que parece no tener fin, de giras por el país y los escenarios abiertos a nuevas músicas.
El disco, que pasa por distintos momentos, explora todas las formas de la voz de María Pien, a veces suena como algo rugoso, áspera -como en “Caminata por el cosmos”-, por otros momentos es como una nube inmensa y oscura -en “Hermanos”, por ejemplo-, o una bruja en pleno viaje místico -en “Entre dos relámpagos”-, en otros es un sol de otoño que alimenta y sana -como en “Música de besos”-. Hay un tándem en “Mecer” y en “AEIOU” donde el piano te mece entre las dos canciones. Se levanta un coro detrás de las teclas. Hay sonidos a ciudad, a tren que pasa del otro lado de la ventana. No se sabe si es una iglesia o un entrenamiento vocal, una escuela de música, una calle. Suena a madera.
“Decidimos jugar con elementos que nos gustan mucho, con el sonido de la grabadora cinta, analógica y digital. Invertimos en ese flash de comprar grabadoras a cinta, arreglarlas, fue difícil eso”, cuenta María. El disco tenía un precepto: que suena a homestudio, a ese estado de ensoñación que viven los músicos cuando están grabando en su propia casa. Lo perpetuo del trabajo y la intimidad metiéndose en todo. La experimentación como un juego y una libertad.
María, que ahora está en un retiro de la ciudad, grabando nuevas cosas, se remonta al proceso de creación de “Afuera el sol estalla”, disco que produjo junto con Agustín Guli Bucich, su compañero, y dice: “Mientras lo hacíamos pensamos en esto de crear un sonido que retrotrajera a un momento parentético en el tiempo, un momento que no pudieras decidir si es de ahora o de 1972 o de cuándo. Nos imaginábamos una grabación perdida de no sé cuándo”.
La atmósfera de este disco es de experimentación acústica, de sonidos que se descubren al oír las capas sobre capas de trabajo. Un retrato al mundo privado de María, a las personas con las que crea cultura, su propio homenaje al hacer. Afuera el sol estalla es un disco sin tiempo, es un disco de vida.
Rolling Stone: Técnicas del rock: las mujeres se abren paso en áreas de sonido y producción
os primeros cuatro años de mi trabajo, en cada lugar del país al que fuimos, escuché la frase sos la primera sonidista que vi en la vida. Acto seguido las reacciones que surgían las puedo catalogar de tres formas: ¡qué bueno!, qué raro, y ¿cómo puede ser que haya una mina haciendo sonido?", dice Marina Bello (35) y se ríe a carcajadas. Fue sonidista de Miranda! durante 10 años hasta 2013, y en todo ese tiempo supo solo de una o dos mujeres más que hacían ese trabajo, todos los demás eran varones. Ahora es jefa de técnica de la sala Xirgu Espacio Untref y su equipo se completa con Selene Pascuzzi (25), la primera mujer que se recibirá de ingeniera de sonido en el país.
La historia de esta dupla de sonidistas comenzó cuando Eve Vega ingresó a programar contenidos en la sala colonial de San Telmo en 2015, contratada por la Universidad Tres de Febrero (Untref). Su labor era la de desarrollar el área de música en la sala (hasta el momento sólo funcionaba como teatro) y cambiar el perfil para atraer a un público más joven. Eve se encontró con un staff de técnicos muy hostiles: "Se burlaban de lo que yo programaba, se reían ante los músicos, todo muy primitivo", cuenta Eve. Como era la única mujer le propuso al coordinador incorporar a una técnica y entrevistaron a Marina, a la que había conocido cuando Potra fue a tocar al Xirgu. "Nos encantó su forma de trabajar, además tenía el plus de estar acostumbrada a lidiar con artistas emergentes". Y la tomaron.
Bello es técnica electrónica y en 2002 empezó a operar en vivo. Su primer trabajo fue en el ND/Ateneo juntando cables. "Hay ambientes técnicos donde la forma de vincularse entre hombres era hostil porque el trabajo es muy físico, y la herencia del rock era muy fuerte, tenías que pagar derecho de piso por newbie, mantequita o pelotude. Se decían levantate la 4770 vos solo, ¡una columna de sonido alta como Selene! Cuando se enfrentan a una mujer en esos ámbitos se les mueve todo, no saben cómo reaccionar, obviamente que ella no puede moverla si pesa menos que el equipo", dice.
Calcula que hizo 1.500 shows en vivo. Haciendo sonido para un conferencia conoció a Selene, que le contó que estudiaba ingeniería. Se tomó su tiempo, pero un día le preguntó si podía asistirla en los vivos de las bandas con las que Marina ya trabajaba. Y allá fue al Teatro de Flores a darle una mano en los monitores de un show de Gustavo Cordera.
Selene va a ser la primera mujer en recibirse de ingeniería en sonido en el país. "A mí me gustaba la música y los animales, yo tocaba la guitarra y quería ser veterinaria, hasta que mi profesor Sebastián Coria, el guitarrista de Horcas, me dijo que el dueño de la sala de ensayo daba clases en la ingeniería de la UNTREF. Me anoté por la materia cuatrimestral de sonido en vivo que él da en cuarto año".
Por suerte se olvidó de la Veterinaria. Alejandro Bidondo, el director de la carrera, sólo tiene flores para ella. Dice que son pocas las mujeres que se anotan pero que cada vez son más. Al comienzo no representaban ni el 5% y ahora llegaron al 10%. "No casualmente todas las alumnas mujeres son increíbles estudiantes", comentó. Hace once años abrió la carrera y recién ahora se recibe la primera mujer. Sin embargo, hay otros espacios donde estudiar sonido, como la tecnicatura en la Escuela de Música de Buenos Aires (EMBA).
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Cuando Marilina Bertoldi hablaba del cupo femenino de músicas en festivalesentendió que tenía que trasladar ese concepto político dentro de su propio proyecto a los espacios técnicos. Por eso llamó a Carolina Monte (25), quien había trabajado como asistente de su ex banda Connor Questa. "La conocí cuando estaba estudiando la tecnicatura en sonido y producción musical en la EMBA y nos hicimos amigas. Empecé a trabajar de asistente del baterista y el año pasado me llamó para que la opere en el set solo. Al final me quedé operando monitores en todos los formatos en los que toca", cuenta la neuquina. En un mundo que tradicionalmente fue ocupado por hombres, al principio la miraban raro, pero, para ella, la situación está cambiando y los estereotipos se están rompiendo.
"El under lo manejan las mujeres", dice Lisa Iris Benevet (38), sonidista en Club Cultural Matienzo e iluminadora en Ciudad Cultural Konex. "Hay muchas salas que son todas trabajadas por mujeres porque es garantía de buen trabajo y somos muy valoradas, incluso por nuestros compañeros". Para ella, el ingreso al mainstream de técnicas es cuestión de tiempo. Su experiencia le sirve de intuición: en el Matienzo la llamaron porque querían incorporar una mujer al área y en Konex el equipo de este año lo integraron cuatro chicas y dos varones.
Pero no sólo de hacer sonido en vivo se trata la técnica, también hay otras áreas en el mundo de la música que hay que ocupar. Y si hay uno que es históricamente desempeñado por varones es el trabajo de stage. Carolina Taborda (38) es la stage de Hilda Lizarazu y de Las Taradas, entre otros grupos. Su trabajo consiste en preparar las cosas que se van a llevar a un show: cables, equipos, pedales, amplificadores, etc; cargarlo en un flete, bajarlo en el lugar, armar el escenario y asistir durante el show. Después, lo mismo a la inversa hasta la sala de ensayo. "Hace siete años que trabajo de esto y aún me pasa que cuando llego con las cosas a una sala los técnicos del lugar asumen que no sé hacer mi trabajo, o le preguntan las cosas a mi asistente varón. En la última fecha con Las Taradas nos pasó que sólo le preguntaban a mis compañeros, así que hicimos una apuesta: si me hablaban a mí para la toma de una decisión a lo largo de la jornada yo les pagaba la cerveza. Me deben una", dijo.
En el caso de la iluminación, Agnese Lozupone (41) también vivió situaciones así, aunque viene del teatro donde el camino está más allanado que en el rock para las mujeres. Ella diseña las luces de Gabo Ferro hace años y una temporada lo hizo con Coiffeur. "Hubo un show donde los técnicos del lugar me maltrataron de tal forma que me fui llorando, salí muy afectada de ese lugar. En general no son los músicos sino el staff de cada sala, aunque cuando te conocen y ven cómo trabajás aflojan un poco".
Natalia Perelman (45) es una de las leyendas que corren entre las mujeres más jóvenes que están empezando a hacer su camino en el sonido. Empezó en el 2000 como asistente de uno de los estudios de grabación más importantes de la historia del rock: "Estuve como seis meses insistiendo para entrar a trabajar ahí. La respuesta del dueño era que no era un trabajo adecuado para una mujer porque había que mover cosas, agacharse a enchufar, y que los músicos se iban a sentir incómodos ante la presencia de una chica, que iban a tener que cuidarse de lo que hablaban. Insistí tanto que lo logré y entré como asistente", cuenta. En ese estudio de Floresta trabajó varios años, aunque el primer tiempo se iba llorando de lo mal que la trataban los técnicos que traían los músicos. Después empezó a trabajar en Santito, otro mítico estudio que ya no existe más, y le tocó asistir la grabación de Siempre es hoy de Gustavo Cerati. En 2003 viajó a Estados Unidos a trabajar ya como técnica, no como asistente, y en 2006 a Londres. Ahí ya trabajaba de manera independiente y pasó por todos los estudios de grabación del país. "Hasta que las redes sociales se hicieron más presentes y útiles no conocí a otras pares, porque las sonidistas de estudio permanecíamos en las sombras", cuenta.
Con la ola de movilización de las mujeres desde #NiUnaMenos y la discusión por el aborto, Natalia empezó a recibir mensajes de chicas que querían vincularse con ella porque estaban iniciándose en el Sonido, hasta que otras dos colegas, Paulina Chiarantano y Pipi Sánchez, ambas asistentes de Romaphonic, le escribieron para nuclearse. Así nació la Red de Mujeres en el Sonido (RMS) que la tiene como cofundadora. Lo que empezó siendo un grupo de Facebook que ya tiene más de mil mujeres, es ahora un organismo que busca su personería jurídica para constituirse legalmente. "Las mujeres siempre estamos puestas a prueba constantemente sobre lo que sabemos de sonido. Y el estudio de grabación sigue siendo un bastión de lo masculino", dice Perelman. Para eso hicieron un Directorio de Mujeres en el Sonido, así se visibilizan cuántas hay y qué roles ocupan. El año pasado dos chicas consiguieron trabajo permanente a través del grupo.
Ninguna de las profesionales piensa que la mujer escucha diferente al varón, pero sí una predisposición al trabajo en equipo donde fluye una comunicación más sensible, menos hostil. Como dice Eve Vega, del Xirgu Espacio Untref, los técnicos de un lugar son la carta de presentación ante los músicos y el público, porque son los que hacen que suena, se vea y se escuche bien. "Es responsabilidad de los espacios, los productores y programadores incorporar técnicas mujeres en sus equipos."
Por: Romina Zanellato
Indie Hoy: Mujeres, las que salvaron al rock
El rock es música, el rock es cultura, el rock es épica y el rock es unx. Solía componerse de batería, bajo, dos guitarras, voz y unos amplificadores, pero algo pasó en los últimos años y ya nadie sabe bien si mutó a una forma superior, si vive, y en qué estado está. Pero hay una voz ronca que por lo bajo acusa y dice “ya nadie va a ver shows”, “no hay bandas buenas”, “nadie vende entradas”, y el letal “encima las feministas/los machitos no ayudan”. El 2018 fue un año crucial para evaluar esas opciones.
A vuelo de pájaro podemos decir que el rock nació con los Beatles, como una mezcla del blues y de Elvis Presley, y que a lo largo de las décadas cambió tanto que hoy no sabemos muy bien qué es, pero sabemos que tuvo tres décadas claves de reinado musical: los sinfónicos y psicodélicos 70, los 80 con el glam y el dance, el grunge y las bandas de estadio en los 90. En el cruce final de los 2000, el rock se mezcló con el hip-hop y el pop; con el negocio millonario de MTV y las discográficas. Si el rock era rebeldía, guitarras poderosas, estrellas y acción política, ¿qué quedó de eso a partir del tamizado que le hicieron a la cultura de masas la tevé e internet? El mercado homogeneizó mundialmente a la música, y creó esa ilusión de que sólo existe aquello que le es rentable.
A pocos meses de empezar la década 2020 nadie habla de rock. ¿El rock es una melancolía de unxs pocos? Si fuéramos Rob Gordon -él, tan melómano del género, tan noventero, tan fiel a la promesa cultural- y estuviéramos ordenando nuestros discos por orden autobiográfico seguro que el asunto se complicaría bastante a partir del 2010. El mítico vendedor de discos de esa clásica película ambientada en los noventa que fue Alta Fidelidad estaría indignado por la tapa de Duki en la Rolling Stone, su amigo echaría de la tienda a les pibes que fueran a buscar sus ¿discos?, pero seguro -y de esto estoy segurísima- escucharía a músicas mujeres. Porque en la película de Stephen Frears, que se estrenó en 2000, el cupo femenino lo lideró la inmensa Joan Jett, con Joni Mitchell, Katrina & The Waves, Aretha Franklin, Stereolab, entre otras. ¡Hasta van a ver a una tocar! Si fuera aquella una tienda argentina tendría a Suárez, María Fernanda Aldana, Juana Molina, Liers, She-Devils, María Celeste Carballo, María Gabriela Epumer, Las Viudas e Hijas de Roque Enroll (¡Le hicieron una canción al FMI!) por nombrar algunas, en posters en la vidriera. Lxs puristas dirán ey, ellas no hacen rock and roll, y se les contestaría otro viejo gritándole a las nubes. ¿Se le puede llamar rock a lo que hicieron ellas? Descarto que haya rock masculino y femenino pero sí me permito sostener la idea de que las mujeres en el rock fueron y son las que crearon otro registro sonoro, principalmente por haber sido marginadas y trabajar desde la exclusión de los focos de atención. Pero, ¿fueron ellas quienes lo mataron?
En ese momento pre-internet las discográficas comandadas por varones, los periodistas -en su gran mayoría varones- de música, y los vendedores de discos eran quienes acercaban recomendados al público, y el mecanismo para conocer nuevas bandas por fuera del mercado estaba muy vinculado a cómo te movías y cuántas ganas de descubrir tuvieras. Sonaba PJ Harvey, Sonic Youth, Björk, Garbage, Hole, Bikini Kill, Sinéad O’Connor, The White Stripes o Alanis Morissette en todas las radios del mundo, ellas fueron figuras esenciales. Después de que llegara internet, todo estuvo a un clic democrático de distancia, aunque nunca fuimos tan digitados en la escucha como ahora (hola Spotify, hola YouTube).
Con el tiempo, en los festivales, las bandas de rock fueron perdiendo protagonismo en las primeras líneas o solo quedaron esas viejas que apelan al público masculino y a la tradición de escucha barrial/familiar. No es porque el rock se murió, lo que se venció fue el modelo de negocios y cultura que proponía aquel universo del viejo rock and roll. El de los tipos como estrellas. Y si en la reinvención de la música no hay mujeres es porque la invisibilización es decidida. Un alerta: si el mercado dominado por tipos descubre que de este movimiento feminista se puede sacar una moneda van a llegar lxs mercenarixs a absorber lo que se está gestando, también en la música.
El periodista y crítico de arte, Pablo Schanton, publicó hace poco una nota en Ñ donde analiza cómo el trap corrió al rock de varones por derecha y cómo el feminismo lo hizo por izquierda. En 2018 los medios hegemónicos mencionaron la palabra rock solo porque las mujeres escracharon los métodos abusivos de comportamiento de esa cultura y de esos hombres. Si no fuera por eso, la palabra no se hubiera impreso en ningún diario, ¡ya ni suplementos donde escribirla quedan! Sin embargo fueron ellas las que produjeron lo más profesional e interesante del “rock” en el último año. Centrar el discurso en las bandas “pausadas por los escraches” también es menospreciar al disco de Rosalía, el de Marilina Bertoldi, el sello de minas Goza -de Barbi Recanati-, la organización de las mujeres para estar arriba de los escenarios mediante un cupo, a Cazzu -la más revolucionaria y popular de todas-, a Kali Uchis, y tantas más que concentraron lo novedoso, emergente, lo brillante del 2018. Pero, ¿podemos seguir nombrando a eso rock?
Algunas famosas bandas de varones sacaron buenos discos, pero fueron más de lo mismo. Incluso si “las heroínas” de la canción fueron mujeres o si incorporaron lenguaje inclusivo para escribir un post, el rock de varones trabaja sobre una épica del rockero, glitter y plumas, la fantasía del imaginario de rock del cine, groupies, de la cual muchos no se hacen cargo y no quieren salir. Lo niegan sistemáticamente, aún cuando está a la vista de todxs. Aunque queden en ridículo negándolo. Y ojo, no hay puritanismo, porque el goce es un derecho, y el sexo es un placer. Es muy simple (tanto que la ley lo dice): si son mayores, hay consentimiento y no hay abuso de poder, vale. Lo que se discute no es la moralidad, es un modelo de relacionarse donde los varones no se anotician de sus privilegios, del poder que les da la figura de rockero. Si las pibas están hablando hace varios años sobre qué es el consentimiento y qué tipos de violencias no quieren vivir más, ¿cómo hay reticencias a entrar en la discusión y tomar nota de lo que dicen?
Más allá de sus comportamiento sexo-afectivos, la historia del rock puede marcar un surco entre aquellos que aún se aferran a ese orden de dominio masculino sobre-bajo el escenario, y aquellas bandas que sí pensaron una propuesta mixta, no binaria, andrógina, con un público inclusivo. Desde Virus, Soda Stereo, Cerati-Melero, hasta Miranda!, Illya Kuryaki and the Valderramas, ellxs abrieron su ego a incorporar mujeres como músicas y también -y sobre todo- como oyentes. Ojo, que no nacieron de un repollo: David Lebón, Charly García, Sumo, incluso Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, abrían sus shows a las mujeres músicas. Hace falta nombrarlas: Fabiana Cantilo, las Bay Biscuit, Vivi Tellas, Hilda Lizarazu, Patricia Sosa.
Si en el inicio hubo paridad, si en la cresta de la ola del rock se conformaron proyectos mixtos, corridos de la binariedad, andrógenos, al mismo tiempo que la cultura neoliberal del mega macho rockstar daba por mordida a la mejor fruta de su árbol -la sexualidad y el mercado-, algo pasó que lo hizo quebrar. Una porción quedó resistiendo en los márgenes, invisibilizada, pero siempre tocando, y ellos quedaron en los medios de comunicación perdiendo lentamente escuchas, público, vitalidad.
Mañana no es mujer. Mujer es hace rato. Desde siempre. La cantante, poeta, actriz y rockera, Rosario Bléfari, subió a su Facebook una nota que empezó con un “Seguiremos invisibilizadas, si no decimos nada, hasta que se le antoje a alguno. El futuro es mujer proclaman por ahí, diciendo que ya llegará el momento, algún día incierto, donde existirá un rock hecho por mujeres, mientras tanto, hace años, estoy rodeada de mujeres que tocan todos los fines de semana”, dijo, y en los comentarios se armó un glosario de proyectos. Ahora ellas tienen una responsabilidad histórica más grande que la de sólo tocar: hay que conquistar.
Parte de asumirse del lado que pretende igualdad de condiciones está la responsabilidad de transformarlo en acción: mirar, escuchar, valorar, compartir, el trabajo de las colegas, las mujeres, las lesbianas, las trans, les no binaries. “Hasta ahora la historia del rock argentino es la historia del hombre en el rock argentino. Nos dijeron hinchapelotas, nos dijeron de todo”, dijo Marilina Bertoldi hace poco cuando ganó la encuesta del Suplemento No de Página/12 a mejor disco de rock del año, y agregó: “Ustedes (los músicos varones) se votaban entre ustedes, y no nos veían como pares. Se dieron cuenta ahora porque les dijimos que somos iguales”. Y el final de esa respuesta es vital para estos tiempos: “este año ganó una lesbiana”. La identidad como acción política, el verdadero y original espíritu del rock.
Parte de la responsabilidad que hay que asumir es la de visibilizar. Si en 2019 recién te enterás que lxs productores o los medios tradicionales prefieren poner en la tapa o en la primera línea del cartel a las bandas de varones porque le otorgan ventas seguras, entonces es responsabilidad de lxs consumidores, de lxs músicxs, de lxs periodistas, de lxs medios de comunicación alternativos, de cada unx, hacerse eco de eso y tomar un rol activo. No es que las mujeres no cortan tickets, es que hasta ahora los varones que hacen el negocio no les dieron la posibilidad.
Si fuera cierto que el rock está muriendo no es porque las mujeres escrachan a los músicos, es porque se aferran a un orden social que es insostenible, que ya no existe. El 2018 fue un año vertiginoso para el rock y los feminismos. Cada mojón en la historia complejizó el pensamiento preestablecido, y hubo más para cuestionar lo que se creía. Sólo enumero algunas cosas: el juicio a Cristian Aldana, el final del blog Ya no nos callamos más, las pibas en las vigilias de las votaciones por el derecho al aborto en el Congreso, los relatos de 45 chicas que vivieron situaciones abusivas con Onda Vaga, la organización feminista, colectiva y paciente de la denuncia de Thelma Fardín, lo que los medios hegemónicos le están haciendo, la reacción violentísima de los tipos que se sienten amenazados porque sus privilegios están derrumbándose. Si hay una estrella de rock con miedo a ser escrachado, a perder lo que construyó, es algo muy menor al lado de convivir con una historia de violencia sexual, con haber sido violentada, o con lo naturalizado del miedo que tenemos en el cuerpo. Y darse cuenta de esto también lleva su tiempo.
Las mujeres, lesbianas, trans, chiques no binaries, están hablando, están produciendo, están grabando, están protagonizando lo nuevo. Sería de necixs no prestar atención. Sería tan poco rocker estar enojado con una rebelión que busca justicia social (en vez de, por ejemplo, no estarlo con quienes lo pretenden impedir). Callarse, enorgullecerse de la no postura política sólo afirma una posición conservadora y neoliberal, mucho más perversa que la tibieza. De esta rebelión saldrá arte, saldrá música, porque ellas y elles -como dice Marilina- estuvieron enojadxs y ahora están preparadxs, tienen algo para decir. Si el rock no habla de esto, si el rock pretende seguir en una ilusión del pasado, ¿qué estamos escuchando?
El rock vive y goza de buena salud. No hay tantas bandas llenando estadios, hay unos resabios machos del pasado. El negocio mainstream viró hacia el trap y el reggaeton. Pero en Buenos Aires, en las ciudades argentinas, alcanza para ir a una plaza en verano para escuchar una guitarra, o caminar un barrio para que te llegue el sonido de un bombo y un platillo. Son ellas y elles quienes tienen la voz en alto y están sonando. No sé si entra en aquel concepto de rock, pero quien te dice que no lo sea. Y además, una de las virtudes del rock es adaptarse, evolucionar y nunca morir. Ese es su superpoder.
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