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7 de febrero de 2018

Revista Brando: Cambio climático: qué descubrieron nuestros científicos



Se desprende un iceberg de la antártida del tamaño de algún país europeo. Se publican informes en el que científicos dicen que en menos de 100 años el mundo va a ser agua y desierto. El invierno es una sucesión de lluvias tropicales y efímeras olas polares. Donald Trump dice que el cambio climático es una estafa. El presidente de Francia le contesta con un troleo de su campaña: "Make the earth great again". La comunidad científica se escandaliza con el portazo de Estados Unidos al Acuerdo de París. La ONU intenta que todos sus países miembros -menos Nicaragua y Siria- trabajen unidos en el compromiso de revertir lo posible y adaptarse a lo ya irreversible del cambio climático. Mientras tanto, acá, en Argentina, hay equipos coordinados entre las universidades nacionales, el INTA, y el Conicet que estudian los gases de efecto invernadero que emite una vaca, una planta de maíz, de soja, un bosque en la cordillera, una persona en sus consumos cotidianos, la basura.

Aunque Argentina tiene una influencia casi anecdótica en el panorama mundial -emite el 0,08% de los gases de efecto invernadero del mundo-, cada país de la ONU se comprometió a tomar medidas para reducir la emisión de gases y aplicar políticas para remediar los daños ya ocasionados en el ambiente. El acta que la Argentina firmó en el Acuerdo de París, y luego ratificó por ley, es para evitar que aumente más de dos grados la temperatura media global en relación con la era preindustrial. Si bien Estados Unidos y China, juntos, emiten el 40% de los gases de efecto invernadero que generan el aumento de la temperatura sobre la Tierra, se espera que todos los países sostengan el compromiso por igual.

Los datos duros son que el 0,08% de los Gases de Efecto Invernadero (GEI) emitidos por Argentina se divide de la siguiente manera: el 53% proviene del sector de energía, el 39% lo emite el sector de agricultura, ganadería y otros usos de la tierra, el 4% los usos de producto y procesos industriales y el 4% restante de los gases liberados a la atmósfera provienen de los residuos.

El 53% del sector de energía está compuesto casi en partes iguales por tres subsectores: la producción de electricidad, combustible, refinación del petróleo; el transporte terrestre por carretera; y el uso de la energía en las casas, en las industrias, en los comercios, entre otros. De acá queda claro algo: el consumo de energía en el hogar es altísimo y la huella de carbono individual colabora de manera sobresaliente en la emisión de los gases.

El dato sobresaliente, sin embargo, es el 39% del sector agroganadero. Los números revelan que la matriz productiva del país, es decir, las vacas o una plantación de maíz o soja, contamina en porcentajes similares al sector energético. El sector más contaminante está en la ganadería con el 20,7%, mayormente con metano, dióxido de carbono y óxido de nitrógeno, casi en partes iguales. Estos números son los que presentó el país ante la ONU en el Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero 2017.

Si lo obvio es que el transporte, la industria química y la obtención de energía es lo que más libera gases a la atmósfera, que las vacas, el maíz y la tierra le compitan de cerca es un dato que puede sorprender a novatos en el tema pero no a la comunidad científica argentina. Porque hay recursos académicos para estudiarlo y propuestas para mitigarlo: en eso están muchos hombres y mujeres en los pasillos de las universidades locales.

Amigarse con el óxido nitroso
No bien pasás el molinete de ingreso al predio de la Facultad de Agronomía por avenida de los Constituyentes, entrás como en una cápsula espacio-temporal en el corazón de la Capital Federal. Si no fuera porque la línea de trenes Urquiza la atraviesa de punta a punta -y reproduce el típico ruido de ciudad- es posible creer que se está en el campo en alguna localidad de la provincia de Buenos Aires.

Entre árboles altísimos y predios de pastizales está el edificio del Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas Vinculadas a la Agricultura (Ifeva), donde trabaja el doctor en Ciencias agropecuarias, Gervasio Piñeiro. Desde su oficina, que da al patio de un jardín de infantes, explica que su equipo de investigación trabaja en diseñar sistemas agropecuarios sustentables con el menor impacto posible o con efectos positivos en el ambiente sobre la base de un balance de los servicios ecosistémicos en cada caso.

"Hoy nadie le paga al productor por evitar la emisión de gases de efecto invernadero. Entonces no hace nada, ni lo piensa. Nosotros, acá, planeamos estrategias que mejoren los servicios ecosistémicos para todos", dice. Y el ejemplo en lo que están trabajando es contundente: hicieron una red de medición de óxido nitroso en campos de cultivo de soja lindantes a suelos vírgenes en varias localidades, desde Balcarce hasta Salta. Ahí se detectó que los cultivos emiten más óxido nitroso que los sistemas naturales y que tienen dos picos de emisión: cuando se está por cosechar y en la primavera, cuando está recién sembrado. "El resto del tiempo la soja emite igual que un pastizal".

La propuesta de su equipo de investigación es que se plante un cultivo de servicio antes de que se coseche la soja. Es decir, antes de que se muera la soja, que un "yuyo" capte el óxido nitroso y lo mantenga en el suelo para que le aumente la materia orgánica de la tierra. ¿Por qué es bueno capturarlo? Porque el nitrógeno es abono. "Es muy caro fertilizar, al productor no le conviene perderlo. La forma de hacerlo sería poner plantas de servicio para que tomen los óxidos de nitrógeno y alimenten la tierra. A ellos les conviene capturarlo porque si lo pierden después lo tienen que comprar y reponer mediante fertilizantes. Entonces les recomendamos a los productores que siembren cultivos de servicio: para disminuir la emisión de gases, para aumentar la materia orgánica y también para que baje la napa y no se les inunde el campo".

Esto ya lo están implementando con algunos productores y asociaciones. En la teoría está demostrado que de esta forma se libera menos óxido nitroso a la atmósfera, por lo que se genera menos efecto invernadero. Pero ahora, el productor necesita más que ese motivo para implementarlo, por ejemplo, incentivos estatales para desarrollarlo o certificaciones comerciales de que ese producto es responsable con la emisión de gases.

Si eso no se da, como mínimo necesita que le cueste lo mismo porque no va a cambiar su forma de trabajar si no obtiene un rédito económico de eso. "Si producimos un sistema que funciona bárbaro, pero la semilla del cultivo de servicio vale US$ 130, el productor no la va a aplicar porque no le sirve. Entonces ahí, con ellos, sabemos que la semilla que necesitan tiene que valer US$ 30. Entonces tenemos que hacer los experimentos en los campos, reunirnos con los productores, analizar el desempeño de lo propuesto, y también ir a la semilleras, trabajar con las empresas para producir un producto que se pueda vender a ese precio", señala Piñeiro.

En la misma línea, desde el Instituto de Clima y Agua, la doctora Gabriela Posse lidera una investigación sobre la medición de los gases en relación con los distintos fertilizantes que se usan en la tierra. En los principales cultivos donde se hacen los experimentos es en maíz y en trigo. Ahí miden la pérdida de amonio y óxido nitroso cuando se compara un fertilizante alternativo con uno comercial. En la llanura pampeana se investiga soja, maíz y trigo; en el norte, la caña de azúcar.

Si bien trabaja en un organismo diferente del de Piñeiro, la científica articula con él algunas de sus investigaciones y llega a conclusiones similares: "Hay que hacer rotaciones en los campos. Cada productor hace lo que quiere y esas cosas no contribuyen a capturar gases. El suelo tiene mucha capacidad para capturar, pero hay que manejarlo bien para que ocurra". Con su equipo está estudiando para detectar inhibidores de volatización que protejan el nitrógeno con el objetivo de que no se pierda.

La comida de la vaca
Del total de la torta de emisiones de gases de efecto invernadero producidos en el país, el porcentaje más alto se lo llevan las vacas. La singularidad es que el ganado tiene una elevada calidad contaminante porque libera metano a la atmósfera. Mientras que las otras actividades suelen colaborar con gases nitrosos o de carbono.

El doctor en Física e investigador del Conicet, José Ignacio Gere, es uno de los pocos que se especializa en la medición del metano que liberan las vacas en su proceso digestivo. Cuando los rumiantes digieren la celulosa de las pasturas utilizan bacterias y protozoarios que dan como resultado carbono, metano, calor y otros ácidos grasos. En la mezcla de gases del rumen, el dióxido de carbono participa con el 65% y el metano con el 27% aproximadamente. El problema es que una molécula de metano tiene una potencialidad contaminante 20 veces superior a la de dióxido de carbono, con lo cual el impacto es más significativo.

Una vaca con 500 kg de peso puede producir entre 200-450 litros de metano por día. En Argentina, en 2016, se supo que había un stock de 53 millones de cabezas de ganado bovino. Las cuentas ganan ceros rápidamente.

Desde la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Geré está creando mejoras metodológicas para la medición de la contaminación vacuna: lamentablemente la falta de datos, y sus costos, suelen dificultar su trabajo. Mientras tanto en el campo, en su experimentación, descubrió que se puede reducir el 20% de la emisión de metano de una vaca. ¿Cómo? Si se alimenta con pasturas de alta calidad. El metano liberado por la vaca es una pérdida para ella, es una fracción de energía que el animal no pudo aprovechar. Para esto, Gere trabajó con científicos del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) de Uruguay: compararon cuánto metano emitió una vaca si comía pastura de baja calidad o de alta calidad, y los resultados, que aún no fueron publicados en las revistas científicas, demostraron que la emisión de metano fue un 14% inferior en aquellos animales que consumieron la pastura de alta calidad. "Está testeado que hay pasturas con mayor digestibilidad, y que cuando la vaca come eso emite menos metano. Si tiene mucha fibra es menos digerible para el animal", dice Gere,

Resta comprobar si esto, además, se traduce en una mejora productiva de leche o en carne de mejor calidad. Esto sería clave para la aplicación de estas estrategias por parte de los productores porque brindaría ganancia en su producto. El científico señala lo mismo que sus colegas: para que las propuestas sean llevadas a cabo con éxito tiene que haber cooperación entre la academia científica, los productores, el mercado y el Estado.

No tapar el bosque
Para llegar a la oficina de Amy Austin en Agronomía hay que atravesar varios pasillos y doblar en algunos laberintos. Rodeada de carpetas, la doctora en Biología habla con su castellano enrevesado, a pesar de los 20 años que hace que vive acá. Es estadounidense y en 2015 ganó el premio de L'Oréal Por las Mujeres en la Ciencia por sus investigaciones en la Patagonia sobre la interacción de las plantas y el suelo en el ciclo del carbono del bosque.

Su premisa, a pesar de ser sencilla, no se la había planteado nadie con tanto rigor: ¿plantar bosques donde no los hay naturalmente ayuda al ambiente? ¿Se puede hacer en todos lados, con cualquier especie?

Amy parte de la base de que nadie quiere reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, entonces la idea de plantar un bosque -porque un árbol fija el carbono, lo secuestra y lo captura para que no esté en la atmósfera- resulta atractiva. Ella estudió casos de plantaciones de pinos Ponderosa en la localidad neuquina de Meliquina, para determinar si la modificación de ese ambiente natural y la plantación de una especie extranjera daban un balance positivo de carbono.

Lo que obtuvo es que los bosques jóvenes efectivamente secuestran carbono, pero muchas veces para que una plantación crezca en un espacio no natural para la especie, se aplican una serie de medidas potencialmente contaminantes como llevar riego, fertilizantes, adaptar el terreno. "Cuando hacés la cuenta de la energía que requiere, el balance no es tan positivo".

Además, hay otros problemas que deben tenerse en cuenta: cuando los árboles se hacen adultos, el bosque ya no secuestra la misma cantidad de carbono, y el riesgo de incendio en la montaña es latente, si se prende fuego se libera todo el carbono. Y si plantás un bosque en un lugar de nieve, o la especie es oscura, la reflexión de luminosidad a la atmósfera también cambia la temperatura. El resultado es que hay que proteger los ecosistemas naturales o, si se plantan bosques en zonas de pastizales o estepa, valorar todo lo que implica llevarlo a cabo.

"La Patagonia tiene un contraste de lugares vírgenes, ideales para investigar, y otros con impacto de contaminación muy grande para la poca gente que hay -dice Amy-. Si comparás la estepa con un bosque plantado de pino es tremenda la diferencia. El impacto no es tanto entre un bosque nativo y un bosque plantado, sino cuando convertís un sistema que es pastizal o matorral en la plantación de un bosque de pino. Ahí es enorme la transformación del ambiente".

Por qué Donald no tiene razón
La comunidad científica y la diplomacia internacional dieron por terminada la discusión sobre la existencia del cambio climático hace unos años y ya estaban debatiendo las posibles soluciones cuando Donald Trump pegó el portazo al Acuerdo de París.

Los motivos que dio para su decisión fueron los que pusieron al desnudo sus verdaderas razones: salvar al mundo implica perder dinero y la potencia mundial no está dispuesta a hacerlo. En el ring está el sistema de producción capitalista versus el medio ambiente.

Hagamos un rewind en el casete: en 2017, la historia política y diplomática sobre el cambio climático tuvo un punto de quiebre. El 1° de junio pasado, Trump anunció la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París, lo que no solo rompió con un acuerdo internacional inaudito en la historia universal, sino que abonó la teoría negacionista sobre el calentamiento global. El retroceso político y social que significa este anuncio trajo como coletazo una rápida reacción de Francia, donde el recién electo Emmanuel Macron invitó a todos los investigadores estadounidenses a continuar sus trabajos en Europa: "Van a encontrar aquí una segunda patria".

La comunidad científica del mundo se alborotó. En principio porque si hace dos años 195 países miembros de las Naciones Unidas firmaron un marco de cooperación internacional para limitar el aumento de la temperatura media mundial y limitar el cambio climático, la existencia del cambio climático, su gravedad y la responsabilidad humana parecen una polémica saldada. Algo que quedó demostrado cuando ningún otro país se sumó a la falsa retirada de Trump.

El argumento del presidente de Estados Unidos es que el Acuerdo de París debilita la economía norteamericana y les da ventajas a China o la India. Que decidió retirar a su país del acuerdo para defender a los trabajadores de Youngstown, Detroit y Pittsburgh. Que nadie lo votó en Francia.

El Acuerdo de París no es vinculante. El compromiso de todos los firmantes es fortalecer la respuesta global a la amenaza del cambio climático manteniendo el aumento de la temperatura media mundial por debajo de dos grados centígrados con respecto de los niveles preindustriales. Para eso, cada país presentó sus compromisos y sus aportes. Argentina también lo hizo y ratificó sus objetivos para llegar a 2020 con una temperatura mundial por debajo de 1,5 grados.

En su momento, Barack Obama presentó compromisos moderados. Ofreció reducir las emisiones entre un 26% y 28% para 2025 respecto de los niveles de 2005. Las medidas que implementó ya fueron frenadas por Trump.

¿Cuál es la situación del mundo? En marzo, The New York Times afirmó que China consume la misma cantidad de carbón que el resto del mundo en conjunto. La quema de carbón, esencial para las industrias de energía, acero y cemento en el país, genera enormes cantidades de dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero.

Lo cierto es que Estados Unidos y China, juntos, emiten el 40% de los gases de efecto invernadero que generan el aumento de la temperatura sobre la Tierra.

La discusión es que Trump no pretende disminuir el uso de carbono en la industria energética, porque eso implicaría debilitarse económicamente ante China, que está creciendo a grandes pasos -y emitiendo enormes cantidades de gases-. Sin embargo, los países en vías de desarrollo plantean que es tiempo de que Estados Unidos, el histórico contaminante del mundo, tome las riendas para cambiar su sistema a energías sustentables.

Lo que se discute de fondo es el sistema de producción y organización capitalista mundial. La obtención de energía casi de manera exclusiva y dependiente de los restos fósiles, la obtención de alimentos mediante violentos (para el ambiente) sistemas agrícolas y ganaderos y, por último, el uso de los residuos.

En el medio de todo eso, ¿cuán rápido se calienta el mundo y cuán rápido crecen los mares? El 10 de julio pasado un bloque de hielo de 5.800 kilómetros cuadrados se desprendió de la Antártida, que se reduce en tamaño cada vez más rápido. En 2013, China vivió una crisis de contaminación atmosférica por la cual limitó el uso del carbón en los tres mayores centros de población del país y planea plantar un cordón verde para limpiar el aire. Las tormentas son cada vez más fuertes y más frecuentes, lo mismo que las sequías, más intensas y más extensas. La mitad de la población mundial vive a 80 kilómetros de alguna costa. El informe más reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Estados Unidos proyectó un aumento global del nivel del mar entre menos de 30 centímetros y casi un metro para 2100.

Mientras más se investiga, más apocalíptico parece todo. En las publicaciones prestigiosas del mundo como la New York Mag o The Atlantic, hay un debate sobre si el planeta está condenado a una distopía a lo Mad Max o hay posibilidades de remediar el impacto. En ambos casos se concluye que la gente no está alarmada lo suficiente en relación con el cambio climático.

Pero ¿existe una solución? No parece que hubiera una única manera y que, más bien, la forma de enfrentar esto sería sobre la base de tres ejes: mitigación de los gases de efecto invernadero, generar planes de adaptación para los cambios irreversibles -como mayores inundaciones o lluvias- y estimular la resiliencia de los ecosistemas -que logren resistir una modificación natural para volver a su estadio natural-.

La forma para llevar a cabo esas tres acciones está clarísima: mediante acuerdos internacionales de cooperación como, por ejemplo, el Acuerdo de París. Pero ¿qué pasa si el líder mundial, y segundo en emisión de efecto invernadero, se va y rompe su compromiso?

Link: http://www.lanacion.com.ar/2100814-cambio-climatico-que-descubrieron-nuestros-cientificos

4 de enero de 2017

Nota Brando: ¿Qué porno ven las mujeres?

El 71% de las mujeres que tienen acceso a internet miran porno. ¿Qué tipo de porno consumen? La teoría de que la mujer necesita más narración y belleza se cae a pedazos no bien se empieza a preguntar, en voz baja, qué es lo que más las estimula. Crónica de una búsqueda sexual y del tabú frente a la masturbación femenina. 


Por Romina Zanellato. Ilustración RNDR 
Alguien pronuncia la palabra porno y las diapositivas mentales proyectan a falsas Pamela Anderson con pechos de silicona, cabelleras siempre rubias platinadas, depilación total, penes erectos y gigantes, nombres de estrellas como Rocco Siffredi, y unos 90 que quedaron incrustados en el imaginario sexual. Si se relaciona a la mujer y al porno, tal vez alguien diga que más que una penetración lo que una mujer quiere ver es la seducción, la narración de una conquista que desencadene en una escena caliente que la cámara no enfoca pero que la mente se imagina perfecta. Cuando se habla de porno entre mujeres, generalmente, se tarda en decir que sí, que se ve, pero es cuestión de conversar un momento para entender rápidamente que hay tantos consumos de pornografía como mujeres, tanta sexualidad como personas, tantos deseos como momentos. Entonces, ¿existe el porno para mujeres? ¿Todas miramos lo mismo? La respuesta se construye preguntando. G. tiene 35 años, es empleada municipal. "Yo miro. Me gusta. Lo veo sola, para masturbarme. No sé muy bien dónde buscar, así que pongo en Google «película porno» y algo aparece. No las bajo, las veo online y borro el historial de navegación para que mi marido no se dé cuenta. Me gusta que tengan una historia. A veces, miro de lesbianas y también de chicos gays, muy de vez en cuando miro porno heterosexual. Me gusta que me vaya mostrando la secuencia de a poco. Por ahí estoy 20 minutos, dos o tres pajas y ya". La magia de internet es que todo lo que se te ocurra imaginar ya está ahí. Siempre hay alguien que lo hizo antes y lo subió a la web en algún lugar del mundo, sobre todo en opciones triple X. Para las mujeres, el problema muchas veces está en cómo encontrar el porno que desea ver porque, a diferencia de los hombres, el consumo de pornografía en solitario y con el fin de masturbarse suele comenzar mucho después de la iniciación sexual. Cuando el terreno del propio deseo ya fue conquistado, y cuando los tabúes son superados. El Observatorio de Internet en Argentina (www.inter.net.ar) dice que el 71% de las mujeres consumen porno. La mayoría de esas mujeres lo hacen desde su teléfono, en soledad, muchas veces por la mañana y con frecuencia variable. El consumo es diferente al de los hombres, pero hay algo certero: la búsqueda de la palabra "porno" en Argentina creció en los últimos dos años el 45%. Hay dos o tres sitios que concentran la mayoría de visitas en el mundo. Pornhub, RedTube y la argentina Poringa! están entre las plataformas líderes. Este es el porno que denominaremos "mainstream". Sin embargo, existe otro circuito de pornografía. En una conversación de chicas con intereses artísticos seguro que alguien va a mencionar Tumblr o Vimeo. Sea el blog o el video, se está a un clic de un timeline de belleza, fantasía y erotismo: una pared con una decena de acuarelas que retratan distintos tipos de clítoris, una foto de tonos pasteles donde una chica se levanta la falda y se ve una bombacha de algodón blanco con un bordado: "ask first", una selfie de un chico desnudo en su habitación con su pene erecto, un GIF que repite una secuencia de tres fotos en blanco y negro donde un hombre le hace sexo oral a una mujer: él acostado, ella en cuclillas sobre su boca, muchas fotos de mujeres acabando, primeros planos de vaginas, más primeros planos, penetraciones, besos, pieles con tatuajes, cuerpos naturales, imperfectos, videos cortos de sexo amateur, audios. Un tumblr, por ejemplo, porn4ladies.tumblr.com, uno de miles. 
El 71% de las mujeres que tienen acceso a internet miran porno. ¿Qué tipo de porno consumen? La teoría de que la mujer necesita más narración y belleza se cae a pedazos no bien se empieza a preguntar, en voz baja, qué es lo que más las estimula. Crónica de una búsqueda sexual y del tabú frente a la masturbación femenina.
  • RNDR

Soportes de placer 
Tumblr es una plataforma de microblogging que permite a sus usuarios publicar textos, imágenes, videos, enlaces, citas, audio y, sobre todo, GIF, en un formato de timeline que no promueve la discusión como otras redes. Es muy usado en ambientes virtuales como la poesía, la fotografía, la ilustración, y también en el contenido XXX. Muchas veces, la puerta de entrada a encontrar un porno diferente a la imagen de Pamela Anderson es Tumblr. M. tiene 29 años, trabaja en prensa institucional. "Empecé a mirar porno a los 21, cuando tuve independencia tecnológica. Es decir, cuando tuve mi primera computadora individual. Miro porno y para mí es muy fácil, se reduce a un sitio:2hotworld.tumblr.com. El GIF tiene algo que funciona perfecto para la masturbación y es la repetición hasta el infinito de un fragmento de una escena. Me gusta ver gay, de chicas, y sobre todo GIF de mujeres recibiendo sexo oral. La foto estática también me sirve. Creo que el porno tradicional no me calienta lo suficiente, el erotismo me funciona mejor". El GIF es el eterno presente. No existe la incomodidad del antes o el después del coito. Es la fragmentación en su máxima expresión. Sin audio. Y es, también, un formato muy simple de hacer: tres fotos o frames en secuencia y repetidas hasta el infinito. Ahí, donde fotógrafos muestran sus primeros trabajos, donde no existe la censura como ocurre en otras redes sociales, las mujeres son las creadoras del porno que quieren ver, el amateur y el "bello". Es lindo, sí, pero la penetración está en primer plano y repetida sin parar, sin necesidad de tocar nada, en silencio, en el teléfono. Y eso, tal vez, lo explícito como mantra, sea el primer paradigma que se derrumba. S. tiene 33 años, es ilustradora. "Yo miro porno de hombres, solo de hombres, homosexuales. No sé por qué, es algo raro, me lo he preguntado y creo que tiene que ver con eso de que el porno heterosexual está hecho para hombres. Como que la mujer siempre está en un papel raro que a los hombres los excita y que por lo menos a mí no. En cambio, en el porno de hombres gays ese papel no existe. Supongo que de alguna manera me siento más reflejada en ese contenido que en el porno heterosexual. Incluso creo que el porno lésbico está hecho para cumplir las fantasías del hombre. No hay espacio para las nuestras". K. tiene 28 años, estudia cine. "Sí, yo pienso lo mismo. Yo soy lesbiana y no miro porno porque está hecho para la fantasía del hombre, o incluso de las fantasías masculinas que ahora son apropiadas por las mujeres heterosexuales. No es así como tenemos sexo nosotras". M. tiene 32 años, es docente. "Yo soy bisexual y miro generalmente de hombres también. Los cuerpos son más suaves que en el porno heterosexual y están en una situación más placentera para los dos. Igual hay de todo, es cuestión de investigar". Daniela Pasik es periodista, coautora del libro Porno nuestro (Editorial Marea) junto a Alejandra Cukar; ella sostiene que decir que hay una mirada femenina del porno es peligroso, porque se cae en el prejuicio de que ese porno debe ser suave, lindo, sin penetración, sin morbo, sin fuerza. "El porno busca calentar, lo haga un hombre o una mujer. Y el espectador de porno, sea hombre o mujer, quiere calentarse. Y si es posible acabar. La cuestión debería centrarse más en qué calienta. Y la diferencia, tal vez, la trazaría en que hay mucho porno machista". 
Superficies del gozo 
Existe una corriente del porno que se denomina feminista o ético. ¿De qué se trata? De contenido donde el gozo de la mujer es un punto central, donde el foco de satisfacción está puesto en todas las personas que participan del acto sexual y no solo en la de los hombres. Hay grandes exponentes en el mundo como las directoras Erika Lust, Anna Span o Petra Joy o la actriz Amarna Miller. En Argentina, la industria profesional prácticamente no existe, de ningún tipo. "Se puede ver que es un porno distinto del que se masificó y del que la gente tiene como imaginario popular en sus cabezas: se le da más importancia a la estética, a la historia o al concepto", dice María Riot desde Estados Unidos. La actriz XXX argentina, radicada en Barcelona hace unos años, ya trabajó con Erika Lust o con productoras de alt porn como A Four Chambered. Ella relaciona este tipo de producciones con las que la industria realizaba muchos años antes de la década del 90, cuando se popularizó, época en la que quienes filmaban eran cineastas, artistas, actrices y no empresarios, hombres que pensaban en su deseo y en la venta. De esas producciones de los 60 y los 70 nace el porno que hoy se llama feminista o ético; en cambio, el de los 90 es un porno instalado en la imaginación de todos, donde el disfrute es masculino (no suele salir en los planos el rostro del hombre, la cámara suele estar en sus ojos, el pene es una herramienta) y el punto de vista de la mujer está puesto en cumplir el objetivo de satisfacción masculina (es la única filmada, es la penetrada, no recibe sexo oral, no acaba, no filma). La mujer no solo como objeto de placer, sino como generadora de placer. En el capítulo sobre pornografía del podcast Pernocte POSTA, la conductora Paula Giménez se encontró con una dificultad a la hora de sumar experiencias de producción argentina. "Quise darle una mirada feminista, pero me resultó muy difícil porque la industria argentina es muy dura. No tiene en cuenta a la mujer. Si alguien quiere buscar porno con cuerpos más reales, historias que tengan más sentido y planos no tan de ginecólogo puede encontrarlo, pero son realizados en otros países, no acá. Y, en general, son mujeres las que lo hacen". Todo parece indicar, de todas maneras, que la industria argentina de pornografía ya no existe. Sin embargo, cada vez hay más producción de posporno o amateur, como es el caso de Gloria Parque con su productora Gardelhat o los nombres que se destacan en la comunidad Poringa! como generadores de videos. Mala luz, escenografías cutres, encuadres extraños, personas que no saben nada de cine, ni les interesa, se graban en sus casas teniendo sexo y lo suben a una plataforma digital para que otros comenten y gocen junto a ellos. La empatía se genera por cercanía, por posibilidad. L. tiene 35 años, es diseñadora gráfica. "Hace 10 años que trabajo haciendo los graphs para un canal de televisión de contenido explícito. No hay nada que no haya visto. Y sí, cuando me quiero masturbar miro pornografía, es algo que hago de manera frecuente. Sí, me doy cuenta de que al tener tantos años mirando porno, necesito encontrar cosas mucho más específicas para calentarme. Ahora, en el último tiempo, me gusta un tipo de porno japonés. Creo que las mujeres tienen menos experiencia en la búsqueda, entonces no saben del mundo inmenso que es". 
La paja en el número 
El sitio Pornhub en julio del año pasado publicó su segundo informe de consumo mundial de porno por mujeres que se llamó "What women want". Ahí se observó que las argentinas estaban cuartas en el ranking mundial de consumo de sexo online, aunque los dos primeros y los dos segundos se igualaban en porcentaje: el 30% de los clics hechos en nuestro país eran de usuarios registrados como mujeres. La edad media de esas mujeres era de 35 años. Y, además, miraban en promedio un minuto más que los hombres.(1) Este tipo de páginas tiene su material dividido por categorías. Según el estudio, las que más buscan las mujeres son en este orden: lesbiana, gay masculino, "big dick", adolescente y trío. También se puede buscar por palabras claves, y las que más buscaron durante 2015 las mujeres en Pornbub y en RedTube fueron: lesbiana, trío, squirt (eyaculación femenina) y sexo oral a la mujer, entre otras. El caso de Poringa! es especial porque es una comunidad donde son los propios usuarios los que suben el contenido exclusivo XXX 1. 

1 de septiembre de 2016

Nota Brando - Tras los pasos de César Aira

Tras los pasos de César Aira

Una periodista se obsesiona con la figura del autor más prolífico y misterioso de la literatura local y se propone descubrir qué hay detrás del mito construido alrededor de un escritor que suena en las apuestas como candidato al Premio Nobel, que tiene publicados 90 libros y sigue agotando ediciones, que hace tiempo se retiró de los circuitos oficiales pero se pasea por las ferias independientes, y que a pesar de no dar notas a los medios nacionales, es una presencia constante. 
Por Romina Zanellato 
Feria del Libro 2012. Frente a mí estaban las tres versiones de la tapa de El mármol, el libro de César Aira editado por La Bestia Equilátera. ¿Llegó el momento de leer a Aira? Elegí la tapa de las caricaturas y me volví a casa con cierta resistencia. En la contratapa se leía: "A falta de cambio, el cajero de un supermercado chino le ofrece al protagonista de esta novela que elija entre un montón de naderías. Resignado, el hombre manotea al azar unas pilas chinas, un ojo de goma con luz, una tabla de proteínas, una hebilla dorada, una cucharita lupa, un anillo de plástico y una cámara fotográfica del tamaño de un dado. Ignora que al salir lo espera una aventura, y que a esos objetos que cree inútiles podrá darles una función insólita en cada capítulo de sus andanzas". Tenía un prejuicio fundado en cosas azarosas que había escuchado sobre sus novelas y el recuerdo de algunas contratapas delirantes como esta. ¿El hombre escribe fábulas? La literatura argentina, la alta y buena literatura bien aprendida por la cultura, es cosa seria, dicen, y Aira parecía que se dedicaba a contar historias surrealistas, ridículas. Las tramas eran absurdas y El mármol, en un principio, me confirmó todo eso que había elaborado sin mucha conciencia. 
Lo padecí. Mientras avanzaba en su lectura viví una ansiedad insoportable, la narración tenía una velocidad tal que parecía que estaba siendo escrita al mismo tiempo en que la leía. Nunca había sentido ese vértigo antes. Cada vez que entraba a un supermercado chino reconocía una descripción de Aira sobre algo que no había notado antes, cada vez que el cajero me daba el vuelto en chucherías esperaba que fueran llaves, pequeños tesoros capaces de destrabar mis problemas cotidianos. Fueron meses reviviendo El mármol entre las góndolas del chino hasta que entendí, ¡qué libro más fantástico! Lo volví a leer, esta vez deslumbrada por su poder, y me compré otros. La sección Aira de mi biblioteca creció considerablemente, con sus tramas imprevistas y fantásticas. Podía ir de Yo era una niña de siete años, donde la narradora es una niña que vive con su padre, el rey, y sus dos sirvientes, hasta Varamo, donde cuenta un día en la historia de un panameño que escribe un poema que cambia la historia de la literatura, o sumergirme en La guerra de los gimnasios, con contratapa de Fabián Casas en la que dice: "Aira -a pesar de hacernos reír a granel- es el escritor argentino más serio que existe. Nadie cree con tanta convicción como él en el poder de la escritura. Y tiene razón [...]. Esa electricidad que produce el amor, pero que también logran los hábiles fabuladores, forma parte esencial de la prosa aireana". 
De sus libros pasé a preguntarme por él, y la periodista que hay en mí superó a la lectora. Quise saber quién era, qué pensaba sobre determinados temas sociales, artísticos, coyunturales. No encontré nada reciente. Las fotos que me daba Google eran bastante viejas. Su mito me hizo acordar al J. D. Salinger o Thomas Pynchon, escritores recluidos que eligieron convertirse en nombres sin cara pública. Un punto más a la curiosidad. Me propuse, entonces, investigar al escritor que en 2015 fue nominado al Man Booker Award -premio inglés de 60.000 libras que se disputa entre los 10 mejores escritores del mundo-, que está entre las apuestas a ganar el Premio Nobel, que tiene más de 90 libros editados y al que Patti Smith cita como uno de sus favoritos. Vivir al mismo tiempo que un clásico es muy difícil, que se lo reconozca como clásico mientras vive es casi imposible, que esté tan cerca es una tentación que no pude contener. 
El universo Aira
Wikipedia dice que nació en Coronel Pringles el 23 de febrero de 1949 y que al cumplir los 18 años se mudó a Buenos Aires, al barrio de Flores, en el cual aún vive. Durante los primeros dos años fingió estudiar Derecho, después se puso a escribir. Está casado con la poeta Liliana Ponce y tiene dos hijos. Como el mundo virtual no ofrecía nada más, acudí a libreros y editores, y hubo unanimidad en el diagnóstico: lo que hay de Aira se vende. En una librería conviven novelas de $300 con algunas ediciones de $40, editoriales multinacionales con cartoneras. ¿Y él?: "Es un tipo normal", me respondía el coro. 
En el medio de mi pesquisa me crucé con una novela de Ariel Idez que se llama La última de César Aira, en la que el escritor es el personaje principal, el malvado que quiere destruir la literatura argentina. Alguien más está obsesionado con Aira, pensé. La novela es un disparate aireano que plantea una posibilidad certera: su maquinaria semántica, su superproducción, no solo puede acabar con él mismo sino también con la literatura argentina actual. "Qué bodrio", me decían mis amigas cada vez que daba vueltas sobre el asunto. ¿Nadie se da cuenta o yo llegué muy tarde? 
Descubrí en YouTube algunas entrevistas que le hicieron hace algunos años, disertaciones y también notas para revistas estadounidenses como BOMB. Supe que todas las mañanas va a un café de Flores para escribir a mano una o dos páginas diarias. Usa cuadernos de papel liso, sin renglones ni cuadriculado, con espiral, que compra en la papelera Wussmann. Escribe con una lapicera Montblanc de tinta negra. Todo lo compra siempre en el mismo lugar, se lo guardan para él. Es un hombre metódico y de rutina. Le dijo a María Moreno, escritora que lo entrevistó, que esa exacta combinación de la tinta y el papel le asegura un buen ritmo de escritura, corre bien por la hoja, no la mancha, fluye sin entorpecer la imaginación. Antes del mediodía vuelve a su casa, pasa a la computadora lo que escribió, se deshace del papel, de las huellas de su proceso creativo. 
Adivino que es obsesivo, ordenado, que se toma muy en serio el acto de imaginar. Descubrí que no le interesa la psicología de los personajes como en las novelas clásicas, que le gustan los policiales, el cómic, que lee algunas cosas nuevas pero que, en general, no las comenta. Averigüé que su grupo de amigos más cercano son escritores. Él los nombra: su amigo de la infancia Arturo Carrera, Tamara Kamenszain, Sergio Bizzio, Alberto Laiseca, Ricardo Strafacce. Lo fue también Rodolfo Fogwill. Hay otros más jóvenes, con ellos anda por esos lugares donde me lo nombraban como habitué: Pablo Katchadjian, Francisco Garamona, Damián Ríos, entre otros. Le gusta la tertulia literaria, aparecer en la feria de editoriales independientes La Sensación y en la librería La Internacional, en el café Varela Varelita, pero no en los eventos del circuito formal o mediático de la literatura. 
Un día recibí un mail de una amiga ilustradora donde me contaba un suceso que entendí como el contagio de mi obsesión. "Estaba en Varela Varelita y vi a César Aira en la mesa de al lado. Cuando se estaba yendo se acercó y me dijo que siempre me miraba dibujar, que me veía muy concentrada y me felicitó. Antes de irse saludó al mozo y el mozo le dijo: «Chau, Oscar». No era él". No descartamos la posibilidad de que el mozo le hubiera cambiado el nombre para jugar con su mito. 
Podría haber sido, porque está interesado en el arte. En el sello Blatt & Ríos editan todos los años al menos una novelita de él, la última que leí es Artforum, un compendio de relatos que él denominó autobiográficos -esto lo dice en una nota española-, sobre su obsesión con esta revista de arte moderno, de distribución casi inaccesible en el país. El fetiche me pareció un gesto, una pista. 
En la librería La Internacional hay una parte de la biblioteca solo de textos de Aira. En las paredes del salón del fondo hay una colección personal de arte de Francisco Garamona, su dueño y editor de Mansalva. Mientras maquetaba un futuro libro de la editorial, me señaló sin mirarme tres cuadros pequeños de colores estridentes que había sobre la pared. "Los pintó César", me dijo. Parece que no hay más que esos tres y no están a la venta. Después encontré una nota en la que dice que lo que de verdad le hubiera gustado hacer es dibujar, pero no tiene el don, que él cuando se deja llevar por la trama siente que está pintando un cuadro. Tan cerca, además, a la poesía. 
Damián Ríos, uno de sus editores, me comentó que a Aira le gusta tener una relación cercana con quienes lo editan, sentir confianza y aportar al catálogo. El texto se entrega cerrado y son pocos quienes se animan a hacerle comentarios, Ríos es uno de ellos. "A veces lo que parece un error es una genialidad, pero también puede ser un error, siempre hay que preguntar". Aira está al tanto de todo el proceso, aprueba las tapas, los materiales, pero no interfiere. Cada libro de él que imprimen lo venden. Aira tiene un séquito de fans que compra todo lo que haya. En Mercado Libre hay primeras ediciones de novelitas que se venden a $1.000: es material para coleccionistas. 
Las piezas más preciosas en la biblioteca son las traducciones. En la mía tengo una edición de El mármol en italiano, publicada por Ediciones Sur, de tapa dura forrada en tela turquesa, impresa con serigrafía. Una belleza bastante inútil porque no sé leer en italiano. Tengo otros ejemplares de otros idiomas que les fui pidiendo a todos los que viajaban al extranjero. Mi hermano me trajo The Musical Brain, su libro de relatos que editó New Direction Books y que The New York Times eligió entre las mejores 15 tapas de 2015. Es un holograma con una mano que se mueve y prende una chispa con el dedo índice. 
La construcción del mito
Como un fantasma escritor, Aira está en todos los catálogos, desde las editoriales más chicas hasta las grandes como Planeta o Penguin Random House. En una cena de editores me enteré de que con esta última corporación edita directamente desde España, donde hace poco se inauguró la Biblioteca César Aira. "No pasa por acá, ni nos enteramos", me dijeron. En el caso de Emecé (sello perteneciente al Grupo Planeta) tiene su propia colección, que edita Mercedes Güiraldes, con quien trabaja hace décadas. 
En general, los escritores no publican del modo en que él lo hace -en varias editoriales a la vez-, probablemente porque su producción es tal que ninguna casa podría sacar cinco novelas al año. "Es difícil decir si hay o no estrategia detrás de esa manera particular de Aira de publicar. Creo que forma parte de una estética y de una ética de autor. Es un indudable gesto de libertad artística e independencia personal y es indisoluble de su forma de concebir la literatura. Pero esa forma tiene su eficacia. Sin prisa y sin pausa, Aira creó una obra impresionante, rupturista y clásica a la vez, quizás la más original de la literatura argentina desde Borges", definió Güiraldes. 
Una vez leí una nota en la que se teorizaba acerca de que un escritor debe ser un hombre-enciclopedia, saber de todo para poder escribir sobre todas las cosas. Lo llamaba "el hombre universal". Pienso que Aira escribe de manera fragmentaria una serie de textos que publica de manera constante y que conforman una obra total, un gran libro por completar. No hay novelitas aisladas, hay una continuidad que las une en un proyecto enciclopédico y también en un lenguaje propio. ¿Cuánto de su mito personal no fue también una creación propia? ¿Cuándo se termina el libro? 
Antes, cuando sí daba notas, Aira causaba bastante revuelo. En 2004, le hicieron una entrevista en Clarín donde dijo que "el mejor Cortázar es un mal Borges"; ahí, también dijo que Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini eran sus referentes como escritores, modelos de vida y actitud. Aunque hizo la salvedad de que no necesariamente los modelos de vida actúan en uno como ejemplos. Después del escándalo que se generó a raíz de su opinión no habló más con la prensa. Su amigo Ricardo Strafacce dice que le da pudor aparecer en los medios dando un juicio muy categórico porque no se toma en serio a sí mismo, cree que el escritor habla en su obra. En las notas que dio en otros países también tiró frases polémicas, pero ya sin ofender a nadie. "Soy de los raros escritores a los que les gusta escribir realmente", dijo en una entrevista que le hizo el escritor danés Peter Adolphsen en el Louisiana Literature Festival en 2012. "Hay muchos escritores que quieren seguir siéndolo por los beneficios sociales que trae, entonces cada 10 años hacen el esfuerzo por seguir manteniendo el carnet y hacen el sacrificio de escribir un libro". 
"¿Podríamos soportar una verbosidad tan demencial, alguien que además de publicar cuatro o cinco libros por año esté hablando en todos los suplementos y las revistas?", me preguntó Mauro Libertella, periodista y escritor. Lo fui a buscar porque alguien me dijo que él había leído todo lo publicado de Aira. Son pocos lectores los que pueden cargar ese título. Me lo negó en el primer acercamiento, solo leyó alrededor de 20 de sus libros publicados, no es más que una mínima parte. Libertella hace poco editó un libro de entrevistas a los grandes escritores latinoamericanos para la editorial chilena de la Universidad Diego Portales; Aira se negó a participar. 
"Me parece que no podríamos soportarlo. Es su literatura lo que lo puso en el lugar en el que está, cualquiera que sea ese lugar. Él se movió bien e hizo el trabajo largo, el de fondo: buscó antes la institución literaria que el mercado. Entonces nos llegó antes la idea de que Aira era un escritor importante que la proliferación total de sus libros, que sucedió hace unos 10 años, cuando todas las editoriales, nuevas o antiguas, querían publicarlo. Durante los 80, Aira intervenía fuerte en el debate literario, publicaba en revistas y se metía en quilombos. Esos fueron sus años de verdadera construcción profunda. Lo que estamos viendo ahora, me parece, es la estela que dejó ese trabajo verdaderamente intenso de años". De a poco, empecé a creer que su silencio podía ser leído como una estrategia muy inteligente. Sus juicios, evidentemente, son categóricos porque su archivo así lo demuestra. Se mueve en un círculo amistoso al cual le es fiel y respalda. También expulsa con determinación a muchos otros. 
En el medio de mi búsqueda por saber quién es Aira, escuché que iba a disertar en el Museo del Libro y de la Lengua a favor de su amigo Pablo Katchadjian, escritor que aún enfrenta un juicio por plagio por parte de María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges. Fue la única aparición pública que supe de él en los últimos años. Fui emocionada por poder verlo, escucharlo y, tal vez, tener la posibilidad de hacerle varias preguntas que tenía pensadas. Me senté en el piso frente a él y lo grabé mientras hablaba de la invención: "Antes me llenaba la boca diciendo que lo que hacía era experimental. Desde que escuché una frase de William Burroughs no lo digo más. La frase dice que una escritura experimental es un experimento que salió mal, si el experimento salió bien es un clásico. Yo, a su vez, creo que no hay ningún clásico que no haya sido antes un experimento". Se oyeron risas en el auditorio, las oigo hoy en mi casa al escuchar la grabación. Y recuerdo cómo se fue rápido por la puerta lateral, y así se escapó mi primera oportunidad real de hablar con él. 
Su permanencia
Hay algo emocionante en la forma en que construye sus narraciones. Cada uno de sus libros, esas pequeñas novelitas de 100 páginas, contiene un universo diseñado a escala, creado en el momento en que lo escribe. Aira es un amo de las palabras, a las que amasa con destreza para crear imágenes poderosas y verosímiles. Su talento es tal que mientras plantea una secuencia narrativa surrealista, se las arregla para bajar línea y expresar su postura crítica sobre algunos temas de una manera casi imperceptible. 
La crítica literaria le dedicó su atención. Algunos lo califican de escritor de derecha por concentrarse en hacer cuentos de hadas dadaístas en vez de la literatura de denuncia social que tomó fuerza en los 90. Le pregunté a Hernán Vanoli, editor de Momofuku y crítico: "Hay una suerte de neopopulismo experiencial que se opone a Aira porque Aira simplemente tiene cierta relevancia intelectual. No es tan fácil, no canta una que sabemos todos, no codifica la experiencia social como una revista de cultura juvenil, y bueno, esa impugnación me parece lamentable". Me dijo, también, que para él era un autor fundamental del siglo XX, pero no dejó de señalar que eso es el siglo pasado. 
Yo, al final, intenté hacer como Aira cuando empieza a leer un autor nuevo, me metí de lleno en su obra y en saciar mi curiosidad. A medida que pasó el tiempo, los libros se apilaron en mi biblioteca, la pasión cedió frente al respeto y mi interés giró a otra cosa. Sin embargo, llegó el día en que, caminando por Paraguay, al llegar a Scalabrini Ortiz lo vi. Estaba fumando un pucho con el escritor y abogado Ricardo Strafacce en la vereda del Varela Varelita. Fue un segundo en que mis ojos se cruzaron con los de él, recibí una descarga de energía desde mi interior, bajé la vista y crucé la avenida, escapándome, perdiendo así la última oportunidad de decirle a César que él se había convertido en mi clásico. 

2 de abril de 2016

Nota para Brando - Buscando a César Aira - Nota final.

En la edición de abril de 2016 de la revista Brando del grupo La Nación salió mi nota Buscando a César Aira.
La edición de la nota estuvo a cargo de Fernanda Nicolini.

Esto que está acá es la nota final enviada a la editora. La versión publicada está en este link: http://www.conexionbrando.com/1933094-tras-los-pasos-de-cesar-aira
Publiqué en este blog todas las versiones trabajadas como documentación del proceso de escritura. 


Buscando a César Aira
Por: Romina Zanellato



2012. Feria del libro. Frente a mí las tres tapas de El Mármol, libro de César Aira que editó La Bestia Equilátera. Las analicé con detenimiento, las ilustraciones eran interesantes, llamaban la atención por los colores y dibujos entre las pilas de libros y libros que se ven todos los años en La Rural. ¿Llegó el momento de leer a Aira? Elegí la tapa de las caricaturas y me lo llevé a casa. Un año después lo leí. Insoportable, una lectura sufrida, tardé un mes en terminarlo y sólo eran 150 páginas. Nunca más un Aira, me dije, y lo guardé en la biblioteca. Pero no iba a sentirme así por mucho tiempo más.
Me resistía a leerlo. Tenía un prejuicio fundado en cosas azarosas que escuché, que leí sobre sus novelas en algunos medios y algunas contratapas delirantes. ¿Este hombre escribe fábulas? La literatura argentina, la alta y buena literatura bien aprendida por la cultura, es cosa seria y Aira parecía que se dedicaba a contar historias surrealistas, ridículas. Las tramas eran absurdas y El Mármol me confirmó todo eso que había elaborado sin mucha conciencia.
Lo padecí. Mientras avanzaba en su lectura viví una ansiedad insoportable, la narración tenía una velocidad tal que parecía que estuviera siendo escrita al mismo tiempo en que la leía. Nunca había sentido ese vértigo antes. Sí había sentido indignación, compromiso, amor, emoción al leer un libro, nunca vértigo. Y eso quedó en mí, cada vez que entraba a un supermercado chino reconocía una descripción de Aira sobre algo que no había notado antes, cada vez que el cajero me daba el vuelto en chucherías esperaba que fueran llaves, pequeños tesoros capaces de destrabar mis problemas cotidianos, cada vez vivía cierta ansiedad de aventura.
Fueron unos meses reviviendo El Mármol entre las góndolas del chino hasta que entendí, ¡qué libro más fantástico! Lo volví a leer, esta vez deslumbrada por su poder, y me compré otros, la sección Aira de mi biblioteca creció considerablemente, hasta que me interesé por él, hasta que la periodista que hay en mí superó a la lectora.
Como ocurre con todos los artistas que son de mi interés quise saber quién era, leer notas sobre él, saber qué pensaba sobre determinados temas sociales, artísticos, coyunturales. No encontré nada reciente. La cabeza capaz de producir esa literatura que me tenía absorta era un misterio. Apenas encontré algunos datos en Wikipedia, pregunté y averigüé con quiénes se juntaba, y no mucho más. “Siempre viene por acá”, me decían en algunos lugares pero nunca lo vi y las fotos que me daba Google eran bastante viejas (aunque después descubrí que está más o menos igual). Su mito me hizo acordar al J.D. Salinger o Thomas Pynchon, escritores recluidos que eligieron convertirse en nombres sin cara pública. Un punto más a la curiosidad.
En un plan con mayor interés personal que profesional me propuse investigar al escritor que en 2015 fue nominado al Mens Booker Award, premio inglés de 60.000 libras que se otorga al ganador entre diez escritores del mundo, que está entre las apuestas a ganar el Premio Nobel en Literatura y que tiene más de 90 libros editados y que, para mí, parecía bastante ignorado por la prensa. Vivir al mismo tiempo que un clásico en plena obra es muy difícil, que se lo reconozca como clásico mientras vive es casi imposible, que esté tan cerca es una tentación que no pude contener.

El universo Aira
Wikipedia dice que nació Coronel Pringles el 23 de febrero de 1949 y al cumplir los 18 años se mudó a Buenos Aires, al barrio de Flores en el cual aún vive. Durante los primeros dos años fingió estudiar Derecho, después se puso a escribir. Está casado con la poeta Liliana Ponce y tiene dos hijos.
Empecé por los libreros y los editores que están en las ferias, hubo unanimidad en el diagnóstico: lo que hay de Aira, se vende. En una librería conviven novelas de 300 pesos con algunas ediciones de 40, editoriales multinacionales con cartoneras. ¿Y él?: “Sí, siempre viene por acá. Es un tipo normal”, me decían, y yo me preguntaba si era un fantasma.
En una feria encontré una novela de Ariel Idez que se llama “La última de César Aira”, él es el personaje principal, el malvado que quiere destruir la literatura argentina. Alguien más está obsesionado con Aira, pensé. La novela es un disparate airiano que plantea una posibilidad certera: su maquinaria semántica, su superproducción, no sólo puede acabar con él mismo sino también con la literatura argentina actual. “Qué bodrio”, me decían mis amigas cada vez que daba vueltas sobre el asunto. ¿Nadie se da cuenta o yo llegué muy tarde?
Descubrí en YouTube algunas entrevistas que le hicieron hace algunos años, disertaciones y también notas para revistas estadounidenses como BOMB. Ahí dice que todas las mañanas va a un café de Flores para escribir a mano una o dos páginas diarias. Usa cuadernos de papel liso, sin reglones ni cuadriculados, con espiral, que compra en la papelera Wussmann. Escribe con una lapicera Montblanc, de tinta negra. Todo lo compra siempre en el mismo lugar, se lo guardan para él. Es un hombre metódico y de rutina. Le dijo a María Moreno, escritora que lo entrevistó, que esa exacta combinación de la tinta y el papel le asegura un buen ritmo de escritura, corre bien por la hoja, no la mancha, fluye sin entorpecer la imaginación. Antes del mediodía vuelve a su casa, pasa a la computadora lo que escribió, se deshace del papel, de las huellas de su proceso creativo.
Adivino que es obsesivo, ordenado, que se toma muy en serio al acto de imaginar, que dentro de esa narración que construye, tan delirante a veces, le pone mucha atención al verosímil. Descubrí que no le interesa la psicología de los personajes como en las novelas clásicas, que le gustan los policiales, el cómic, que lee algunas cosas nuevas pero que en general no las comenta.
Averigüé que su grupo de amigos más cercano son escritores. Él los nombra: su amigo de la infancia Arturo Carrera, Tamara Kamenszain, Sergio Bizzio, Alberto Laiseca, Ricardo Strafacce y lo fue también Rodolfo Fogwill. Hay otros más jóvenes, con ellos anda por esos lugares donde me lo nombraban como habitué: Pablo Katchadjian, Francisco Garamona, Damián Ríos, entre otros. Le gusta la tertulia literaria, aparecer en la feria de editoriales independientes La Sensación, en la librería La Internacional, en el café Varela Varelita pero no en los eventos del circuito formal o mediático de la literatura.
Las veces que fui a estos puntos clave de la ciudad no me lo crucé. Tenía una serie de consultas que quería hacerle: “¿De verdad no llevás un plan de ruta al escribir? ¿Por qué no escribís directamente en computadora? ¿Por qué las novelas cortas tienen más literatura que las largas? ¿Cuán autoreferencial sos?”. Las tenía anotadas, como subrayados los libros, pero no pude hacérselas nunca.
Un día recibí un mail de una amiga ilustradora donde me contaba un suceso que entendí como el contagio de mi obsesión. “Estaba en Varelita y vi a César Aira en la mesa de al lado. Cuando se estaba yendo se acercó y me dijo que siempre me miraba dibujar, que me veía muy concentrada y me felicitó. Antes de irse saludó al mozo, y el mozo le dijo: Chau, Oscar. No era él”. No descartamos la posibilidad de que el mozo le haya cambiado el nombre para jugar con su mito.
Podría haber sido, porque está interesado en el arte. En Blatt & Ríos editan todos los años al menos una novelita de él, la última que leí es Artforum, un compendio de relatos que él denominó autobiográficos –esto lo dice en una nota española- sobre su obsesión con esta revista de arte moderno, de distribución casi inaccesible en el país. El fetiche me pareció un gesto, una pista.
En la librería La Internacional hay una parte de la biblioteca sólo de textos de Aira. En las paredes del salón del fondo hay una colección personal de arte de Francisco Garamona, su dueño y editor de Mansalva. Mientras maquetaba un futuro libro de la editorial me señaló sin mirarme tres cuadros pequeños de colores estridentes que había sobre la pared. “Los pintó César”, me dijo. Parece que no hay más que esos tres y no están a la venta. Después encontré una nota en la que dice que lo que de verdad lo hubiera gustado hacer es dibujar, pero no tiene el don, que él cuando se deja llevar por la trama siente que está pintando un cuadro. Tan cerca, además, a la poesía.
Damián Ríos, uno de sus editores, me comentó que a Aira le gusta tener una relación cercana con quienes lo editan, sentir confianza y aportar al catálogo. El texto se entrega cerrado y son pocos quienes se animan a hacerle comentarios, Ríos es uno de ellos. “A veces lo que parece un error es una genialidad pero también puede ser un error, siempre hay que preguntar”. Aira está al tanto de todo el proceso, aprueba las tapas, los materiales, pero no interfiere. Cada libro de él que imprimen, lo venden. Aira tiene un séquito de fans que compra todo lo que haya. En Mercado Libre hay primeras ediciones de novelitas que se venden a $1.000, es material para coleccionistas.
Las piezas más preciosas en la biblioteca son las traducciones. En la mía tengo una edición de El Mármol en italiano, publicado por Ediciones Sur, de tapa dura forrada en tela turquesa impresa con serigrafía. Una belleza bastante inútil porque no sé leer en italiano. Tengo otros ejemplares de otros idiomas que le fui pidiendo a todos los que viajaban al extranjero. Mi hermano me trajo The Musical Brain, su libro de relatos que editó New Direction Books y que The New York Times eligió entre las mejores 15 tapas del 2015. Es un holograma con una mano que se mueve y prende una chispa con el dedo índice. En su solapa hay una serie de halagos y recomendaciones de personalidades como Patti Smith y Roberto Bolaño.

La construcción del mito
Como un fantasma escritor, Aira está en todos los catálogos desde las editoriales más chicas hasta las grandes como Planeta o Penguin Random House. En una cena de editores me enteré que con esta última corporación edita directamente desde España, donde hace poco se inauguró la Biblioteca César Aira, una colección con reediciones de inconseguibles y nuevas novelas como El santo. “No pasa por acá, ni nos enteramos”, me dijeron. En el caso de Emecé (sello perteneciente a Editorial Planeta) tiene su propia colección que edita Mercedes Güiraldes, con quien trabaja hace décadas.
Le escribí un mail. En general, los escritores no publican de la manera en la que él lo hace, probablemente porque su producción es tal que ninguna casa pudiera editarle cinco novelas al año. “Es difícil decir si hay o no estrategia detrás de esa manera particular de Aira de publicar. Creo que forma parte de una estética y de una ética de autor. Es un indudable gesto de libertad artística e independencia personal y es indisoluble de su forma de concebir la literatura. Pero esa forma tiene su eficacia. Sin prisa y sin pausa, Aira creó una obra impresionante, rupturista y clásica a la vez, tal vez la más original de la literatura argentina desde Borges”, me definió Güiraldes.
Una vez leí una nota en la que teorizaba acerca de que un escritor debe ser un hombre-enciclopedia, saber de todo para poder escribir sobre todas las cosas. Lo llamaba “El hombre universal”. Pensé que Aira escribe de manera fragmentaria una serie de textos que publica de manera constante, conformando una obra total, un gran Libro a completarse. No hay novelitas aisladas, hay una continuidad que las une en un proyecto enciclopédico y también en un lenguaje propio. ¿Cuánto de su mito personal no fue también una creación propia? ¿Cuándo se termina el Libro?
Antes, cuando sí hacía notas, Aira causaba bastante revuelo. En 2004 le hicieron una entrevista en Clarín donde dijo que “El mejor Cortázar es un mal Borges”, ahí, también dijo que Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini son sus referentes como escritores, modelos de vida y actitud. Aunque hizo la salvedad de que no necesariamente los modelos de vida actúan en uno como ejemplos.
Después del escándalo que se generó a raíz de su opinión no habló más con la prensa. Su amigo Ricardo Strafacce dice que le da pudor aparecer en los medios diciendo un juicio muy categórico porque no se toma en serio a sí mismo, cree que el escritor habla en su obra.
En las notas que dio en otros países también tiró frases polémicas pero ya sin ofender a nadie. “Soy de los raros escritores a los que les gusta escribir realmente”, dijo en una entrevista que le hizo el escritor danés Peter Adolphsen en el Louisiana Literature Festival en 2012.  “Hay muchos escritores que quieren seguir siéndolo por los beneficios sociales que trae, entonces cada 10 años hacen el esfuerzo por seguir manteniendo el carnet y hacen el sacrificio de escribir un libro”.
En esa misma nota también puso en duda algo que había dicho con anterioridad, no sabía si lo había dicho para generar polémica o si de verdad pensaba así. En realidad, pensé, le gusta el impacto.
“¿Podríamos soportar una verbosidad tan demencial, alguien que además de publicar 4 ó 5 libros por año esté hablando en todos los suplementos y revistas?”, me preguntó Mauro Libertella, periodista y escritor. Lo fui a buscar porque alguien me había dicho que él había leído todo lo que Aira publicó. Son pocos lectores los que pueden cargar ese título. Me lo negó en el primer acercamiento, sólo leyó alrededor de 20 de sus 90 libros publicados, no es más que una mínima parte. Libertella hace poco editó un libro de entrevistas a los grandes escritores latinoamericanos para la Editorial chilena de la Universidad Diego Portales, no lo pudo incluir a Aira porque se negó.
“Me parece que no podríamos soportarlo. Es su literatura lo que lo puso en el lugar en el que está, cualquiera que sea ese lugar. Él se movió bien e hizo el trabajo largo, el de fondo: buscó antes a la institución literaria que al mercado. Nos llegó entonces antes la idea de que Aira era un escritor importante, que la proliferación total de sus libros, que sucedió hace unos diez años, cuando todas las editoriales, nuevas o antiguas, querían publicarlo. Durante los 80’ Aira intervenía fuerte en el debate literario, publicaba en revistas y se metía en quilombos. Esos fueron sus años de verdadera construcción profunda. Lo que estamos viendo ahora, me parece, es la estela que dejó ese trabajo verdaderamente intenso de años”.
Mientras hablaba con sus amigos iba entendiendo que su silencio podía ser leído como una estrategia que reconozco muy inteligente. Sus juicios, evidentemente, son categóricos porque su archivo así lo demuestra. Se mueve en un círculo amistoso, al cual le es fiel y respalda. También expulsa con determinación a muchos otros.
En el medio de mi búsqueda por saber quién es Aira, escuché que iba a disertar en el Museo del Libro y de la Lengua a favor de su amigo Pablo Katchadjian, escritor que aún enfrenta un juicio por plagio de parte de María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges. Fue la única aparición pública que supe de él en los últimos años. Fui emocionada por poder verlo, escucharlo y tal vez, tener la posibilidad de hacerle todas esas preguntas que tenía pensadas. Me senté en el piso frente a él y lo grabé mientras hablaba de la valentía al escribir, de la invención: “Antes me llenaba la boca diciendo que lo que hacía era experimental. Desde que escuché una frase de William Burrough no lo digo más. La frase dice que una escritura experimental es un experimento que salió mal, si el experimento salió bien es un clásico. Yo, a su vez, creo que no hay ningún clásico que no haya sido antes un experimento”. Se oyeron risas en el auditorio, las oigo hoy en mi casa al escuchar la grabación. Y recuerdo cómo se fue rápido por la puerta lateral, y así se escapó mi primera oportunidad real de hablar con él.

Su permanencia
Hay algo emocionante en la forma en la que construye sus narraciones. Cada uno de sus libros, esas pequeñas novelitas de 100 páginas, contienen un universo diseñado a escala creado en el momento en que lo escribe. Aira es un amo de las palabras, a las que amasa con destreza para crear imágenes poderosas y verosímiles. Su talento es tal que mientras plantea una secuencia narrativa surrealista se las arregla para bajar línea y expresar su postura crítica sobre algunos temas, de una manera casi imperceptible.
La crítica literaria le dedicó su atención. Algunos lo califican de escritor de derecha por concentrarse en hacer cuentos de hadas dadaísta, en vez de la literatura de denuncia social que tomó fuerza en los ’90. Le pregunté a Hernán Vanoli, editor de Momofuku y crítico. “Hay una suerte de neopopulismo experiencial que se opone a Aira porque Aira simplemente tiene cierta relevancia intelectual, "no es tan fácil", no canta una que sabemos todos, no codifica la experiencia social como una revista de cultura juvenil, y bueno, esa impugnación me parece lamentable”. Me dijo que para él era un autor fundamental del siglo XX, pero no dejó de señalar que eso es el siglo pasado.
Yo, al final, intenté hacer como Aira cuando empieza a leer un autor nuevo, me metí de lleno en su obra y en saciar mi curiosidad. A medida que pasó el tiempo los libros se apilaron en mi biblioteca, la pasión cedió frente al respeto y mi interés giró a otra cosa. Sin embargo, llegó el día en que iba caminando por Paraguay y al llegar a Scalabrini Ortiz lo vi. Estaba fumando un pucho con Ricardo Strafacce en la vereda del Varela Varelita. Fue un segundo en que mis ojos se cruzaron con los de ellos, recibí una descarga de energía desde mi interior, bajé la vista y crucé la avenida, escapándome, perdiendo así la última oportunidad de decirle a César que él se convirtió en mi clásico.


 


Nota para Brando - Buscando a César Aira - Proceso creativo



Hernán Vanoli es escritor y editor de Momofuku. Esta es la entrevista que le hice para escribir la nota de Buscando a César Aira para la revista Brando.

Hernan Vanoli sobre César Aira:

En principio me gustaría saber si sos un lector de Aira y si te gusta.
Fui lector de Aira, hasta que digamos "entendí su proyecto". Lo disfruté y valoré, en las diferentes vetas que tiene su escritura, tanto en los diferentes registros -ensayo o novela- como dentro de su novelística. Soy admirador de su imaginación y de su persistencia, pero no soy un fanático. Sin embargo, cada vez que veo un libro suyo me veo tentado a leerlo. Hace unos días, en una feria, ví que la editorial Blatt y Ríos vendía "Artforum", lo pensé dos minutos y ya lo habían vendido. 


¿Qué pensás de su obra?
Creo que es un escritor fundamental para pensar la literatura argentina de la última parte del siglo XX. Junto con Fogwill y con Piglia, y quizás Marcelo Cohen, a mi entender, son tres referencias que cualquier escritor que trabaje desde nuestro país debe tener en cuenta. Creo que su obra es múltiple, y que ambiciona un destino para la literatura. No son muchos los autores sobre los que se pueda decir eso, Aira en sí mismo es un universo, un procedimiento, y una fábula sobre la relación entre el sistema de distribución de la lengua y el sistema de existencia de los objetos. Sus libros fueron hechos para ser leídos en bloque, como un proyecto artístico ambicioso, de vanguardia y de pos-vanguardia al mismo tiempo, es decir, como una síntesis entre los derroteros que puede asumir el arte en nuestra era. Pero también hay algunos que son notables por sí mismo, no voy a descubrir yo por ejemplo a "Ema, la cautiva"; lo que al mismo tiempo significa que si se toma cada libro es un autor muy desparejo. Finalmente, y a mi juicio, es un escritor del siglo pasado. Escribir ficción quizás sea una tarea del siglo pasado, pero siento que el dispositivo de enunciación creado por Aira, que es singular, maravilloso, que es una fábrica de mundos y una apuesta por el poder de singularización de la experiencia a través de la imaginación puesta a trabajar desde el interior de la lengua y los protocolos de la cultura, ya no tiene tanto para aportar teniendo en cuenta el actual desarrollo de la cultura y de lo político. 


¿Cómo creés que impactó la obra de Aira a tu generación (que es la inmediata después de la suya) y a la de los escritores en formación ahora mismo?
No estoy seguro de a qué generación pertenezco, pero creo que hubo múltiples posturas. Están quienes eligieron venerarlo, en algunos casos extremar su propuesta, en otros homenajearlo, están quienes eligieron tenerlo en cuenta pero asumir derroteros diferentes sin por eso negar su notable influencia, y están quienes eligieron negarlo. Yo me siento en el segundo grupo. A los escritores en formación el proyecto de Aira les genera preguntas, y creo que eso siempre es algo bueno. 


Mi hipótesis a trabajar en la nota es que una vez que se lo conoce no se puede ser indiferente a él, se lo ama o se lo odia. ¿Por qué creés que su obra (o su personaje) despierta estas pasiones en la literatura argentina? 
Es que la potencia de la obra de Aira en parte radica porque choca contra el sistema de expectativas de los lectores. Entonces aquellos que sólo esperan realismo, trama, desarrollo de psicología de los personajes, cierta solemnidad más bien ligara a la crónica o al periodismo, o productos de género bien elaborados lo rechazan. Por otra parte, los que le piden a la literatura libertad, sofisticación intelectual, liviandad, alegría, ironía, ambigüedad, lo aman. Para mí, la literatura de Aira es un género en sí mismo, y eso lo convierte en una suerte de clásico, Aira es en un punto nuestro Borges, y es hijo de Borges, con todo lo bueno y lo malo que eso significa. La disputa por Aira es una manera de tramitar la disputa entre poéticas realistas y poéticas antirrealistas. Claro que yo entiendo que esa discusión está caduca, pero ese es otro tema. 


Por qué creés que hay una corriente de escritores que escriben como una reacción ante el estilo Aira. ¿Qué rasgo de su literatura es a la que se opone?
Por un lado está Fabián Casas, que tiene un texto muy conocido donde dice que "Aira nos cagó" y lo opone a la figura de Cortázar, comprometido, poético, politizado, con cosas para decir sobre lo social o en realidad sobre la sociedad. Creo que hay un momento de verdad en la crítica que le hace Casas en torno a su frivolidad, a cierta falta de espesor, a su perseverancia en cierta manera retorcida de conceptualismo que Aira representa. Claro que si uno después ve el tipo de intervenciones de Casas, bueno, quizás se queda con Aira. Después, hay otra crítica de una generación más joven, una acusación de frivolidad y de sintonía con cierta superficialidad del noventismo en nuestro país. Esta tiene dos partes. De un lado, hay un ensayo notable de Diego Vecino que contrapone la figura de Aira a la de Ricky Espinosa, el cantante de Flema, como dos casos extremos de responder a la cultura dominante de los noventas desde el arte. Ahí Ricky sería un artista punk y Aira un artista cómodo cuya obra entra en sintonía con cierta necesidad social de que el arte no incomode sino que "abra mundos" para que mientras tanto las fuerzas del mercado hagan lo que quieran. Ahí también siento que hay un momento de verdad, aunque también es cierto que en el fondo Aira concibe a la literatura como un principio creador de protocolos de lectura, algo que el punk nunca pudo hacer porque se quedó siempre en una fase infantil y nihilista. Pero también en forma reciente hay un pedido de politización o de profundidad hacia Aira que viene desde un lugar muchísimo más superficial, una suerte de neopopulismo experiencial que se opone a Aira porque Aira simplemente tiene cierta relevancia intelectual, "no es tan fácil", no canta una que sabemos todos, no codifica la experiencia social como una revista de cultura juvenil, y bueno, esa impugnación la verdad que me parece lamentable. 


La escritura de Aira es veloz, su política de publicación es casi frenética, sus temáticas fantásticas están desligadas a cierta literatura "social" o "política" que él rechaza. Rompió con una postura más solemne del escritor argentino. Si es que compartís esto, ¿cómo creés que afecta a la literatura argentina?
Si rompió con la solemnidad creo que la afecta de modo positivo. Si generó la fantasía de que escribir es un acto rápido y desordenado donde lo más importante es publicar materiales de baja calidad -no todos los rentistas son Flaubert- la influencia me parece nefasta. La verdad es que no lo sé; pero estoy seguro de que su planteo es de un siglo diferente al que me toca vivir. 

¿Cómo se puede escribir después de Aira?
Personalmente no me preocupa. Creo que Aira es un gran escritor, único, autoexigente, prolífico, totalizador, una suerte de genio. Creo que eso puede ser inspirador, pero por supuesto que la literatura no termina ahí ni mucho menos. Si me preguntases cómo se puede escribir después de Thomas Pynchon sería un problema, pero después de Aira se puede escribir de mil maneras. 

Por último, ¿por qué creés que le va tan bien en el extranjero cuando en Argentina es casi un desconocido fuera del mundillo literario?
Creo que el reconocimiento internacional es merecido, pero que también da la pauta de que se trata de un autor complaciente. El sistema literario mundial está muy jerarquizado, y de América Latina sólo se pide exotismo, irracionalidad, melancolía, quizás vanguardismo juguetón; los países centrales quieren la gran tradición para ellos, y ahí está Junot Díaz para hacer el papel de buen salvaje; o los desaparecidólogos para ayudar a que los poderosos se sientan bien tocando temas humanitarios y de denuncia. Nosotros nos creemos eso y por eso se acostumbra a que en gran medida se escriban copias poco felices de John Cheever o libritos que parecen folletos de pizzería. Sin embargo, también hay cosas nuevas que pueden generar la ilusión de que eso está cambiando. 

Bonus de Hernán:
Es cierto lo del procedimentalismo y lo del siglo pasado, pero también yo valoro el lugar de la imaginación en lo que Aira cuenta. Creo que valoro más eso que las otras dos cosas; por eso lo prefiero antes que a Casas y a todos los que sostienen poéticas realistas (incluso los del siglo XIX), salvo quizás a Fogwill. Lo que yo creo es que el dispositivo de Aira es anterior a internet, por un lado, que todo su proyecto se basa en una circulación -diría que anticipa- la circulación poco monetarizada de los textos, que es propia de internet. Eso es también un mérito. Ahora bien, para seguir escribiendo, me parece que montarse en eso que inventó Aira hoy no es tan productivo. A mí me interesa más mirar lo que hacen otros escritores que incorporan la cuestión de la palabra hecha imagen, los hipervínculos, la saturación de información, contactos y vigilancia, desde otros lugares en un punto más tradicionales pero en otro punto más novedosa. Y no puedo dejar de comparar, por ejemplo, a Aira con Thomas Pynchon. Pynchon es muy Aireano en un punto, pero en otro escribe sobre los grandes problemas de la modernidad y de la posmodernidad, la política y la historia, y desde un lugar súper complejo y no tan liviano. En esa línea, me gusta mucho Mark Z. Danielewski, que está en un plan similar pero mucho más moderno. Me parece que su proyecto es propio de un país muy subordinado, y creo que si Argentina quiere crecer tiene que pensarse, al menos desde sus escritores, como una superpotencia, no en el sentido de como un país capitalista confortable sino en el sentido en el de un país con altas exigencias estéticas y una impugnación fuerte a la modernidad, no regresiva sino para adelante.