2 de abril de 2016

Nota para Brando - Buscando a César Aira - Proceso Creativo


Propuse esta nota a mi editora hace meses. Entrevisté a mucha gente, leí varios de sus libros, transcribí las entrevistas que hay en internet, escribí sobre César Aira. La nota llevó mucho tiempo de edición y cambios de vista con la editora. En este post voy a colgar una primera versión y en el próximo la definitiva. Luego, voy a publicar dos entrevistas que considero interesantes sobre el tema, a Hernán Vanoli y a Mauro Libertella.




César Aira, un secreto publicado.
Por Romina Zanellato

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“No está oculto, no es el Indio Solari”, dice Ricardo Strafacce, escritor y amigo de César Aira, un viernes de noviembre en el café Varela Varelita de Palermo. “Él siempre viene acá”, y ese argumento se suma en mi mente a los que escuché en la librería La Internacional o en la feria de libros La Sensación, sin embargo, nunca lo había visto aunque lo había buscado en todos esos lugares. Y así fue, un mito, hasta el 15 de diciembre de 2015, que vi a Aira y a Strafacce fumando en la vereda de Scalabrini Ortiz y Paraguay, dos horas después de haber leído en la web del The New York Times que The Musical Brain, su libro de relatos que editó New Direction Books está entre las 15 mejores tapas editadas en Estados Unidos.
El libro es un pequeño tesoro. Es negro, forrado en tela, cosido y su tapa dura tiene un holograma con una mano que se mueve y prende una chispa con el dedo índice. En su solapa hay una serie de halagos y recomendaciones de personalidades como Patti Smith y Roberto Bolaño.
Así es él, pensé, en simultáneo está siendo leído por el mundo entero pero se para a fumar un pucho sobre una avenida y nadie lo ve, porque nadie lo conoce, salvo algunos pocos, como yo que reaccioné como si hubiera visto a un fantasma y bajé la vista, aceleré el paso para salir rápido de ese flashazo de cholulez.
César Aira tiene tantos libros publicados que nadie lleva la cuenta. Se cree –y se dice así, en plural y despersonalizado- que son más de 90 entre novelas, ensayos, reediciones, traducciones hechas por él y de sus textos al extranjero. En 2015 fue nominado al Mens Booker Award, premio inglés de 60.000 libras que se otorga al ganador entre diez nominados del mundo, y también estuvo en el puesto 12 entre las apuestas mundiales de la lista de Ladbrokes para el Premio Nobel de Literatura. Entre las excentricidades que lo rodean, además, está el insólito hecho de que las primeras ediciones de sus libros se rematan en Mercado Libre hasta en $1.000, mientras que él edita todos los años libros nuevos que se venden desde $40.
César Aira no habla con la prensa argentina, sólo lo hace con la prensa extranjera y, según dice él mismo, es por obligaciones que asume ante su agente literario cuando lo editan en otro idioma.
Como no da entrevistas ni opina cuando lo llaman por alguna nota donde se requiera su opinión, Aira no sale en los diarios y revistas más que en la sección de reseñas. Aira es  prácticamente un desconocido fuera del ambiente literario pero, dentro de ese mundo su influencia es tan grande que se formaron bandos en las generaciones posteriores: están los anti Aira y aquellos que en su calidad de post Aira aceptan el legado.
En el mundillo literario, ese universo de editores, escritores, críticos, libreros y lectores hambrientos (que se retroalimentan en debates cerrados), Aira es un quiebre, un límite: se lo ama o se lo odia, se lo defiende o se lo critica, se lo imita o se lo desprecia. Aira despierta pasiones entre quienes lo conocen, no se puede ser indiferente a él y su obra, sin embargo, parece que fuera de las bibliotecas nadie sabe que esto pasa.

Quién es Aira
César Aira nació en Coronel Pringles el 23 de febrero de 1949 y al cumplir los 18 años se trasladó a Buenos Aires, al barrio de Flores en el cual aún vive. Durante los primeros dos años fingió estudiar derecho hasta que aceptó su deseo de escribir. Está casado con la poeta Liliana Ponce y tiene dos hijos.
Su vida parece tranquila, como él cuando habla, pausado y constante. Todas las mañanas va a algún café de Flores para escribir a mano una o dos páginas diarias. Usa cuadernos de papel liso, sin reglones ni cuadriculados, con espiral que compra en la papelera Wussmann. Escribe con una lapicera Montblanc, de tinta negra. Esa combinación le asegura un buen ritmo de escritura, corre bien por la hoja, no la mancha, fluye sin entorpecer la imaginación. Antes del mediodía vuelve a su casa, pasa a la computadora lo que escribió, se deshace del papel, de las huellas de su proceso creativo.
Este método o disciplina le permite escribir una o dos páginas por día, al cabo de un año tiene tres o cuatro novelas de cien páginas terminadas. No revisa, ni corrige demasiado, se toma su tiempo de pensar en el momento en que escribe. No tiene un plan ni una estrategia ante una novela, sólo una idea disparadora, y cada vez que se sienta en el bar deja que esa idea se vaya adonde quiera. “Si entra un pájaro en el bar, en la novela también entra, lo hago aparecer coherente”, le dijo a la escritora y su amiga María Moreno en una entrevista del 2009 para la revista neoyorquina Bomb.
No hace apariciones en público, salvo que involucre a sus amigos. La última vez fue en mesa debate en el Museo del Libro y de la Lengua, donde varios escritores se reunieron para defender a Pablo Katchadjian, escritor que enfrenta un juicio por plagio de parte de María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges.
Es un lector apasionado. Empieza con un autor y no para hasta leer toda su obra, un libro detrás de otro. Lee aún cuando está escribiendo, sin temor a que la lectura lo contamine. Le gustan los clásicos, el siglo XIX, los policiales, los cómics. Se cree un buscador de buenas historias y así se define. Muchas veces las busca en las películas o en la pintura. Cuando escribe piensa que puede retratar una secuencia narrativa como un buen pintor traza la suya. Y lo intenta, en la librería La Internacional hay tres de sus pinturas, son pequeños cuadros de colores vivos con personajes definidos en situaciones delirantes, en una armonía estética rara, pero aún así coherentes. Se pueden calificar de surrealistas, de dadaístas, como su obra literaria.
Mientras los observaba, Francisco Garamona, detrás de su computadora maquetando un futuro libro que editará Mansalva, su editorial, habla sin mirarme. Dice que Aira sólo pintó esos tres cuadros. Le pregunto sobre la tesis de algunos críticos que ubica a Aira como un escritor de derecha, por no denunciar en sus novelas la realidad social, política, y escribir sobre peripecias fantásticas. Se enojó un poco y me sostuvo, con vehemencia, que sí es político: “César Aira estuvo preso un mes en Caseros por haber estado en una marcha troskista. No sé si fue en la dictadura del 76 o antes pero sí sé que estuvo. Muchos de los escritores se hacen los políticos pero lo más cerca que estuvieron de una represión es pasando a tres cuadras de una comisaría”, me dijo. Aunque no pude confirmar ese dato, lo dijo con seguridad, y me contó que Aira escribió algo sobre eso en una de sus novelas.

Libros
“Soy de los raros escritores a los que les gusta escribir realmente”, dijo en una entrevista que le hizo el escritor danés Peter Adolphsen en el Louisiana Literature Festival en 2012. Tiene publicados más de 90, sí, y odia que le digan “autor prolífero”. Ya lo dijo en varias entrevistas, para él, hay muchos escritores que hacen el esfuerzo de escribir una novela cada diez años sólo para renovar el “carnet” social de escritor, de opinólogos.
Aira publica en un abanico de editoriales que van desde la cartonera Eloísa Cartonera, Blatt&Ríos, Mansalva, entre otras, todas llevadas adelante por editores/escritores y amigos de él, dueñas de un catálogo ecléctico, vanguardista e independientes a los cánones estéticos de los mercados globales. Sin embargo, también publica en los grandes grupos iberoamericanos. Con Random House edita directamente desde España, donde hace poco se inauguró la Biblioteca César Aira, una colección propia con reediciones de inconseguibles y nuevas novelas como El santo.
Con Emecé (sello perteneciente a Editorial Planeta) también tiene su propia colección que edita con Mercedes Güiraldes. “Es difícil decir si hay o no estrategia detrás de esa manera particular de Aira de publicar. Creo que forma parte de una estética y de una ética de autor. Es un indudable gesto de libertad artística e independencia personal y es indisoluble de su forma de concebir la literatura. Pero esa forma tiene su eficacia. Sin prisa y sin pausa, Aira creó una obra impresionante, rupturista y clásica a la vez, tal vez la más original de la literatura argentina desde Borges”, me dijo su editora al consultarle sobre la convivencia del autor en tantos catálogos diferentes.
Además del mercado interno, Aira está en todas las librerías de las grandes capitales del mundo. New Directions Books publicó doce de sus libros en Estados Unidos. También fue traducido al inglés de Inglaterra, al francés, alemán, italiano, ruso, griego, entre otros idiomas.
Damián Ríos, editor de Blatt&Ríos, comentó que tenerlo en el catálogo es superlativo por el prestigio que otorga. Además, lo que editen de él se vende. Aira tiene un grupo de fans que se encarga de rastrear todas las novelitas que edita en el año y guarda una estantería de su biblioteca para él. Cada vez son más este tipo de seguidores.
Le interesan esas historias, está atento a lo que dicen de él. A pesar de que manifestó que escribe para sí mismo, a veces hace concesiones. Hace unos meses atrás estaba en una librería y escuchó a unos lectores jóvenes hablar de él –que no le conocían la cara y no sabían que los estaba escuchando-, uno le decía al otro que lo único que le faltaba a Aira era sexo en sus novelas. Así que en El santo, la que escribía en ese momento, está la primera escena de sexo en un libro de Aira.

Su legado
Ríos dice que a Aira le gusta la tertulia amistosa. Le gusta juntarse con sus amigos a debatir la literatura actual y las lecturas pero que no le interesa hacer esas opiniones públicas, “no tiene la ambición de marcar cánon”, me dijo.
Sin embargo, lo hace. Ariel Idez escribió un libro que se llama “La última de César Aira”, donde él es el personaje principal, un villano de Flores con una impresionante máquina de creación de libros. Junto a él, otros de su generación le rinden tributo pero también están quienes lo rechazan. Por ejemplo, el grupo de escritores jóvenes como Enzo Maqueira, que en la revista Viva dijo: “Que todavía se siga leyendo a Aira como vanguardia es absurdo y anacrónico. La literatura de Aira es escapismo”.
¿Qué lo amen y lo odien la generación de escritores jóvenes, los que escriben ahora mismo, significa qué cosa? ¿Aira es un clásico? ¿Aira molesta? Le pregunté a Hernán Vanoli, editor de Momofuku, escritor y crítico, y me dijo: “Creo que es un escritor fundamental para pensar la literatura argentina de la última parte del siglo XX. Junto con (Rodolfo) Fogwill y con (Ricardo) Piglia, y quizás Marcelo Cohen, a mi entender, son tres referencias que cualquier escritor que trabaje desde nuestro país debe tener en cuenta. Creo que su obra es múltiple, y que ambiciona un destino para la literatura. No son muchos los autores sobre los que se pueda decir eso, Aira en sí mismo es un universo, un procedimiento”, aunque, remarcó después, para él Aira es un autor del siglo pasado.
Y en esa discusión política Vanoli señala que durante los 90 el reclamo hacia Aira tenía una validez que ahora no tanto. “Hay una suerte de neopopulismo experiencial que se opone a Aira porque Aira simplemente tiene cierta relevancia intelectual, "no es tan fácil", no canta una que sabemos todos, no codifica la experiencia social como una revista de cultura juvenil, y bueno, esa impugnación la verdad que me parece lamentable”.
Ese reclamo de los 90, de la poesía comprometida y la literatura fantástica quedó explícito en un ensayo de Fabián Casas donde dice: “Che, Aira nos cagó, la literatura argentina cayó en la trampa de Aira! es un agente de la CIA! Los escritores serios, los grandes gigantes, son mirados de soslayo: ¡reina el viva la pepa! Aira le hizo mucho mal a la literatura, la partió en dos, antes y después de él. De Operación Masacre a Operación Jajá”.
Le escribí a Casas también, explicame Fabián, ¿Qué quisiste decir? Y le mandé diez preguntas que me contestó en un único párrafo donde mezcló filosofía y experiencia personal con el autor, remató con lo que importa: “El ensayito de Aira sobre el que hablás era una manera solapada de mostrarle mi infinita admiración. Y de incitar a que lo lean”.
Aira rompe (las bolas y el cánon) porque en sus novelitas no hay una psicología clara de los personajes, de hecho, está en contra de los personajes. Es un artesano del verosímil, hasta la idea más fantástica y ridícula parece lógica en sus textos; no sólo lógica, la peripecia parece no tener otra salida más que esa extravagancia que él plantea. Él dice que se basa en los cuentos de hadas, con un poco de dadaísmo, de surrealismo. El contexto barrial es sólo un espacio donde colocar el delirio y usar el lenguaje como masa maleable, una materia prima de la imaginación.
Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini son sus referentes como escritores, modelos de vida y actitud. “A veces uno toma un modelo y después hace todo lo contrario de él, pero el modelo sigue actuando, como contraste tal vez. Los tres han muerto jóvenes, los tres han dejado su mito, su leyenda, y los tres me acompañaron siempre”, dijo Aira en la nota que le marcó un antes y un después en su vida pública argentina: “El mejor Cortázar es un mal Borges”, publicada en 2004 publicada en Clarín.
Después del escándalo que se generó a raíz de su opinión no habló más con la prensa. Su amigo Strafacce dice que le da pudor aparecer en los medios diciendo un juicio muy categórico porque no se toma en serio a sí mismo, cree que el escritor habla en su obra.
Mauro Libertella, periodista y escritor, hace poco publicó El estilo de los otros, un libro de entrevistas a los grandes escritores latinoamericanos vivos para la editorial chilena Diego Portales. Quiso entrevistarlo y se negó. Varias veces lo intentó, todas las veces lo rechazó.
Y tiene su teoría: “¿Podríamos soportar una verbosidad tan demencial, alguien que además de publicar 4 ó 5 libros por año además esté hablando en todos los suplementos y revistas? Me parece que no. Ahora, yendo a lo que importa, que son los libros, obviamente es su literatura lo que lo puso en el lugar en el que está, cualquiera que sea ese lugar. El se movió bien e hizo el trabajo largo, el de fondo: busco antes a la institución literaria que al mercado. Nos llegó entonces antes la idea de que Aira era un escritor importante, que la proliferación total de sus libros, que sucedió hace unos diez años, cuando todas las editoriales, nuevas o antiguas, quieren publicar sus textos. Durante los años ochenta Aira intervenía fuerte en el debate literario, publicaba en revistas y se metía en quilombos. Esos fueron sus años de verdadera construcción profunda. Lo que estamos viendo ahora, me parece, es la estela que dejó ese trabajo verdaderamente intenso de años”.
De pasar de ser un autor de culto Aira está empezando a ser considerado un clásico, algo viejo, algo de lo cual desprenderse o transformarlo, algo que sí o sí debe ser leído. Y eso ya se sabe en todo el mundo.