8 de octubre de 2016

La Agenda: Yo amo internet

Este romance empezó en la habitación de mi hermano. Entre sus zapatillas gigantes de Michael Jordan, pelotas de básquet y posters de Guess y Carola del Bianco estaba la computadora de escritorio que era su máximo tesoro. Después de muchas peleas entre nosotros, y con mi vieja como mediadora, logré que me prestara la computadora mientras él no estaba. Como nos llevamos seis años, algunas noches él andaba vagueando por las calles y yo tenía 13 púberes años que aprovechaba para conocer mi primer amor: el dial up.

Al son del ruidoso ventilador interno del CPU y el calor que me incineraba la pierna derecha, me conectaba a internet cada vez que podía mediante la línea de teléfono fijo. Parece la prehistoria pero sólo fue hace 19 años. No sabía muy bien qué hacer en internet pero sentía una gran atracción por la pantalla de fondo negro y la luz de letras blancas que iban apareciendo y recién ahí, cuando el DOS le hacía paso a Windows, el color se volvía azul.

Investigué en el buscador de Yahoo! (RIP) cómo tenía que hacer para chatear en una sala de MiRC y entré por primera vez al canal #Argentina. Fui a ese porque en el de #Neuquén, provincia en la que vivía, no había prácticamente nadie. El chat era una pantalla total donde iban apareciendo frases que distintos usuarios iban publicando, todos con nicks relacionados al físico o las bandas que les gustaban. Era casi imposible seguir una conversación porque eran tantas personas que no se entendía nada. Había mucha gente que entraba todos los días y estaba horas. La forma de chatear en privado era doble click en el nick, entonces la clave era tener un seudónimo sobresaliente. Yo estaba descubriendo a John Frusciante, como el hombre más hermoso de mi mundo y el destinatario de mis suspiros rockeros. Mi nick, entonces, era LaFrusciancita13. Había tres claves ahí: la edad, el género y el gusto musical. En esa época había menos información, quienes lo entendían eran pocos, cosa que me daba jerarquía en el canal.

Dos años después, a los 15, empecé a usar ICQ. El chat de la florcita verde además de hacer un sonido hermoso cada vez que recibías un mensaje tenía el gran don de poder ver a los usuarios que estaban en la misma ciudad que vos. Ahí conocí a Matías, un chico cinco años más grande que vivía a 15 cuadras de mi casa. Durante un año entero chateábamos todas las noches durante dos horas. Para ese entonces mis papás llevaron la computadora al comedor para que sea más equitativo el uso de internet. Además de eso, yo tenía amigas por carta en todo el país a las cuales llegaba por mensajes tipo clasificados en la revista Billiken y con las cuales nos enviábamos fotos de los Red Hot Chili Peppers y los Backstreet Boys. A ellas les contaba que Matías era mi cybernovio. A ellas nunca las busqué en internet.

La vida que llevo la puedo hacer en gran medida gracias a internet. Todos los proyectos, mi trabajo, el podcast https://soundcloud.com/loscartografos, muchos de mis amigos, algunas parejas, las ciudades remotas que conozco vía Street View, y otra vez: la música, los libros, las películas. Todo eso es gracias a internet. Pero no a todos le pasó lo mismo y no para todos es tan natural y asombroso.

El 18 de mayo del 2015, un día después de que se estrenó el último episodio de Mad Men subí a Facebook una foto de Peggy Olson, el personaje femenino que acompañó a Don Draper durante siete temporadas. Mi papá comentó la foto haciendo notar su confusión, ¿por qué alguien que se llamaba igual que su hija subía una foto de alguien que no era su hija? Estaba sorprendido. Lo tuve que llamar y explicarle que la cuenta era mía y que yo había subido una imagen de algo que me interesaba. Si para las personas de 60 años internet es casi de manera exclusiva Facebook, y Facebook es algo incomprensible pero a la vez adictivo, ¿cómo es para los que nacieron en los ’90? ¿Cómo viven la realidad/virtualidad aquellos “nativos digitales”? ¿Internet es tan importante para todos por igual? Esa curiosidad me surgió hablando con alguien en Twitter hace unos meses: cada cual tiene una historia personal sobre su vínculo con la red y cómo cambió la forma de relacionarse entre las personas. Entonces hice un cuestionario rápido de 8 preguntas, se las mandé a varios amigos de distintas edades y con las primeras respuestas armé un blog sobre internet. Se llama “Amo internet” http://amointernet.tumblr.com/ y ya tiene 80 cuestionarios online.


La web, como tal, nació el 23 de agosto de 1991. Ese fue el día que cualquier usuario pudo acceder a la primera página de la World Wide Web (WWW). La diseñó un tal Tim Berners-Lee, de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en inglés) en Suiza. En su origen, ese canal era sólo para comunicarse internamente con sus compañeros de trabajo con acceso de usuario de CERN.

Al poco tiempo permitió que cualquiera pudiera ingresar a la URL de esa primera página web. De hecho, en su vigésimo aniversario se restauró la página tal como estaba y se la puede ver en http://info.cern.ch/hypertext/WWW/TheProject.html

Ese día, el 23 de agosto de 1991, (hace 25 años) se lo marcó como el Día del Internauta. En abril de 1993, CERN anunció su decisión de que el código base de la Web sería gratis y libre de regalías a perpetuidad.

Una noche de aquel 1997, Matías me contó que había ido a hacer un trámite al centro de Neuquén e hizo referencia a un lugar que quedaba muy cerca de mi casa. Al pasar le dije que yo vivía por ahí y la conversación siguió su curso. A la noche siguiente sonó el teléfono fijo, atendió mi papá, era Matías, había buscado en la guía telefónica todos los Zanellato que vivían cerca y me encontró. Me enojé tanto por el hecho de que haya roto ese código de realidad/virtualidad que dejé de chatear en ICQ. No le hablé más.

Para mí, que durante la adolescencia me costó interactuar con la gente en el plano de la realidad, que no conocía a nadie con intereses similares a los míos, internet fue la salvación. Un refugio y un canal para dejarme conocer a través de las palabras, para descubrir un montón de cosas que me recomendaban personas que no conocía en carne y hueso pero que igual me compartían links desde cualquier parte del mundo sólo para que yo sea un poco más feliz. Internet fue mi educación formal y también la sentimental.


Puedo dividir las experiencias de internet en tres grandes grupos de personas: las generaciones post 40 años, aquellos que nacimos en la década del 80 y los que nacieron después de los 90. En general, los nativos digitales no le dan tanta importancia a internet porque nacieron con esa herramienta; no logran entender del todo el potencial de información y curiosidad que hay ahí. Los de 30 la amamos, aún aquellos que no están conectados todo el tiempo en todas las redes sociales. Los mayores de 40 se dividen entre la entrega absoluta a su poder de seducción y los escépticos, reservados, los que piensan que la realidad nada tiene de virtual.

En estos 80 cuestionarios encontré cinco personas que recordaban de memoria su número de identificación de ICQ de ocho cifras, gente que sabe qué fue lo que buscó por primera vez en internet, mucha gente que empezó a chatear en los foros de discusión de Harry Potter, tantos otros a los cuales les robaron la identidad en la virtualidad y plagiaron sus trabajos.

También, muchos momentos memorables que existieron gracias a la red, como lo que le pasó a Santiago. Que me lo contó así: “en una ocasión participé de una videoconferencia de Skype de pre-filmación, en inglés, desde el locutorio de un supermercado del conurbano”. O la anécdota de Lucas: “un amigo dejó un comentario en un post mío diciendo que le había gustado un chico que repartía volantes en un recital, el pibe lo leyó y tuvieron una cita que terminó en una noche de pasión“. O a Malena, que en un cyber de San Cristóbal en 2005 le cortó por Skype a un novio italiano que tenía, mientras él estaba trabajando en Yemen. “Fue terrible porque ese día me llevó flores y me las puso delante de la cámara”, dijo en el blog.

Todos tenemos un romance con internet. El mío empezó en 1997 y dura hasta hoy.

La nota: acá: http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/151287295940/yo-amo-internet
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ROMINA ZANELLATO

Romina Zanellato es periodista y escritora. Colabora en medios como Brando e Inrockuptibles. Cursó la Maestría en Escritura Creativa de la UNTreF y es parte del podcast Los Cartógrafos. En Twitter es @romizanellato.

1 de septiembre de 2016

Nota Brando - Tras los pasos de César Aira

Tras los pasos de César Aira

Una periodista se obsesiona con la figura del autor más prolífico y misterioso de la literatura local y se propone descubrir qué hay detrás del mito construido alrededor de un escritor que suena en las apuestas como candidato al Premio Nobel, que tiene publicados 90 libros y sigue agotando ediciones, que hace tiempo se retiró de los circuitos oficiales pero se pasea por las ferias independientes, y que a pesar de no dar notas a los medios nacionales, es una presencia constante. 
Por Romina Zanellato 
Feria del Libro 2012. Frente a mí estaban las tres versiones de la tapa de El mármol, el libro de César Aira editado por La Bestia Equilátera. ¿Llegó el momento de leer a Aira? Elegí la tapa de las caricaturas y me volví a casa con cierta resistencia. En la contratapa se leía: "A falta de cambio, el cajero de un supermercado chino le ofrece al protagonista de esta novela que elija entre un montón de naderías. Resignado, el hombre manotea al azar unas pilas chinas, un ojo de goma con luz, una tabla de proteínas, una hebilla dorada, una cucharita lupa, un anillo de plástico y una cámara fotográfica del tamaño de un dado. Ignora que al salir lo espera una aventura, y que a esos objetos que cree inútiles podrá darles una función insólita en cada capítulo de sus andanzas". Tenía un prejuicio fundado en cosas azarosas que había escuchado sobre sus novelas y el recuerdo de algunas contratapas delirantes como esta. ¿El hombre escribe fábulas? La literatura argentina, la alta y buena literatura bien aprendida por la cultura, es cosa seria, dicen, y Aira parecía que se dedicaba a contar historias surrealistas, ridículas. Las tramas eran absurdas y El mármol, en un principio, me confirmó todo eso que había elaborado sin mucha conciencia. 
Lo padecí. Mientras avanzaba en su lectura viví una ansiedad insoportable, la narración tenía una velocidad tal que parecía que estaba siendo escrita al mismo tiempo en que la leía. Nunca había sentido ese vértigo antes. Cada vez que entraba a un supermercado chino reconocía una descripción de Aira sobre algo que no había notado antes, cada vez que el cajero me daba el vuelto en chucherías esperaba que fueran llaves, pequeños tesoros capaces de destrabar mis problemas cotidianos. Fueron meses reviviendo El mármol entre las góndolas del chino hasta que entendí, ¡qué libro más fantástico! Lo volví a leer, esta vez deslumbrada por su poder, y me compré otros. La sección Aira de mi biblioteca creció considerablemente, con sus tramas imprevistas y fantásticas. Podía ir de Yo era una niña de siete años, donde la narradora es una niña que vive con su padre, el rey, y sus dos sirvientes, hasta Varamo, donde cuenta un día en la historia de un panameño que escribe un poema que cambia la historia de la literatura, o sumergirme en La guerra de los gimnasios, con contratapa de Fabián Casas en la que dice: "Aira -a pesar de hacernos reír a granel- es el escritor argentino más serio que existe. Nadie cree con tanta convicción como él en el poder de la escritura. Y tiene razón [...]. Esa electricidad que produce el amor, pero que también logran los hábiles fabuladores, forma parte esencial de la prosa aireana". 
De sus libros pasé a preguntarme por él, y la periodista que hay en mí superó a la lectora. Quise saber quién era, qué pensaba sobre determinados temas sociales, artísticos, coyunturales. No encontré nada reciente. Las fotos que me daba Google eran bastante viejas. Su mito me hizo acordar al J. D. Salinger o Thomas Pynchon, escritores recluidos que eligieron convertirse en nombres sin cara pública. Un punto más a la curiosidad. Me propuse, entonces, investigar al escritor que en 2015 fue nominado al Man Booker Award -premio inglés de 60.000 libras que se disputa entre los 10 mejores escritores del mundo-, que está entre las apuestas a ganar el Premio Nobel, que tiene más de 90 libros editados y al que Patti Smith cita como uno de sus favoritos. Vivir al mismo tiempo que un clásico es muy difícil, que se lo reconozca como clásico mientras vive es casi imposible, que esté tan cerca es una tentación que no pude contener. 
El universo Aira
Wikipedia dice que nació en Coronel Pringles el 23 de febrero de 1949 y que al cumplir los 18 años se mudó a Buenos Aires, al barrio de Flores, en el cual aún vive. Durante los primeros dos años fingió estudiar Derecho, después se puso a escribir. Está casado con la poeta Liliana Ponce y tiene dos hijos. Como el mundo virtual no ofrecía nada más, acudí a libreros y editores, y hubo unanimidad en el diagnóstico: lo que hay de Aira se vende. En una librería conviven novelas de $300 con algunas ediciones de $40, editoriales multinacionales con cartoneras. ¿Y él?: "Es un tipo normal", me respondía el coro. 
En el medio de mi pesquisa me crucé con una novela de Ariel Idez que se llama La última de César Aira, en la que el escritor es el personaje principal, el malvado que quiere destruir la literatura argentina. Alguien más está obsesionado con Aira, pensé. La novela es un disparate aireano que plantea una posibilidad certera: su maquinaria semántica, su superproducción, no solo puede acabar con él mismo sino también con la literatura argentina actual. "Qué bodrio", me decían mis amigas cada vez que daba vueltas sobre el asunto. ¿Nadie se da cuenta o yo llegué muy tarde? 
Descubrí en YouTube algunas entrevistas que le hicieron hace algunos años, disertaciones y también notas para revistas estadounidenses como BOMB. Supe que todas las mañanas va a un café de Flores para escribir a mano una o dos páginas diarias. Usa cuadernos de papel liso, sin renglones ni cuadriculado, con espiral, que compra en la papelera Wussmann. Escribe con una lapicera Montblanc de tinta negra. Todo lo compra siempre en el mismo lugar, se lo guardan para él. Es un hombre metódico y de rutina. Le dijo a María Moreno, escritora que lo entrevistó, que esa exacta combinación de la tinta y el papel le asegura un buen ritmo de escritura, corre bien por la hoja, no la mancha, fluye sin entorpecer la imaginación. Antes del mediodía vuelve a su casa, pasa a la computadora lo que escribió, se deshace del papel, de las huellas de su proceso creativo. 
Adivino que es obsesivo, ordenado, que se toma muy en serio el acto de imaginar. Descubrí que no le interesa la psicología de los personajes como en las novelas clásicas, que le gustan los policiales, el cómic, que lee algunas cosas nuevas pero que, en general, no las comenta. Averigüé que su grupo de amigos más cercano son escritores. Él los nombra: su amigo de la infancia Arturo Carrera, Tamara Kamenszain, Sergio Bizzio, Alberto Laiseca, Ricardo Strafacce. Lo fue también Rodolfo Fogwill. Hay otros más jóvenes, con ellos anda por esos lugares donde me lo nombraban como habitué: Pablo Katchadjian, Francisco Garamona, Damián Ríos, entre otros. Le gusta la tertulia literaria, aparecer en la feria de editoriales independientes La Sensación y en la librería La Internacional, en el café Varela Varelita, pero no en los eventos del circuito formal o mediático de la literatura. 
Un día recibí un mail de una amiga ilustradora donde me contaba un suceso que entendí como el contagio de mi obsesión. "Estaba en Varela Varelita y vi a César Aira en la mesa de al lado. Cuando se estaba yendo se acercó y me dijo que siempre me miraba dibujar, que me veía muy concentrada y me felicitó. Antes de irse saludó al mozo y el mozo le dijo: «Chau, Oscar». No era él". No descartamos la posibilidad de que el mozo le hubiera cambiado el nombre para jugar con su mito. 
Podría haber sido, porque está interesado en el arte. En el sello Blatt & Ríos editan todos los años al menos una novelita de él, la última que leí es Artforum, un compendio de relatos que él denominó autobiográficos -esto lo dice en una nota española-, sobre su obsesión con esta revista de arte moderno, de distribución casi inaccesible en el país. El fetiche me pareció un gesto, una pista. 
En la librería La Internacional hay una parte de la biblioteca solo de textos de Aira. En las paredes del salón del fondo hay una colección personal de arte de Francisco Garamona, su dueño y editor de Mansalva. Mientras maquetaba un futuro libro de la editorial, me señaló sin mirarme tres cuadros pequeños de colores estridentes que había sobre la pared. "Los pintó César", me dijo. Parece que no hay más que esos tres y no están a la venta. Después encontré una nota en la que dice que lo que de verdad le hubiera gustado hacer es dibujar, pero no tiene el don, que él cuando se deja llevar por la trama siente que está pintando un cuadro. Tan cerca, además, a la poesía. 
Damián Ríos, uno de sus editores, me comentó que a Aira le gusta tener una relación cercana con quienes lo editan, sentir confianza y aportar al catálogo. El texto se entrega cerrado y son pocos quienes se animan a hacerle comentarios, Ríos es uno de ellos. "A veces lo que parece un error es una genialidad, pero también puede ser un error, siempre hay que preguntar". Aira está al tanto de todo el proceso, aprueba las tapas, los materiales, pero no interfiere. Cada libro de él que imprimen lo venden. Aira tiene un séquito de fans que compra todo lo que haya. En Mercado Libre hay primeras ediciones de novelitas que se venden a $1.000: es material para coleccionistas. 
Las piezas más preciosas en la biblioteca son las traducciones. En la mía tengo una edición de El mármol en italiano, publicada por Ediciones Sur, de tapa dura forrada en tela turquesa, impresa con serigrafía. Una belleza bastante inútil porque no sé leer en italiano. Tengo otros ejemplares de otros idiomas que les fui pidiendo a todos los que viajaban al extranjero. Mi hermano me trajo The Musical Brain, su libro de relatos que editó New Direction Books y que The New York Times eligió entre las mejores 15 tapas de 2015. Es un holograma con una mano que se mueve y prende una chispa con el dedo índice. 
La construcción del mito
Como un fantasma escritor, Aira está en todos los catálogos, desde las editoriales más chicas hasta las grandes como Planeta o Penguin Random House. En una cena de editores me enteré de que con esta última corporación edita directamente desde España, donde hace poco se inauguró la Biblioteca César Aira. "No pasa por acá, ni nos enteramos", me dijeron. En el caso de Emecé (sello perteneciente al Grupo Planeta) tiene su propia colección, que edita Mercedes Güiraldes, con quien trabaja hace décadas. 
En general, los escritores no publican del modo en que él lo hace -en varias editoriales a la vez-, probablemente porque su producción es tal que ninguna casa podría sacar cinco novelas al año. "Es difícil decir si hay o no estrategia detrás de esa manera particular de Aira de publicar. Creo que forma parte de una estética y de una ética de autor. Es un indudable gesto de libertad artística e independencia personal y es indisoluble de su forma de concebir la literatura. Pero esa forma tiene su eficacia. Sin prisa y sin pausa, Aira creó una obra impresionante, rupturista y clásica a la vez, quizás la más original de la literatura argentina desde Borges", definió Güiraldes. 
Una vez leí una nota en la que se teorizaba acerca de que un escritor debe ser un hombre-enciclopedia, saber de todo para poder escribir sobre todas las cosas. Lo llamaba "el hombre universal". Pienso que Aira escribe de manera fragmentaria una serie de textos que publica de manera constante y que conforman una obra total, un gran libro por completar. No hay novelitas aisladas, hay una continuidad que las une en un proyecto enciclopédico y también en un lenguaje propio. ¿Cuánto de su mito personal no fue también una creación propia? ¿Cuándo se termina el libro? 
Antes, cuando sí daba notas, Aira causaba bastante revuelo. En 2004, le hicieron una entrevista en Clarín donde dijo que "el mejor Cortázar es un mal Borges"; ahí, también dijo que Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini eran sus referentes como escritores, modelos de vida y actitud. Aunque hizo la salvedad de que no necesariamente los modelos de vida actúan en uno como ejemplos. Después del escándalo que se generó a raíz de su opinión no habló más con la prensa. Su amigo Ricardo Strafacce dice que le da pudor aparecer en los medios dando un juicio muy categórico porque no se toma en serio a sí mismo, cree que el escritor habla en su obra. En las notas que dio en otros países también tiró frases polémicas, pero ya sin ofender a nadie. "Soy de los raros escritores a los que les gusta escribir realmente", dijo en una entrevista que le hizo el escritor danés Peter Adolphsen en el Louisiana Literature Festival en 2012. "Hay muchos escritores que quieren seguir siéndolo por los beneficios sociales que trae, entonces cada 10 años hacen el esfuerzo por seguir manteniendo el carnet y hacen el sacrificio de escribir un libro". 
"¿Podríamos soportar una verbosidad tan demencial, alguien que además de publicar cuatro o cinco libros por año esté hablando en todos los suplementos y las revistas?", me preguntó Mauro Libertella, periodista y escritor. Lo fui a buscar porque alguien me dijo que él había leído todo lo publicado de Aira. Son pocos lectores los que pueden cargar ese título. Me lo negó en el primer acercamiento, solo leyó alrededor de 20 de sus libros publicados, no es más que una mínima parte. Libertella hace poco editó un libro de entrevistas a los grandes escritores latinoamericanos para la editorial chilena de la Universidad Diego Portales; Aira se negó a participar. 
"Me parece que no podríamos soportarlo. Es su literatura lo que lo puso en el lugar en el que está, cualquiera que sea ese lugar. Él se movió bien e hizo el trabajo largo, el de fondo: buscó antes la institución literaria que el mercado. Entonces nos llegó antes la idea de que Aira era un escritor importante que la proliferación total de sus libros, que sucedió hace unos 10 años, cuando todas las editoriales, nuevas o antiguas, querían publicarlo. Durante los 80, Aira intervenía fuerte en el debate literario, publicaba en revistas y se metía en quilombos. Esos fueron sus años de verdadera construcción profunda. Lo que estamos viendo ahora, me parece, es la estela que dejó ese trabajo verdaderamente intenso de años". De a poco, empecé a creer que su silencio podía ser leído como una estrategia muy inteligente. Sus juicios, evidentemente, son categóricos porque su archivo así lo demuestra. Se mueve en un círculo amistoso al cual le es fiel y respalda. También expulsa con determinación a muchos otros. 
En el medio de mi búsqueda por saber quién es Aira, escuché que iba a disertar en el Museo del Libro y de la Lengua a favor de su amigo Pablo Katchadjian, escritor que aún enfrenta un juicio por plagio por parte de María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges. Fue la única aparición pública que supe de él en los últimos años. Fui emocionada por poder verlo, escucharlo y, tal vez, tener la posibilidad de hacerle varias preguntas que tenía pensadas. Me senté en el piso frente a él y lo grabé mientras hablaba de la invención: "Antes me llenaba la boca diciendo que lo que hacía era experimental. Desde que escuché una frase de William Burroughs no lo digo más. La frase dice que una escritura experimental es un experimento que salió mal, si el experimento salió bien es un clásico. Yo, a su vez, creo que no hay ningún clásico que no haya sido antes un experimento". Se oyeron risas en el auditorio, las oigo hoy en mi casa al escuchar la grabación. Y recuerdo cómo se fue rápido por la puerta lateral, y así se escapó mi primera oportunidad real de hablar con él. 
Su permanencia
Hay algo emocionante en la forma en que construye sus narraciones. Cada uno de sus libros, esas pequeñas novelitas de 100 páginas, contiene un universo diseñado a escala, creado en el momento en que lo escribe. Aira es un amo de las palabras, a las que amasa con destreza para crear imágenes poderosas y verosímiles. Su talento es tal que mientras plantea una secuencia narrativa surrealista, se las arregla para bajar línea y expresar su postura crítica sobre algunos temas de una manera casi imperceptible. 
La crítica literaria le dedicó su atención. Algunos lo califican de escritor de derecha por concentrarse en hacer cuentos de hadas dadaístas en vez de la literatura de denuncia social que tomó fuerza en los 90. Le pregunté a Hernán Vanoli, editor de Momofuku y crítico: "Hay una suerte de neopopulismo experiencial que se opone a Aira porque Aira simplemente tiene cierta relevancia intelectual. No es tan fácil, no canta una que sabemos todos, no codifica la experiencia social como una revista de cultura juvenil, y bueno, esa impugnación me parece lamentable". Me dijo, también, que para él era un autor fundamental del siglo XX, pero no dejó de señalar que eso es el siglo pasado. 
Yo, al final, intenté hacer como Aira cuando empieza a leer un autor nuevo, me metí de lleno en su obra y en saciar mi curiosidad. A medida que pasó el tiempo, los libros se apilaron en mi biblioteca, la pasión cedió frente al respeto y mi interés giró a otra cosa. Sin embargo, llegó el día en que, caminando por Paraguay, al llegar a Scalabrini Ortiz lo vi. Estaba fumando un pucho con el escritor y abogado Ricardo Strafacce en la vereda del Varela Varelita. Fue un segundo en que mis ojos se cruzaron con los de él, recibí una descarga de energía desde mi interior, bajé la vista y crucé la avenida, escapándome, perdiendo así la última oportunidad de decirle a César que él se había convertido en mi clásico. 

11 de agosto de 2016

Nota IndieHoy: La nota 10.000


Indie Hoy tiene al presente en el nombre pero es el futuro. Y se sabe que para ser futuro tiene que haber habido un buen pasado, un gran pasado. Y lo hubo.
Para llegar a este 11 de agosto de 2016 se escribieron 10.000 notas que se publicaron bajo el nombre de Indie Hoy. El número es inmenso si se tiene en cuenta que es un medio autogestivo que nació hace (casi, casi) ocho años en una ciudad del interior de Córdoba.
El Indie que acompaña al Hoy significa independiente, significa una forma de hacer las cosas, de pensar la vida. Significa sentirse satisfecho en el hacer, del modo más noble posible, eso que uno sabe hacer, y entregarlo a los demás, compartirlo, hacerlo girar, porque la rueda vuelve en más satisfacción, en orgullo, en amor.
¿Cuándo comenzó esta historia? En 2008. Matías Ferreyra y Rodrigo Piedra se conocieron en Villa María, ciudad que está a 153 kilómetros de Córdoba Capital y a 570 de Buenos Aires. Como en todas las ciudades chicas de las provincias, es rápido reconocer a quien está en la misma movida que vos. Básicamente porque suele haber un único lugar donde tocan las bandas que te gustan, y en Villa María el bar era Mundo.
Por esa época se estaba gestando una escena musical que tenía como exponentes a Macroporno, Gritar, Benigno Lunar, a los cordobeses de Ironía, y que dentro de ese circuito atrajo a esas bandas chicas que estaban empezando como Él Mató, 107 Faunos o Prietto viaja al cosmos con Mariano.
Las cosas se van dando solas. Los curiosos nunca dejan de buscar información sobre lo que les gusta, le interesa y ¿qué hacer con ella? Compartirla. Uno quería escribir y el otro diseñar, se fueron sumando amigos, pasó el blogspot.com, llegó el www.indiehoy.com, más de 120 personas escribieron en la página, se sumaron secciones gracias a la voluntad de Julieta Aiello en Cine y Miguel Zeballos y Gabriel Baigorria en Libros, y llegó un momento donde la música quiso estar en ese medio hecho para el lector que busca, para ese que escucha en bandcamp o va al mismo recital.
El Hoy de Indie Hoy está signado por un número impresionante: 250.000 visitas únicas mensuales promedio. ¿Los motivos? El top 5 de noticias más leídas de su historia:
1) Odeón, el Netflix de películas y series de Argentina
2) 13 nombres que suenan para el Lollapalooza 2017
3) Migue de La ola que quería ser chau denunciado por abuso sexual
4) Los 50 mejores discos de los 70
5) 12 canciones del verano 2016
Ahí está la síntesis de todo: lo más importante es la información, compartir la experiencia independiente, hablar de lo que nos importa, sin miedo, dar espacio, ser un registro, discutirnos como generación, como escena. El futuro de Indie Hoy está signado por lo hecho hasta ahora. Hay que celebrar, hay que seguir haciendo.

13 de mayo de 2016

Nota en Las 12 sobre mi blog Amo Internet

WWW

Memorias de Internet

Amo Internet es una página que recoge las primeras experiencias con la web de artistas y periodistas de diferentes edades.
 Por Malena Rey
Es momento de empezar a hacerse cargo de que las propias historias y relatos de vida pasan no solo por las anécdotas infantiles y las amistades entrañables que supimos conseguir, sino también, y en gran medida, por una web efímera e inabarcable que gobierna buena parte de nuestro tiempo. ¿Qué registro tenemos de cómo Internet fue cambiando tanto como nuestras existencias? ¿Nos dimos cuenta de que hace ya veinte años que está entre nosotrxs, transformando por completo nuestras formas de sociabilidad? Parte de esta arqueología emotiva es la que investiga, de forma lúdica y aliada de los tiempos que corren, la periodista neuquina Romina Zanellato desde su simpático Tumblr llamado Amo Internet. La premisa es simple y efectiva: convoca a un puñado de artistas, periodistas, críticxs, escritorxs, productorxs sub 45, y les hace a todxs las mismas preguntas: “¿Cuándo escuchaste hablar de Internet por primera vez? ¿Qué fue lo primero que buscaste? ¿Cuál fue tu primer nick? ¿Tenés una rutina de Internet?”, entre varias otras, como puntas de lanza para que cada cual divague en sus propios recuerdos del futuro que llegó hace rato. El resultado es interesantísimo: una serie de narrativas de experiencia personal en las que el espacio biográfico se cruza con la web como fábrica de anécdotas. Así como cada biblioteca es única e irrepetible, también cada navegación, cada chat, cada red social, muestra un perfil diferente de quien se hace ver desde allí. Con este tipo de material, el artista conceptual norteamericano Kenneth Goldsmith se haría una fiesta, tan interesado como está en encontrar las escrituras no-creativas que la red habilita cuando propone, por ejemplo, narrar nuestro historial de Google Chrome como si fuera un diario íntimo.
ICQ, mIRC, Fotolog y Napster son solo algunas de las plataformas que ya no existen, pero que en los albores de la web doméstica causaron furor. Como un código solapado entre sus antiguos usuarios, ahora en Amo Internet todos esos registros salen otra vez a la luz. Entre las respuestas de lxs entrevistados por Zanellato, llama la atención la ingenuidad de las primeras búsquedas en una web lenta, que se conectaba por dial-up e interrumpía, con sus distorsionados sonidos, el uso de los teléfonos fijos de las casas: nombres de bandas nacionales, foros de Harry Potter y fotos de tetas podían ser la excusa para perderse en esos buscadores mucho más restringidos y acotados de lo que son hoy, como si recién empezáramos a tener conciencia de que en esa abstracción llamada Internet había un Aleph disponible y no supiéramos cómo aprovecharlo.
Amo Internet sigue creciendo cada semana con nuevos testimonios, y da la impresión de que podría continuarse al infinito, ya que casi cualquier persona podría responder estas preguntas y marcar las coordenadas de su propia historia con la www. El criterio para seleccionar a los y las convocadas es bastante laxo, por suerte: “Me interesa que haya gente de distintas edades para que se vea el proceso de irrupción de Internet en nuestras vidas. No es lo mismo alguien de 40, de 30 que de 20, algunos no saben lo que es mIRC o ICQ, ¡otros se acuerdan el número de memoria! También es diferente si sos de Capital o del interior; en las provincias fue muy importante como vínculo y encuentro entre ‘los diferentes’”, aclara Romina, también responsable de podcast literario Los Cartógrafos. “Soy neuquina y tengo 31 años, mi adolescencia en esa ciudad-pueblo me dio muchas libertades y también muy pocas posibilidades de encontrar cosas diferentes. Empecé a escribir gracias a Internet, me quedaba madrugadas enteras chateando con desconocidos. Gracias a Internet me enamoré, escuché la música que no hubiera podido conocer de otra manera, me mudé de continente: me formó en la persona que soy. Internet es un generador de curiosidad infinita para mí, es una alimentación constante”.

La nota, acá: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-10580-2016-05-13.html

Nota en Radar sobre Los Cartógrafos

INTERNET > LOS CARTOGRAFOS

LIBRE ESCUCHA

Ellos lo llaman “un experimento” y no lo consideran un programa de radio o cualquier otro formato convencional. Los Cartógrafos es un podcast y a la vez es el nombre que se dieron los hacedores de esta serie, Romina Zanellato, Nahuel Ugazio y Rosario Bléfari. Una serie que va por veinte episodios y que cambia de emisión a emisión, según lo exijan sus componentes, que suelen incluir lecturas y música con, por ejemplo, textos de Beatriz Vignoli, Martín Zícari y Romina Paula, lecturas de Pilar Gamboa, María Canale o Carla Crespo y sonidos de Atrás hay truenos o Guazuncho.
 Por Mercedes Halfon
Para hacer un mapa hay que explorar un territorio: registrar el descubrimiento de los senderos, alturas y profundidades, zonas húmedas y secas de un paisaje. A esta tarea se abocaron Rosario Bléfari, Romina Zanellato y Nahuel Ugazio. Ellos son Los Cartógrafos, hacedores de una serie sonora que con ese título y una primera temporada con 20 episodios online, ha ido construyendo un pequeño recorrido de caminos por las músicas, voces y literaturas de nuestro país.
Los Cartógrafos es un podcast, es decir, una pieza sonora colgada en Internet. Se puede escuchar online o bajar para hacer lo propio por la calle, en un celular o en cualquier dispositivo de reproducción. El formato está en auge, pareciera ser una de las variadas formas que Internet democratiza los vínculos con la información. Es usado generalmente por personas que quieren hacer su propio programa de radio o hacer sonar su música favorita sin pasar por una emisora convencional. Pero Los Cartógrafos no es exactamente una playlist ni tampoco un programa de radio. Como les gusta decir a ellos, lo que hacen es “un experimento” que cambia de emisión a emisión, dependiendo de los componentes que se viertan y mezclen en el tubo de ensayo.

SANTISIMA TRINIDAD

Hablamos entonces de un paisaje sonoro compuesto por tres elementos: un escritor, un músico y un actor. Con algunas variantes, ese es el formato que más se repite: un fragmento literario, leído por un actor o actriz con una impronta particular, sobre la base de melodías y ruidismos compuestos especialmente por un músico que interviene sobre ese cuerpo textual. En el arco que arman los primeros 20 capítulos algunas de las variantes fueron: un texto de la rosarina Beatriz Vignoli leído por Carla Crespo, mientras suenan bases vibrantes de Te King; Susana Pampín leyendo un fragmento de Chicas muertas de Selva Almada, sobre la distorsión de Guazuncho; la joven María Canale prestándole su voz al protagonista varón de Scalabritney de Martín Zícari, mientras suena Aldo Benítez; Pilar Gamboa encarnando Agosto de Romina Paula, acompañada por los sonidos de La Gran Pérdida de Energía; o Valeria Correa poniendo el cuerpo a un fragmento de El telo del papá de Florencia Werchowsky, con los neuquinos Atrás Hay Truenos regalando sus hipnóticos sonidos.
Claro que la yunta ideóloga del proyecto también reúne distintas vertientes de las artes y las tecnologías: Rosario Bléfari es música, poeta y actriz, Romina Zanellato es bloggera y periodista, y Nahuel Ugazio es CM y realizador audiovisual. Se conocieron hace poco tiempo, a partir de eventos típicos de la vida contemporánea –Romina y Nahuel Internet, Rosario y Romina en una nota, Nahuel y Rosario en un taller–. Compartían el deseo de realizar un proyecto vinculado a lo auditivo y se inclinaron por este género en alza. Zanellato reflexiona: “Lo que más me gusta del formato es que es de libre escucha, reproducción, transportación y deformación. El otro día se me ocurrió que alguien podría intervenir los audios y sorprendernos con un audio nuevo porque básicamente eso es lo más hermoso que tiene el formato: te lo bajás, lo llevás en el teléfono, lo escuchás en streaming en la compu, lo reproducís donde quieras, cuando quieras, te da todas las posibilidades que tiene internet.” Ugazio agrega: “Además suma esa cuota de experimentación que no te da el formato de un programa de radio tradicional. Siempre pensamos Los Cartógrafos como un espacio de libertad absoluta, por eso muchas veces nos sorprendemos cuando escuchamos los episodios terminados, nunca sabemos a ciencia cierta como van a resultar, y eso esta buenísimo. Además nos gustaba la idea de hacer un podcast de corta duración, que sea de fácil escucha y que bien pueda acompañar un viaje en colectivo o en el subte, sin cansar ni aburrir al oyente.”

OTRA BONITA PAGINA

Más allá de los nombres que reúne cada episodio –unos dream team del indie de cada sector– hay una indudable empatía que liga a los protagonistas de cada episodio que logra que se llegue a un clima potente que va de la inquietud a la ternura, del misterio a la hilaridad. En ese viaje siempre salimos con una serie de imágenes, unas sensaciones que quedan rebotando en los oídos y piden más. ¿Como definen qué entrará en cada capítulo? Dice Ugazio: “Tratamos que haya una cierta conexión entre las partes, a veces por una cuestión geográfica (siempre con la idea de trazar un mapa cultural), y muchas veces porque confiamos en el dialogo que tendrían esos artistas, que quizás no se conocen previamente, pero estamos seguros que van a funcionar bien. Incluso nos pasó que pensamos texto, actor y músico, y sin saberlo nosotros, ellos tres eran amigos previamente.” Las entregas no duran más de ocho minutos y en esa extensión logran una pequeña síntesis sonora y conceptual. Blefari dice: “El fragmento para mí funciona como cuando uno abre una página de un libro buscando algo y lee atraído por alguna palabra que caza al pasar, una frase, una visión. Eso puede llevar a interesarte por el texto completo. No me interesa tanto que el fragmento que hay en cada capítulo sea representativo o que tenga unidad independiente, sino que nos permita asomarnos a un mundo.”
La singularidad de estos universos está respaldada por las diferencias que dan su denominaciones de origen. Justamente, uno de los ejes de la curaduría de Los Cartógrafos es realmente trazar un mapa. Trasladarse de la barda a la llanura y de la montaña al mar. En los episodios hay una mirada infrecuentemente federal, con músicos, escritores y actores de distantes puntos del país como Corrientes, Neuquén, Tucumán, Mendoza, Córdoba, Entre Ríos, Bahía Blanca e incluso Chile y Uruguay.
El grupete cartógrafo actualmente está en cese de actividades, organizando la segunda temporada, que según dicen, tendrá novedades. Además preparan un show en vivo en el Centro Cultural Caras y Caretas –como los que han realizado en el CC Kirchner y el Museo de Arte Moderno entre otros sitios– el 15 de mayo donde a los sonidos se suman las caras y cuerpos de quienes los realizan. Por lo pronto se pueden escuchar los capítulos existentes en loscartografos.tumblr.com donde se guarda como una brasa encendida el misterio de lo que hacen. Par escuchar e imaginar. Porque como cierra Zanellato: “Los episodios de Los Cartógrafos terminan cuando el oyente crea ese paisaje en su mente.”

La nota, acá: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-11463-2016-04-30.html

13 de abril de 2016

Nota IndieHoy: crónica de grabación del cuarto disco de Diosque


El taxi se desliza como si estuviera flotando por la ciudad vacía en Semana Santa. El barrio de Constitución parece detenido en la siesta de un falso domingo, o el momento previo de una gran tormenta. El auto se detiene frente a una puerta grande y negra, justo antes de un contenedor rebalsado de basura. Tocamos el timbre con Dafna, la fotógrafa, y entramos a otra dimensión: un pasillo largo con cuadros de Bob Dylan, los Beatles y cientos de muñecos de Star Wars. Juan Román Diosque sale de una sala y nos chocamos en el pasillo, está envuelto en un pañuelo violeta: “llegaron justo, estamos grabando con Molli”.

No entiendo a qué se refiere y me quedo con Damián Cubilla (guitarrista) y Peta Berardi (tecladista) que charlan y tocan la guitarra, debajo de una escalera. Entrá, me dicen, es ahí. Empujo una puerta pesada y aparezco detrás de los controles donde está Jean Deon de un lado y del otro Diosque con Molly Nilsson.



Fotografía: Dafna Szleifer

Están grabando “Viéndolo“, un tema que Los Twist grabaron en 1985 para su disco La Máquina del Tiempo. Es una canción perfecta para ellos, la voz robusta y grave de Molly suena en los versos que cantó Daniel Melingo originariamente y Diosque hace los de Hilda Lizarazu, en un diálogo místico sobre el más allá.

Molly, de polera blanca de mangas cortas, los labios rojos y su pelo plateado, como una Storm de X-Men pero blanca y sueca, dice, “no quiero escucharme, sólo la pista por favor”, en un castellano perfecto. Jean Deon, productor de Constante, ex Michael Mike, tecladista de la banda, le pide de probar con los yo como “sho” en lugar del “io” que le sale. Ella se ríe, moderada, vuelve a hacerlo perfecto. La misma estrofa en agudo y grave, una y otra vez, hasta que están todos satisfechos y Diosque propone parar, “no quiero tocar mucho más un tema tan bueno”.
Fotografía: Dafna Szleifer
Fotografía: Dafna Szleifer

“Viéndolo” es parte de un single que Diosque va a lanzar pronto, sólo tiene dos temas, el primero es con Julieta Venegas, canción que grabaron en diciembre pasado. La relación con la mexicana empezó gracias a un tuit donde ella recomendó la escucha deConstante para todos los días de la semana. Diosque le agradeció por mensaje privado y después de un tiempo le pidió si podía mandarle una canción para que la escuchara, ella aceptó y le contestó rápido: ¿Cómo hacemos para grabarla? Justo a la semana venía a Buenos Aires y ahí salió. “Si no era así, probablemente hubiera quedado sólo en un tuit de internet”.

*

Es el segundo de cuatro días de grabación. Además del cover con Molly se van a grabar hoy los synthes y las guitarras de la canción “Nudos“. Es, hasta ahora, la más rápida (es decir, bailable) de lo que será el cuarto disco. El técnico de grabación tiene en uno de sus monitores tiras de colores que representan a los instrumentos que ya fueron grabados: la voz en estado de borrador, apenas como una guía, las baterías de Pedro Bulgakov, el bajo de Ben Ochoa y poco más.

Adentro del estudio está Jean Deon con Damián Cubilla para probar y grabar distintas ideas que tienen sobre la guitarra en esa canción. Jean canta lo que se imagina y Damián interpreta con una Rickenbacker original de 12 cuerdas, prueban varias opciones y graban una que le convence a todos. Afuera está Diosque con una criolla, está terminando de componer “Malestar en la canción“, tema que van a empezar a grabar al día siguiente. Rasguea la guitarra, canta para sí mismo, piensa. De lo que ensaya retengo dos frases, las escribo rápido antes de que se vayan y no vuelvan: “dime cómo es que la distancia nos define” y “las palabras se usan para decir lo que dicho está, lo que ya dicho está”. En esa repetición su voz se evapora en una estrofa aguda.

Las canciones (o las proto-canciones) del cuarto disco del tucumano se arman de a poco en las distintas salas del estudio Spector. Entre paredes que muestran la obsesión de alguien desconocido, la luz entra por el techo y se va junto con las horas que parecen cortas, que se comprimen y presionan. Diosque cambia de un momento para el otro, de un día al otro. Su concentración es la de un artista (o un niño), se ríe y se mueve entre el pasillo, la cocina, el estudio, la sala, la guitarra, el pañuelo, las facturas, el whisky, para frenar de manera imperceptible y ensimismarse en la acústica, en su cuaderno, en la timidez.

“Constante lo hicimos Juan y yo en mi casa, con la colaboración de Marcos Orellana (ex Michael Mike, Onda Vaga) que también estará en este”, me dice Jean Deon el tercer día de grabación, mientras preparan la batería para grabar las bases de dos temas más. “Lo hicimos con mis teclados y mis cosas, lo que teníamos ahí. Un poco más experimental que esto porque teníamos las canciones que eran sólo guitarra acústica y voz, como ‘Soy las seis‘, que tuvimos que ‘armarla’ con el universo que creamos juntos, con ese estilo de composición o experimentación. Esta vez tenemos una banda y un estudio, los temas ya los planteamos para que suenen como banda”.
Fotografía: Dafna SzleiferFotografía: Dafna SzleiferFotografía: Dafna SzleiferFotografía: Dafna Szleifer

Se suman capas y capas de material que se van armando en la cabeza –y computadora- de Jean Deon y Diosque, ellos tienen la visión global de lo que están haciendo aunque estén trabajando en una parte minúscula del sonido. Y son un equipo con roles muy específicos, como un monstruo de dos cabezas, cuatro manos y un mismo cuerpo. Están ahí operando al mismo tiempo, cada uno moviéndose en un registro de sensibilidad diferente con una visión clara y compartida.

*

Si Bote era un disco de ruptura y Constante uno de esperanza, de enamoramiento, ¿dónde estás ahora?
Ahora estoy en una meseta, arriba de todas las cosas. No sé cuánto durará ni me importa. Es parecido a antes y después. Eso es muy bueno, me siento muy bien, lo digo sin tonterías.

Grabaste tres discos sin banda, ahora estás hace dos años tocando con los mismos músicos, ¿cambió tu forma de componer? ¿Pensás en la interpretación grupal a la hora de hacer una canción?
Ojalá en el futuro me pase de componer pensando en cómo van a interpretarlo, sería como una app de lo que me pasa, pero no, voy a lo que tengo que hacer, escribir una buena letra, hacer unos buenos acordes y después ellos hacen cosas buenísimas con lo instrumental. Aparte de ser buenos autores y compositores por su lado, ellos son muy buenos intérpretes, que es una buena particularidad del músico. Es una orquesta.

¿Qué particularidad tienen estas canciones en relación al disco Constante?
Estoy continuando Constante pero yendo hacia otro lugar. Por ejemplo, adentro de una canción estoy cambiando los ritmos, todo puede pasar.

¿Son más bailables?
Es que Constante es un disco lento, es un falso-bailable. A veces lo estamos tocando y paro todo porque muchachos, ¡qué rápido está sonando! Es como algo más fuerte que nosotros, está en la carne. Pero esto es más lento aunque hay más synthes.

¿Chau al sampleo clásico de Diosque?
El sampler era la banda que quería tener, ahora no hay samples porque tengo a los muchachos. Sí hay synthes, que es algo medio nuevo para mí.

*

Hasta el tercer día de grabación hay entre cinco y seis canciones grabadas. Juan quiere llevarse 13 para elegir 11 porque lo bueno es corto, según dice. Sin embargo, llegan a grabar 8. Según el calendario, el domingo de Pascuas, último día en el estudio, van a grabar voces y los coros de El Chueco Ferrer.


Fotografía: Dafna Szleifer

Lo que suena hasta ahora es, sin dudas, un disco de Diosque pero con una personalidad diferente, una presencia nueva: la banda. En la siesta del tercer día de grabación algunos de los músicos y Jean Deon se encierran en el estudio a escuchar “Nudos“, que dura, en un cálculo rápido, cerca de 9 minutos. Diosque no está, fue a comprar facturas. Lo que se escucha es una canción que bien podría haber entrado en Constante hasta que en el presunto final hace un cambio de ritmo con unos rápidos golpes de bombo y redoblante que te impulsan hacia otro lugar, es como una eyección dentro de la misma canción de un lado al otro del sonido, un peloteo sorpresivo pero natural.

Esa misma fuerza que nace de la dupla batería-bajo es lo nuevo en el registro de Diosque. Las canciones suenan más melódicas, más lentas, sin embargo, siguen siendo experimentales. Todo el material que se grabará en estos cuatro días se usará como materia prima del disco. Todo esto será, en un momento posterior, la base con la que el monstruo de dos cabezas y cuatro manos de Diosque y Jean Deon hará el cuarto disco del tucumano. El resultado final está por escucharse.

La nota se puede leer acá: http://www.indiehoy.com/entrevistas/cronica-la-grabacion-del-cuarto-disco-diosque/

2 de abril de 2016

Nota para Brando - Buscando a César Aira - Nota final.

En la edición de abril de 2016 de la revista Brando del grupo La Nación salió mi nota Buscando a César Aira.
La edición de la nota estuvo a cargo de Fernanda Nicolini.

Esto que está acá es la nota final enviada a la editora. La versión publicada está en este link: http://www.conexionbrando.com/1933094-tras-los-pasos-de-cesar-aira
Publiqué en este blog todas las versiones trabajadas como documentación del proceso de escritura. 


Buscando a César Aira
Por: Romina Zanellato



2012. Feria del libro. Frente a mí las tres tapas de El Mármol, libro de César Aira que editó La Bestia Equilátera. Las analicé con detenimiento, las ilustraciones eran interesantes, llamaban la atención por los colores y dibujos entre las pilas de libros y libros que se ven todos los años en La Rural. ¿Llegó el momento de leer a Aira? Elegí la tapa de las caricaturas y me lo llevé a casa. Un año después lo leí. Insoportable, una lectura sufrida, tardé un mes en terminarlo y sólo eran 150 páginas. Nunca más un Aira, me dije, y lo guardé en la biblioteca. Pero no iba a sentirme así por mucho tiempo más.
Me resistía a leerlo. Tenía un prejuicio fundado en cosas azarosas que escuché, que leí sobre sus novelas en algunos medios y algunas contratapas delirantes. ¿Este hombre escribe fábulas? La literatura argentina, la alta y buena literatura bien aprendida por la cultura, es cosa seria y Aira parecía que se dedicaba a contar historias surrealistas, ridículas. Las tramas eran absurdas y El Mármol me confirmó todo eso que había elaborado sin mucha conciencia.
Lo padecí. Mientras avanzaba en su lectura viví una ansiedad insoportable, la narración tenía una velocidad tal que parecía que estuviera siendo escrita al mismo tiempo en que la leía. Nunca había sentido ese vértigo antes. Sí había sentido indignación, compromiso, amor, emoción al leer un libro, nunca vértigo. Y eso quedó en mí, cada vez que entraba a un supermercado chino reconocía una descripción de Aira sobre algo que no había notado antes, cada vez que el cajero me daba el vuelto en chucherías esperaba que fueran llaves, pequeños tesoros capaces de destrabar mis problemas cotidianos, cada vez vivía cierta ansiedad de aventura.
Fueron unos meses reviviendo El Mármol entre las góndolas del chino hasta que entendí, ¡qué libro más fantástico! Lo volví a leer, esta vez deslumbrada por su poder, y me compré otros, la sección Aira de mi biblioteca creció considerablemente, hasta que me interesé por él, hasta que la periodista que hay en mí superó a la lectora.
Como ocurre con todos los artistas que son de mi interés quise saber quién era, leer notas sobre él, saber qué pensaba sobre determinados temas sociales, artísticos, coyunturales. No encontré nada reciente. La cabeza capaz de producir esa literatura que me tenía absorta era un misterio. Apenas encontré algunos datos en Wikipedia, pregunté y averigüé con quiénes se juntaba, y no mucho más. “Siempre viene por acá”, me decían en algunos lugares pero nunca lo vi y las fotos que me daba Google eran bastante viejas (aunque después descubrí que está más o menos igual). Su mito me hizo acordar al J.D. Salinger o Thomas Pynchon, escritores recluidos que eligieron convertirse en nombres sin cara pública. Un punto más a la curiosidad.
En un plan con mayor interés personal que profesional me propuse investigar al escritor que en 2015 fue nominado al Mens Booker Award, premio inglés de 60.000 libras que se otorga al ganador entre diez escritores del mundo, que está entre las apuestas a ganar el Premio Nobel en Literatura y que tiene más de 90 libros editados y que, para mí, parecía bastante ignorado por la prensa. Vivir al mismo tiempo que un clásico en plena obra es muy difícil, que se lo reconozca como clásico mientras vive es casi imposible, que esté tan cerca es una tentación que no pude contener.

El universo Aira
Wikipedia dice que nació Coronel Pringles el 23 de febrero de 1949 y al cumplir los 18 años se mudó a Buenos Aires, al barrio de Flores en el cual aún vive. Durante los primeros dos años fingió estudiar Derecho, después se puso a escribir. Está casado con la poeta Liliana Ponce y tiene dos hijos.
Empecé por los libreros y los editores que están en las ferias, hubo unanimidad en el diagnóstico: lo que hay de Aira, se vende. En una librería conviven novelas de 300 pesos con algunas ediciones de 40, editoriales multinacionales con cartoneras. ¿Y él?: “Sí, siempre viene por acá. Es un tipo normal”, me decían, y yo me preguntaba si era un fantasma.
En una feria encontré una novela de Ariel Idez que se llama “La última de César Aira”, él es el personaje principal, el malvado que quiere destruir la literatura argentina. Alguien más está obsesionado con Aira, pensé. La novela es un disparate airiano que plantea una posibilidad certera: su maquinaria semántica, su superproducción, no sólo puede acabar con él mismo sino también con la literatura argentina actual. “Qué bodrio”, me decían mis amigas cada vez que daba vueltas sobre el asunto. ¿Nadie se da cuenta o yo llegué muy tarde?
Descubrí en YouTube algunas entrevistas que le hicieron hace algunos años, disertaciones y también notas para revistas estadounidenses como BOMB. Ahí dice que todas las mañanas va a un café de Flores para escribir a mano una o dos páginas diarias. Usa cuadernos de papel liso, sin reglones ni cuadriculados, con espiral, que compra en la papelera Wussmann. Escribe con una lapicera Montblanc, de tinta negra. Todo lo compra siempre en el mismo lugar, se lo guardan para él. Es un hombre metódico y de rutina. Le dijo a María Moreno, escritora que lo entrevistó, que esa exacta combinación de la tinta y el papel le asegura un buen ritmo de escritura, corre bien por la hoja, no la mancha, fluye sin entorpecer la imaginación. Antes del mediodía vuelve a su casa, pasa a la computadora lo que escribió, se deshace del papel, de las huellas de su proceso creativo.
Adivino que es obsesivo, ordenado, que se toma muy en serio al acto de imaginar, que dentro de esa narración que construye, tan delirante a veces, le pone mucha atención al verosímil. Descubrí que no le interesa la psicología de los personajes como en las novelas clásicas, que le gustan los policiales, el cómic, que lee algunas cosas nuevas pero que en general no las comenta.
Averigüé que su grupo de amigos más cercano son escritores. Él los nombra: su amigo de la infancia Arturo Carrera, Tamara Kamenszain, Sergio Bizzio, Alberto Laiseca, Ricardo Strafacce y lo fue también Rodolfo Fogwill. Hay otros más jóvenes, con ellos anda por esos lugares donde me lo nombraban como habitué: Pablo Katchadjian, Francisco Garamona, Damián Ríos, entre otros. Le gusta la tertulia literaria, aparecer en la feria de editoriales independientes La Sensación, en la librería La Internacional, en el café Varela Varelita pero no en los eventos del circuito formal o mediático de la literatura.
Las veces que fui a estos puntos clave de la ciudad no me lo crucé. Tenía una serie de consultas que quería hacerle: “¿De verdad no llevás un plan de ruta al escribir? ¿Por qué no escribís directamente en computadora? ¿Por qué las novelas cortas tienen más literatura que las largas? ¿Cuán autoreferencial sos?”. Las tenía anotadas, como subrayados los libros, pero no pude hacérselas nunca.
Un día recibí un mail de una amiga ilustradora donde me contaba un suceso que entendí como el contagio de mi obsesión. “Estaba en Varelita y vi a César Aira en la mesa de al lado. Cuando se estaba yendo se acercó y me dijo que siempre me miraba dibujar, que me veía muy concentrada y me felicitó. Antes de irse saludó al mozo, y el mozo le dijo: Chau, Oscar. No era él”. No descartamos la posibilidad de que el mozo le haya cambiado el nombre para jugar con su mito.
Podría haber sido, porque está interesado en el arte. En Blatt & Ríos editan todos los años al menos una novelita de él, la última que leí es Artforum, un compendio de relatos que él denominó autobiográficos –esto lo dice en una nota española- sobre su obsesión con esta revista de arte moderno, de distribución casi inaccesible en el país. El fetiche me pareció un gesto, una pista.
En la librería La Internacional hay una parte de la biblioteca sólo de textos de Aira. En las paredes del salón del fondo hay una colección personal de arte de Francisco Garamona, su dueño y editor de Mansalva. Mientras maquetaba un futuro libro de la editorial me señaló sin mirarme tres cuadros pequeños de colores estridentes que había sobre la pared. “Los pintó César”, me dijo. Parece que no hay más que esos tres y no están a la venta. Después encontré una nota en la que dice que lo que de verdad lo hubiera gustado hacer es dibujar, pero no tiene el don, que él cuando se deja llevar por la trama siente que está pintando un cuadro. Tan cerca, además, a la poesía.
Damián Ríos, uno de sus editores, me comentó que a Aira le gusta tener una relación cercana con quienes lo editan, sentir confianza y aportar al catálogo. El texto se entrega cerrado y son pocos quienes se animan a hacerle comentarios, Ríos es uno de ellos. “A veces lo que parece un error es una genialidad pero también puede ser un error, siempre hay que preguntar”. Aira está al tanto de todo el proceso, aprueba las tapas, los materiales, pero no interfiere. Cada libro de él que imprimen, lo venden. Aira tiene un séquito de fans que compra todo lo que haya. En Mercado Libre hay primeras ediciones de novelitas que se venden a $1.000, es material para coleccionistas.
Las piezas más preciosas en la biblioteca son las traducciones. En la mía tengo una edición de El Mármol en italiano, publicado por Ediciones Sur, de tapa dura forrada en tela turquesa impresa con serigrafía. Una belleza bastante inútil porque no sé leer en italiano. Tengo otros ejemplares de otros idiomas que le fui pidiendo a todos los que viajaban al extranjero. Mi hermano me trajo The Musical Brain, su libro de relatos que editó New Direction Books y que The New York Times eligió entre las mejores 15 tapas del 2015. Es un holograma con una mano que se mueve y prende una chispa con el dedo índice. En su solapa hay una serie de halagos y recomendaciones de personalidades como Patti Smith y Roberto Bolaño.

La construcción del mito
Como un fantasma escritor, Aira está en todos los catálogos desde las editoriales más chicas hasta las grandes como Planeta o Penguin Random House. En una cena de editores me enteré que con esta última corporación edita directamente desde España, donde hace poco se inauguró la Biblioteca César Aira, una colección con reediciones de inconseguibles y nuevas novelas como El santo. “No pasa por acá, ni nos enteramos”, me dijeron. En el caso de Emecé (sello perteneciente a Editorial Planeta) tiene su propia colección que edita Mercedes Güiraldes, con quien trabaja hace décadas.
Le escribí un mail. En general, los escritores no publican de la manera en la que él lo hace, probablemente porque su producción es tal que ninguna casa pudiera editarle cinco novelas al año. “Es difícil decir si hay o no estrategia detrás de esa manera particular de Aira de publicar. Creo que forma parte de una estética y de una ética de autor. Es un indudable gesto de libertad artística e independencia personal y es indisoluble de su forma de concebir la literatura. Pero esa forma tiene su eficacia. Sin prisa y sin pausa, Aira creó una obra impresionante, rupturista y clásica a la vez, tal vez la más original de la literatura argentina desde Borges”, me definió Güiraldes.
Una vez leí una nota en la que teorizaba acerca de que un escritor debe ser un hombre-enciclopedia, saber de todo para poder escribir sobre todas las cosas. Lo llamaba “El hombre universal”. Pensé que Aira escribe de manera fragmentaria una serie de textos que publica de manera constante, conformando una obra total, un gran Libro a completarse. No hay novelitas aisladas, hay una continuidad que las une en un proyecto enciclopédico y también en un lenguaje propio. ¿Cuánto de su mito personal no fue también una creación propia? ¿Cuándo se termina el Libro?
Antes, cuando sí hacía notas, Aira causaba bastante revuelo. En 2004 le hicieron una entrevista en Clarín donde dijo que “El mejor Cortázar es un mal Borges”, ahí, también dijo que Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini son sus referentes como escritores, modelos de vida y actitud. Aunque hizo la salvedad de que no necesariamente los modelos de vida actúan en uno como ejemplos.
Después del escándalo que se generó a raíz de su opinión no habló más con la prensa. Su amigo Ricardo Strafacce dice que le da pudor aparecer en los medios diciendo un juicio muy categórico porque no se toma en serio a sí mismo, cree que el escritor habla en su obra.
En las notas que dio en otros países también tiró frases polémicas pero ya sin ofender a nadie. “Soy de los raros escritores a los que les gusta escribir realmente”, dijo en una entrevista que le hizo el escritor danés Peter Adolphsen en el Louisiana Literature Festival en 2012.  “Hay muchos escritores que quieren seguir siéndolo por los beneficios sociales que trae, entonces cada 10 años hacen el esfuerzo por seguir manteniendo el carnet y hacen el sacrificio de escribir un libro”.
En esa misma nota también puso en duda algo que había dicho con anterioridad, no sabía si lo había dicho para generar polémica o si de verdad pensaba así. En realidad, pensé, le gusta el impacto.
“¿Podríamos soportar una verbosidad tan demencial, alguien que además de publicar 4 ó 5 libros por año esté hablando en todos los suplementos y revistas?”, me preguntó Mauro Libertella, periodista y escritor. Lo fui a buscar porque alguien me había dicho que él había leído todo lo que Aira publicó. Son pocos lectores los que pueden cargar ese título. Me lo negó en el primer acercamiento, sólo leyó alrededor de 20 de sus 90 libros publicados, no es más que una mínima parte. Libertella hace poco editó un libro de entrevistas a los grandes escritores latinoamericanos para la Editorial chilena de la Universidad Diego Portales, no lo pudo incluir a Aira porque se negó.
“Me parece que no podríamos soportarlo. Es su literatura lo que lo puso en el lugar en el que está, cualquiera que sea ese lugar. Él se movió bien e hizo el trabajo largo, el de fondo: buscó antes a la institución literaria que al mercado. Nos llegó entonces antes la idea de que Aira era un escritor importante, que la proliferación total de sus libros, que sucedió hace unos diez años, cuando todas las editoriales, nuevas o antiguas, querían publicarlo. Durante los 80’ Aira intervenía fuerte en el debate literario, publicaba en revistas y se metía en quilombos. Esos fueron sus años de verdadera construcción profunda. Lo que estamos viendo ahora, me parece, es la estela que dejó ese trabajo verdaderamente intenso de años”.
Mientras hablaba con sus amigos iba entendiendo que su silencio podía ser leído como una estrategia que reconozco muy inteligente. Sus juicios, evidentemente, son categóricos porque su archivo así lo demuestra. Se mueve en un círculo amistoso, al cual le es fiel y respalda. También expulsa con determinación a muchos otros.
En el medio de mi búsqueda por saber quién es Aira, escuché que iba a disertar en el Museo del Libro y de la Lengua a favor de su amigo Pablo Katchadjian, escritor que aún enfrenta un juicio por plagio de parte de María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges. Fue la única aparición pública que supe de él en los últimos años. Fui emocionada por poder verlo, escucharlo y tal vez, tener la posibilidad de hacerle todas esas preguntas que tenía pensadas. Me senté en el piso frente a él y lo grabé mientras hablaba de la valentía al escribir, de la invención: “Antes me llenaba la boca diciendo que lo que hacía era experimental. Desde que escuché una frase de William Burrough no lo digo más. La frase dice que una escritura experimental es un experimento que salió mal, si el experimento salió bien es un clásico. Yo, a su vez, creo que no hay ningún clásico que no haya sido antes un experimento”. Se oyeron risas en el auditorio, las oigo hoy en mi casa al escuchar la grabación. Y recuerdo cómo se fue rápido por la puerta lateral, y así se escapó mi primera oportunidad real de hablar con él.

Su permanencia
Hay algo emocionante en la forma en la que construye sus narraciones. Cada uno de sus libros, esas pequeñas novelitas de 100 páginas, contienen un universo diseñado a escala creado en el momento en que lo escribe. Aira es un amo de las palabras, a las que amasa con destreza para crear imágenes poderosas y verosímiles. Su talento es tal que mientras plantea una secuencia narrativa surrealista se las arregla para bajar línea y expresar su postura crítica sobre algunos temas, de una manera casi imperceptible.
La crítica literaria le dedicó su atención. Algunos lo califican de escritor de derecha por concentrarse en hacer cuentos de hadas dadaísta, en vez de la literatura de denuncia social que tomó fuerza en los ’90. Le pregunté a Hernán Vanoli, editor de Momofuku y crítico. “Hay una suerte de neopopulismo experiencial que se opone a Aira porque Aira simplemente tiene cierta relevancia intelectual, "no es tan fácil", no canta una que sabemos todos, no codifica la experiencia social como una revista de cultura juvenil, y bueno, esa impugnación me parece lamentable”. Me dijo que para él era un autor fundamental del siglo XX, pero no dejó de señalar que eso es el siglo pasado.
Yo, al final, intenté hacer como Aira cuando empieza a leer un autor nuevo, me metí de lleno en su obra y en saciar mi curiosidad. A medida que pasó el tiempo los libros se apilaron en mi biblioteca, la pasión cedió frente al respeto y mi interés giró a otra cosa. Sin embargo, llegó el día en que iba caminando por Paraguay y al llegar a Scalabrini Ortiz lo vi. Estaba fumando un pucho con Ricardo Strafacce en la vereda del Varela Varelita. Fue un segundo en que mis ojos se cruzaron con los de ellos, recibí una descarga de energía desde mi interior, bajé la vista y crucé la avenida, escapándome, perdiendo así la última oportunidad de decirle a César que él se convirtió en mi clásico.