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3 de marzo de 2019

Indie Hoy: Mujeres, las que salvaron al rock


El rock es música, el rock es cultura, el rock es épica y el rock es unx. Solía componerse de batería, bajo, dos guitarras, voz y unos amplificadores, pero algo pasó en los últimos años y ya nadie sabe bien si mutó a una forma superior, si vive, y en qué estado está. Pero hay una voz ronca que por lo bajo acusa y dice “ya nadie va a ver shows”, “no hay bandas buenas”, “nadie vende entradas”, y el letal “encima las feministas/los machitos no ayudan”. El 2018 fue un año crucial para evaluar esas opciones.
A vuelo de pájaro podemos decir que el rock nació con los Beatles, como una mezcla del blues y de Elvis Presley, y que a lo largo de las décadas cambió tanto que hoy no sabemos muy bien qué es, pero sabemos que tuvo tres décadas claves de reinado musical: los sinfónicos y psicodélicos 70, los 80 con el glam y el dance, el grunge y las bandas de estadio en los 90. En el cruce final de los 2000, el rock se mezcló con el hip-hop y el pop; con el negocio millonario de MTV y las discográficas. Si el rock era rebeldía, guitarras poderosas, estrellas y acción política, ¿qué quedó de eso a partir del tamizado que le hicieron a la cultura de masas la tevé e internet? El mercado homogeneizó mundialmente a la música, y creó esa ilusión de que sólo existe aquello que le es rentable.
A pocos meses de empezar la década 2020 nadie habla de rock. ¿El rock es una melancolía de unxs pocos? Si fuéramos Rob Gordon -él, tan melómano del género, tan noventero, tan fiel a la promesa cultural- y estuviéramos ordenando nuestros discos por orden autobiográfico seguro que el asunto se complicaría bastante a partir del 2010. El mítico vendedor de discos de esa clásica película ambientada en los noventa que fue Alta Fidelidad estaría indignado por la tapa de Duki en la Rolling Stone, su amigo echaría de la tienda a les pibes que fueran a buscar sus ¿discos?, pero seguro -y de esto estoy segurísima- escucharía a músicas mujeres. Porque en la película de Stephen Frears, que se estrenó en 2000, el cupo femenino lo lideró la inmensa Joan Jett, con Joni Mitchell, Katrina & The Waves, Aretha FranklinStereolab, entre otras. ¡Hasta van a ver a una tocar! Si fuera aquella una tienda argentina tendría a Suárez, María Fernanda Aldana, Juana Molina, Liers, She-Devils, María Celeste Carballo, María Gabriela Epumer, Las Viudas e Hijas de Roque Enroll (¡Le hicieron una canción al FMI!) por nombrar algunas, en posters en la vidriera. Lxs puristas dirán ey, ellas no hacen rock and roll, y se les contestaría otro viejo gritándole a las nubes. ¿Se le puede llamar rock a lo que hicieron ellas? Descarto que haya rock masculino y femenino pero sí me permito sostener la idea de que las mujeres en el rock fueron y son las que crearon otro registro sonoro, principalmente por haber sido marginadas y trabajar desde la exclusión de los focos de atención. Pero, ¿fueron ellas quienes lo mataron?
En ese momento pre-internet las discográficas comandadas por varones, los periodistas -en su gran mayoría varones- de música, y los vendedores de discos eran quienes acercaban recomendados al público, y el mecanismo para conocer nuevas bandas por fuera del mercado estaba muy vinculado a cómo te movías y cuántas ganas de descubrir tuvieras. Sonaba PJ HarveySonic YouthBjörkGarbageHoleBikini KillSinéad O’ConnorThe White Stripes o Alanis Morissette en todas las radios del mundo, ellas fueron figuras esenciales. Después de que llegara internet, todo estuvo a un clic democrático de distancia, aunque nunca fuimos tan digitados en la escucha como ahora (hola Spotify, hola YouTube).
Con el tiempo, en los festivales, las bandas de rock fueron perdiendo protagonismo en las primeras líneas o solo quedaron esas viejas que apelan al público masculino y a la tradición de escucha barrial/familiar. No es porque el rock se murió, lo que se venció fue el modelo de negocios y cultura que proponía aquel universo del viejo rock and roll. El de los tipos como estrellas. Y si en la reinvención de la música no hay mujeres es porque la invisibilización es decidida. Un alerta: si el mercado dominado por tipos descubre que de este movimiento feminista se puede sacar una moneda van a llegar lxs mercenarixs a absorber lo que se está gestando, también en la música.
El periodista y crítico de arte, Pablo Schanton, publicó hace poco una nota en Ñ donde analiza cómo el trap corrió al rock de varones por derecha y cómo el feminismo lo hizo por izquierda. En 2018 los medios hegemónicos mencionaron la palabra rock solo porque las mujeres escracharon los métodos abusivos de comportamiento de esa cultura y de esos hombres. Si no fuera por eso, la palabra no se hubiera impreso en ningún diario, ¡ya ni suplementos donde escribirla quedan! Sin embargo fueron ellas las que produjeron lo más profesional e interesante del “rock” en el último año. Centrar el discurso en las bandas “pausadas por los escraches” también es menospreciar al disco de Rosalía, el de Marilina Bertoldi, el sello de minas Goza -de Barbi Recanati-, la organización de las mujeres para estar arriba de los escenarios mediante un cupo, a Cazzu -la más revolucionaria y popular de todas-, a Kali Uchis, y tantas más que concentraron lo novedoso, emergente, lo brillante del 2018. Pero, ¿podemos seguir nombrando a eso rock?
Algunas famosas bandas de varones sacaron buenos discos, pero fueron más de lo mismo. Incluso si “las heroínas” de la canción fueron mujeres o si incorporaron lenguaje inclusivo para escribir un post, el rock de varones trabaja sobre una épica del rockero, glitter y plumas, la fantasía del imaginario de rock del cine, groupies, de la cual muchos no se hacen cargo y no quieren salir. Lo niegan sistemáticamente, aún cuando está a la vista de todxs. Aunque queden en ridículo negándolo. Y ojo, no hay puritanismo, porque el goce es un derecho, y el sexo es un placer. Es muy simple (tanto que la ley lo dice): si son mayores, hay consentimiento y no hay abuso de poder, vale. Lo que se discute no es la moralidad, es un modelo de relacionarse donde los varones no se anotician de sus privilegios, del poder que les da la figura de rockero. Si las pibas están hablando hace varios años sobre qué es el consentimiento y qué tipos de violencias no quieren vivir más, ¿cómo hay reticencias a entrar en la discusión y tomar nota de lo que dicen?
Más allá de sus comportamiento sexo-afectivos, la historia del rock puede marcar un surco entre aquellos que aún se aferran a ese orden de dominio masculino sobre-bajo el escenario, y aquellas bandas que sí pensaron una propuesta mixta, no binaria, andrógina, con un público inclusivo. Desde Virus, Soda Stereo, Cerati-Melero, hasta Miranda!, Illya Kuryaki and the Valderramas, ellxs abrieron su ego a incorporar mujeres como músicas y también -y sobre todo- como oyentes. Ojo, que no nacieron de un repollo: David Lebón, Charly García, Sumo, incluso Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, abrían sus shows a las mujeres músicas. Hace falta nombrarlas: Fabiana Cantilo, las Bay Biscuit, Vivi Tellas, Hilda Lizarazu, Patricia Sosa.
Si en el inicio hubo paridad, si en la cresta de la ola del rock se conformaron proyectos mixtos, corridos de la binariedad, andrógenos, al mismo tiempo que la cultura neoliberal del mega macho rockstar daba por mordida a la mejor fruta de su árbol -la sexualidad y el mercado-, algo pasó que lo hizo quebrar. Una porción quedó resistiendo en los márgenes, invisibilizada, pero siempre tocando, y ellos quedaron en los medios de comunicación perdiendo lentamente escuchas, público, vitalidad.
Mañana no es mujer. Mujer es hace rato. Desde siempre. La cantante, poeta, actriz y rockera, Rosario Bléfari, subió a su Facebook una nota que empezó con un “Seguiremos invisibilizadas, si no decimos nada, hasta que se le antoje a alguno. El futuro es mujer proclaman por ahí, diciendo que ya llegará el momento, algún día incierto, donde existirá un rock hecho por mujeres, mientras tanto, hace años, estoy rodeada de mujeres que tocan todos los fines de semana”, dijo, y en los comentarios se armó un glosario de proyectos. Ahora ellas tienen una responsabilidad histórica más grande que la de sólo tocar: hay que conquistar.
Parte de asumirse del lado que pretende igualdad de condiciones está la responsabilidad de transformarlo en acción: mirar, escuchar, valorar, compartir, el trabajo de las colegas, las mujeres, las lesbianas, las trans, les no binaries. “Hasta ahora la historia del rock argentino es la historia del hombre en el rock argentino. Nos dijeron hinchapelotas, nos dijeron de todo”, dijo Marilina Bertoldi hace poco cuando ganó la encuesta del Suplemento No de Página/12 a mejor disco de rock del año, y agregó: “Ustedes (los músicos varones) se votaban entre ustedes, y no nos veían como pares. Se dieron cuenta ahora porque les dijimos que somos iguales”. Y el final de esa respuesta es vital para estos tiempos: “este año ganó una lesbiana”. La identidad como acción política, el verdadero y original espíritu del rock.
Parte de la responsabilidad que hay que asumir es la de visibilizar. Si en 2019 recién te enterás que lxs productores o los medios tradicionales prefieren poner en la tapa o en la primera línea del cartel a las bandas de varones porque le otorgan ventas seguras, entonces es responsabilidad de lxs consumidores, de lxs músicxs, de lxs periodistas, de lxs medios de comunicación alternativos, de cada unx, hacerse eco de eso y tomar un rol activo. No es que las mujeres no cortan tickets, es que hasta ahora los varones que hacen el negocio no les dieron la posibilidad.
Si fuera cierto que el rock está muriendo no es porque las mujeres escrachan a los músicos, es porque se aferran a un orden social que es insostenible, que ya no existe. El 2018 fue un año vertiginoso para el rock y los feminismos. Cada mojón en la historia complejizó el pensamiento preestablecido, y hubo más para cuestionar lo que se creía. Sólo enumero algunas cosas: el juicio a Cristian Aldana, el final del blog Ya no nos callamos más, las pibas en las vigilias de las votaciones por el derecho al aborto en el Congreso, los relatos de 45 chicas que vivieron situaciones abusivas con Onda Vaga, la organización feminista, colectiva y paciente de la denuncia de Thelma Fardín, lo que los medios hegemónicos le están haciendo, la reacción violentísima de los tipos que se sienten amenazados porque sus privilegios están derrumbándose. Si hay una estrella de rock con miedo a ser escrachado, a perder lo que construyó, es algo muy menor al lado de convivir con una historia de violencia sexual, con haber sido violentada, o con lo naturalizado del miedo que tenemos en el cuerpo. Y darse cuenta de esto también lleva su tiempo.
Las mujeres, lesbianas, trans, chiques no binaries, están hablando, están produciendo, están grabando, están protagonizando lo nuevo. Sería de necixs no prestar atención. Sería tan poco rocker estar enojado con una rebelión que busca justicia social (en vez de, por ejemplo, no estarlo con quienes lo pretenden impedir). Callarse, enorgullecerse de la no postura política sólo afirma una posición conservadora y neoliberal, mucho más perversa que la tibieza. De esta rebelión saldrá arte, saldrá música, porque ellas y elles -como dice Marilina- estuvieron enojadxs y ahora están preparadxs, tienen algo para decir. Si el rock no habla de esto, si el rock pretende seguir en una ilusión del pasado, ¿qué estamos escuchando?

El rock vive y goza de buena salud. No hay tantas bandas llenando estadios, hay unos resabios machos del pasado. El negocio mainstream viró hacia el trap y el reggaeton. Pero en Buenos Aires, en las ciudades argentinas, alcanza para ir a una plaza en verano para escuchar una guitarra, o caminar un barrio para que te llegue el sonido de un bombo y un platillo. Son ellas y elles quienes tienen la voz en alto y están sonando. No sé si entra en aquel concepto de rock, pero quien te dice que no lo sea. Y además, una de las virtudes del rock es adaptarse, evolucionar y nunca morir. Ese es su superpoder.

17 de octubre de 2018

Indie Hoy: Suárez: Apuntes de un ensayo antes del show

En la esquina de Caseros y Jujuy hay una multitud inhabitual de personas. Son las seis de la tarde. Padres con hijos, grupos juntándose alrededor de una botella. Están vestidos de rojo y blanco, hay globos aerostáticos pintados en el pecho, la gorra, la campera. Juega Huracán y está a punto de ganarle a Banfield por tres goles. Pero eso aún no se sabe en Parque Patricios, aunque se viva un aire de inminencia. A metros de esa esquina, en la que quizás sea la única sala de ensayo con ventanales al exterior y luz natural en la ciudad, está por ensayar Suárez por (casi) última vez antes de su show de este sábado en el Konex.
Rosario Bléfari ya me había adelantado hace meses que no tenían ganas de hacer entrevistas, no querían contestar lo que ya respondieron el año pasado cuando se reunieron después de 15 años sin tocar. Le insistí y entre todos decidieron dejarme presenciar el anteúltimo ensayo, sin preguntar, solo observar. Estoy con mi libreta y mi lapicera.
A las 18:30 entro a la sala. Marcelo Zanelli (guitarra) y Diego Fosser (batería) improvisan algo mientras los demás entran y salen a fumar en el patio. Me siento en un cubo en el lado opuesto a la batería nueva de Diego. “Estoy enamorado, todo lo que le pido me lo da”, le dice después a Fabio Suárez (bajo). Se la compró hace un año y tardó siete meses en llegar, dice que cumplió el sueño de su vida. Se nota.
Entra Gonzalo Córdoba (guitarra), se cuelga su instrumento y toca con el pie un pedal. Rosario agarra el teléfono y lee tres nombres de canciones. Van a tocar la lista definitiva del sábado que resolvieron en el ensayo anterior. Lo habían anotado en papel y se les perdió, pero alguien lo mandó por las dudas a su grupo de WhatsApp, así que leen desde la pantalla. Suena esa canción oculta de Hora de No Ver (1994) pero no, no voy a spoilear la lista. Solo una, y otra vez capaz.
Fabio se desata los cordones de las zapatillas sin sacárselas, es como el gesto de aflojarse la corbata de un oficinista pero en este caso es el de un abogado que es rockero. Usa el mismo bajo que en los ’90, con las marcas de los años. Se posiciona bien cerca de Diego; a su lado Gonzalo y Marcelo, como en una hilera tribunera, cada uno frente a sus pedales y sus equipos color beige. De espalda a los ventanales, los tres hombres de las cuerdas y la distorsión, uno al lado del otro. En la otra punta de la sala y en diagonal está Rosario.
La lista se sucede en un zigzag temporal. Rosario hace hincapié en modular bien cada palabra, que se entienda lo que está cantando. Sé que es una obsesión adquirida, algo que la ocupa. Y alguien se equivoca, no sé quién, ni ellos se dan cuenta, pero salta a la luz que no están tan de acuerdo en qué momento de la canción hacer el cambio de acorde. Alguien dice que en el disco estaba de una manera pero que lo venían haciendo de otra. “El disco es una referencia”, dicen al unísono Fabio y Gonzalo. “No lo pensemos más, cortemos ahí donde nos sale”, concluyen. Prueban el cambio una vez más, les sale perfecto. O no, y alguno se mira de costado y sonríe. Pero pasa, y siguen.
“Siempre hay un margen amplio de improvisación en Suárez. Tenemos una estructura, pero hay libertad para que aparezcan ruiditos que después no están, es por única vez. Así somos”, me dice Rosario después, cuando hacen una pausa para comprar una Coca, unas pepas de frutos del bosque y llamar a Nina, su hija.
En los ’90, me cuenta Diego, estaban en la sala de ensayo todos los días porque Gonzalo se había hecho una. Iban a diario, aunque no siempre ensayaban de manera enfocada como cuando pagan una sala. Ahora, aún en el recreo, parece diferente. Hay que solucionar lo que queda por resolver, hay que ver el pronóstico del tiempo. Hay que recibir al stage que los va a ayudar ese día, hay que arreglar lo del flete. Cuando entra Rodrigo y saluda a cada uno se sienta al lado de la batería, pone cara de fan, graba una story para su Instagram, parece contento.
Por la esquina del barrio ya no circula más gente disfrazada de futbolista, se ve desde el ventanal. Debe haber empezado el partido. “Excursiones” aparece ni bien se hace de noche. Los hits tienen una energía ineludible, son más que solo canciones que gustaron. A veces los mismos músicos se hacen los que no les importa tanto, pero acá adentro circula una nueva adrenalina. Lo que se viene es un in crescendo de ruido, voz y fuerza. La lista está buena.
Mientras Gonzalo y Marcelo afinan sus cuerdas -las cambiaron ese mismo día-, le pregunto a Rosario, “¿te arrepentís de que la Rosario del pasado haya hecho canciones así de agudas?” y me dice que no, que ella es soprano y que con el tiempo su registro natural fue primando, porque le queda más cómodo. “‘Río Paraná’ la tuvimos que subir para que me cueste menos. Si es muy grave no sé de dónde sacar el volumen de la voz”, me responde. Yo anoto.
Los veo avanzar perfecto en las canciones que escuché mil veces, que ellos mismos crearon y que tantas otras veces tocaron. Están ajustadísimos. Ensayan hace meses. ¿Por qué? Porque salió la secuela de Entre dos luces, el documental que hizo Fernando Blanco. Se llama Cien caminos – Suárez segunda parte, y ganó a mejor film nacional en el Festival Rock N’ Doc Festival el miércoles pasado. Este show es un homenaje a eso. O una excusa.
Antes de irme pienso que un ensayo es una práctica de entrega y humildad, donde la personalidad es puesta al servicio de un grupo y de la canción. Los errores están ahí para todxs, igual que los aciertos. Ellos deciden rápido, sin discutir demasiado, sin negociar mucho, y avanzan. La lista es larga y ya son las 21:15, se pasaron del horario. Les quedan tres temas. Los veo concentrados. Van a estar muy bien.
Terminan. Les pido una foto. Fabio me dice que tiene una estricta regla anti-fotos pero que bueno, solo por esta vez. Me subo a un banco en una esquina y les saco una con el teléfono. Marcelo y Rosario ponen cara de desafiantes. Están concentrados. Están muy bien.

Link: https://indiehoy.com/especiales/entrevistas/suarez-apuntes-ensayo-del-show/

25 de abril de 2018

Indie Hoy - #Apuntes La lucha es hoy #09 – Discutamos los escraches, discutamos a los tipos

Esto, como todas las notas de #Apuntes, es una columna de opinión. Es decir, esto es lo que yo, Romina Zanellato, pienso sobre lo que está pasando con las denuncias y los escraches en el rock. ¿Y quién soy yo? Soy mujer, soy periodista, soy militante feminista, escucho rock.
Una mujer se grabó mirando a la cámara y contó que José Miguel del Pópolo, el cantante de La Ola Que Quería Ser Chau, la violó. La contactaron dos mujeres más a partir de ese testimonio que rápidamente se replicó por las redes sociales. Eso culminó en una denuncia y que él esté procesado por los delitos de abuso sexual con acceso carnal reiterado en tres oportunidades. Cuando pasó esto, el cantante de El Otro YoCristian Aldana, salió públicamente a defender a Del Pópolo y muchas mujeres le respondieron en su publicación de Facebook lo que él había hecho a lo largo de los años. Eso que se sabía y nadie decía. Cientos de mensajes. Quiso cerrar sus cuentas, borrar todo. Ya era tarde. Esas mujeres contaron sus experiencias y las subieron al blog Ya No Nos Callamos Más, se juntaron y lo denunciaron. También filmaron sus testimoniosAldana está detenido con prisión preventiva y procesado por abuso sexual gravemente ultrajante y corrupción de menores en siete oportunidades. Su juicio empezará el 22 de mayo.
Esto cambió el rock argentino para siempre. Y lo que pasó a partir de ahí es una discusión y una relectura de la vida de cada quien, en conjunto y personal. Pocas veces en la historia la revisión es así, tan abarcativa. Los últimos cinco años cambiaron la escena local gracias a la nueva ola del feminismo. Lo que está permitido en la sociedad responde a nuevos patrones, a los anteojos violetas, a la decontrucción de muchos. Están los que ahora ven a través de estos anteojos y repiensan en clave feminista su vida pasada, presente y futura, y están los que niegan todo, los que siguen viviendo en machitolandia. Aquellxs que siguen culpando a las minas de tener la pollera muy corta o de haber tomado de más en una noche de rock o aquellxs que siguen creyendo que porque una piba tomó de más la pueden violar sin que haya consecuencias.
Mientras todo esto va pasando, las pibas se juntaron. Ya lo dijimos, cuando muchas mujeres hablan de aquello que callaron durante años, el patriarcado se quiebra, hay una victoria en eso, está más cerca la gran caída. Sin embargo, ¿el feminismo es un dogma? No, el feminismo es una postura política que pretende igualdad de derechos entre el hombre, la mujer y las identidades disidentes. Persigue la justicia social. No es un tribunal en sí mismo. ¿Y quiénes son el feminismo? En principio es un plural, en segundo término, hay tantos como agrupaciones, como personas, como momentos de la vida de cada unx. Nadie y todxs lo somos.
Y entre aquel momento donde comenzó el quebramiento del glaciar banda de rock al ahora, donde todos, hasta los progres más simpáticos de Pez están públicamente expuestos como abusadores, están los escraches.
Las denuncias anónimas se extienden por internet. Tal es un violador, tal me abusó, tal es un violento. Y corre también la postura de siempre con las pibas, siempre creerle a la víctima, nunca cuestionarla, siempre activar el linchamiento público automático. ¿Eso es el feminismo? La idea de no cuestionar, no preguntar y de perseguir la justicia por mano propia parece retrógrado. Dejame cuestionarlo. No es que creo que no haya que contarlo, sino que creo que el mecanismo ya debe reverse. Aún cuando parece que todos los tipos son o fueron abusadores, aun cuando todas las mujeres fuimos violentadas.
Sé que está mal visto decir esto. Y entiendo también que, de una denuncia en particular, anónima, en un blog o en Twitter o en un posteo de Facebook, se unen más y más testimonios que arman un patrón de conducta de un hombre. Eso, a las mujeres, nos puede servir como una alerta. En ese mundo del éter, también, se encuentran en esos relatos que hubo delito, y que hay persecución penal posible. Pero eso es en las mínimas.
Sin embargo, también hay un riesgo enorme de que se use este método para denigrar a una persona, para cagarle la vida a alguien. ¿Por qué no se puede decir esto? ¿Por qué no se puede preguntar, cuestionar sobre una denuncia anónima? Si eso no significa que yo no le crea a una víctima, simplemente necesito más información. Y sí, la justicia es patriarcal, pero dentro de la justicia también están los organismos que acompañan a las víctimas. Entonces, ¿por qué no se puede cuestionar el método? Existe el riesgo de la noticia falsa y existe la posibilidad de que se apropien del escrache feminista en la persecución de otros objetivos.
Como medio nos discutimos esto. ¿Tenemos que levantar como verdad cada denuncia anónima que encontramos o esperamos a que de eso haya más testimonios, a encontrar personas de carne y hueso a quienes hacer unas preguntas, o esperamos a que haya una denuncia penal?
La semana pasada, a raíz de una de las denuncias publicadas en Ya no nos callamos más me reuní con un grupo de chicas que sufrieron violencia física y sexual por parte de un músico. Sí, se unieron a raíz de la publicación de una de ellas y juntas pudieron tejer una historia que las unía, como una continuidad. Eso fue muy sanador para ellas. Y creo que es eso lo que debemos perseguir: una sororidad real. También un procedimiento con las garantías debidas. Porque somos garantistas, estamos en contra de la pena de muerte, todos somos inocentes hasta que se compruebe el delito, un acusado tiene el derecho a defenderse. ¿O no? ¿O buscamos el punitivismo? Existe el riesgo de la venganza, y me surge esta pregunta, a la cual no sé la respuesta pero hay que hacerla: ¿el escrache otorga una sanación real a la víctima o la expone?
Necesitaba hablar de esto y me junté con Ileana Arduino, abogada feminista. Ella me dice que el escrache no emancipa, no construye nada. Y que el método tal vez pueda ser otro para lograr esto que buscamos, la justicia. “¿Es el escrache la única posibilidad de correrse del lugar de víctima en el que nos coloca la toma de conciencia sobre violencias? Se estandarizan muchas violencias bajo la idea del delito de abuso o violación, igualándolas”, me dijo. Ile es integrante de Inecip (Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales) y maestra de la Beca Cosecha Roja.
Hay un riesgo, y son las causas por injurias. Ahora los hombres están ganando muchos de estos juicios porque las “denuncias” públicas confunden ciertos términos, acusan sin haber denunciado en la justicia, y algunas acusaciones se publican sin poder soportar una instancia judicial. “Una cosa es denunciar a un tipo que te caga a trompadas y otra cosa es plantear situaciones abusivas que no son delito. ¿Qué es delito? Que se ponga denso es abusivo pero no es delito. Una violación es un delito, que te amenacen con publicar fotos tuyas íntimas es delito, que las publiquen también, que te peguen es delito, un pibe que tiene problemas emocionales para sostener una relación sana y adulta, emocionalmente desatento, puede ser vivido como una agresión, pero no es delito. En redes uno puede decir cualquier cosa, uno puede relatar una relación abusiva, pero ¿qué se construye con eso? ¿qué se persigue? ¿nos coloca en mejor posición para sustraernos de esas violencias o nos pone a merced del cambio que depende de los otros?”, pregunta Ile.
Esto es lo que pienso y lo que me pregunto yo también. No tengo grandes certezas o la bola de cristal o una solución. Pero siento una disconformidad y tengo el lugar para expresarlo. No sé qué es lo que hay que hacer. Por un lado es un mecanismo útil para unirse, ir a la justicia y encauzar una situación de violencia por esos carriles, por el otro hay una gran confusión y todo parece estar en la misma balanza de la violación.
Marina Mariasch, escritora y académica feminista escribió en Anfibia: “Conductas hasta hace poco naturalizadas ya no se soportan más. Estamos hartas. Un efecto dominó combinado con un efecto mariposa: mujeres famosas y anónimas que a través de la red -las redes sociales, las redes de mujeres- se animan a hablar, animan a otras, y con ese movimiento provocan un huracán. Es el fin del mundo tal como lo conocíamos”. Sí, todo cambió, ¿pero cuánto de la persecución retrospectiva puesta en público vale la pena hacer? Es ella la que me contesta: “Está claro que no buscamos la solución punitivista, buscamos un cambio cultural radical a través de la educación. Y está claro, también, que un feminismo que lucha por la libertad sexual y de los cuerpos no va de la mano con la censura”.
Es decir, sí, ya no nos callamos más, sin ningún tipo de duda. Ya no nos callamos más. ¡Y qué valor tiene y tuvo ese espacio, ese blog en esta historia! A Ariell Carolina, que lo coordinó durante años y a la actual administración anónima, ese espacio debe reconocerse como de vital importancia. Pero espero que llegue el momento donde haya quedado atrás, donde podamos hablar de una manera donde la mujer esté más protegida. Esa red de mujeres que sostiene Marina es una red real. Hay que hablar, hay que alertarnos, hay que hacerlo en persona, mujer con mujer, hablar con las ex novias, hablar con las amantes, hablar con las amigas. Juntarse, organizarse, denunciar. Sin miedo, con responsabilidad. Es nuestro tiempo.

Nota: http://www.indiehoy.com/apuntes/la-lucha-es-hoy-09-discutamos-los-escraches-discutamos-a-los-tipos/

12 de marzo de 2018

Indie Hoy: La lucha es hoy #07: Cómo es el Paro Internacional de Mujeres

Alerta, alerta, alerta que camina/ La lucha feminista por América Latina. /Se cuidan, se cuidan Se cuidan los machistas /América Latina va a ser toda feminista.
El canto coral de chicas, de calor de grito, cuerpo y calle feminista parece que gana potencia y llega a todos lados, a algunos como un murmullo que no se calla, a otros con fuerza nueva que habla. Le llegó a Jorge Rial el otro día, nuevo e impensado aliado de nosotras, las pibas que luchamos por los derechos de las mujeres, lesbianas, trans y travestis; nosotras las que queremos justicia social; las que queremos terminar con el sistema machista que nos condiciona, nos apresa en mandatos y violencias cotidianas. Ahora estamos preparando la voz, ensayando lo que será un nuevo Paro Internacional de Mujeres.
Lo que empezó como un movimiento que reclamó al Estado políticas públicas para parar los femicidios, que le exigió al hombre que dejara de matarnos, ahora se convirtió en mucho más que eso, porque mientras vamos hablando entre nosotras van tomando voz las opresiones, las necesidades, lo que naturalizamos durante tantos años y ya, algunas de nosotras, no soportamos más.
¿Por qué marchamos el #8M? Es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora y desde hace dos años el colectivo #NiUnaMenos impulsa un proceso de asambleas abiertas, horizontales y colaborativas para que las mujeres e identidades disidentes de todos los sectores nos unamos y organicemos un paro a al sistema machista. Cada año los reclamos cambian, porque vamos aprendiendo y porque la situación se modifica.
Todos los viernes hasta el jueves 8 de marzo, día del paro, nos juntamos en CABA en la Mutual Sentimiento, en las redes del @colectivoNUM es decir en Ni Una Menos, van a poder ver la cantidad de mujeres que se fueron acercando a este proceso. No necesitás estar en ninguna organización, sólo acercate a Lacroze 4171 y escuchá, participá. Ahí se debate el feminismo como movimiento plural y político, ahí están los feminismos expuestos y dialogando.
¿Por qué paramos?
1) Contra los femicidios y travesticidios, contra la violencia sexual y económica, contra el Estado represivo.
2) Contra el ajuste. Contra la reforma previsional y la reforma laboral.
3) Por el aborto legal, seguro y gratuito.
El primer punto de las consignas de este año se refiere a que en los primeros 15 días de este año hubo 13 femicidios de acuerdo con lo que publicó Mumalá, y que las mujeres entre 18 y 25 años son las más vulnerables a la violencia machista: en 2016 más de la mitad de las mujeres asesinadas en la Ciudad de Buenos Aires en 2016 eran pibas: tenían menos de 30 años. A eso se le suma la escalada de travesticidios en el país y la persecución policial en la última marcha del #8M, entre otras cosas.
El ajuste nos afecta más a las mujeres. El último informe del Foro Económico Mundial acerca de la equidad de género indica que en la Argentina los salarios de las mujeres son un 30% menores que el de los varones. Las últimas reformas previsional y la inminente laboral nos afecta de manera directa.
Entonces, ¿te vas a quedar sin participar en el reclamo de tus derechos? Hay más de 50 países articulándose en la Internacional Feminista para parar este #8M, hay asambleas en todas las provincias, hay debates profundos sobre la nueva mujer. Podés ver la agenda en este enlace.


Foto: Ni Una Menos / Ximena Talento

Si el feminismo llegó a la tele y el canto es cada vez más elevado, la discusión hay que darla en todos lados. No hay que alimentar al troll, hay que explicarle a la abuela que el “muerte al macho” es una figura representativa de cierto tipo de opresión, no un llamamiento al asesinato de los varones; hay que debatir acerca de qué es el amor romántico, si a cada una de nosotras nos gustan las rosas, los chocolates, pagar la cena o si de verdad eso se trata de mandatos más arraigados al “ser mujer”, a que una se completa con un tipo o, para facundoaraniarla, que la realización es a través de la maternidad; etc. Pero también hay otro tipo de debates: las trabajadoras sexuales que reclaman por derechos laborales, las abolicionistas que están en contra de reconocer la prostitución como un trabajo; el rol de la mujer en los cargos jerárquicos, los derechos sindicales, etc.
El feminismo es una lucha por la justicia social. Es, además, una forma de ver la vida deseada. Hay feminismos para cada persona y hay discusiones que se dan hace siglos. Este es un momento histórico, la verdadera revolución. Hay que leer, hay que acompañar, hay que enterarse, hay que participar. La calle la tomamos todas juntas. Nos vemos el 8 de marzo. #NosotrasParamos #NiUnaMenos.

Link: http://www.indiehoy.com/apuntes/la-lucha-hoy-07-paro-internacional-mujeres/

7 de febrero de 2018

Indie Hoy: Entrevista a Simón Poxyram

Simón Poxyran: “El nuevo disco de Perras on the Beach sale en marzo”



Doce meses pasaron desde que todos escuchamos por primera vez un comentario sobre Perras on the Beach y apareció el carisma de Simón Poxyran en la escena. Esa vez fue sobre el escándalo en El Primer Color, festival de San Martín de los Andes donde la banda hizo enojar a algunos vecinos pacatos. La ola de rumores y versiones llegó a todos lados del país: hay una banda de pendejos de Mendoza que te hace sentir adolescente de nuevo, que escupe un poco de la vida real a los viejos de mierda. Los rumores llegaron a Yumber Vera Rojas, programador de los Martes Indiefuertes de Niceto Club y ahí nomás armó varios Manso Indie para traer la frescura cuyana al cemento aburrido de Buenos Aires. Se sacudió el avispero. Están los que aman y están los que odian.

Un disco de banda y uno solista después, Simón Saieg, encara un 2018 con una exposición enorme y una apuesta que decidió redoblar. Antes de tocar en el Festival Bue y recién llegado de Mendoza, Simón habló con Indie Hoy sobre su año.

Empezaste el 2017 de una manera muy especial. ¿Cómo fue esa primera gira?
Demencial. Fue una gira que debería haber salido bien pero salió todo mal. El plan no era tan loco, tres bandas que compartían gente, íbamos en caravana de tres autos desde Mendoza a Bariloche. Apenas salimos Tuti, la mamá de Bruno y mánager de Usted Señalamelo, chocó el auto de un comisario. Podía haber chocado uno de los pibes pero no, chocó ella. Una multa enorme, volvimos a Mendoza a hacer una fecha para recaudar fondos y pagar la multa. Todo empezó así, mal. Pasaron cosas muy raras, muy Twin Peaks, mi guitarra se rompió sola, ¡hubo hasta fantasmas! Ahí el sur tiene una energía muy rara, y llegamos a San Martín de los Andes y me la vi venir. “Acá va a pasar algo”, me dije. Y así fue.

Es una comunidad muy conservadora.
Sí, todos nos miraban como diciendo quiénes son estos pibes y nosotros veníamos con toda la energía de “vamos a fundir todooo” y ¡pum! contra una pared nos la dimos. El primer festival donde íbamos a tocar y me la di.

Pero también fue un impulso para ustedes.
El impulso ya lo teníamos, fue más para los otros hacia nosotros. Pero ya estaba pasando, tarde o temprano iban a prestarnos atención porque se estaba generando.

¿Y qué te pasó a vos con esa reacción conservadora?
Todo mal, quedé mambeado un par de días. Fue la primera fecha de la gira, no es que la terminamos y explotó cuando llegamos a Mendoza, ahí mismo se pudrió todo. En el momento se armó el quilombo. Había mucha gente involucrada, amigos, y yo sentía que lo había arruinado. Porque reconozco que me mandé una cagada. Estaba muy borracho, me chupó un huevo todo y a partir de ahí me ubiqué. A partir de ahí empecé a pensar cómo me porto en el escenario. Fue todo muy rápido. Decí que pasó ahí y no en un lugar más grande si no me comían vivo. Ahora cuando digo algo bardeando a la Municipalidad o hablando del porro o lo que sea, lo digo por algo y lo disfruto. Antes lo decía porque sí.

Había muchos amigos y periodistas que replicaron lo que pasó ahí. Desde Buenos Aires empezaron a prestarte atención a vos y a Perras on the Beach a partir de ese día. ¿Cómo te afectó?
A mí no me afectó tanto que me dieran más o menos bola, pero sí me despertó un toque. Tenés un micrófono, fijate qué decís. Me di cuenta que cuando estás en un escenario hay un montón de gente que quiere escuchar algo y yo no estaba pensando en nada de verdad. Había salido de una cagada familiar muy grande, en la que lo había pasado muy mal, y la energía era muy punk rock en el recital, escupiendo, cada vez que tenía un problema necesitaba tocar para sacármelo de encima.

Entendiste la responsabilidad.
Eso. Sí. Y en realidad fue culpa de un vecino, que vive al lado de mi casa, un señor de barba, re hippie, vino muy serio y me dijo “Simón, hiciste muy bien. Estás haciendo política, y lo que decís es más sincero que lo que dicen muchos” y yo estaba saliendo del malflash de ese show y ahí dije sí, voy a hacer canciones que tengan más sentido. A partir de ahí hice mi disco solista y muchas canciones más que si bien tienen quilombo, hay más de esto.

Lo que uno dice se enmarca en un momento social determinado. Hay que hacerse cargo de eso.
Totalmente. El año pasado ni siquiera me comunicaba, si me hacían una entrevista mentía, decía boludeces, ahora me empecé a rescatar en lo que me pasa de verdad y lo que quiero decir y transmitir. Nosotros somos muy pendejos y estamos creciendo. Yo tengo 20 años, pero Bruno tiene 17. Ahora es un momento clave, tal vez el año que viene esté diferente, más calmo en cuanto a lo que estemos diciendo, porque todo va cambiando y estamos creciendo mientras pasa todo esto.

¿Cuáles son los temas que te interesan discutir desde ese lugar de poder que tenés? ¿Y cómo te afecta la vida social-política de este momento del país, siendo tan joven, que no viviste las grandes crisis de Argentina?
Las canciones que estoy haciendo ahora tienen un rumbo más definido, son más oscuras porque la realidad está más oscura, hay un montón de cagadas en todos lados. Pero tampoco dejé de hablar de las cosas lindas, porque yo soy una persona feliz que ríe, aunque sí me afecta lo que pasa. Igual me parece una mansa paja cuando el rock se mezcla en la política. Yo estoy desconectado de lo política de lo partidario.

Varias veces dijiste que Perras on the Beach era música de joda.
Sí, cuando nació era eso. Era una banda de amigos, ahora lo sigue siendo pero todo es más grande. Está evolucionado, pero sigue siendo una banda de amigos. No buscábamos nada, sólo subir nuestra música a internet. La fiesta está porque somos nosotros. El disco que va a salir en marzo tiene canciones más reales, más adelantadas en relación a lo que creemos que va pasar. Pero es la visión de nosotros que tenemos 20 años, ni más ni menos que eso.


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Mendoza se levanta como el oasis dentro del indie, después de que la escena que nació en La Plata esté consolidada, la renovación llegó del lado de la montaña. Sin sellos, sin organización, el grupo de bandas que son amigos parece que está vinculado directamente a la geografía que los vio crecer y a cierta libertad que te da el margen del país. Donde no se esperaba que naciera nada más que vino, pasó algo que está sonando entre los más jóvenes de la escena.

¿Cómo es ser adolescente en Mendoza?
Está bueno, y crecer allá también, las calles de tierra, las montañas. Eso sí, es medio burbuja. Cuando vine me choqué con la realidad, acá salís a la calle y en una cuadra ves a cinco personas pidiendo plata. Acá – Buenos Aires- te obliga a pensar si hacés las cosas bien.

¿Cómo creés que podría haber sido Simón Poxyram si no hubieses salido de tu provincia?
Trato de no pensar en eso porque es una trampa. Igual lo hago. Mendoza es un lugar muy zarpado, depende de con quién te juntás y cómo te criaron, nosotros tenemos padres muy abiertos, vinculados al arte.

Después de esa gira patagónica, tocaron en Cosquín Rock y fueron al Manso Indie en Niceto Club el 4 de abril, ese día tocaste con Perras on the Beach, y después solo con la guitarra cantaste una canción sobre los miedos que te daban venir a Buenos Aires. ¿Ante qué te enfrentaste? Porque todo te pasó muy rápido, apenas unos meses.
De hecho la primera vez que vine a Buenos Aires fue el año anterior y nadie ni bola, vine a ver a Tame Impala. Mi mamá no me dejaba porque me iba muy mal en el colegio, pero junté la plata y no me pudo decir que no. Esa canción que decís se llama “Capital“, que la escribí una semana antes de ese show. Me choqué un toque contra el mundo, porque me pasó acá que me empecé a dar cuenta de la gente falsa, que te absorben y te demandan. Pensé ¿qué es todo esto? Porque tenía reuniones que no terminaban en nada, que me daba cuenta que no era por amor al arte lo que me estaba pasando en ese momento. Ahí compuse “Capital“, tocamos en Niceto, y decidimos usar esa plata del recital para hacer nuestra gira autogestionada. Ahí me empecé a querer con Buenos Aires, se me acercó gente buena, que me cuidan hasta hoy. Se formó como una familia para mí, siempre que vengo veo a la misma gente. Esa bola que nos empezaron a dar acá llegó a Mendoza después. Allá decían mucho “ahhh el faso, Pity Álvarez”, se quedaban con lo simple porque es difícil llegar a la música real de una banda si hay mucho barullo alrededor.

Entonces en ese momento tomaste determinadas decisiones sobre cómo querías que fuera tu carrera si decidiste autogestionar tu gira, tu música, en ese momento en que tenías tanta atención sobre vos.
Yo tengo algunos amigos más grandes, los chicos de Las Cosas que Pasan, Tito, que tienen 30 años, son más grandes. Esa gira la organizaron ellos, estábamos con Luca Bocci, y estuvo re bueno. Después de eso me di cuenta que no lo podía hacer yo, que necesitaba un manager, porque me iban a comer vivo. Me junté sólo con Facu (Cruz) y le dimos para adelante, todo lo que pasó después de eso fue gracias a él, porque estar ahí hablando de plata es re turbio. Los músicos tienen que pensar en la música y nada más.

¿Cómo fue para vos el pase de la montaña a la ciudad desde el ánimo, porque el contexto te determina como persona? ¿Cómo lo vivís?
Estoy todavía en el mood de Mendoza. Yo no estoy enamorado de Buenos Aires, me enoja esta ciudad, estoy tres semanas y me empiezo a pelear con la gente, me pongo mala onda, me chupa algo, me tengo que ir. Pero entendí que es parte, que voy a tener que amigarme con la ciudad y conmigo, que por algo me pasa esto, y que hay que venir acá.

Hay una particularidad en Mendoza y es que en general las bandas más conocidas están formadas por hombres, sin mujeres, y esto se da también en un momento donde la concepción de “estrella” y de fan está puesta en discusión por las mujeres. ¿Qué pensás en relación a esto, ahora que tenés un número de seguidores importante?
Pienso que el machismo es una cagada, que la mayoría de las bandas del pasado -que muchas me gustan- tienen una manera de pensar en relación a las mujeres que es una cagada. A mí me criaron pensando que somos todos iguales.

¿Pero por qué crees que hay tan pocas mujeres?
En Mendoza hay un montón de amigas con nosotros tocando, casi 50/50, pero no sé porqué recién ahora están formando sus bandas. Tengo amigas que tienen cosas grabadas que son increíbles y les digo que las muestren, que quiero ir por la calle escuchándolas en el celular, pero no se animan. Entiendo que por ahí para las mujeres es más difícil, aunque ahora se piense mejor. Todavía re está ese estereotipo de tener una banda para tener minas o tener plata. Tener minas. Suena terrible. Mansa bronca porque es estúpido pensarlo así. No sé qué decirte de porqué somos tantos vagos, sé que hay mujeres, Bocci tenía una baterista mujer, pero no sé por qué pasa esto. Sí hay en Mendoza cantautoras, pero no sé porqué no hay mujeres en nuestro grupo.

Entre los mendocinos se da algo que ocurría al principio de la movida en La Plata, que tan bien demostró Laptra, de que la música es una red de amistades donde el público muchas veces también es el artista y a la inversa. ¿Cómo concebís las relaciones y el vínculo con la música?
Creo que la amistad tiene que ir primero. Porque yo soy así, escucho una banda y quiero conocerlos para ver si son copados, si pensamos lo mismo, si podemos charlar.

No separás autor de obra.
No sé, me di cuenta que no me gusta que no me gusten las cosas. Soy re abierto, me gusta todo. El otro día conocí a Guli, que tiene un proyecto que está buenísimo, y lo conocí porque le escribí y le dije “che me encanta lo que hacés” y me dijo venite a mi casa. El chabón flasheó porque nos hicimos amigos de un día para el otro. Para mí no es algo que pasa en Mendoza, llama la atención que nosotros seamos todos amigos, pero es lo normal, y eso pasa en todos lados. Antes las bandas competían, quién llevaba más gente, quién llevaba más minitas, que es una estupidez.

En algunos lugares esas escenas se aglutinan en relación a un sello, ustedes no.
Es que eso se vuelve medio secta a veces, nosotros somos siempre los mismos. Toca una banda de cumbia y una de rock y siempre somos los mismos de público y de músicos. Se chocan un montón de mundos todo el tiempo en Mendoza.

En tus letras hay un afán de contar la vida de la manera más simple posible, casi de documental.
Soy un poco barrial, son canciones como historias bien contadas.

Las escucho y me imagino un videoclip. La pregunta es: ¿qué es lo que te obsesiona narrar?
Creo que hablo de todo, pero también hay algunas cosas muy marcadas porque yo estoy hablando de eso todo el tiempo. No sé cómo explicarlo. Si yo hiciera una película tendría los mismos condimentos que aplico a la música. Sería el mismo estilo. La amistad, la familia y el amor estarán siempre. Después hay cosas como el porro -que la gente se agarra mucho de eso- pero es que si yo digo porro es como cualquier otra cosa, como si hablara de cualquier palabra, de Alf o lo que sea. Es una palabra más y se malentiende eso.

¿Qué va a pasar con Simón Poxyran?
Lo que me di cuenta tocando es que no es una banda, es como un trabajo práctico muy largo, de muchas partes, que no sé si lo voy a terminar. Más que nada es una vía de descarga de lo que es muy personal. Si fueran dos equipos de fútbol estoy mucho más en Perras on the Beach. No le voy a dar mucha manija al proyecto de Simón Poxyran porque no me gusta tocar solo y no me gusta relacionarme de esa forma con el proyecto, eso de que los músicos son tus músicos y la gente te está yendo a ver a vos solo. No sé qué va a pasar, tal vez haga un disco que me guste demasiado pero no me relacione bien con el vivo de ese disco.

¿Y cuál es el futuro cercano de Perras on the Beach?
Estamos en el mejor proceso posible. Lo vamos a grabar en la primera semana de enero, lo vamos a grabar nosotros en Fader, el estudio de la familia de Luca y Bruno, producido por Usted Señálemelo. Los temas ya están re cocinados en los ensayos, así que no habrá demos, vamos a entrar a grabar sin maquetas, lo más rápido que se pueda, aprovechar el fuego prendido con todos los amigos que estén. Lo vamos a mezclar y masterizar bien y vamos a sacarlo en marzo para girar. Antes no había la expectativa que hay ahora, eso es lo que cambió.

¿Cómo te pega eso?
Es un fuego que nos alimenta. Todos me decían “loco sacá un tema ya” y yo pensaba listo lo grabo con el teléfono y lo subo ya ya ya, pero ahora entendí que no. Ahora hay que hacerlo mejor. Obvio el disco es muy distinto al otro, todavía no existe el disco, pero cuando esté imagino que ahí va a ser una ansiedad total.

¿Diferente cómo?
Hay muchas más opiniones de nosotros mismos. Son canciones más serias. El disco anterior fue más tal cual yo me lo imaginaba, ahora llegué con las canciones y empezamos a funcionar como una banda. Antes no podíamos ensayar tanto porque los chicos tenían una responsabilidad con Usted Señálemelo, lo era para mí también. Ahí fue cuando entendimos que ellos tenían que enfocarse en ese proyecto y nosotros hicimos otra formación para Perras on the Beach. Ahí empezamos a funcionar como banda. Cada uno tiene su momento, yo estoy abierto a que hagan lo que quieran. La banda es mía y es de todos, hay gente que se sabe mejor que yo mis propias canciones, así que la banda es de la banda. Estamos evolucionados.

Foto: Matias Casal