3 de marzo de 2019

La Agenda: una playa violenta

Una playa violenta
El punk rock surfero de Playa Nudista debuta con un prometedor EP. María Pien busca un refugio de experimentación atemporal con Afuera el sol estalla.

por ROMINA ZANELLATO
Link: http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/181907593910/playlist-una-playa-violenta

Playa Nudista, Ruta Hotel (Goza Records)


Suena a verano. Olas, surf, camioneta. Un ritmo que te confunde, no sabés qué elegir, si ladear la cabeza con las armonías vocales o hacer la batería con el pie. Pensás en los Beach Boys, pensás en las playas de Big Sur. Una voz dulce de resaca de golosina fucsia empieza a cantar. A cuarenta grados bajo el sol de una ciudad con playa, de poca ropa, rota. El EP de Playa Nudista inicia con una frase de cómic feminista, de provocadora de pelo color helado de palito: “No quiero hacer lo que vos me pedís, no te necesito/ ¿Por qué me buscás?, ya no quiero contestar/ Te miro y vomito”.

Rápido, claro y fuerte, como la mejor forma de sacarte de encima a un denso. Así es la canción, así es el disco. Ruta Hotel salió el 7 de diciembre, es un EP de seis canciones y dura 15 minutos. Es el cuarto lanzamiento de Goza Records, el sello que comanda Barbi Recanati en Futurock. Playa Nudista fue un trío de punk rock, urgente y furioso, metido en un garage. Juliana Rodríguez, Agustina Magnaghi y Gimena Aguilar tocan desde 2016, cuando se conocieron en la facultad, pero a mediados del año pasado se sumó Paula “Lola” Montenegro y se generó un movimiento, de instrumentos y de sonido.

“Cambió mucho la banda cuando entró Lola, antes era muy punk-salvaje-rápido y estábamos en esta transición cuando nos llamó Barbi, que nos había escuchado y nos quería grabar e incorporarnos al sello”, cuenta Juliana, cantante y guitarrista de la banda. No tuvieron mucho tiempo para acomodarse a la nueva formación; en septiembre entraron a Estudio Átomo para grabar el disco: tres temas viejos, reversionados a dos guitarras, y tres temas nuevos. Se nota. “Nudistas” y “Jacuzzi” duran menos de dos minutos, “Nubosidad variable” apenas lo supera; tres piñas. En cambio, “Vómito”, “Helados” y “Vacaciones” son canciones más largas, las velocidades internas le dan una tonalidad que por la estética mezclan el chicle y el pastel, capas de un subgénero que nació para disfrutarse en enero.

ganchos
El auto descapotable de la tapa, de patente 666, manejado por dos perros y en el asiento trasero cuatro cabelleras al viento, acaba de romper sus cadenas y atraviesa la ruta, entre el desierto y la playa. Cuatro chicas salen a los escenarios a tocar sus melodías de velocidad. Son amigas, recién arrancan, solo tiene un demo de 2016. Esta vez es en serio, el disco suena como si hubieran tocado por años. Se escuchan a sus antecesoras: Estoy Konfundida, Las Kellies, Las Piñas. Ellas dicen que Juan Manuel Segovia -músico y pareja de Barbi Recanati- los grabó y ofició de productor artístico. Tenían seis días de estudio y para eso llevaron las canciones muy ensayadas, para ser eficaces en la grabación. Pero metieron sintetizadores, acortaron -aún más- algunos temas. Le dieron la velocidad de los nuevos tiempos de escucha, un EP corto, claro y contundente.

Playa Nudista salió de un mundo imaginario sobre el asfalto, donde estas cuatro bribonas le cantan a los que se hacen los vivos, a los que se pasan de rosca, a los fallutos, a las amigas, al amor de barrio, cotidiano y real.

Si el disco se inicia con el vómito en la cara de un pibe pesado, continúa en “Helados”, una canción más tranquila, con un susurro de la voz líder que pregunta por qué se separaron si en la cama la pasaron genial y un coro de gritos, guitarra y distorsión irrumpe la canción. “Jacuzzi” es tal vez su canción más simple. “Nudistas” es una invitación a desnudarse en los médanos y a bailar con su ritmo de fiesta. “Vacaciones”, la última canción del disco, es la más larga, empieza con las armonías vocales clásicas, un riff despejado y una propuesta: las vacaciones como el descanso del uno con el otro.

Barbi Recanati, en su activismo feminista, lanzó Goza Records para editar sólo a bandas de mujeres. Y a estas cuatro chicas las reclutó ni bien las escuchó. “Playa Nudista no tuvo una cosa que me gustó, ¡tuvo todo! Y lo que más me incentivó a querer que graben es que forman parte de una resistencia en el rock. Que sigan existiendo bandas de este estilo lo veo como una necesidad de supervivencia”, dice.

Un primer disco que suena y promete. Un género que ya tiene su trayectoria dentro de la música argentina, hecha por mujeres. Letras directas y guitarras rápidas. El punk rock surfero tiene nuevas adeptas y Ruta Hotel es el disco de la iniciación.



María Pien, Afuera el sol estalla (Elefante en la habitación)


Afuera el sol estalla es una radiografía hogareña del ecosistema sonoro y afectivo de María Pien. Hace tiempo lo venía pensando, dijo, honrar lo que la rodea, los vínculos y la música. El disco se lanzó en mayo y tiene un bonus track de dos canciones más publicadas en diciembre de 2018. Son 16 en total, todas escritas y compuestas por compositores que ella admira, con quienes se vincula para crear y compartir saberes y música. María Pien, después de dos discos y un EP de tres poemas, decidió experimentar con las creaciones de sus amigos. Afuera el sol estalla, es un disco sensible y profundo, de infinitas capas de escucha.

Algunas de las composiciones estuvieron a cargo de Florencia Ruiz, Clara Presta, Noelia Recalde, Lucila Pivetta, Candelaria Zamar, Nicolás Rallis, GULI, Rodrigo Carrasco, Rodrigo Ruiz Diaz. Y el bonus tiene dos agradecimientos: a Luis Alberto Spinetta y a María Elena Walsh.

María Pien camina el sendero de la autogestión y la música independiente hace años. Su accionar teje lo colectivo con su visión personal. Es parte del sello Elefante en la habitación, es militante feminista, y ahora fundó La alfombra mágica, un estudio de grabación. Compone, escribe, interpreta, ahora se está empoderando y está aprendiendo a lidiar ella misma con las máquinas y la producción. Mientras tanto, toca en un circuito independiente que parece no tener fin, de giras por el país y los escenarios abiertos a nuevas músicas.

El disco, que pasa por distintos momentos, explora todas las formas de la voz de María Pien, a veces suena como algo rugoso, áspera -como en “Caminata por el cosmos”-, por otros momentos es como una nube inmensa y oscura -en “Hermanos”, por ejemplo-, o una bruja en pleno viaje místico -en “Entre dos relámpagos”-, en otros es un sol de otoño que alimenta y sana -como en “Música de besos”-. Hay un tándem en “Mecer” y en “AEIOU” donde el piano te mece entre las dos canciones. Se levanta un coro detrás de las teclas. Hay sonidos a ciudad, a tren que pasa del otro lado de la ventana. No se sabe si es una iglesia o un entrenamiento vocal, una escuela de música, una calle. Suena a madera.

“Decidimos jugar con elementos que nos gustan mucho, con el sonido de la grabadora cinta, analógica y digital. Invertimos en ese flash de comprar grabadoras a cinta, arreglarlas, fue difícil eso”, cuenta María. El disco tenía un precepto: que suena a homestudio, a ese estado de ensoñación que viven los músicos cuando están grabando en su propia casa. Lo perpetuo del trabajo y la intimidad metiéndose en todo. La experimentación como un juego y una libertad.

María, que ahora está en un retiro de la ciudad, grabando nuevas cosas, se remonta al proceso de creación de “Afuera el sol estalla”, disco que produjo junto con Agustín Guli Bucich, su compañero, y dice: “Mientras lo hacíamos pensamos en esto de crear un sonido que retrotrajera a un momento parentético en el tiempo, un momento que no pudieras decidir si es de ahora o de 1972 o de cuándo. Nos imaginábamos una grabación perdida de no sé cuándo”.

La atmósfera de este disco es de experimentación acústica, de sonidos que se descubren al oír las capas sobre capas de trabajo. Un retrato al mundo privado de María, a las personas con las que crea cultura, su propio homenaje al hacer. Afuera el sol estalla es un disco sin tiempo, es un disco de vida.

Rolling Stone: Técnicas del rock: las mujeres se abren paso en áreas de sonido y producción

os primeros cuatro años de mi trabajo, en cada lugar del país al que fuimos, escuché la frase ‘sos la primera sonidista que vi en la vida’. Acto seguido las reacciones que surgían las puedo catalogar de tres formas: ‘¡qué bueno!’, ‘qué raro’, y ‘¿cómo puede ser que haya una mina haciendo sonido?’", dice Marina Bello (35) y se ríe a carcajadas. Fue sonidista de Miranda! durante 10 años hasta 2013, y en todo ese tiempo supo solo de una o dos mujeres más que hacían ese trabajo, todos los demás eran varones. Ahora es jefa de técnica de la sala Xirgu Espacio Untref y su equipo se completa con Selene Pascuzzi (25), la primera mujer que se recibirá de ingeniera de sonido en el país.
La historia de esta dupla de sonidistas comenzó cuando Eve Vega ingresó a programar contenidos en la sala colonial de San Telmo en 2015, contratada por la Universidad Tres de Febrero (Untref). Su labor era la de desarrollar el área de música en la sala (hasta el momento sólo funcionaba como teatro) y cambiar el perfil para atraer a un público más joven. Eve se encontró con un staff de técnicos muy hostiles: "Se burlaban de lo que yo programaba, se reían ante los músicos, todo muy primitivo", cuenta Eve. Como era la única mujer le propuso al coordinador incorporar a una técnica y entrevistaron a Marina, a la que había conocido cuando Potra fue a tocar al Xirgu. "Nos encantó su forma de trabajar, además tenía el plus de estar acostumbrada a lidiar con artistas emergentes". Y la tomaron.


Bello es técnica electrónica y en 2002 empezó a operar en vivo. Su primer trabajo fue en el ND/Ateneo juntando cables. "Hay ambientes técnicos donde la forma de vincularse entre hombres era hostil porque el trabajo es muy físico, y la herencia del rock era muy fuerte, tenías que pagar derecho de piso por ‘newbie, mantequita o pelotude’. Se decían ‘levantate la 4770 vos solo’, ¡una columna de sonido alta como Selene! Cuando se enfrentan a una mujer en esos ámbitos se les mueve todo, no saben cómo reaccionar, obviamente que ella no puede moverla si pesa menos que el equipo", dice.
Calcula que hizo 1.500 shows en vivo. Haciendo sonido para un conferencia conoció a Selene, que le contó que estudiaba ingeniería. Se tomó su tiempo, pero un día le preguntó si podía asistirla en los vivos de las bandas con las que Marina ya trabajaba. Y allá fue al Teatro de Flores a darle una mano en los monitores de un show de Gustavo Cordera.
Selene va a ser la primera mujer en recibirse de ingeniería en sonido en el país. "A mí me gustaba la música y los animales, yo tocaba la guitarra y quería ser veterinaria, hasta que mi profesor Sebastián Coria, el guitarrista de Horcas, me dijo que el dueño de la sala de ensayo daba clases en la ingeniería de la UNTREF. Me anoté por la materia cuatrimestral de sonido en vivo que él da en cuarto año".
Por suerte se olvidó de la Veterinaria. Alejandro Bidondo, el director de la carrera, sólo tiene flores para ella. Dice que son pocas las mujeres que se anotan pero que cada vez son más. Al comienzo no representaban ni el 5% y ahora llegaron al 10%. "No casualmente todas las alumnas mujeres son increíbles estudiantes", comentó. Hace once años abrió la carrera y recién ahora se recibe la primera mujer. Sin embargo, hay otros espacios donde estudiar sonido, como la tecnicatura en la Escuela de Música de Buenos Aires (EMBA).
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Cuando Marilina Bertoldi hablaba del cupo femenino de músicas en festivalesentendió que tenía que trasladar ese concepto político dentro de su propio proyecto a los espacios técnicos. Por eso llamó a Carolina Monte (25), quien había trabajado como asistente de su ex banda Connor Questa. "La conocí cuando estaba estudiando la tecnicatura en sonido y producción musical en la EMBA y nos hicimos amigas. Empecé a trabajar de asistente del baterista y el año pasado me llamó para que la opere en el set solo. Al final me quedé operando monitores en todos los formatos en los que toca", cuenta la neuquina. En un mundo que tradicionalmente fue ocupado por hombres, al principio la miraban raro, pero, para ella, la situación está cambiando y los estereotipos se están rompiendo.
"El under lo manejan las mujeres", dice Lisa Iris Benevet (38), sonidista en Club Cultural Matienzo e iluminadora en Ciudad Cultural Konex. "Hay muchas salas que son todas trabajadas por mujeres porque es garantía de buen trabajo y somos muy valoradas, incluso por nuestros compañeros". Para ella, el ingreso al mainstream de técnicas es cuestión de tiempo. Su experiencia le sirve de intuición: en el Matienzo la llamaron porque querían incorporar una mujer al área y en Konex el equipo de este año lo integraron cuatro chicas y dos varones.
Pero no sólo de hacer sonido en vivo se trata la técnica, también hay otras áreas en el mundo de la música que hay que ocupar. Y si hay uno que es históricamente desempeñado por varones es el trabajo de stage. Carolina Taborda (38) es la stage de Hilda Lizarazu y de Las Taradas, entre otros grupos. Su trabajo consiste en preparar las cosas que se van a llevar a un show: cables, equipos, pedales, amplificadores, etc; cargarlo en un flete, bajarlo en el lugar, armar el escenario y asistir durante el show. Después, lo mismo a la inversa hasta la sala de ensayo. "Hace siete años que trabajo de esto y aún me pasa que cuando llego con las cosas a una sala los técnicos del lugar asumen que no sé hacer mi trabajo, o le preguntan las cosas a mi asistente varón. En la última fecha con Las Taradas nos pasó que sólo le preguntaban a mis compañeros, así que hicimos una apuesta: si me hablaban a mí para la toma de una decisión a lo largo de la jornada yo les pagaba la cerveza. Me deben una", dijo.
En el caso de la iluminación, Agnese Lozupone (41) también vivió situaciones así, aunque viene del teatro donde el camino está más allanado que en el rock para las mujeres. Ella diseña las luces de Gabo Ferro hace años y una temporada lo hizo con Coiffeur. "Hubo un show donde los técnicos del lugar me maltrataron de tal forma que me fui llorando, salí muy afectada de ese lugar. En general no son los músicos sino el staff de cada sala, aunque cuando te conocen y ven cómo trabajás aflojan un poco".

Natalia Perelman (45) es una de las leyendas que corren entre las mujeres más jóvenes que están empezando a hacer su camino en el sonido. Empezó en el 2000 como asistente de uno de los estudios de grabación más importantes de la historia del rock: "Estuve como seis meses insistiendo para entrar a trabajar ahí. La respuesta del dueño era que no era un trabajo adecuado para una mujer porque había que mover cosas, agacharse a enchufar, y que los músicos se iban a sentir incómodos ante la presencia de una chica, que iban a tener que cuidarse de lo que hablaban. Insistí tanto que lo logré y entré como asistente", cuenta. En ese estudio de Floresta trabajó varios años, aunque el primer tiempo se iba llorando de lo mal que la trataban los técnicos que traían los músicos. Después empezó a trabajar en Santito, otro mítico estudio que ya no existe más, y le tocó asistir la grabación de Siempre es hoy de Gustavo Cerati. En 2003 viajó a Estados Unidos a trabajar ya como técnica, no como asistente, y en 2006 a Londres. Ahí ya trabajaba de manera independiente y pasó por todos los estudios de grabación del país. "Hasta que las redes sociales se hicieron más presentes y útiles no conocí a otras pares, porque las sonidistas de estudio permanecíamos en las sombras", cuenta.
Con la ola de movilización de las mujeres desde #NiUnaMenos y la discusión por el aborto, Natalia empezó a recibir mensajes de chicas que querían vincularse con ella porque estaban iniciándose en el Sonido, hasta que otras dos colegas, Paulina Chiarantano y Pipi Sánchez, ambas asistentes de Romaphonic, le escribieron para nuclearse. Así nació la Red de Mujeres en el Sonido (RMS) que la tiene como cofundadora. Lo que empezó siendo un grupo de Facebook que ya tiene más de mil mujeres, es ahora un organismo que busca su personería jurídica para constituirse legalmente. "Las mujeres siempre estamos puestas a prueba constantemente sobre lo que sabemos de sonido. Y el estudio de grabación sigue siendo un bastión de lo masculino", dice Perelman. Para eso hicieron un Directorio de Mujeres en el Sonido, así se visibilizan cuántas hay y qué roles ocupan. El año pasado dos chicas consiguieron trabajo permanente a través del grupo.
Ninguna de las profesionales piensa que la mujer escucha diferente al varón, pero sí una predisposición al trabajo en equipo donde fluye una comunicación más sensible, menos hostil. Como dice Eve Vega, del Xirgu Espacio Untref, los técnicos de un lugar son la carta de presentación ante los músicos y el público, porque son los que hacen que suena, se vea y se escuche bien. "Es responsabilidad de los espacios, los productores y programadores incorporar técnicas mujeres en sus equipos."

Indie Hoy: Mujeres, las que salvaron al rock


El rock es música, el rock es cultura, el rock es épica y el rock es unx. Solía componerse de batería, bajo, dos guitarras, voz y unos amplificadores, pero algo pasó en los últimos años y ya nadie sabe bien si mutó a una forma superior, si vive, y en qué estado está. Pero hay una voz ronca que por lo bajo acusa y dice “ya nadie va a ver shows”, “no hay bandas buenas”, “nadie vende entradas”, y el letal “encima las feministas/los machitos no ayudan”. El 2018 fue un año crucial para evaluar esas opciones.
A vuelo de pájaro podemos decir que el rock nació con los Beatles, como una mezcla del blues y de Elvis Presley, y que a lo largo de las décadas cambió tanto que hoy no sabemos muy bien qué es, pero sabemos que tuvo tres décadas claves de reinado musical: los sinfónicos y psicodélicos 70, los 80 con el glam y el dance, el grunge y las bandas de estadio en los 90. En el cruce final de los 2000, el rock se mezcló con el hip-hop y el pop; con el negocio millonario de MTV y las discográficas. Si el rock era rebeldía, guitarras poderosas, estrellas y acción política, ¿qué quedó de eso a partir del tamizado que le hicieron a la cultura de masas la tevé e internet? El mercado homogeneizó mundialmente a la música, y creó esa ilusión de que sólo existe aquello que le es rentable.
A pocos meses de empezar la década 2020 nadie habla de rock. ¿El rock es una melancolía de unxs pocos? Si fuéramos Rob Gordon -él, tan melómano del género, tan noventero, tan fiel a la promesa cultural- y estuviéramos ordenando nuestros discos por orden autobiográfico seguro que el asunto se complicaría bastante a partir del 2010. El mítico vendedor de discos de esa clásica película ambientada en los noventa que fue Alta Fidelidad estaría indignado por la tapa de Duki en la Rolling Stone, su amigo echaría de la tienda a les pibes que fueran a buscar sus ¿discos?, pero seguro -y de esto estoy segurísima- escucharía a músicas mujeres. Porque en la película de Stephen Frears, que se estrenó en 2000, el cupo femenino lo lideró la inmensa Joan Jett, con Joni Mitchell, Katrina & The Waves, Aretha FranklinStereolab, entre otras. ¡Hasta van a ver a una tocar! Si fuera aquella una tienda argentina tendría a Suárez, María Fernanda Aldana, Juana Molina, Liers, She-Devils, María Celeste Carballo, María Gabriela Epumer, Las Viudas e Hijas de Roque Enroll (¡Le hicieron una canción al FMI!) por nombrar algunas, en posters en la vidriera. Lxs puristas dirán ey, ellas no hacen rock and roll, y se les contestaría otro viejo gritándole a las nubes. ¿Se le puede llamar rock a lo que hicieron ellas? Descarto que haya rock masculino y femenino pero sí me permito sostener la idea de que las mujeres en el rock fueron y son las que crearon otro registro sonoro, principalmente por haber sido marginadas y trabajar desde la exclusión de los focos de atención. Pero, ¿fueron ellas quienes lo mataron?
En ese momento pre-internet las discográficas comandadas por varones, los periodistas -en su gran mayoría varones- de música, y los vendedores de discos eran quienes acercaban recomendados al público, y el mecanismo para conocer nuevas bandas por fuera del mercado estaba muy vinculado a cómo te movías y cuántas ganas de descubrir tuvieras. Sonaba PJ HarveySonic YouthBjörkGarbageHoleBikini KillSinéad O’ConnorThe White Stripes o Alanis Morissette en todas las radios del mundo, ellas fueron figuras esenciales. Después de que llegara internet, todo estuvo a un clic democrático de distancia, aunque nunca fuimos tan digitados en la escucha como ahora (hola Spotify, hola YouTube).
Con el tiempo, en los festivales, las bandas de rock fueron perdiendo protagonismo en las primeras líneas o solo quedaron esas viejas que apelan al público masculino y a la tradición de escucha barrial/familiar. No es porque el rock se murió, lo que se venció fue el modelo de negocios y cultura que proponía aquel universo del viejo rock and roll. El de los tipos como estrellas. Y si en la reinvención de la música no hay mujeres es porque la invisibilización es decidida. Un alerta: si el mercado dominado por tipos descubre que de este movimiento feminista se puede sacar una moneda van a llegar lxs mercenarixs a absorber lo que se está gestando, también en la música.
El periodista y crítico de arte, Pablo Schanton, publicó hace poco una nota en Ñ donde analiza cómo el trap corrió al rock de varones por derecha y cómo el feminismo lo hizo por izquierda. En 2018 los medios hegemónicos mencionaron la palabra rock solo porque las mujeres escracharon los métodos abusivos de comportamiento de esa cultura y de esos hombres. Si no fuera por eso, la palabra no se hubiera impreso en ningún diario, ¡ya ni suplementos donde escribirla quedan! Sin embargo fueron ellas las que produjeron lo más profesional e interesante del “rock” en el último año. Centrar el discurso en las bandas “pausadas por los escraches” también es menospreciar al disco de Rosalía, el de Marilina Bertoldi, el sello de minas Goza -de Barbi Recanati-, la organización de las mujeres para estar arriba de los escenarios mediante un cupo, a Cazzu -la más revolucionaria y popular de todas-, a Kali Uchis, y tantas más que concentraron lo novedoso, emergente, lo brillante del 2018. Pero, ¿podemos seguir nombrando a eso rock?
Algunas famosas bandas de varones sacaron buenos discos, pero fueron más de lo mismo. Incluso si “las heroínas” de la canción fueron mujeres o si incorporaron lenguaje inclusivo para escribir un post, el rock de varones trabaja sobre una épica del rockero, glitter y plumas, la fantasía del imaginario de rock del cine, groupies, de la cual muchos no se hacen cargo y no quieren salir. Lo niegan sistemáticamente, aún cuando está a la vista de todxs. Aunque queden en ridículo negándolo. Y ojo, no hay puritanismo, porque el goce es un derecho, y el sexo es un placer. Es muy simple (tanto que la ley lo dice): si son mayores, hay consentimiento y no hay abuso de poder, vale. Lo que se discute no es la moralidad, es un modelo de relacionarse donde los varones no se anotician de sus privilegios, del poder que les da la figura de rockero. Si las pibas están hablando hace varios años sobre qué es el consentimiento y qué tipos de violencias no quieren vivir más, ¿cómo hay reticencias a entrar en la discusión y tomar nota de lo que dicen?
Más allá de sus comportamiento sexo-afectivos, la historia del rock puede marcar un surco entre aquellos que aún se aferran a ese orden de dominio masculino sobre-bajo el escenario, y aquellas bandas que sí pensaron una propuesta mixta, no binaria, andrógina, con un público inclusivo. Desde Virus, Soda Stereo, Cerati-Melero, hasta Miranda!, Illya Kuryaki and the Valderramas, ellxs abrieron su ego a incorporar mujeres como músicas y también -y sobre todo- como oyentes. Ojo, que no nacieron de un repollo: David Lebón, Charly García, Sumo, incluso Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, abrían sus shows a las mujeres músicas. Hace falta nombrarlas: Fabiana Cantilo, las Bay Biscuit, Vivi Tellas, Hilda Lizarazu, Patricia Sosa.
Si en el inicio hubo paridad, si en la cresta de la ola del rock se conformaron proyectos mixtos, corridos de la binariedad, andrógenos, al mismo tiempo que la cultura neoliberal del mega macho rockstar daba por mordida a la mejor fruta de su árbol -la sexualidad y el mercado-, algo pasó que lo hizo quebrar. Una porción quedó resistiendo en los márgenes, invisibilizada, pero siempre tocando, y ellos quedaron en los medios de comunicación perdiendo lentamente escuchas, público, vitalidad.
Mañana no es mujer. Mujer es hace rato. Desde siempre. La cantante, poeta, actriz y rockera, Rosario Bléfari, subió a su Facebook una nota que empezó con un “Seguiremos invisibilizadas, si no decimos nada, hasta que se le antoje a alguno. El futuro es mujer proclaman por ahí, diciendo que ya llegará el momento, algún día incierto, donde existirá un rock hecho por mujeres, mientras tanto, hace años, estoy rodeada de mujeres que tocan todos los fines de semana”, dijo, y en los comentarios se armó un glosario de proyectos. Ahora ellas tienen una responsabilidad histórica más grande que la de sólo tocar: hay que conquistar.
Parte de asumirse del lado que pretende igualdad de condiciones está la responsabilidad de transformarlo en acción: mirar, escuchar, valorar, compartir, el trabajo de las colegas, las mujeres, las lesbianas, las trans, les no binaries. “Hasta ahora la historia del rock argentino es la historia del hombre en el rock argentino. Nos dijeron hinchapelotas, nos dijeron de todo”, dijo Marilina Bertoldi hace poco cuando ganó la encuesta del Suplemento No de Página/12 a mejor disco de rock del año, y agregó: “Ustedes (los músicos varones) se votaban entre ustedes, y no nos veían como pares. Se dieron cuenta ahora porque les dijimos que somos iguales”. Y el final de esa respuesta es vital para estos tiempos: “este año ganó una lesbiana”. La identidad como acción política, el verdadero y original espíritu del rock.
Parte de la responsabilidad que hay que asumir es la de visibilizar. Si en 2019 recién te enterás que lxs productores o los medios tradicionales prefieren poner en la tapa o en la primera línea del cartel a las bandas de varones porque le otorgan ventas seguras, entonces es responsabilidad de lxs consumidores, de lxs músicxs, de lxs periodistas, de lxs medios de comunicación alternativos, de cada unx, hacerse eco de eso y tomar un rol activo. No es que las mujeres no cortan tickets, es que hasta ahora los varones que hacen el negocio no les dieron la posibilidad.
Si fuera cierto que el rock está muriendo no es porque las mujeres escrachan a los músicos, es porque se aferran a un orden social que es insostenible, que ya no existe. El 2018 fue un año vertiginoso para el rock y los feminismos. Cada mojón en la historia complejizó el pensamiento preestablecido, y hubo más para cuestionar lo que se creía. Sólo enumero algunas cosas: el juicio a Cristian Aldana, el final del blog Ya no nos callamos más, las pibas en las vigilias de las votaciones por el derecho al aborto en el Congreso, los relatos de 45 chicas que vivieron situaciones abusivas con Onda Vaga, la organización feminista, colectiva y paciente de la denuncia de Thelma Fardín, lo que los medios hegemónicos le están haciendo, la reacción violentísima de los tipos que se sienten amenazados porque sus privilegios están derrumbándose. Si hay una estrella de rock con miedo a ser escrachado, a perder lo que construyó, es algo muy menor al lado de convivir con una historia de violencia sexual, con haber sido violentada, o con lo naturalizado del miedo que tenemos en el cuerpo. Y darse cuenta de esto también lleva su tiempo.
Las mujeres, lesbianas, trans, chiques no binaries, están hablando, están produciendo, están grabando, están protagonizando lo nuevo. Sería de necixs no prestar atención. Sería tan poco rocker estar enojado con una rebelión que busca justicia social (en vez de, por ejemplo, no estarlo con quienes lo pretenden impedir). Callarse, enorgullecerse de la no postura política sólo afirma una posición conservadora y neoliberal, mucho más perversa que la tibieza. De esta rebelión saldrá arte, saldrá música, porque ellas y elles -como dice Marilina- estuvieron enojadxs y ahora están preparadxs, tienen algo para decir. Si el rock no habla de esto, si el rock pretende seguir en una ilusión del pasado, ¿qué estamos escuchando?

El rock vive y goza de buena salud. No hay tantas bandas llenando estadios, hay unos resabios machos del pasado. El negocio mainstream viró hacia el trap y el reggaeton. Pero en Buenos Aires, en las ciudades argentinas, alcanza para ir a una plaza en verano para escuchar una guitarra, o caminar un barrio para que te llegue el sonido de un bombo y un platillo. Son ellas y elles quienes tienen la voz en alto y están sonando. No sé si entra en aquel concepto de rock, pero quien te dice que no lo sea. Y además, una de las virtudes del rock es adaptarse, evolucionar y nunca morir. Ese es su superpoder.

Billboard febrero: entrevista a Barbi Recanati

ENTREVISTAS

Barbi Recanati: “Mi vida personal y social se deconstruyó para siempre”

Por Romina Zanellato | 
  • Crédito Macarena Merlo.
La cantante y guitarrista refundó su carrera al poner sus convicciones por delante del éxito. Tras deshacer Utopians, fundó un sello, creó un podcast y sigue componiendo, aunque atravesada por un objetivo claro: que las mujeres tengan más espacio en la música. El domingo 31 de marzo se presentará en el Lollapalooza Argentina.
Cuando decidió disolver Utopians por denuncias de acoso a uno de sus músicos, la vida le cambió. Parte de su militancia feminista es el sello Goza, el podcast Mostras del rock y, por qué no, su nueva forma de hacer canciones.
“A veces me levanto y me pregunto quién soy, qué hicieron con mi vida, qué hago que no estoy tocando; pero a la vez, jamás me sentí tan útil como ahora. Nunca pensé que estaba haciendo algo importante, y ahora siento que estoy haciendo cosas que importan. Más allá de lo que digan los otros, importa de verdad. Lo que hagamos puede hacer una diferencia. No hay excusas”, dice Barbi Recanatimientras empuja el cochecito donde duerme su hijo, Pepe.
La entrevista transcurre en una caminata larga por su barrio, Colegiales, para hacerlo dormir. Es que cada vez que Mario Romero (bajista de Utopians) se va de la casa de Barbi, Pepe, que está fascinado con él, llora. La estrategia de distracción funciona y acentúa el relato: el cambio al que se refería no se lo impuso del todola maternidad, sino las denuncias de acoso que recibió Gustavo Fiocchi en septiembre de 2017. Fiocchi era el guitarrista de Utopians, banda que Barbi formó a los 18 años y con la que tocó por más de 10.
Hasta ese momento, Barbi era una mujer superexitosa en un mundo de hombres. Giraban por el país, tocaban en los mejores festivales, tenían contrato con PopArt y los nominaron al Grammy Latino por Mejor Disco de Rock, entre otros laureles. Estaba viviendo el sueño de ser una rockstar, esa fantasía que alimenta desde los siete años cuando vio un dibujito con Grace Slick, la cantante de Jefferson Airplane, rockeándola como nunca había visto a una mujer. En los años de Utopians, rodeada de varones, Barbi se sintió una más. Hasta que no, y su vida cambió.
Parte de su “despertar feminista”, como ella lo llama, arrastró algunas decisiones que se convirtieron en proyectos y que pospusieron su música por unos meses. Creó el sello Goza Records, donde va a conformar un catálogo de bandas de mujeres, en su mayoría de rock, a las que les facilita la grabación de su primer EP o álbum. “Para que nadie más diga que no hay mujeres haciendo música”, afirma. Es un catálogo que publica un disco por mes, y ya tiene cerrada la selección de las próximas doce artistas para el 2019-2020. Se graba en Estudio Átomo, fundado junto a su marido, Juan Manuel Segovia; ella hace la producción artística y él, ingeniería, grabación, mezcla y mastering. Además de eso, Barbi grabó nueve episodios del podcast para Futurock Mostras del rock, que es un repaso por la historia de las mujeres invisibilizadas de la música desde la década del 50 hasta el 2000.
“Tengo ganas de tocar, de salir de gira; es lo que más disfruto hacer. Mi idea es que en marzo, cuando terminemos de grabar los discos de Goza, haga el mío”, explica.

Cuando cambió todo

En abril de 2016 se publicó en YouTube un video con un testimonio de una mujer denunciando a Miguel Del Pópolo por abuso sexual. Ese fue el primer impacto del feminismo en la vida de Barbi. “Fue un antes y un después, no por lo que pasó, sino porque fue la primera vez que hablé con mis compañeros sobre el tema. De golpe me encontré en un asado escuchando que la mayoría consideraba que si vos estabas en la casa de un exnovio a la noche, él tenía todo el derecho del mundo a violarte. Y que, de hecho, no podía considerarse violación”, cuenta.
La revolución interior recién comenzaba. A las pocas semanas, sacó una columna de opinión en la web Generación B con un texto titulado “Woman is the nigger of the world”, donde contó las situaciones de acoso callejero que vivió. “Me llegaron tantos mensajes por Twitter, Facebook, mails… no lo podía creer, fue tanto que lo empecé a leer con mis amigas y mi familia, y de repente, me enteré de situaciones a mi alrededor que no conocía porque no se hablaba de eso. Y entendí: para que cambie, tenemos la responsabilidad de hablarlo y exponerlo”. Barbi habla de su pasado con la seguridad de quien pensó y reflexionó mucho. Ya tiene digerido el impacto, masticado, y ahora solo tiene la opción de transformarlo.
Según relata mientras camina por la sombra arbolada de Colegiales, en ese momento de su vida comenzó un camino muy personal de lectura, debate, enojo y autoconocimiento. Y llegó el golpe: por Twitter leyó el testimonio de chicas que relataron que el guitarrista de su banda había acosado a menores de edad. La decisión la tomó rápido: lo desvinculó de la banda y, al mes, disolvió Utopians. “Lo que me cambió la vida de verdad es que las personas que me tocaron la puerta, que me preguntaron cómo estaba, fueron en un 99 por ciento mujeres. Y hasta ese momento, mi círculo eran varones. Entonces se deconstruyó mi vida personal y social para siempre. No porque los hombres me dejaron de hablar, sino por lo que alguien me dijo: ‘Barbi, nunca vas a ser uno más, nunca lo fuiste’. Y ahí lo entendí”.
Perdió amigos, mucha gente la dejó de saludar, incluso periodistas de rock y músicos le giraban la cara, todos “los amigos del campeón” se fueron. Y llegaron músicas que se acercaron, la invitaron a shows, a ver cosas nuevas, y se corrió el telón de lo oculto: “El lugar desde donde me paro hoy tiene que ver con haberme golpeado con una pared llena de artistas mujeres talentosísimas que son invisibilizadas. Si yo hace 12 años tengo una banda de rock, toco en todos los festivales, giro por todo el país, se supone que conozco a todos, ¿por qué yo no escuché nunca hablar de estas personas?”.
Algo tenía que hacer. Junto con su marido, decidieron abrirles las puertas de su estudio de grabación durante cinco días al mes a esas bandas que Barbi descubrió, que la alucinaron, y que no tienen nada grabado. En tres años van a ser 36 proyectos de mujeres editados por Goza Records.
Primero grabaron a Piba, luego a Olympia. Se acercó Spotify para ofrecerles un lugar privilegiado en la plataforma, después lo hizo Futurock, y recién ahí firmaron contrato con la compañía de distribución digital The Orchard, que les financia los días de grabación. La primera tanda la completan Luz PereyraPlaya NudistaLas exAnhedoniaLas Vin UpMelanie WilliamsPaula MaffíaMugreHija de Tigre y Hienas.
“Siento que el rock tiene cada vez menos espacios en la cabeza de los jóvenes, y el mercado es cada vez más carnicero. Si el rock no vende, el mercado le va a dar cada vez menos espacio de financiamiento, subvención y visibilidad. Entonces mi prioridad es el rock. Para mí, estas bandas tienen que estar registradas”, dice.
El futuro cercano le trae una agenda importante: teloneará a Courtney Barnett el 26 de febrero en Niceto Club y luego en marzo tocará en el Lollapalooza Argentina. “Ahí voy a ver si me animo a volver a esos escenarios de nuevo, porque recién este año podré tocar a la madrugada. Es que mi hijo todavía toma teta y no quiero que se despierte a la noche, se ponga a llorar y yo no esté ahí”, explica.
Barbi se encuentra tocando en varios formatos, por un lado se está independizando del concepto de banda, pero al mismo tiempo está componiendo canciones simples que entrega a su marido para que las trabaje con Tomás Molina Lera (baterista de Utopians), ambos productores de sus nuevos temas. Además, sigue su dupla con Mario Romero, y sumó a Lux Raptor en los teclados. A veces toca solo con ella; a veces sola con Juan; a veces todos juntos. No sabe y prueba. Barbi está experimentando cómo hacer su propio camino.