Propuse esta nota a mi editora hace meses. Entrevisté a mucha gente, leí varios de sus libros, transcribí las entrevistas que hay en internet, escribí sobre César Aira. La nota llevó mucho tiempo de edición y cambios de vista con la editora. En este post voy a colgar una primera versión y en el próximo la definitiva. Luego, voy a publicar dos entrevistas que considero interesantes sobre el tema, a Hernán Vanoli y a Mauro Libertella.
César Aira, un
secreto publicado.
Por Romina
Zanellato
-
“No está
oculto, no es el Indio Solari”, dice Ricardo Strafacce, escritor y amigo de
César Aira, un viernes de noviembre en el café Varela Varelita de Palermo. “Él
siempre viene acá”, y ese argumento se suma en mi mente a los que escuché en la
librería La Internacional o en la feria de libros La Sensación, sin embargo,
nunca lo había visto aunque lo había buscado en todos esos lugares. Y así fue,
un mito, hasta el 15 de diciembre de 2015, que vi a Aira y a Strafacce fumando
en la vereda de Scalabrini Ortiz y Paraguay, dos horas después de haber leído
en la web del The New York Times que The
Musical Brain, su libro de relatos que editó New Direction Books está entre
las 15 mejores tapas editadas en Estados Unidos.
El libro es
un pequeño tesoro. Es negro, forrado en tela, cosido y su tapa dura tiene un
holograma con una mano que se mueve y prende una chispa con el dedo índice. En
su solapa hay una serie de halagos y recomendaciones de personalidades como
Patti Smith y Roberto Bolaño.
Así es él,
pensé, en simultáneo está siendo leído por el mundo entero pero se para a fumar
un pucho sobre una avenida y nadie lo ve, porque nadie lo conoce, salvo algunos
pocos, como yo que reaccioné como si hubiera visto a un fantasma y bajé la
vista, aceleré el paso para salir rápido de ese flashazo de cholulez.
César Aira
tiene tantos libros publicados que nadie lleva la cuenta. Se cree –y se dice
así, en plural y despersonalizado- que son más de 90 entre novelas, ensayos,
reediciones, traducciones hechas por él y de sus textos al extranjero. En 2015
fue nominado al Mens Booker Award, premio inglés de 60.000 libras que se otorga
al ganador entre diez nominados del mundo, y también estuvo en el puesto 12
entre las apuestas mundiales de la lista de Ladbrokes para el Premio Nobel de
Literatura. Entre las excentricidades que lo rodean, además, está el insólito
hecho de que las primeras ediciones de sus libros se rematan en Mercado Libre hasta
en $1.000, mientras que él edita todos los años libros nuevos que se venden
desde $40.
César Aira no
habla con la prensa argentina, sólo lo hace con la prensa extranjera y, según
dice él mismo, es por obligaciones que asume ante su agente literario cuando lo
editan en otro idioma.
Como no da
entrevistas ni opina cuando lo llaman por alguna nota donde se requiera su
opinión, Aira no sale en los diarios y revistas más que en la sección de
reseñas. Aira es prácticamente un
desconocido fuera del ambiente literario pero, dentro de ese mundo su influencia
es tan grande que se formaron bandos en las generaciones posteriores: están los
anti Aira y aquellos que en su
calidad de post Aira aceptan el
legado.
En el
mundillo literario, ese universo de editores, escritores, críticos, libreros y
lectores hambrientos (que se retroalimentan en debates cerrados), Aira es un
quiebre, un límite: se lo ama o se lo odia, se lo defiende o se lo critica, se
lo imita o se lo desprecia. Aira despierta pasiones entre quienes lo conocen,
no se puede ser indiferente a él y su obra, sin embargo, parece que fuera de
las bibliotecas nadie sabe que esto pasa.
Quién es Aira
César Aira
nació en Coronel Pringles el 23 de febrero de 1949 y al cumplir los 18 años se
trasladó a Buenos Aires, al barrio de Flores en el cual aún vive. Durante los
primeros dos años fingió estudiar derecho hasta que aceptó su deseo de
escribir. Está casado con la poeta Liliana Ponce y tiene dos hijos.
Su vida parece
tranquila, como él cuando habla, pausado y constante. Todas las mañanas va a
algún café de Flores para escribir a mano una o dos páginas diarias. Usa
cuadernos de papel liso, sin reglones ni cuadriculados, con espiral que compra
en la papelera Wussmann. Escribe con una lapicera Montblanc, de tinta negra.
Esa combinación le asegura un buen ritmo de escritura, corre bien por la hoja,
no la mancha, fluye sin entorpecer la imaginación. Antes del mediodía vuelve a
su casa, pasa a la computadora lo que escribió, se deshace del papel, de las
huellas de su proceso creativo.
Este método
o disciplina le permite escribir una o dos páginas por día, al cabo de un año
tiene tres o cuatro novelas de cien páginas terminadas. No revisa, ni corrige
demasiado, se toma su tiempo de pensar en el momento en que escribe. No tiene
un plan ni una estrategia ante una novela, sólo una idea disparadora, y cada
vez que se sienta en el bar deja que esa idea se vaya adonde quiera. “Si entra
un pájaro en el bar, en la novela también entra, lo hago aparecer coherente”,
le dijo a la escritora y su amiga María Moreno en una entrevista del 2009 para
la revista neoyorquina Bomb.
No hace
apariciones en público, salvo que involucre a sus amigos. La última vez fue en
mesa debate en el Museo del Libro y de la Lengua, donde varios escritores se
reunieron para defender a Pablo Katchadjian, escritor que enfrenta un juicio
por plagio de parte de María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges.
Es un lector
apasionado. Empieza con un autor y no para hasta leer toda su obra, un libro
detrás de otro. Lee aún cuando está escribiendo, sin temor a que la lectura lo
contamine. Le gustan los clásicos, el siglo XIX, los policiales, los cómics. Se
cree un buscador de buenas historias y así se define. Muchas veces las busca en
las películas o en la pintura. Cuando escribe piensa que puede retratar una
secuencia narrativa como un buen pintor traza la suya. Y lo intenta, en la
librería La Internacional hay tres de sus pinturas, son pequeños cuadros de
colores vivos con personajes definidos en situaciones delirantes, en una
armonía estética rara, pero aún así coherentes. Se pueden calificar de
surrealistas, de dadaístas, como su obra literaria.
Mientras los
observaba, Francisco Garamona, detrás de su computadora maquetando un futuro
libro que editará Mansalva, su editorial, habla sin mirarme. Dice que Aira sólo
pintó esos tres cuadros. Le pregunto sobre la tesis de algunos críticos que ubica
a Aira como un escritor de derecha, por no denunciar en sus novelas la realidad
social, política, y escribir sobre peripecias fantásticas. Se enojó un poco y
me sostuvo, con vehemencia, que sí es político: “César Aira estuvo preso un mes
en Caseros por haber estado en una marcha troskista. No sé si fue en la
dictadura del 76 o antes pero sí sé que estuvo. Muchos de los escritores se
hacen los políticos pero lo más cerca que estuvieron de una represión es
pasando a tres cuadras de una comisaría”, me dijo. Aunque no pude confirmar ese
dato, lo dijo con seguridad, y me contó que Aira escribió algo sobre eso en una
de sus novelas.
Libros
“Soy de los
raros escritores a los que les gusta escribir realmente”, dijo en una
entrevista que le hizo el escritor danés Peter Adolphsen en el Louisiana
Literature Festival en 2012. Tiene publicados más de 90, sí, y odia que le
digan “autor prolífero”. Ya lo dijo en varias entrevistas, para él, hay muchos
escritores que hacen el esfuerzo de escribir una novela cada diez años sólo
para renovar el “carnet” social de escritor, de opinólogos.
Aira publica
en un abanico de editoriales que van desde la cartonera Eloísa Cartonera,
Blatt&Ríos, Mansalva, entre otras, todas llevadas adelante por
editores/escritores y amigos de él, dueñas de un catálogo ecléctico,
vanguardista e independientes a los cánones estéticos de los mercados globales.
Sin embargo, también publica en los grandes grupos iberoamericanos. Con Random
House edita directamente desde España, donde hace poco se inauguró la
Biblioteca César Aira, una colección propia con reediciones de inconseguibles y
nuevas novelas como El santo.
Con Emecé
(sello perteneciente a Editorial Planeta) también tiene su propia colección que
edita con Mercedes Güiraldes. “Es difícil decir si hay o no estrategia detrás
de esa manera particular de Aira de publicar. Creo que forma parte de una
estética y de una ética de autor. Es un indudable gesto de libertad artística e
independencia personal y es indisoluble de su forma de concebir la literatura.
Pero esa forma tiene su eficacia. Sin prisa y sin pausa, Aira creó una obra
impresionante, rupturista y clásica a la vez, tal vez la más original de la
literatura argentina desde Borges”, me dijo su editora al consultarle sobre la
convivencia del autor en tantos catálogos diferentes.
Además del
mercado interno, Aira está en todas las librerías de las grandes capitales del
mundo. New Directions Books publicó doce de sus libros en Estados Unidos. También
fue traducido al inglés de Inglaterra, al francés, alemán, italiano, ruso,
griego, entre otros idiomas.
Damián Ríos,
editor de Blatt&Ríos, comentó que tenerlo en el catálogo es superlativo por
el prestigio que otorga. Además, lo que editen de él se vende. Aira tiene un
grupo de fans que se encarga de rastrear todas las novelitas que edita en el
año y guarda una estantería de su biblioteca para él. Cada vez son más este
tipo de seguidores.
Le interesan
esas historias, está atento a lo que dicen de él. A pesar de que manifestó que escribe
para sí mismo, a veces hace concesiones. Hace unos meses atrás estaba en una
librería y escuchó a unos lectores jóvenes hablar de él –que no le conocían la
cara y no sabían que los estaba escuchando-, uno le decía al otro que lo único
que le faltaba a Aira era sexo en sus novelas. Así que en El santo, la que escribía
en ese momento, está la primera escena de sexo en un libro de Aira.
Su legado
Ríos dice
que a Aira le gusta la tertulia amistosa. Le gusta juntarse con sus amigos a
debatir la literatura actual y las lecturas pero que no le interesa hacer esas
opiniones públicas, “no tiene la ambición de marcar cánon”, me dijo.
Sin embargo,
lo hace. Ariel Idez escribió un libro que se llama “La última de César Aira”,
donde él es el personaje principal, un villano de Flores con una impresionante
máquina de creación de libros. Junto a él, otros de su generación le rinden
tributo pero también están quienes lo rechazan. Por ejemplo, el grupo de
escritores jóvenes como Enzo Maqueira, que en la revista Viva dijo: “Que
todavía se siga leyendo a Aira como vanguardia es absurdo y anacrónico. La
literatura de Aira es escapismo”.
¿Qué lo amen
y lo odien la generación de escritores jóvenes, los que escriben ahora mismo,
significa qué cosa? ¿Aira es un clásico? ¿Aira molesta? Le pregunté a Hernán
Vanoli, editor de Momofuku, escritor y crítico, y me dijo: “Creo que es un
escritor fundamental para pensar la literatura argentina de la última parte del
siglo XX. Junto con (Rodolfo) Fogwill y con (Ricardo) Piglia, y quizás Marcelo
Cohen, a mi entender, son tres referencias que cualquier escritor que trabaje
desde nuestro país debe tener en cuenta. Creo que su obra es múltiple, y que ambiciona
un destino para la literatura. No son muchos los autores sobre los que se pueda
decir eso, Aira en sí mismo es un universo, un procedimiento”, aunque, remarcó
después, para él Aira es un autor del siglo pasado.
Y en esa
discusión política Vanoli señala que durante los 90 el reclamo hacia Aira tenía
una validez que ahora no tanto. “Hay una suerte de neopopulismo experiencial
que se opone a Aira porque Aira simplemente tiene cierta relevancia
intelectual, "no es tan fácil", no canta una que sabemos todos, no
codifica la experiencia social como una revista de cultura juvenil, y bueno,
esa impugnación la verdad que me parece lamentable”.
Ese reclamo
de los 90, de la poesía comprometida y la literatura fantástica quedó explícito
en un ensayo de Fabián Casas donde dice: “Che, Aira nos cagó, la literatura
argentina cayó en la trampa de Aira! es un agente de la CIA! Los escritores
serios, los grandes gigantes, son mirados de soslayo: ¡reina el viva la pepa!
Aira le hizo mucho mal a la literatura, la partió en dos, antes y después de
él. De Operación Masacre a Operación Jajá”.
Le escribí a
Casas también, explicame Fabián, ¿Qué quisiste decir? Y le mandé diez preguntas
que me contestó en un único párrafo donde mezcló filosofía y experiencia
personal con el autor, remató con lo que importa: “El ensayito de Aira sobre el
que hablás era una manera solapada de mostrarle mi infinita admiración. Y de
incitar a que lo lean”.
Aira rompe
(las bolas y el cánon) porque en sus novelitas no hay una psicología clara de
los personajes, de hecho, está en contra de los personajes. Es un artesano del
verosímil, hasta la idea más fantástica y ridícula parece lógica en sus textos;
no sólo lógica, la peripecia parece no tener otra salida más que esa
extravagancia que él plantea. Él dice que se basa en los cuentos de hadas, con
un poco de dadaísmo, de surrealismo. El contexto barrial es sólo un espacio
donde colocar el delirio y usar el lenguaje como masa maleable, una materia
prima de la imaginación.
Manuel Puig,
Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini son sus referentes como escritores,
modelos de vida y actitud. “A veces uno toma un modelo y después hace todo lo
contrario de él, pero el modelo sigue actuando, como contraste tal vez. Los
tres han muerto jóvenes, los tres han dejado su mito, su leyenda, y los tres me
acompañaron siempre”, dijo Aira en la nota que le marcó un antes y un después
en su vida pública argentina: “El mejor Cortázar es un mal Borges”, publicada
en 2004 publicada en Clarín.
Después del
escándalo que se generó a raíz de su opinión no habló más con la prensa. Su
amigo Strafacce dice que le da pudor aparecer en los medios diciendo un juicio
muy categórico porque no se toma en serio a sí mismo, cree que el escritor
habla en su obra.
Mauro
Libertella, periodista y escritor, hace poco publicó El estilo de los otros, un
libro de entrevistas a los grandes escritores latinoamericanos vivos para la
editorial chilena Diego Portales. Quiso entrevistarlo y se negó. Varias veces
lo intentó, todas las veces lo rechazó.
Y tiene su
teoría: “¿Podríamos soportar una verbosidad tan demencial, alguien que además
de publicar 4 ó 5 libros por año además esté hablando en todos los suplementos
y revistas? Me parece que no. Ahora, yendo a lo que importa, que son los
libros, obviamente es su literatura lo que lo puso en el lugar en el que está,
cualquiera que sea ese lugar. El se movió bien e hizo el trabajo largo, el de
fondo: busco antes a la institución literaria que al mercado. Nos llegó
entonces antes la idea de que Aira era un escritor importante, que la
proliferación total de sus libros, que sucedió hace unos diez años, cuando
todas las editoriales, nuevas o antiguas, quieren publicar sus textos. Durante
los años ochenta Aira intervenía fuerte en el debate literario, publicaba en revistas
y se metía en quilombos. Esos fueron sus años de verdadera construcción
profunda. Lo que estamos viendo ahora, me parece, es la estela que dejó ese
trabajo verdaderamente intenso de años”.
De pasar de
ser un autor de culto Aira está empezando a ser considerado un clásico, algo
viejo, algo de lo cual desprenderse o transformarlo, algo que sí o sí debe ser
leído. Y eso ya se sabe en todo el mundo.
