Mostrando las entradas con la etiqueta Clarín. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Clarín. Mostrar todas las entradas

21 de septiembre de 2020

Clarín: La otra pandemia se llama soledad

 




Un llamado. De un lado del aparato alguien buscó el número, pensó largo rato y al final decidió marcar. Una voz anónima y desconocida dice “hola” y espera. Quien atendió sabe que los primeros minutos son cruciales, porque si llamó, la persona está desesperada y la contención que necesita es vital. El diálogo empieza lento y trabado, hasta que las palabras brotan como un río poderoso, uno contenido por una represa que ahora, abiertas las compuertas para hablar y hablar, parece imparable.

La mayoría de los llamados que recibimos les decimos ‘mudos’, porque son de personas que no están acostumbradas a que las escuchen y no saben cómo empezar a hablar, ni a decir lo que sienten.” La que cuenta es Nelly, de 82 años, voluntaria desde hace más de 35 en la organización sin fines de lucro S.O.S. Un amigo anónimo, que recibe alrededor de 5 mil llamados por año.

Su función es atender a aquellas personas que necesitan hablar con alguien y no tienen con quién hacerlo. “Llaman por distintos motivos, pero la soledad figura en el primer puesto del ranking desde hace 47 años”, agrega.

Es que la soledad, como una epidemia, se ha extendido por toda la población mundial y se expresa de diferentes maneras: desde la persona que alquila “un amigo” para pasear acompañado hasta las estadísticas demoledoras de Suecia, donde uno de cada dos habitantes vive solo y uno de cada cuatro muere sin ninguna compañía afectiva a su lado.

Argentina –y Buenos Aires específicamente, por ser la ciudad más grande– no está excluida de este fenómeno global. “Vivimos en una época marcada por un proceso de fuerte individuación e individualización”, dice Vilma Paura, historiadora y especialista en política social, quien asegura que la tendencia es producto de una “política del yo” promovida por el capitalismo de matriz neoliberal. “Esto está muy asociado a la valoración de la autonomía del individuo por sobre los grupos familiares, que han sido vistos como espacios de dominación. Depende dónde se ponga la mirada, se puede ver que estos procesos tienen connotaciones de liberación por un lado, y por el otro de soledad, desarraigo y desvinculación.”

La modernización de los vínculos sociales induce a que se valoren los proyectos individuales y a creer que el éxito depende de la propia responsabilidad. Eso se traduce en un porcentaje mayor de personas que eligen vivir solas o postergan las uniones, deciden si tienen hijos y cuándo tenerlos, alargan sus carreras educativas, entre otros aspectos. “Pero estas elecciones no les caben a todos: no todos ni todas pueden elegir. Y, para muchas personas, la soledad no es una elección y no obedece a un proyecto de emancipación ni de realización, sino que se debe al desamparo”, agrega Paura.

Irse de la casa familiar no bien terminado el colegio, vivir solo, trabajar de manera independiente sin vincularse con otros en un espacio laboral, la competencia que plantea la meritocracia emprendedora, son algunos de los motivos por los cuales los jóvenes del mundo se encuentran cada vez más solos.

Por ejemplo, más de la mitad de los hogares suecos está compuesto por una sola persona, y este país tiene la tasa más alta de la Unión Europea. “Uno de cada cinco jóvenes con edades entre 18 y 25 años viven solos, aunque se estima que el número real podría ser mayor”, informa la agencia de estadística oficial sueca, Statistics Sweden. Para ellos, la independencia de los padres es un valor más importante que para el resto de los países europeos.

La BBC (el servicio público de radio y TV del Reino Unido) realizó en 2018 el llamado Loneliness Experiment (Experimento sobre la soledad), que abarcó a 55.000 personas y reveló que los jóvenes son quienes más se sienten solos: el 40% de las personas de entre 16 a 24 años dijo sentir soledad, frente a un 27% de los mayores de 75 años. Para el medio británico, esta sensación de aislamiento social que manifiestan los jóvenes se debe a tres razones:

1) Tienen menos experiencia controlando sus emociones, y por eso sienten todo con mayor intensidad.

2) Carecen de la experiencia para determinar que la soledad puede ser un estadío pasajero.

3) Viven una edad en la que la identidad está cambiando. Atraviesan un proceso de conformación de la personalidad social y se están definiendo ante la sociedad. Para ellos, la soledad es no tener con quién hablar, sentirse desconectados del mundo, aislados, incomprendidos y tristes.

El estudio se enmarca en una problemática que el Reino Unido definió como acuciante. La primera ministra británica de aquel momento, Theresa May, creó en enero de 2018 un Ministerio de la Soledad. Según las estadísticas oficiales, la soledad afecta a 9 millones de personas en ese país, el 13,7% de la población total. Además, 200.000 personas confesaron al gobierno británico no haber hablado con nadie durante más de un año.

En el anuncio, May dijo: “La soledad es la triste realidad de la vida moderna”. Y dedicó especial atención al fenómeno en las personas mayores: se estima que, en Inglaterra, la mitad de los ancianos de 75 años vive sola, lo que equivale a unos 2 millones de habitantes.

Para Vilma Paura, investigadora de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), es positivo que los jóvenes puedan independizarse de sus padres, que puedan cuestionar las estructuras familiares impuestas, los paradigmas dominantes y que las mujeres disputen los espacios de poder dentro de la propia familia. “Son conquistas, pero también pueden tener cierta connotación de debilitamiento de los lazos familiares, sensaciones de soledad, desamparo, desprotección y sobreexigencia en los lazos”, opina. Para ella, al igual que para el gobierno del Reino Unido, la población más vulnerable en relación a la soledad no son tanto los jóvenes sino los adultos mayores.


La cárcel, mejor que la casa

La situación de Japón es alarmante. Se trata del país más envejecido del mundo, con el 30% de la población mayor a los 65 años, una tasa que va en aumento porque las parejas ya no quieren tener hijos. El aislamiento en el cual viven esos ancianos es tan grande que llegan a cometer delitos para que los metan en la cárcel porque ahí se sienten acompañados, cuidados y alimentados.

En la última década se registró un aumento del 600% en delitos menores cometidos por personas mayores de 65 años, fundamentalmente robos, lo que llamó la atención del gobierno, que se puso a estudiar los casos y los motivos. Se descubrió que, en nueve de cada diez hechos, robaban para poder ir presas y sentirse menos solos. La mayoría eran mujeres. El estudio oficial demostró que el 75% de las adultas mayores que estaban detenidas vivían solas y no tenían familia o no hablaban con ella, y no tenían a nadie que las ayudara. La cárcel era la contención.

La agencia Bloomberg habló con varias de las ancianas presas y una de estas mujeres, de 80 años, contó: “Estaba sola todo el día. La primera vez que robé lo hice en una librería y cuando me llevaron a la comisaría me interrogó un policía muy amable. Escuchó todo lo que tenía que decir. Sentí que estaba siendo escuchada por primera vez en mi vida”.

“Hay que pensar en la feminización de la vejez”, dice Vilma Paura, porque la mujer tiene mayor expectativa de vida que el varón. Según el informe de Estimaciones y Proyecciones de Población 2010-2040 del INDEC, en 2020 habría 45 millones de personas en el país, de las cuales 5 millones tendrían más de 65 años, número que se duplicaría para la estimación de población de 2040. Si hay alrededor de 5 millones de adultos mayores, casi 3,5 son mujeres.

En Buenos Aires, el porcentaje de viviendas unipersonales es de 36.8%, y en ellas habitan jóvenes que recién han dejado la casa familiar, personas recién separadas o viudas, o aquellas que deciden vivir solas. La edad promedio es de 55 años y, según un informe oficial del gobierno porteño, cada vez es mayor el número de mujeres que viven sin compañía. La soledad se vuelve, entonces, un tema tan importante como el acceso a la salud y a un ingreso jubilatorio que cubra las necesidades materiales. Para la historiadora Vilma Paura, resolver este problema está íntimamente ligado a “desarrollar una vida digna”, por lo que el Estado debería intervenir con políticas de inclusión.

En las grandes ciudades se nota más la soledad”, dice Nelly. Ella distingue que quienes llaman al S.O.S. Un amigo anónimo suelen ser de las urbes importantes. “Puede ser que un pueblo chico sea un infierno grande, pero también tiene lo otro, mayor contención. Acá –por Buenos Aires–, si alguien no tiene la predisposición de salir a buscar con quien hablar, está aislado, no es algo de un día, es algo crónico, agobiante, porque no hablan con nadie y nadie los escucha. Hay mucha conexión, y muy poca comunicación.”

La ONG recibe llamados de todo tipo, de lunes a sábado de 10 a 19, al número (011) 4783-8888. “Nos llama mucha gente mayor, de 70 años, que por ahí no tiene cerca a sus hijos porque migraron y están solos, o porque ellos mismos son los responsables del distanciamiento con ellos, pero igual sufren”, cuenta Nelly.

Hay alrededor de 30 voluntarios que atienden los teléfonos y cada principio de año buscan más. Los voluntarios tienen obligaciones: se capacitan con un equipo de profesionales para aprender a detectar si hay alguna patología en la persona que llama, tienen que asistir a seminarios y atenderse ellos mismos con psicólogos.

“Nosotros sólo escuchamos y contenemos la emergencia, no somos profesionales; cuando vemos que hay un llamado que necesita atención, tenemos un fichero de psicólogos a los cuales acudimos de manera gratuita –añade Nelly–. Ahora agregamos un día de atención por Skype: los domingos de 17 a 23, que es el horario más embromado, porque los domingos se está solo como una hoja en la tormenta.”

Una diferencia sutil

La soledad no es lo mismo que estar solo. Una cosa es el apartarse para disfrutar del espacio personal y otra, muy diferente, haber perdido el contacto con la vida social y carecer de contención y escucha.

“El momento actual del capitalismo, con todas sus crisis, aumentó la soledad, porque lo colectivo ha ido desapareciendo”, dice la psicóloga y psicoanalista Mirta Fabre. “En la medida en que se llega a una posición individualista, el sistema lleva a un corte entre los vínculos sociales y trae problemas para desarrollar vínculos. No es lo mismo intentar superar las trabas sociales a los 30 o 40 años que a los 60”, agrega.

El fenómeno de la soledad puede deteriorar la mente”, dice, y ejemplifica con los castigos que se toman en los sistemas penitenciarios: cuando quieren sancionar a algún preso por mala conducta, lo aíslan, lo trasladan lejos de su familia, le dejan de contestar, le quitan la posibilidad de socializar.

Para Fabre, la digitalización de los vínculos también deteriora a las personas: “Se genera una adicción a la pantalla y las personas quedan imposibilitadas de agarrar de la mano, de discutir. Están con la presencia de un supuesto otro que no conocen sino a través de lo que cada uno infiere del otro, sin poder contrastar su suposición de manera directa, porque el interlocutor no está ahí. Lo digital ha hecho que el humano se hibridice, y eso atenta contra lo colectivo”.

Amigos por un rato

Si lo digital parece regir la sociabilidad moderna de los jóvenes a través de aplicaciones de citas, de mensajería, de delivery de comidas, de taxi, lo mismo ocurre con las amistades. En 2009, Scott Rosenbaum se dio cuenta de que si había apps para citas también podía haber una para hacerse amigos, y creó rentafriend.com, que es una plataforma para alquilar un amigo por hora. Si querés buscar un amigo en Buenos Aires, hay más de 500 personas que publicitaron su aviso para ser contratadas.

También está Rent a local friend con 54 opciones de amigos por hora con un perfil más turístico. Ahí, hacerte amiga de Juliana, por ejemplo, sale 90 pesos por hora, y en su perfil se ve que estudia turismo, que ama viajar y conocer gente nueva, y que le gusta mostrarle la ciudad a los viajeros. Tiene una calificación de unos turistas que la contrataron como compañía: “¡Pasamos un gran día con Juliana en Buenos Aires!”, escribieron Paul y Timon, de los Países Bajos.

Sin embargo, es pos de no demonizar las redes, también pueden ser una compañía para quienes no encuentran la forma de vincularse de otra manera. La escritora Camila Sosa Villada, que en 2019 publicó un libro que fue un éxito en ventas, Las malas, señaló la importancia que tuvieron las charlas virtuales en su vida. En una entrevista a la revista Crisis, dijo: “Nunca interactuaba con gente más que con un grupo muy pequeño de amigos y los clientes, y en una sala de chat sucedía lo mismo que en las redes, comenzaban a funcionar intensidades que me daban mucho vértigo y yo lo disfrutaba. También me conocieron como escritora así, publicando en Facebook.”

Si la soledad puede ser entendida como una causal de angustia y de sentimientos opuestos a la felicidad, es importante pensar de qué están compuestas esas palabras que cargan a las personas de sentidos asfixiantes. Sara Ahmed, en su libro La promesa de la felicidad, dice que “la infelicidad podría brindarnos una lección pedagógica acerca de los límites de la promesa de la felicidad”, la que asoma como una imposición social agobiante. Ella plantea que el aligerarle la carga a la felicidad permite abrir otros sentidos, quitarle la expectativa y transformarla en posibilidad. Tal vez, al reducir la presión, se pueda encontrar la forma de reconectar con el entorno.

Mientras tanto, la soledad se esparce como un virus, otro más, por el planeta. ¿Qué se puede hacer para remediarla? Estar presente para los afectos, visitarlos, hacer actividades colectivas (una clase de gimnasia, un taller) y si eso no pasa, una llamada. Tal como ya están haciendo algunos de los países del Primer Mundo, a la soledad hay que prestarle atención, y es el Estado el que debe hacerse cargo.

Nota: https://www.clarin.com/viva/pandemia-llama-soledad_0_JEzxxhQP.html

Clarín: Kinky Boots: quiénes son los bailarines que brillan en el musical del verano

 08/03/2020 - 13:46

Clarín.com Espectáculos Teatro

Una peluca platinada para allá, polvo iluminador perlado flota en el aire, aroma a fijador de peluquería, un traje de lentejuelas de colores viene para acá, unas medias de red corren para el otro lado. “Cinco minutoooos”, dice una chica después de asomarse a los cuatros camarines contiguos del cuerpo de baile de Kinky Boots, el musical que se estrenó el 15 de enero pasado en el teatro Astral. “Ayyyy, ¡no terminé!”, un grito de nervios se escucha mientras se asoma un zapato plataforma alto como un medio zanco. La obra está por empezar, después de tres horas donde los siete bailarines se “montaron” en sus personajes drags, quedan sólo los últimos detalles.

Por el pasillo se siente la adrenalina. Se escucha a Martín Bossi Fernando Dente probar sonido justo por arriba del techo, donde está el enorme escenario de Kinky Boots. Los actores armonizan, se peinan pelucas, se terminan de hacer la boca roja bien por arriba del labio, elongan para la apertura de piernas del primer cuadro, cantan una escala acompañados por un piano desde un video de Youtube. Se da sala, la gente entra y se sienta en sus butacas, se escuchan los pasos. Vuelve a pasar la misma chica y grita, esta vez, “arribaaaa, al escenario”. Las siete salen desordenadas, ya son drags, se hablan como hermanas, son las Angels. Corren con pasos pequeños en tacos aguja de 13 centímetros. Las piernas musculosas, depiladas, en medias, son largas hasta la cola turgida que apenas es cubierta por una malla con tul, o una estructura de falda transparente. Elongan antes de subir al escenario, hacen sus cábalas, secretas, y salen a escena como gacelas detrás de Lola, el personaje de Martín Bossi, quien las presenta, las hace lucir. “Las drags somos diosas mezcladas entre normales”, dice en una parte de la obra. El proceso de transformación diario de estos siete actores-bailarines es ese: de hombres “normales” a diosas.

Tres horas antes llegan al teatro sobre la avenida Corrientes. La mayoría de los siete bailarines nunca se había dragueado antes, salvo Fer Ibarraune chique no binarie quien, además de tener una formación en la danza clásica -bailó en el Colón y el San Martín- y en contemporánea, es una drag modelo de pasarelas. “Todos me vinieron a ver competir a una ball (apócope de ballroom, "salón de baile") donde hay voguin runway, yo soy drag de pasarela, soy la linda. Acá es otra cosa, soy una intérprete de un personaje”, cuenta. Los demás no se habían dragueado nunca, pero no eran ajenos a la movida. Todos son fans de RuPaul, el reality show estadounidense que es una competencia de drags, y ahora todos se sienten parte de un mundo que se acaba de abrir ante sus tacos altos.

Cuando están juntos se hablan en femenino. Y los demás, los que trabajan con ellos, van cambiando los pronombres a medida que se van transformando. En el mundo de las drags -que pueden ser hombres o mujeres, y no es una identidad sexual-, a la transformación hacia el personaje se le dice “montarse”, y es un proceso largo y paciente. Tan solo el maquillaje les lleva alrededor de una hora y media. Lo hacen ellos mismos. Primero se pegan las cejas con el pegamento en barra escolar. Después lo cubren de maquillaje blanco, para hacer una base del ojo más dramática, y luego pintan la ceja varios centímetros más arriba de la suya natural. La forma de la ceja suele ser bien arqueada, exagerada, y el espacio del párpado con mucha profundidad de colores shockeantes y negros.

En el camarín de Matías Prieto Peccia Nicolás di Pace suena Whitney Houston mientras se maquillan despacio frente a la luz blanca. La playlist de divas es clave para entrar en tono. La transformación es sorprendente. Matías se tuvo que afeitar los bigotes antes de empezar la obra para interpretar a Yesabel, la drag de pelo lila que más interactúa con Martín Bossi en escena. “Cuando me vi por primera vez, todo maquillado, con la peluca, me miré al espejo y dije ‘¡Ah, soy hermosa!’. Es muy loco porque ves alguien que no reconocés, pero sos vos. Esta mina hermosa soy yo. Y creo que doy muy bien de mina”, dice.

Nico Villalba, antes de la transformación, es un morocho de cejas gruesas y mandíbula marcada. “Toda la vida actué de chongo porque es el estereotipo de bailarín habitual en mi ambiente de trabajo, que es la tele, bien varón, musculoso y masculino”, pero no calculó lo que iba a sentir cuando se transformara en María Katriela, su personaje. “Siempre había escuchado esa frase de ‘el taco te empodera’ y no la creía pero cuando te subís a esos 13 centímetros y sentís el pelo, hay como un poder, será que tenés todo el peso adelante, como una cosa de encare, de tensión en las piernas. Es algo muy sexual”, cuenta mientras se maquilla. Para él es un trabajo como de pintar un cuadro, de mucha concentración y relajación, con el pequeño detalle de que se trata de su propia cara.

Los siete cantan durante toda la obra, cuando están en escena y cuando están tras bambalinas, además de actuar y bailar en sus papeles de las Angels de Lola, el personaje de Martín Bossi. Fue él quien las bautizó a todas, y en cada función improvisa pequeños detalles de ellas, para hacerlas reír. “Tenemos que ser un cuerpo de baile homogéneo al servicio de él”, dice Nicolás Di Pace, la más intensa de las drags con su vestuario de lentejuelas negras, botas bucaneras, también negras, y la sombra de los ojos bien dark.

La exigencia es muy grande. La obra está en un tono agudo, muy superior al que canta un varón normalmente. Menelik Cambiaso explica que la tesitura de la voz es tan aguda, que el tenor es lo más grave que hay entre ellos. “En las audiciones nos hicieron hacer un ejercicio de aprendernos en el momento una canción, y cada vez nos la pedían más y más arriba. Fue muy exigente”.

Las audiciones comenzaron el 25 de junio del año pasado y fue una semana entera. Estuvieron jornadas largas donde iban descartando a personas, y al tercer día los hicieron draguearse por primera vez, querían verlos bailar y escucharlos cantar al mismo tiempo. En los ensayos el proceso fue lento, pero firme. Mariano Magnífico, “la letrada”, como le dicen las demás porque es licenciado en Letras y profesor de Literatura en un colegio en Villa Celina, cuenta que empezaron a ensayar en zapatillas, pero que al cabo de unas horas ya les trajeron todos los zapatos que iban a usar. A los pocos días ya tenían las pelucas, y por último aprendieron a maquillarse. Fue un cambio paulatino.

El primer par de zapatos que tuvieron era uno con taco aguja de 11 centímetros. “Sufrimos muchos dolores, vamos mucho al masajista”, cuenta Menelik, y agrega: “depende de la disponibilidad corporal de cada uno, hay que sortear distintas dificultades, si tiene piernas banana, pie plano, o empeine alto”. Todos usan la técnica de la palangana llena de hielo ni bien terminan la función, y coinciden en que no fue tan difícil como lo esperaban. Para Nicolás Villalba hay una cuestión de la técnica de la danza que les facilita estar tan altos: “Sabés cómo poner el centro, el peso hacia adelante, entonces es más fácil que para las personas normales”.

Mientras ellos se cambian, Claudia Zucchi y Miguel Ángel González les ponen y cosen sus pelucas. La de Fer, por ejemplo, fue una propuesta compartida, ella era fanática del dibujo animado de los noventa Sailor Moon, y entonces crearon una de pelo rubio con dos colitas largas hasta la cintura, como con pompones y moños. A último momento le cosen pelo natural para que puedan respirar mejor y moverse con más naturalidad.

Este sábado va a ser la primera vez que Nico Arosa se subirá al escenario, porque por función actúan seis, él es el swing, una especie de comodín para reemplazar a quien no pueda performar. Se sabe el papel de todos sus compañeros y se prepara cada día, de miércoles a domingo. Cuando se sacan el maquillaje y salen a la calle no los reconocen, pero él, que es el primero en salir, se queda escuchando entre la gente los comentarios del público. “Me encanta meterme en el subte y espiar sus análisis. La gente se divierte, nosotros también”.



La Nota: https://www.clarin.com/espectaculos/teatro/kinky-boots-bailarines-brillan-musical-verano_0_BDzTT7xs.html

31 de julio de 2018

Viva - Nota de tapa - Generación F


https://www.clarin.com/viva/piensan-pibas-feministas_0_H1Al1wCmX.html

Quiénes son y cómo piensan las "pibas feministas"


El miércoles 13 de junio hacía frío. Sin embargo, permanecían las cuatro en las inmediaciones del Congreso: brillantina verde en la cara, las uñas pintadas del mismo color y el pañuelo de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Del megáfono que sostenía Zoe se escuchaba una canción: “Ahora que estamos juntas/ ahora que si nos ven/ abajo el patriarcado se va a caer, se va a caer”. Saltaban, se abrazaban, lloraban de emoción. Ese día no se conocían aún, pero estuvieron las cuatro muy cerca, durmiendo en la calle con mantas, rodeadas de sus compañeras de clases (alguna, hasta con su mamá) en la esquina de Rivadavia y Callao, durante la vigilia a la espera de la media sanción en Diputados de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Hubo un antes y un después de esa noche para ellas, pero hacía tiempo que engrosaban las filas del nuevo feminismo en el país: el que emerge desde las escuelas.
Zoe Bargach Mitre, Giuliana Larroca Avigliano, Nina Reches y Bianca Melman van a la secundaria en la Ciudad de Buenos Aires. Tienen entre 15 y 17 años. Todas están organizadas dentro de sus instituciones en comisiones de género, espacios de contención para mujeres, o en los centros de estudiantes. Su ídola es una chica como ellas: Ofelia Fernández. La joven de 18 años que, siendo presidenta del centro de estudiantes del Carlos Pellegrini, enfrentó en televisión nacional a periodistas que le triplicaban la edad, como Eduardo Feinmann y Carlos Monti (Pamela a la tarde). Semanas atrás, habló en las reuniones informativas del plenario de comisiones de Diputados a favor del aborto y su discurso se viralizó en las redes. “En la calle la paraban las chicas y le decían ‘Te amo, quiero que seas mi presidenta’, y ¡es una piba como nosotras!”, les cuenta Giuliana a las demás, que asienten y confirman.
Cómo me hice piba feminista. Después de la sesión de fotos para Viva, hablan sobre series. Se recomiendan El cuento de la criada, esa historia apocalíptica sobre una sociedad patriarcal, que reprime a las mujeres. Sin pausa, pasan a confesar cuál fue ese momento en que se dieron cuenta de que no es lo mismo ser hombre que ser mujer.

“Si yo no creyera que los varones pueden cambiar, no tendria sentido esta lucha. creo en ellos: ojala se abrieran y hablaran mas con nosotras para saber lo que sentimos.” 
Zoe Bargach Mitre
Para Zoe fue a los 13 años. Una tarde que salió con una amiga a sacarse fotos contra una pared de su barrio, en La Boca. Mientras jugaban con el celular, un auto se frenó en doble fila: eso les llamó la atención. “Nos dimos cuenta de que el tipo se estaba masturbando viéndonos. Nos asustamos tanto que corrimos hasta nuestras casas. Sentimos vergüenza. ¡Sí, nosotras, en vez de él! Hoy reaccionaría diferente, quizás le patearía la puerta, por lo menos”, cuenta la alumna de la Manuel Belgrano.
En el caso de Nina Reches, su primer recuerdo de incomodidad sucedió en segundo grado. Un compañero le hacía la vida imposible: la maltrataba, la perseguía. La maestra le dijo que era porque él gustaba de ella. ¿Cómo? Eso la descolocó. Recién años después logró entender que el error era relacionar el amor con el acoso. A Bianca Melman, del Colegio de la Ciudad, la marcó el femicidio de Lola Chomnalez. Giuliana Larroca Avigliano, por su parte, recuerda que todo comenzó cuando se presentó como candidata para el Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires. En dos días, seis chicas se le acercaron para avisarle que habían vivido situaciones de abuso sexual por parte de uno de sus compañeros de lista. Para colmo, no era cualquier compañero: era su novio. Esas horas fueron de mucha angustia para ella. No era un caso aislado que podía cuestionarlo; eran seis que marcaban un comportamiento imposible de obviar. Tomó una gran decisión: renunció a su postulación. Desde entonces, su convicción es “siempre creerle a las pibas”, frase que se repite entre las demás como una bandera de poder e identidad. Y sí, además terminó con esa relación amorosa. Su vida había cambiado para siempre.
Nina Reches tiene 17 años y vive en Florida, Buenos Aires. /Ariel Grinberg
Nina Reches tiene 17 años y vive en Florida, Buenos Aires. /Ariel Grinberg
Mujeres empoderadas. Luego Giuliana decidió crear un encuentro con otras mujeres de su edad, usando su casa. De ese germen de 20 chicas en el comedor del departamento de su papá, nació “Mujeres Empoderadas”, una organización de contención dentro del colegio que no se enmarca en un partido o corriente política. “Un grupo feminista de debate”, lo define; “uno de nuestros objetivos es contener a la víctima”. De aquellas 20 a las 300 que marcharon en el #8M hubo acciones y complicaciones dentro de la escuela. Un grupo de ellas se capacitó en la Defensoría del Pueblo, con el objetivo de asesorar a víctimas de abuso y para dar talleres a los alumnos más chicos sobre educación sexual.
Otras organizaron charlas, y otras más armaron “Patrullas anti acoso” para las fiestas. Allí las “patrulleras” usan cintas flúo de identificación en los brazos, visibles en la oscuridad de la celebración, como si de capitanas de un partido de fútbol se tratara, para señalar que están ahí para contener a quienes se sientan en situaciones abusivas. Además, tienen una lista de denunciados por abuso, acoso o violación, por la cual a esos chicos no los dejan pasar. “Igualmente, como ya estamos más concientizados, no suele haber muchas situaciones, pero nunca viene mal la prevención. Estamos para cuidarnos entre nosotras”, dice Giuliana.
Recibieron una fuerte crítica de padres, madres y de los directivos. El caso del Nacional de Buenos Aires siempre es particular por las características del alumnado, que tiene una tradición muy grande de participación ciudadana y política. “Hay mucha gente que nos repudia porque cree que nuestros métodos para con los abusadores son demasiado fuertes, y lo que no entienden es que no buscamos castigar a los pibes sino proteger a las pibas”, dice Giuliana.
2015: año clave. Esta nueva generación conoció al feminismo en el 2015 cuando surgió #NiUnaMenos y los femicidios estaban en agenda pública. La primera marcha las impactó, aunque no asistieron. En la escuela no encontraron la contención necesaria, por eso se formaron a sí mismas con lecturas y debates entre amigas. Entienden que lo logrado por la generación de sus madres es una liana que reciben y ellas deben continuar, para entregarla más adelante a las que vengan después. “Algo que nosotras tenemos que perseguir es terminar con la naturalización que tienen las mujeres –sobre todo las generaciones de nuestras madres y abuelas– de las relaciones abusivas que les imponen los hombres”, dice Nina. Y agrega: “Con los escraches también pasa. Mis viejos me critican mucho eso: ‘Ay, no tienen que escracharlo porque le cagan la vida’. Está bien, pero si los adultos no nos dan herramientas para enfrentar eso, no nos toman las denuncias, algo hay que hacer, algún tipo de justicia tiene que haber, y es parte de la sororidad (solidaridad entre mujeres) alertarnos entre nosotras”.
Eleonor Faur –socióloga y doctora en Ciencias Sociales, especialista en género y juventud– señala que las chicas están muy movilizadas. “Están revisando y deconstruyendo realidades que han vivido siempre sin acompañamiento ni comprensión más profunda de lo que les pasa, porque los adultos y las escuela no necesariamente las escuchan y las guían en discernir qué es violencia, qué es abuso. A la vez hay una demanda dirigida a los chicos para que sean radicalmente diferentes de la noche a la mañana sin generar mecanismos para educar hacia una nueva masculinidad. A los varones los estamos criando de la misma manera que hace décadas. Las escuelas están ausentes en la provisión de educación sexual; los docentes no saben cómo abordarlo. Hay que generar un cambio cultural que incida en los adultos y su relación con los más chicos.”
Zoe Bargach Mitre tiene 15 años y vive en La Boca. /Ariel Grinberg
Zoe Bargach Mitre tiene 15 años y vive en La Boca. /Ariel Grinberg
¿Y qué pasa con los varones? “Me cuesta mucho confiar en un hombre heterosexual y no pensar ‘Hmm, este pibe puede haber abusado’. Sé que no son todos así, pero está esa posibilidad porque lo tienen muy incorporado dentro de su accionar”, dice Zoe, 15 años, y las demás asienten. “Como feminista que soy –y ojo, no una feminista radical, aunque me digan feminazi los que no entienden–, me tengo que hacer una autocrítica porque no sé por qué pienso esto. Si yo no creyera que los varones pueden cambiar, no tendría sentido esta lucha que llevamos adelante. Sí creo en ellos, ojalá se abrieran y hablaran más con nosotras para saber qué sentimos.” Reconocen que hay algunos que se involucran en la discusión social que ellas llevan adelante, pero hay otros que creen que no los interpela. En el Nacional de Buenos Aires hay un grupo que se llama “Varones en Deconstrucción”, que también lo conforman algunas mujeres, “porque sin nosotras ¿qué van a deconstruir? El chabón que no comparte el flash queda atrás, afuera. Hay muchos así. Pero chicas, también”, cuenta Giuliana.
Los escraches que las chicas hacen desde sus cuentas de Instagram cuando viven una situación que definen como abusiva, señalan a chicos con nombre y apellido. Esta dinámica de difusión se acercó peligrosamente a la persecución, lo cual generó graves tensiones con los varones. Los padres y madres del Nacional de Buenos Aires tienen un grupo de Facebook donde debaten qué hacer ante las denuncias de abuso a sus hijos o compañeros de ellos. En un posteo del 15 de mayo, un padre relata la angustia que descubrió en su hijo y la contradicción que vivía su hija, que reconocía como victimario a ciertos compañeros, pero a la vez ellos mismos solían ser sus amigos. “Es imperioso que estos chicos que fueron señalados por otras chicas sean contenidos, protegidos y acompañados para revisar en profundidad qué es lo que pasó, sin invalidar el motor y el movimiento de las mujeres a hablar”, escribió.
La grieta entre chicas y chicos. Miriam Maidana, psicoanalista y docente de la UBA, señala que el papel de las adolescentes en la cuarta ola del feminismo es fundamental porque el debate lo originaron ellas mismas. “Sin embargo, en el ámbito psicológico no es tan ideal. El tema de los escraches a los novios o compañeros es delicado. Hay mucha efervescencia en relación con cosas que antes se naturalizaban y que ahora se definen como abusos. Tengo ciertas reservas porque esto genera un movimiento donde hay que tener en cuenta lo que se viene: parte del colegio se pone a favor y otra en contra, se rompen amistades”, explica Maidana. El papel de las redes es esencial. “Instagram es muy importante en esto porque es ahí donde cuentan lo que les pasa y enseguida sale un colectivo de chicas de su edad a hablar sobre el tema. Lo que nadie se da cuenta es que va a traer una contrarreacción: la masculinidad se ve amenazada. Hay que tener cuidado con eso”, advierte.
Para la profesional, es clave el sustento técnico de los adultos, capacitar a los docentes y a los jóvenes para que entiendan la diferencia entre acoso, abuso y violación, términos que a veces se usan indistintamente.
Símbolo. Bianca Melman y el gesto-emblema de la igualdad entre el hombre y la mujer. /Ariel Grinberg
Símbolo. Bianca Melman y el gesto-emblema de la igualdad entre el hombre y la mujer. /Ariel Grinberg
Pensarse a sí mismo como alguien que abusó de otra persona es algo muy difícil para los jóvenes, y ellas lo reconocen. La discusión por el consentimiento en una relación sexual les llegó mucho después de que las chicas se organizaran. Para Bianca, cuando empiezan a replantearse estas cosas, “hay una renuncia de privilegios que para los hombres es algo muy fuerte. Se me ocurre un par de casos de pibes con mucho miedo a que se los demonice, a que les hiciéramos escraches. Viven con ese miedo a quedar excluidos, a vivir un vacío. Una autocrítica para nosotras: pensarlos a ellos como monstruos. Tenemos que entender que ellos son producto de una cultura machista, que es donde estamos todos”.
Falta verdadera educación sexual. En ninguna de las cuatro escuelas se cumple completamente la Ley de Educación Sexual Integral (ESI). Sólo se da una hora cátedra, o una charla por año donde, según cuentan las chicas, se enfocan en la prevención de embarazos no deseados y la anticoncepción. “Tenemos charlas, pero jamás sobre el placer, sobre la sexualidad, y ni hablar de tratar temas como la homosexualidad o una sexualidad más basada en lo afectivo. Son encuentros aislados, no transversales a nuestra cotidianidad”, dice Bianca sobre el colegio privado al que va. En el caso del Nacional de Buenos Aires, Giuliana y un grupo de chicas de Mujeres Empoderadas dieron cursos en primer año para hablar sobre abuso y consentimiento. “Les decíamos esas palabras y se asustaban; no sabían lo que era, nadie hablaba de eso. Ahora ellos están re metidos en el tema.” La licenciada Maidana asegura que la frescura del movimiento estudiantil en el feminismo se da porque los hombres son parte, están ahí. Por ejemplo, algunos se ponen polleras si hay que reclamar un código de vestimenta, y deben ser parte de lo que se discute en los colegios. “Parece que el consentimiento nunca tuvo relevancia en la historia argentina: ¿por qué nunca fue un tema público? El debate es qué se puede y qué no se puede hacer en una relación, y esa discusión la tienen que dar los jóvenes: qué es lo que van a permitir y qué no.”
¿Y vos, qué sos? Las etiquetas cruzan de un lado al otro de la mesa. Bisexualidad, lesbianismo, pansexualidad. Pero ellas prefieren no definirse. “Me choca mucho tener que encasillarme”, dice Zoe, y señala la diferencia con otras generaciones. Su mamá, que es moderna y de mente abierta, mientras tomaban un café le preguntó si le gustaban las chicas: “Yo nunca me había puesto a pensar en eso, sólo sé que me pasan cosas con las personas”. Bianca agrega: “Me pasa lo mismo: no tengo la necesidad de definirme ante nadie”. Insisten: se diferencian de la generación de sus abuelas porque en su agenda no se trata de luchar por el amor libre, al estilo del feminismo de los ‘60 y los ’70. Esta nueva camada habla del sexo como de una demanda de placer natural. Nina, por ejemplo, dice que haber estado con una chica, donde los roles de género desaparecen porque hay igualdad, le hizo cambiar la forma de estar con un varón.
¿Y cómo se produce esa apertura a nuevas sexualidades?
Giuliana: Una vez, hablando con mi papá y su novia, les decía: “Yo sé que a las personas nos gustan las personas, ¿pero por qué a mí nunca me atrajo ninguna chica?” Era re inocente, estaba en primer año, pero lo tenía en la cabeza. ¿Por qué no me pasa? Y fue hasta que me saqué el tabú, porque por ahí lo tenés muy bien en la teoría, pero permitirte estar con una mujer, y permitírtelo a vos misma cuesta una banda. Y desde que estuve con la primera chica con la que salí, ahora no puedo estar más feliz y vivir mejor mi sexualidad, tanto cuando estoy con pibas como con pibes.
Mostrarse sin vergüenza. La sexualidad sin denominación se les presenta como algo natural, aunque reconocen que en los varones es un poco más difícil aún. Sin embargo, prima la idea de no inmiscuirse en la forma de vida del otro. Bianca lo dice a su modo:“El feminismo me ayudó a entender que no necesitaba de un hombre para sentir placer, y eso es muy liberador. No todos se consideran bisexuales (o con la etiqueta que sea), pero sí estamos de acuerdo en que cada cual haga lo que quiera”.
Giuliana Larroca Avigliano tiene 16 años y vive en Caballito.  /Ariel Grinberg
Giuliana Larroca Avigliano tiene 16 años y vive en Caballito. /Ariel Grinberg
Para la socióloga Eleonor Faur, esta generación no necesita identificarse con vertientes sexuales como piensan los adultos. “Tienen otro tipo de relación con la sexualidad. En muchos casos no hay una necesidad de identificarse como homosexual o heterosexual, sino que hay mayor flexibilidad y una experiencia más ligada a un deseo del momento. Tienen mayor fluidez con sus aproximaciones sexuales. Es un gran cambio.” A sus necesidades las expresan con claridad. Discuten entre ellas y leen sobre los temas que les interesa. Y el aborto las reunió en una lucha social que las tuvo como protagonistas impensadas. “Si bien hay un montón de temas súper importantes en el país, yo sólo pasaría la noche en el Congreso por la Ley del aborto, nada más”, dice Nina.
¿Nada más que por el aborto?
Sí, es una ley que servirá para conquistar la soberanía de nuestros cuerpos.
Para el 8 de agosto, cuando llegue el tratamiento de la ley por el aborto al Senado, ya están organizando los acampes, repitiendo lo que hicieron en junio. Para Bianca, lo que pasó esa noche fuera del Congreso es un mojón en su vida: “Entendí que la lucha sirve, que las cosas no van a ser así para siempre, que tenemos la capacidad para transformarlo”


10 de julio de 2018

Revista Viva: El porno nuestro de cada día




Link: https://www.clarin.com/viva/sexo-pasa-sabanas-llegada-porno-free_0_HJthpc9GX.html

Sexo: qué pasa entre las sábanas con la llegada del “porno free”
La pornografía era algo secreto y privado. Ahora entró a computadoras y celulares, es casera y circula libre, free. Cómo influye (para bien y para mal) en nuestras relaciones. ¿Promueve un erotismo más democrático?
Salir de casa, caminar hasta el videoclub, analizar cuánta gente hay, si es conveniente entrar al sector de adultos o esperar a que se vayan algunos clientes, ingresar a la sección oculta, elegir rápido, ir al mostrador, pagar y llevártela a tu casa por 24 horas.

El cine que se miraba en VHS obligaba a una relación planificada con la pornografía y acotaba la selección a lo poco que hubiese en el videoclub. Era eso, o unas revistas. Las “generaciones analógicas” fueron estimuladas con las mismas películas hechas en Hollywood, protagonizadas por Jenna Jameson o Rocco Siffredi, las grandes estrellas del porno occidental. El consumo, en general, era personal y masturbatorio. Hasta que llegaron dos tecnologías al acceso de todos: Internet y los smartphones.

La pornografía cambió con el advenimiento del dispositivo que es, además de un teléfono, una cámara y una pequeña computadora portátil. Ahora la pornografía viaja por WhatsApp, se navega de manera privada e íntima en cualquier momento del día y se produce en cada lugar que tenga una persona con deseos exhibicionistas. En la Argentina, según datos de Google, en 2017, el 67% de quienes acceden a Internet lo hacen desde dispositivos móviles y el 63% navega a diario. El porcentaje sube al 88% entre los que tienen 25 y 34 años.

Así como la digitalización de la pornografía hizo que muchísima más gente tuviera acceso porque no es necesario un intermediario, lo mismo pasó con el teléfono: ya ni siquiera se necesita una computadora para consumir porno. “No es como antes que la PC estaba en el living o en la habitación del hijo varón. Ahora cualquiera tiene la posibilidad de grabarse y, gracias a eso, el amateurismo se convirtió en una estética en sí misma”, dice Gino Cingolani, product manager de Poringa!, la comunidad de 95 millones de páginas vistas al mes en la cual los propios usuarios son los que suben el contenido exclusivo XXX para compartirlo con otras personas.

/Daniel Roldán.

El cine XXX ya no se proyecta en salas, ni tiene larga duración. Ahora la pornografía viaja a la velocidad de internet. Son piezas cortas, filmadas con una estética casera: ésa es la categoría que más crece en audiencia: la filmación de lo que parece una relación sexual no ficcional.

Malena Nijensohn, Licenciada en Filosofía (UBA), señala que la pornografía siempre ocupó un lugar en la producción de la sexualidad a través de la cual aprendemos a relacionarnos sexualmente. “Internet generó un fenómeno nuevo. Todo el mundo puede consumir y todo el mundo puede producir porno. No sólo tiene ver con espejar la película, pero sí que vamos repitiendo algo de lo que vemos. En ese sentido, como dice el filósofo feminista Paul Beatriz Preciado, la pornografía hace patente que el sexo es siempre una performance.”

Como vinimos al mundo. “Es una loca/ me manda video al Snap mientras se toca/ me dice que si hoy le llego, que no puede esperar/ que se muere por mí, que quiere todo conmigo/ que la vaya a buscar.” La canción del género trap que rompe todos los récords de audiencia habla del envío de pornografía casera por Snapchat, una plataforma de chateo que usan los adolescentes y que permite el envío de fotos y/o videos y que, cuando el receptor las ve, desaparecen del dispositivo. La canción Loca, de Khea con Duki y Cazzu, ya tiene 224 millones de reproducciones en YouTube.

Los videos cortos, caseros y las fotos hot –lo que los adolescentes llaman “nudes” (es decir, desnudos)– son enviados con frecuencia cuando están en la etapa anterior a una cita. Si antes existía el chamuyo en la previa del encuentro, ahora Snapchat e Instagram habilitan el envío de producción audiovisual amateur para aumentar la expectativa. Pero hay distintos códigos, si todavía no se conocieron en persona no hay sexo virtual. En cambio, si existe una relación la tecnología permite continuar el deseo desde el teléfono.

Violeta, 24 años, fotógrafa, narra su experiencia: “La estética amateur está vinculada a la luz de la mañana. Cuando mando una nude no envío con mi cara por miedo a que se viralice, y también porque en las nudes lo que importa es el cuerpo, no tanto la cara: en eso es más parecido a la pornografía. Y hay un límite, si el pibe me contesta con un video masturbándose lo bloqueo. No es sexo virtual, sí es exhibicionismo”.

Una foto del escote, de la bombacha, de la cola, de la boca, ésos son los encuadres que prefieren las chicas. En general, los hombres tienden a hacer siempre lo mismo: acostados, en jogging, donde se nota una erección. Ese juego de exhibicionismo circula en internet como un código de seducción secreto de la generación centennial. Las plataformas de chat que usan, además, les avisan si el receptor hace una captura de pantalla, para evitar que se viralicen fotos privadas.

La porno propia. ¿Pero qué pasa cuando la producción sale de la cama y es de a dos? ¿Es que hay una puesta en práctica de las fantasías? Edith Martín, pediatra con formación en sexología clínica, toma al porno como herramienta. “Muchos vienen a consultar por falta de deseo y es ahí cuando el porno aparece como una herramienta para estimular, aunque les sugiero que no sea el mainstream, hay otras producciones feministas (como Erika Lust) o de postporno más interesantes, que no acotan la fantasía. No hay que olvidarse que es una acción performativa y que el espectador es un receptor pasivo que pretende imitar una fantasía coitocentrista, es decir, donde el sexo es reducido a penetración.”

En una rutina de años de convivencia, días laborales de nueve horas sumados a dos o tres de viaje por día, el erotismo en una pareja se ve afectado por los días hábiles y la vida adulta. Para eso, el teléfono habilita un juego reanimador. Una forma no tradicional de vincularte con la pareja. Un video o una foto como efecto sorpresa. Así lo vivió Agustina (35 años, periodista): “Con mi pareja vivíamos a 1.200 km de distancia, nos veíamos una vez o dos veces por mes. Solíamos mandarnos fotos o videos porno hechos por nosotros mismos, o hacíamos chats sexuales. Pero lo más interesante es que cuando nos veíamos nos filmábamos teniendo sexo así teníamos material para cuando estábamos lejos y chateábamos pocos minutos por día. Ahora vivimos juntos y no nos gusta ver pornografía hecha por otros, sí la nuestra”.

Fantasías a mano. Todo ya fue hecho y está en la web. Esa máxima parece una realidad, aunque no siempre es tan fácil encontrarlo. En las páginas más conocidas existen decenas de categorías para encontrar todo tipo de pornografía, pero en el porno más común, todo sigue siendo filmado mediante el criterio heterosexual masculino: tomas ginecológicas, sólo se filma a la mujer, el hombre es falo (una imagen que se termina con su eyaculación). Sin embargo, hay otro tipo de producción que corre por los márgenes de Internet: la producción oriental, la feminista, el postporno, los GIFs de Tumblr, las cuentas de fotografías en Instagram, y lo que circula por otras aplicaciones. En casos como el de Camila (26 años, programadora), los dibujos ayudan más que las personas: “Prefiero ver animé porno o leer manga hentai (historieta erótica), sexo en dibujo animado japonés. Me da ideas y modos de jugar. Rechazo el porno no dibujado. En el animé hay cosas que son irreproducibles, exploran una barrera que el tradicional no. Lo veía mucho junto a mi ex pareja porque nos mostrábamos qué le gustaba a cada uno”.

Entre los dos de una pareja se interpone el lenguaje. Esa máxima psicoanalítica la trae Graciela Musachi, estudiosa lacaniana: “Que un objeto técnico se interponga es un tercero que está ahí, entre ellos, a veces facilita y otras no. Hay algo de exhibicionismo en juego, tanto cuando uno se filma como cuando lo mira, se exhibe el coito, quiere hacerlo existir, cuando lo que se ve es imposible, nadie lo hace como en la pornografía. Entonces no hay relación sexual, nadie lo hace así, es ficción. Y hay intromisión porque es una producción de masas, está tan expandido que nadie se puede sustraer de esa producción pornográfica. Cuando esto no existía masivamente, ¿qué pasaba en la cama? Se escenificaban ciertas fantasías, pero ahora todos los fantasmas están filmados, los tenés al alcance de la mano”.
 /Daniel Roldán.


Menos fantasía. Si mirar porno en pareja tiene como objetivo actuar como espejo, puede acotar la fantasía porque la moldea a parámetros establecidos por otras personas. Sin embargo, cada vez hay más mujeres que producen piezas XXX con otra mirada y, también, las miran. Antes, tal vez, el consumo de pornografía en pareja estaba reservada a la instancia del hotel alojamiento. María Riot, actriz porno argentina, protagonizó hace unos años una película con la productora alemana Four Chambers, la película Recursion. Ahí, en una orgía, cada participante se filmaba con su teléfono y la película es la puesta en escena de esas filmaciones. La adopción de lo amateur también responde a generar una sensación de excitación cercana a la experiencia personal del espectador. “Antes no había una representación de la práctica sexual ni el placer femenino que interpelara a la mujer en esa narrativa. Ahora sí la hay”, agrega Gino Cingolani de Poringa!

¿Enseña algo tanta pornografía? “Mi mujer mira algunas cosas por su cuenta y sabe que yo miro mucho, soy un coleccionista de pornografía. A veces miramos juntos pero poco y sobre todo al comienzo de nuestra relación. A mí me gusta esa idea de copiar y poner en práctica cosas que se ven en la pantalla, pero es también porque yo –y creo que casi todos los hombres heterosexuales– tenemos muy configurada nuestra subjetividad por el porno, vivimos rodeados de porno, con fácil acceso y la sexualidad real no es así.” (Amadeo, 33, historiador).

Son los hombres heterosexuales los que están en contacto con la pornografía desde temprana edad. A algunos los invaden desde chicos, antes de estar preparados, desde la primaria. Los años pasan y el porno sigue circulando por grupos de WhatsApp de cualquier edad. Tal vez la última gran forma de consumo sea el irónico o el gracioso, habilitado por los smartphones. El lado peligroso es la circulación de material privado sin consentimiento.

Hay tanta producción como consumidores posibles. La sexualidad no es únicamente en pareja y la pornografía se ofrece para todas las circunstancias de la vida. Puede ser un emancipador de mandatos o roles, abrir la mente a nuevas experiencias, pero también puede ser frustrante, puede cohibir, generando expectativas.

¿Se puede copiar todo lo que se ve en una porno? “Hay pornografía que despierta tu propia fantasía y hay otra, la más mainstream, que acota. Sobre todo lo veo en los hombres jóvenes que consumen de una forma abusiva, aunque los que vienen a verme son la excepción, los que tienen un problema”, dice Edith Martin, sexóloga. Y agrega: “No logran generar un deseo desde sí mismos. Su propia fantasía está inhibida por esas imágenes que están repetidas. El actor porno es eso porque tiene atributos que no son los del común de los mortales, y hay una cámara, luces, maquillaje. Nadie piensa que Iron Man es real, pero en cierta manera los hombres creen que así es el sexo”.

Como dice el Hombre Araña, un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y si el porno es consumido con el fin de estimular, las parejas responden a ese juego. Si el consumo genera una expectativa de performance a la altura del rendimiento fílmico, el resultado puede ser frustrante. La producción de las propias piezas eróticas aparecen como un canal de excitación privada que, con los recaudos anti-viralización, modifican la representación del sexo hacia algo más accesible. “Miramos juntos para hacer algo distinto, alargar la previa, hacer que sea todo más lento”, cuenta Lucía, 32, emprendedora de moda. “Cuando estoy sola miro otras cosas, pero con él no me animo a lo más sucio. Es estimulador. Es ver algo que no haría pero que me encantaría hacer. Son imágenes que se me quedan en la cabeza para llegar al orgasmo”. Así es otra cosa...